Redacción (Madrid)
Enclavada entre la Sierra de Bahoruco y el mar Caribe, La Ciénaga, provincia de Barahona, es una comunidad que mezcla lo pintoresco con lo olvidado, lo natural con lo ancestral. A tan solo 18 kilómetros de la ciudad de Barahona, este municipio, elevado oficialmente en junio de 2004, exuda el silencio de los pueblos que crecieron más con la labor del campesino y el pescador que con la diplomacia o el turismo. Con unos 8.600 habitantes, La Ciénaga se divide en zonas rurales extensas y un casco urbano que funciona como puerta de entrada hacia playas, montañas y una identidad que late apenas bajo los mapas turísticos convencionales.

Poco se sabe fuera de la provincia acerca de los orígenes de La Ciénaga, que se remontan a la guerra de la Restauración. Fundada en 1863 por desertores de ese conflicto, entre ellos personas como Magdalena Guevara, esta localidad nació de la unión de culturas españolas y cocolo – comunidades afrocaribeñas anglófonas que migraron en diferentes momentos a República Dominicana. Esa genealogía híbrida se manifiesta hoy en costumbres, palabras, música, formas de vida, y es uno de los elementos que le da carácter a sus fiestas, sus festivales, el habla de sus gentes.

El paisaje natural de La Ciénaga lo convierte en una joya aún por descubrir. Desde sus playas como Playa La Ciénaga y Playa el Quemaito, hasta los ríos como El Cacao o Bahoruco, pasando por la vegetación exuberante del Bosque Húmedo del Cachote, el pueblo ofrece escenarios diversos que combinan montañas, costa y agua dulce. Sin embargo, el acceso es desigual: las carreteras que conectan desde Barahona lo hacen parcialmente por vías sin asfaltar, especialmente en los sectores montañosos, lo que limita el flujo de visitantes y también el desarrollo de infraestructuras adecuadas.

La economía de La Ciénaga se articula principalmente alrededor de la agricultura, la pesca, la artesanía y la extracción de larimar – esa piedra semipreciosa única en el mundo, que ha llegado a simbolizar parte de la identidad artesanal de esta zona. En contraste, los niveles de pobreza son significativos: según algunos informes, alrededor del 65 % de los hogares viven en pobreza, y más de un tercio en pobreza extrema. Estas cifras reflejan no solo la falta de oportunidades económicas, sino también avanzan sobre temas como la desigualdad en servicios básicos —agua potable, acceso eléctrico en algunas comunidades, circulación vial, conectividad— elementos que condicionan la vida diaria.

A pesar de los retos, en La Ciénaga se percibe una energía de resistencia y de orgullo local. Las iniciativas turísticas están emergiendo —sobre todo ecoturismo, senderismo, visitas a playas menos concurridas—, y hay un creciente interés en preservar los valores naturales y culturales que hacen único al pueblo. Asimismo, algunos habitantes reclaman mejoras concretas: mayor infraestructura escolar, salud, transporte y apoyo al emprendimiento local para que los beneficios no se limiten al exterior sino que reviertan en quienes han resistido generaciones entre montañas y manglares. En definitiva, La Ciénaga es un ejemplo de los muchos pueblos dominicanos cuyo rostro no aparece siempre en las portadas, pero que contiene historias esenciales para entender el país.











