Redacción (Madrid)
Roma suele asociarse inmediatamente con el Coliseo, el Foro Romano, las grandes plazas y las fuentes barrocas, pero existe otra ciudad que se descubre cuando uno abandona durante unas horas el asfalto: una Roma de jardines, villas históricas, pinos, naranjos y miradores. La capital italiana posee una extraordinaria cantidad de espacios verdes, muchos de ellos vinculados a antiguas familias aristocráticas y a las grandes transformaciones urbanísticas de la ciudad. Recorrer sus jardines permite descansar del bullicio turístico y, al mismo tiempo, descubrir otra dimensión de la historia romana.
Entre todos ellos, Villa Borghese es probablemente la visita imprescindible. Situada en pleno corazón de Roma, esta enorme villa histórica comenzó a construirse a comienzos del siglo XVII por iniciativa del cardenal Scipione Borghese y combina jardines formales, zonas boscosas, fuentes, esculturas, estanques y grandes espacios abiertos. El visitante puede comenzar el paseo en los jardines del Pincio, contemplar Roma desde sus terrazas y continuar hacia el interior del parque hasta alcanzar el estanque con su pequeño templo de Esculapio. Además, aquí se encuentra la Galleria Borghese, uno de los grandes museos de arte de la ciudad. Villa Borghese no es simplemente un parque: es prácticamente un museo al aire libre en el que naturaleza, arquitectura y arte aparecen constantemente unidos.
Mucho más íntimo es el Giardino degli Aranci, conocido oficialmente como Parco Savello, situado sobre la colina del Aventino. Sus dimensiones son mucho menores que las de Villa Borghese, pero su ubicación lo convierte en uno de los rincones más románticos de Roma. El jardín ocupa unos 8.000 metros cuadrados y está rodeado por los restos de la antigua fortaleza de la familia Savelli. Sus naranjos amargos recuerdan la tradición dominicana del lugar y, sobre todo, crean un escenario perfecto para contemplar la ciudad. Desde su terraza se extiende una magnífica panorámica que alcanza el Tíber, el centro histórico, el Gianicolo y la cúpula de San Pedro. Al atardecer, cuando las fachadas de Roma comienzan a cambiar de color, resulta difícil encontrar un lugar mejor para comprender por qué la ciudad ha inspirado durante siglos a viajeros y artistas.

Si Villa Borghese representa la elegancia aristocrática en el centro de la ciudad, Villa Doria Pamphilj ofrece una experiencia mucho más extensa y natural. Con unas 184 hectáreas, es la mayor zona verde histórica de Roma y permite caminar durante horas entre jardines italianos, fuentes, lagos, árboles monumentales y caminos que atraviesan antiguos terrenos de la aristocracia romana. El magnífico Casino del Bel Respiro constituye uno de los grandes elementos arquitectónicos del conjunto, rodeado por jardines de gran valor paisajístico. Para el viajero que quiere escapar durante una mañana del ruido del centro, este parque resulta especialmente atractivo: se puede pasear, correr, montar en bicicleta o simplemente buscar un lugar tranquilo bajo los grandes pinos romanos.
Otra experiencia completamente diferente ofrecen los Jardines Vaticanos, un espacio verde de enorme valor histórico situado dentro de la Ciudad del Vaticano. A diferencia de los grandes parques públicos romanos, su visita está vinculada a recorridos organizados y permite descubrir un paisaje cuidado durante siglos por la institución pontificia. Senderos, fuentes, esculturas, vegetación y diferentes construcciones religiosas aparecen integrados en un espacio relativamente pequeño pero extraordinariamente diverso. Para el turista, recorrerlos supone contemplar el Vaticano desde una perspectiva distinta: no desde la monumentalidad de la basílica de San Pedro o los Museos Vaticanos, sino desde un paisaje mucho más silencioso y contemplativo. Es una visita especialmente interesante para quienes disfrutan de la jardinería histórica y de la relación entre arquitectura, religión y naturaleza.
También merece una visita el Orto Botanico di Roma, en el barrio del Trastevere, para quienes prefieren descubrir la diversidad vegetal antes que los grandes jardines aristocráticos. Sus colecciones y espacios botánicos ofrecen una pausa diferente dentro de la ciudad y permiten caminar entre especies vegetales procedentes de distintos lugares. Muy cerca se encuentra además el Gianicolo, una de las grandes terrazas panorámicas de Roma, donde el visitante puede combinar naturaleza y vistas. Y para quienes dispongan de más tiempo, Villa Celimontana, Villa Torlonia, Villa Ada o el entorno de la Via Appia Antica amplían enormemente las posibilidades de realizar una ruta verde por la capital italiana.

Lo interesante de recorrer los jardines romanos es que cada uno propone una experiencia distinta. Villa Borghese invita a combinar arte y naturaleza; el Giardino degli Aranci es perfecto para contemplar el atardecer; Villa Doria Pamphilj permite perderse durante horas entre árboles y caminos; los Jardines Vaticanos ofrecen una mirada más monumental y espiritual; y los espacios botánicos y las antiguas villas permiten descubrir una Roma menos conocida. En todos ellos aparece, además, una misma idea: la relación histórica entre las grandes familias, los papas, la arquitectura y el paisaje. Buena parte de este patrimonio verde nació precisamente porque las élites romanas construyeron residencias rodeadas de jardines que, con el paso del tiempo, terminaron convirtiéndose en espacios públicos.
Al final del viaje, resulta sorprendente comprobar que una ciudad tan asociada a la piedra y a la arqueología puede ser también una ciudad de árboles y jardines. Roma se entiende de una manera diferente cuando se contempla desde el Pincio, cuando se pasea entre los naranjos del Aventino o cuando uno se pierde entre los caminos de Villa Doria Pamphilj. Estos espacios permiten bajar el ritmo y observar una capital que, detrás de sus monumentos, conserva una extraordinaria dimensión natural.
Quizá ese sea el mejor motivo para incluir sus jardines en cualquier viaje a Roma. Después de pasar la mañana entre ruinas romanas, iglesias y museos, entrar en un jardín significa descubrir que la Ciudad Eterna no solo ha sabido conservar sus piedras, sino también sus paisajes. **Los mejores jardines de Roma son, en definitiva, otra forma de viajar por su historia: una historia de emperadores, papas, artistas y familias nobles que dejaron tras de sí un patrimonio verde tan fascinante como sus monumentos más famosos.**













