Redacción por David y Tamara
Madrid es una ciudad que nunca deja de sorprender. Más allá de sus grandes museos, de la monumentalidad del Palacio Real o del bullicio de la Gran Vía, existe un lugar donde el ritmo cambia por completo. Basta con atravesar los senderos de la Casa de Campo para descubrir un paisaje inesperado: un lago rodeado de árboles centenarios, barcas que se deslizan lentamente sobre el agua y terrazas donde el tiempo parece detenerse. En una de sus orillas se encuentra El Ancla del Lago, un restaurante que combina la cocina tradicional española con una de las vistas más agradables de la capital.
Nuestra visita comenzó una luminosa mañana de verano. Acudimos en familia, acompañados de nuestra hija, con la intención de comprobar si este restaurante era realmente uno de esos establecimientos capaces de convertirse en un destino turístico por sí mismo. Nada más llegar comprendimos parte de su éxito. La terraza, abierta al lago, invita a sentarse sin prisas mientras la vegetación de la Casa de Campo amortigua el ruido de la ciudad. Es un rincón donde madrileños y visitantes comparten espacio en busca de una comida tranquila.

El interior mantiene una decoración sobria y elegante, donde predominan la madera y los grandes ventanales. El servicio nos recibió con cercanía y profesionalidad, explicándonos las sugerencias del día y dejándonos tiempo para recorrer una carta amplia, claramente inspirada en la cocina mediterránea y el producto nacional.
Mientras esperábamos los primeros platos llegó a la mesa un sencillo tomate aliñado con aceite de oliva virgen extra y sal. En apariencia puede parecer una elaboración humilde, pero cuando el producto acompaña, la sencillez se convierte en virtud. El tomate presentaba un punto óptimo de maduración, con una carne firme y un dulzor equilibrado que contrastaba con el carácter afrutado del aceite. Fue un comienzo refrescante que abrió el apetito sin ocultar el protagonismo de la materia prima.
Poco después aparecieron unas croquetas de jamón acompañadas de patatas. La bechamel resultaba cremosa, suave y muy equilibrada, mientras que el jamón aportaba intensidad sin dominar el conjunto. El rebozado era fino y crujiente, evitando el exceso de grasa que suele encontrarse en muchas croquetas. Las patatas, recién fritas, terminaban de completar un plato que conquistó especialmente a nuestra hija.

Los siguientes protagonistas fueron los chipirones, preparados con una cocción precisa que conservaba toda su ternura. El ligero tostado exterior aportaba aromas a plancha, mientras que el interior permanecía jugoso. Cada bocado recordaba la importancia de respetar el producto sin añadir artificios innecesarios.
Uno de los momentos más destacados de la comida llegó con la ventresca, servida junto a patatas caseras, pimientos y carne. La combinación sorprendía por su equilibrio. La ventresca se deshacía prácticamente al contacto con el tenedor, mostrando esa textura grasa y delicada que caracteriza a las mejores piezas del atún. Los pimientos aportaban un punto dulce y ligeramente ahumado, mientras que las patatas caseras, doradas por fuera y cremosas por dentro, servían como perfecto acompañamiento. La carne completaba el plato aportando profundidad y convirtiéndolo en una propuesta abundante y plenamente satisfactoria.
Aunque nuestra elección fue fiel a nuestros gustos personales, dedicar unos minutos a explorar la carta permite descubrir una oferta gastronómica mucho más amplia. El Ancla del Lago apuesta por una cocina tradicional española donde conviven entrantes para compartir, carnes maduradas preparadas a la brasa, pescados frescos, arroces y una selección de postres caseros.

Entre los entrantes merece una mención especial el pulpo a la brasa, una de las recomendaciones habituales del restaurante, así como las croquetas cremosas de jamón ibérico y los pimientos asados con ventresca, ideales para quienes buscan sabores clásicos elaborados con buen producto. También destacan la tortilla de patatas y diferentes ensaladas pensadas para los meses más cálidos.
Los amantes del arroz encontrarán varias opciones preparadas al momento, mientras que quienes prefieran pescado pueden optar por especialidades como el bacalao o diferentes propuestas según la disponibilidad del mercado. La sección de carnes constituye otro de los grandes atractivos del restaurante, con cortes seleccionados cocinados sobre brasas que potencian el sabor sin perder jugosidad.
Para finalizar, la carta de postres mantiene la filosofía del establecimiento: recetas tradicionales elaboradas de forma casera. Tartas, cremas y otros clásicos ponen el broche final a una comida pensada para disfrutarse sin prisas.
Más allá de la gastronomía, uno de los mayores valores de El Ancla del Lago es su ubicación privilegiada. Después de comer resulta casi obligatorio pasear por la orilla del lago, observar las embarcaciones, recorrer los caminos arbolados o simplemente sentarse unos minutos a contemplar el paisaje. Pocos restaurantes madrileños permiten combinar una comida de calidad con un entorno natural tan singular.

Durante toda la comida el servicio mantuvo una atención discreta y eficiente. Los tiempos entre platos fueron adecuados, las recomendaciones acertadas y el trato especialmente amable con nuestra hija, un detalle que convierte la experiencia en aún más agradable para quienes viajan en familia.
Nuestra impresión final fue muy positiva. El Ancla del Lago demuestra que todavía existen restaurantes donde el entorno y la cocina se complementan de forma natural. No pretende reinventar la gastronomía española; apuesta por algo más difícil: ofrecer producto de calidad, elaboraciones honestas y una experiencia relajada en uno de los espacios verdes más emblemáticos de Madrid.
Como periodistas de viajes, pocas veces encontramos lugares capaces de convertirse en una recomendación tanto para turistas como para los propios habitantes de la ciudad. El Ancla del Lago pertenece a esa categoría. Es un restaurante ideal para quienes desean descubrir una cara diferente de Madrid, alejada del bullicio urbano, disfrutando de una cocina reconocible, generosa y bien ejecutada mientras el lago de la Casa de Campo acompaña cada conversación.
Hay destinos que se recuerdan por sus monumentos y otros por sus paisajes. Sin embargo, algunos permanecen en la memoria gracias a una mesa compartida. Nuestra visita a El Ancla del Lago nos recordó precisamente eso: que viajar también consiste en detenerse, contemplar el entorno y saborear, sin prisas, esos pequeños momentos que terminan convirtiéndose en los mejores recuerdos.


























