Redacción (Madrid)
Giethoorn, un pequeño pueblo situado en la provincia de Overijssel, al noreste de los Países Bajos, parece sacado de una postal. Conocido popularmente como “la Venecia del Norte”, este enclave destaca por la ausencia casi total de carreteras y por una red de canales que vertebra la vida cotidiana de sus poco más de 2.800 habitantes. Casas con tejados de paja, puentes de madera y jardines perfectamente cuidados componen un paisaje que ha convertido al pueblo en uno de los destinos más fotografiados del país.

El origen de Giethoorn se remonta al siglo XIII, cuando un grupo de colonos se asentó en la zona para extraer turba. La excavación de este material dio lugar a los canales que hoy definen el pueblo, mientras que las estrechas franjas de tierra entre ellos se utilizaron para construir viviendas. El nombre de Giethoorn, según la tradición, proviene de los numerosos cuernos de cabra (“geitenhoorns”) encontrados tras una gran inundación, un detalle que refuerza el vínculo del lugar con la naturaleza y la historia.

La vida en Giethoorn transcurre a un ritmo pausado. Las embarcaciones eléctricas, conocidas como whisper boats, sustituyen al tráfico rodado y permiten desplazarse en silencio por los canales. Los vecinos se mueven entre casas, tiendas y cafés cruzando pequeños puentes, mientras el sonido del agua y de las aves acuáticas domina el ambiente. Esta forma de vida, poco común en la Europa moderna, es uno de los principales atractivos para quienes buscan tranquilidad y autenticidad.

El turismo, sin embargo, ha transformado el pueblo en las últimas décadas. Cada año, cientos de miles de visitantes, especialmente procedentes de Asia y del resto de Europa, recorren sus canales y calles. Aunque esta afluencia ha impulsado la economía local mediante restaurantes, hoteles y comercios, también ha generado debates sobre la sostenibilidad y la preservación del carácter original del pueblo.

A pesar de estos desafíos, Giethoorn sigue siendo un símbolo del equilibrio entre tradición y modernidad en Holanda. Las autoridades locales y los vecinos trabajan para proteger su patrimonio arquitectónico y natural, conscientes de que su mayor riqueza reside en aquello que lo hace único. En un país famoso por su ingeniería y urbanismo, este pequeño pueblo recuerda que la identidad holandesa también se construye desde la calma, el agua y la historia compartida.













