Redacción (Madrid)

Hay viajes que uno hace para conocer un país y hay otros que parecen diseñados para conocer una estación. Japón pertenece a los segundos. Cuando llega octubre, el verano comienza a retirarse y el país cambia lentamente de rostro. Las montañas del norte y las zonas de mayor altitud empiezan a teñirse de rojos, amarillos y ocres, mientras los templos, los jardines y las antiguas ciudades recuperan una serenidad que parece formar parte de su propia arquitectura. Octubre ofrece además temperaturas generalmente agradables para caminar y descubrir el país, después de que haya quedado atrás buena parte de la temporada de tifones. Es tiempo de cosechas, de festivales, de excursiones y de una gastronomía que encuentra en el otoño algunos de sus mejores productos.

Tokio, la puerta de entrada a un país que nunca parece terminar. El viaje puede comenzar en Tokio, donde el otoño llega de una manera diferente. La ciudad continúa siendo inmensa, ruidosa y vertiginosa, pero basta con entrar en uno de sus jardines para descubrir que Japón sabe cambiar de ritmo en cuestión de minutos. Octubre permite recorrer barrios, templos, mercados y parques con un clima más amable, mientras en las regiones del norte los primeros colores del otoño ya empiezan a dominar el paisaje. Tokio todavía no vive en octubre el momento culminante del follaje que llegará más tarde, pero precisamente por eso puede ser un buen punto de partida para comprender que en Japón el otoño no aparece de golpe: avanza lentamente desde las montañas hacia las ciudades.

Nikko, donde la montaña guarda la memoria del país. Desde Tokio, el viaje puede continuar hacia Nikko, un lugar donde la naturaleza y la historia parecen haber encontrado una misma casa. Allí se encuentra el santuario Toshogu, pero también el lago Chuzenji, la cascada Kegon y un paisaje montañoso que adquiere una dimensión especial durante el otoño. Los árboles comienzan a cambiar de color y los caminos se convierten en una sucesión de rojos, dorados y verdes que rodean los templos. No hace falta buscar demasiado para encontrar un sendero donde el ruido de la ciudad desaparezca y solo permanezca el sonido del agua y de las hojas bajo los pasos. Japón tiene muchos paisajes hermosos, pero Nikko posee algo distinto: la sensación de que la naturaleza y la historia llevan siglos conversando entre ellas.

Hakone, con el Fuji detrás de los arces. Hay imágenes que parecen haber sido creadas para representar un país entero. Una de ellas es la del monte Fuji apareciendo detrás de un bosque teñido de rojo. Hakone, dentro del Parque Nacional Fuji-Hakone-Izu, ofrece precisamente esa posibilidad cuando avanza el otoño. Entre octubre y noviembre, los árboles cambian progresivamente de color alrededor del lago Ashi y de lugares como Gora, creando uno de los paisajes otoñales más reconocibles de Japón. Aquí el viaje puede continuar entre trenes de montaña, aguas termales, senderos y pequeñas localidades, con el Fuji apareciendo y desapareciendo según la luz y las nubes. El viajero aprende entonces que en Japón incluso una montaña parece tener su propio carácter.

Kioto, cuando los templos esperan al otoño. En Kioto la historia adquiere otra dimensión. Sus templos, santuarios, jardines y calles tradicionales parecen hechos para convivir con las estaciones, y el otoño termina convirtiendo esa arquitectura en algo diferente. Aunque los colores más intensos suelen llegar más tarde a Kioto que a las regiones septentrionales, octubre es un momento magnífico para recorrer la antigua capital y descubrir sus barrios históricos, caminar junto al río, entrar en un jardín silencioso o perderse por las calles de Gion. El viajero no encuentra aquí únicamente monumentos, sino una forma de entender el espacio: el jardín, el templo, la madera, el agua y los árboles forman parte de una misma escena. Y cuando finalmente llegan los tonos rojos del arce, parece que el paisaje simplemente ha completado una obra que llevaba siglos esperando.

Pero el verdadero Japón de octubre está también lejos de las grandes ciudades. En las regiones de Tohoku, Hokkaido y otras zonas septentrionales, el otoño alcanza su esplendor antes que en Tokio o Kioto. Allí las montañas comienzan a cambiar de color mientras todavía queda tiempo para caminar por parques nacionales y paisajes rurales. Octubre es también época de cosecha: arroz, peras, caquis, soba y sake forman parte de una gastronomía profundamente ligada al calendario agrícola. En Niigata, por ejemplo, la cosecha del arroz y la producción de sake permiten acercarse a una faceta menos monumental del país. Y en Takayama, el Festival de Otoño que se celebra tradicionalmente los días 9 y 10 de octubre lleva a las calles carrozas, procesiones y una tradición que se remonta siglos atrás.

Un viaje que no consiste solamente en mirar. Quizá esa sea la razón por la que Japón funciona tan bien en octubre. El viajero puede contemplar un bosque teñido de rojo, pero también puede sentarse ante un plato de temporada, entrar en un santuario, tomar un tren que atraviesa las montañas, bañarse en un onsen o caminar durante horas por una antigua calle de madera. El otoño japonés tiene algo profundamente sensorial. Se escucha en las hojas, se huele en los mercados, se saborea en los productos de la cosecha y se contempla en los jardines. La propia tradición japonesa ha convertido la observación de las hojas otoñales, el kōyō, en una forma de celebración estacional.

Octubre convierte Japón en un país que parece avanzar lentamente hacia el invierno. Las montañas cambian primero y los colores van descendiendo poco a poco hacia las ciudades. Es un viaje que puede comenzar entre los edificios de Tokio y terminar en un pueblo de montaña, entre un templo antiguo, una fuente termal y un bosque cubierto de hojas. Y quizá sea esa progresión la que convierte octubre en un momento tan especial para recorrerlo: porque el viajero no contempla simplemente un paisaje otoñal, sino que tiene la oportunidad de seguir el otoño mientras atraviesa el país.

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