La historia del icono mediterráneo del turismo, Ibiza

Redacción (Madrid)

Ibiza es hoy una de las imágenes más reconocibles del turismo español: playas de aguas transparentes, calas escondidas, hoteles, música electrónica, discotecas y puestas de sol que atraen cada año a visitantes de todo el mundo. Sin embargo, la Ibiza turística es relativamente reciente. Durante siglos, la isla vivió principalmente de la agricultura, la pesca, la producción de sal y un comercio condicionado por su posición estratégica en el Mediterráneo. Su historia comenzó mucho antes de convertirse en destino internacional: los fenicios fundaron la ciudad de Iboshim hacia el siglo VII a. C., posteriormente llegaron los cartagineses y, tras la conquista romana, la isla quedó integrada en las redes comerciales del Mediterráneo. Más tarde pasó por el dominio musulmán hasta la conquista cristiana de 1235. Todas estas civilizaciones dejaron una huella que todavía puede descubrirse en la arquitectura, las tradiciones y el paisaje cultural de la isla.

El gran cambio comenzó a producirse durante el siglo XX, especialmente a partir de la llegada de los primeros viajeros extranjeros interesados en la tranquilidad, la naturaleza y el ambiente diferente de Ibiza. Durante las décadas de 1950 y 1960, la isla empezó a atraer a artistas, escritores, bohemios y jóvenes procedentes de distintos países europeos. Aquellos visitantes encontraron un territorio todavía relativamente rural, con casas blancas, caminos entre campos, pequeñas calas y una forma de vida alejada de las grandes ciudades europeas. La imagen de Ibiza empezó entonces a construirse alrededor de conceptos como libertad, convivencia, naturaleza y cultura alternativa. El turismo dejó de ser una actividad marginal y comenzó a transformar profundamente la economía y la sociedad insulares, al tiempo que las conexiones aéreas y marítimas facilitaron la llegada de un número cada vez mayor de visitantes.

Durante los años setenta y ochenta apareció otra de las grandes revoluciones de Ibiza: la música. Algunos locales comenzaron a convertirse en lugares de referencia para una nueva cultura nocturna y, con la expansión de la música electrónica, la isla adquirió una dimensión internacional completamente nueva. Espacios como Amnesia, Pacha, Ku —posteriormente Privilege— o, más tarde, grandes clubes como Space, contribuyeron a convertir las noches ibicencas en un fenómeno cultural y turístico. La isla dejó de ser únicamente un destino de sol y playa para convertirse también en un escenario de creación musical y de ocio nocturno. DJs, productores, artistas y promotores internacionales encontraron en Ibiza un lugar donde experimentar con nuevos sonidos y donde la fiesta podía prolongarse hasta el amanecer. De este modo, la temporada turística adquirió una identidad propia y la marca Ibiza comenzó a asociarse mundialmente con la música electrónica.

Pero reducir la importancia turística de Ibiza a sus discotecas sería ignorar otra parte esencial de su atractivo. La isla conserva un extraordinario patrimonio histórico y natural, desde Dalt Vila, el recinto amurallado de la ciudad de Ibiza, hasta las antiguas salinas, los paisajes rurales y las numerosas calas de su litoral. Dalt Vila forma parte del conjunto declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO, dentro del sitio denominado “Ibiza, biodiversidad y cultura”, que reconoce conjuntamente los valores históricos, culturales y naturales de la isla. Esta combinación explica buena parte de la fuerza turística de Ibiza: el visitante puede pasar de una playa mediterránea a una antigua fortificación, recorrer un paisaje agrícola tradicional, navegar por la costa o contemplar una puesta de sol y, unas horas después, encontrarse en uno de los escenarios de ocio nocturno más conocidos del planeta.

La historia de Ibiza refleja, en definitiva, algunas de las grandes transformaciones experimentadas por el turismo español durante el último siglo. La isla supo convertir sus recursos naturales, su patrimonio, su cultura popular y, posteriormente, su industria musical en una identidad turística reconocible internacionalmente. Su éxito contribuyó a proyectar la imagen de las Baleares y de España como destinos capaces de combinar Mediterráneo, ocio, cultura y experiencias internacionales. Pero ese éxito también plantea desafíos: la presión turística, el elevado coste de la vivienda, la transformación del paisaje y la necesidad de proteger los recursos naturales obligan a replantear cómo debe crecer el turismo en el futuro. Ibiza ya no es aquella isla tranquila que descubrieron los primeros viajeros extranjeros, pero precisamente su historia demuestra que un destino turístico no es algo estático: se transforma con quienes lo visitan y con quienes lo habitan. Entre las murallas de Dalt Vila, las antiguas salinas, las calas y las pistas de baile, Ibiza representa así uno de los capítulos más singulares de la historia del turismo en España.

Fly Geyser, el rincón de Nevada donde la tierra parece estar viva

Redacción (Madrid)

Hay paisajes que parecen haber sido inventados por un pintor que no conocía los límites de la naturaleza. En el desierto de Nevada, en una región donde la tierra se extiende seca y silenciosa bajo un cielo casi interminable, existe uno de ellos. Se llama Fly Geyser y parece una criatura llegada de otro planeta: una formación de roca cubierta de colores intensos, con agua caliente escapando continuamente hacia el cielo. Pero lo más curioso de este lugar es que su origen no pertenece completamente a la naturaleza. Fly Geyser nació accidentalmente durante una perforación realizada en 1964 en busca de agua geotérmica. El pozo no fue sellado correctamente y, con el paso de los años, el agua caliente comenzó a salir a la superficie, acumulando minerales y construyendo lentamente la formación que hoy se contempla.

Un géiser nacido de un accidente

La historia de Fly Geyser tiene algo de paradoja. El ser humano llegó hasta allí buscando agua y terminó creando, sin proponérselo, uno de los paisajes más extraños de Nevada. El agua subterránea, cargada de minerales, fue depositándose alrededor de la salida del pozo. Poco a poco se formó un pequeño montículo que continuó creciendo con el paso del tiempo. Hoy, varias estructuras minerales se levantan sobre el terreno y el agua caliente sigue brotando desde su interior. El resultado parece una pequeña montaña de otro mundo, coronada por chorros de agua y vapor. La naturaleza hizo el resto.

Un paisaje pintado con minerales

Quizá lo que más sorprende cuando se contempla Fly Geyser no sea su tamaño, sino su color. Rojos, verdes, amarillos, blancos y anaranjados aparecen sobre las paredes minerales. Las tonalidades proceden principalmente de los depósitos minerales y de microorganismos termófilos que viven en las aguas calientes. En medio del desierto de Nevada, aquellas manchas de color parecen casi imposibles. Alrededor, el paisaje continúa siendo austero: tierra seca, montañas lejanas y una extensión enorme de cielo. Y en mitad de todo aquello, el géiser, como si alguien hubiera dejado una pieza de otro planeta en medio del desierto.

El desierto de Black Rock

Fly Geyser se encuentra en el entorno del desierto de Black Rock, una de las grandes extensiones áridas del estado de Nevada. Es un territorio conocido por sus paisajes abiertos y por la enorme superficie plana de su playa de sal, pero también por la sensación de aislamiento que produce. Aquí las distancias engañan. El horizonte parece cercano y, sin embargo, puede encontrarse muy lejos. Las montañas se mantienen inmóviles a kilómetros de distancia y el viento recorre la superficie del desierto sin encontrar demasiados obstáculos. Es el tipo de paisaje que hace comprender por qué el oeste estadounidense ha alimentado durante tanto tiempo la imaginación de los viajeros. Una tierra enorme, una carretera y un horizonte que parece no terminar.

Un lugar que no se contempla desde cualquier sitio

A diferencia de otros grandes atractivos naturales de Nevada, Fly Geyser no funciona como un monumento abierto al visitante que puede aparecer allí en cualquier momento. Se encuentra dentro del Fly Ranch, una propiedad privada gestionada por Burning Man Project. El acceso está regulado y depende de las visitas y actividades autorizadas por la organización. Esta circunstancia ha contribuido a preservar buena parte del carácter remoto del lugar. No existe la sensación de llegar a una atracción turística convencional rodeada de tiendas y grandes aparcamientos. El géiser permanece allí, apartado. Y quizá eso sea parte de su encanto.

El agua que construye una montaña

El fenómeno continúa evolucionando. Cada vez que el agua caliente emerge y se enfría, deja detrás pequeñas cantidades de minerales. Con el tiempo, esas capas se acumulan y modifican lentamente la forma de las estructuras. Es un proceso que ocurre sin prisa, milímetro a milímetro, día tras día. La imagen que contempla un viajero hoy no será exactamente la misma dentro de décadas. Y quizá esa sea una de las ideas más fascinantes de Fly Geyser: no estamos ante una escultura terminada, sino ante un paisaje que continúa construyéndose.

Entre la naturaleza y la intervención humana

Fly Geyser plantea también una cuestión interesante sobre nuestra relación con el paisaje. No es completamente natural en su origen. Tampoco puede considerarse simplemente una construcción humana. Es el resultado de ambas cosas. Una perforación realizada por personas abrió una puerta hacia el subsuelo y, después, los procesos geotérmicos y minerales se encargaron de transformar aquel error en una formación extraordinaria. Es difícil encontrar una metáfora mejor para algunos de los paisajes del oeste estadounidense: lugares donde la presencia humana y la fuerza de la naturaleza terminan mezclándose hasta resultar inseparables.

Cuando el desierto se vuelve extraño

Al contemplar Fly Geyser, uno tiene la sensación de estar frente a algo que no debería encontrarse allí. El desierto suele asociarse con colores ocres, rocas desnudas y silencio. Fly Geyser rompe esa imagen. El agua introduce movimiento, los minerales introducen color, el vapor cambia constantemente la apariencia del paisaje y el sol de Nevada convierte cada superficie húmeda en un pequeño espejo. Durante unos minutos, el desierto parece abandonar la Tierra. Luego todo vuelve a quedar en silencio.

Un rincón diferente de Nevada

Nevada tiene fama de luces, casinos y grandes ciudades construidas en medio del desierto. Pero lejos de Las Vegas existe otro estado mucho más silencioso, donde las carreteras se pierden entre montañas, los espacios naturales parecen infinitos y todavía pueden encontrarse lugares capaces de sorprender al viajero. Fly Geyser pertenece a esa Nevada desconocida. No tiene el tamaño de un gran parque nacional. No posee la fama de otros paisajes del oeste. Pero quizá precisamente por eso resulta tan fascinante: porque obliga a detenerse frente a algo que parece imposible. Un géiser de colores en mitad del desierto. Una montaña que nació de un accidente. Un paisaje que todavía continúa creciendo.

Y cuando el viajero se marcha, queda atrás el agua caliente elevándose lentamente sobre las tierras áridas de Nevada. El desierto recupera su silencio. Pero Fly Geyser continúa allí, cambiando poco a poco, como si la tierra siguiera trabajando en secreto.

Pétra tou Romioú, el rincón secreto de Afrodita en Chipre

Redacción (Madrid)

lugares que parecen haber sido creados para contar una historia, y Pétra tou Romioú, en la costa suroccidental de Chipre, es uno de ellos. Conocido también como la Roca de Afrodita, este paisaje reúne enormes formaciones rocosas, aguas transparentes y una costa todavía capaz de transmitir cierta sensación de aislamiento. Frente al azul intenso del Mediterráneo, las rocas emergen del mar como si fueran restos de una antigua civilización, convirtiendo una parada aparentemente sencilla en uno de los rincones más evocadores de la isla.

Según la mitología griega, fue precisamente en estas aguas donde nació Afrodita, diosa del amor y la belleza. La leyenda cuenta que surgió de la espuma del mar y llegó a la costa chipriota, vinculando para siempre este paisaje con una de las figuras más famosas de la Antigüedad. Aunque el visitante actual no necesita creer en la leyenda para disfrutar del lugar, conocerla transforma la experiencia: cada ola, cada roca y cada atardecer parecen formar parte de una historia que lleva miles de años siendo contada.

La belleza de Pétra tou Romioú está también en su naturaleza. La carretera serpentea por el litoral y, al llegar, el Mediterráneo aparece abierto frente al viajero, con una combinación de acantilados, piedras y pequeñas zonas de costa. No es tanto un lugar para pasar el día tumbado en una playa convencional como para detenerse, caminar junto al mar, contemplar el paisaje y dejar que el tiempo transcurra lentamente. Al amanecer o al final de la tarde, cuando la luz suaviza las montañas y el mar adquiere tonos dorados, el escenario alcanza una belleza especialmente espectacular.

Además de su dimensión mitológica, este rincón permite descubrir una faceta de Chipre alejada de los grandes complejos turísticos. La isla es famosa por sus playas, sus ciudades históricas y sus yacimientos arqueológicos, pero lugares como este muestran una Chipre más tranquila, donde paisaje y tradición se mezclan de manera natural. Desde aquí se puede continuar explorando la costa hacia Pafos y descubrir otros vestigios de la historia de la isla, pero merece la pena no convertir Pétra tou Romioú en una simple parada fotográfica: sentarse frente al mar y observar las rocas es, probablemente, la mejor manera de disfrutarlo.

Viajar hasta Pétra tou Romioú es acercarse a uno de esos lugares donde la geografía y la imaginación se confunden. No hace falta que sea el destino más famoso de Chipre para resultar memorable; precisamente su carácter relativamente discreto es parte de su encanto. Entre el Mediterráneo, las montañas y la antigua leyenda de Afrodita, este paisaje ofrece una experiencia breve pero intensa, de esas que permanecen en la memoria mucho después de abandonar la isla. Chipre guarda muchos secretos, y este, quizá, sea uno de los más hermosos.


Un viaje por la España medieval, tras el espíritu de la Reconquista

Redacción (Madrid)

Viajar por España siguiendo las huellas de la llamada Reconquista es recorrer un territorio marcado durante siglos por guerras, conquistas, alianzas y profundas transformaciones culturales. Más que una ruta perfectamente delimitada, se trata de un itinerario histórico que permite visitar algunos de los lugares más importantes de la Edad Media peninsular. El viaje puede comenzar en Asturias, en Covadonga, un lugar tradicionalmente relacionado con la resistencia cristiana frente al dominio musulmán y con el origen del reino asturiano. Rodeado por las montañas de los Picos de Europa, el paisaje permite comprender hasta qué punto la geografía fue importante en la formación de los primeros núcleos de resistencia y de los reinos cristianos del norte.

Desde Asturias, la ruta puede continuar hacia León y Castilla, territorios fundamentales en la expansión de los reinos cristianos. León conserva una extraordinaria catedral gótica y numerosos vestigios de su pasado como capital del reino leonés, mientras que Burgos permite acercarse a la Castilla medieval y a la figura del Cid Campeador. El recorrido puede incluir también Ávila, cuyas impresionantes murallas constituyen una de las imágenes más espectaculares de la España medieval. Pasear junto a ellas al atardecer permite imaginar una época en la que las ciudades fronterizas necesitaban fortificaciones para proteger a sus habitantes y controlar las rutas que comunicaban los diferentes territorios.

El siguiente destino puede ser Toledo, ciudad que representa especialmente bien la complejidad de la historia medieval española. Conquistada por Alfonso VI en 1085, Toledo se convirtió en un importante centro político y cultural. Sus calles conservan huellas de las diferentes comunidades que vivieron en ella y de las tradiciones cristiana, musulmana y judía. Visitar la Catedral, el antiguo barrio judío, las iglesias y los restos de la arquitectura islámica permite comprender que la historia peninsular no fue simplemente una sucesión de enfrentamientos militares. También existieron intercambios culturales, convivencia, traducciones y circulación de conocimientos entre sociedades diferentes.

La ruta puede continuar hacia el sur, siguiendo el avance de la Corona de Castilla. Córdoba, conquistada en 1236, conserva uno de los testimonios más extraordinarios de la historia de al-Ándalus: la Mezquita-Catedral. Sevilla, incorporada a la Corona de Castilla en 1248, ofrece otro ejemplo de cómo las ciudades conquistadas fueron transformándose sin perder completamente su pasado islámico. Desde Andalucía, el viaje llega finalmente a Granada, último gran territorio musulmán de la Península. La Alhambra y el Albaicín permiten descubrir la riqueza artística y arquitectónica del reino nazarí, mientras que la ciudad recuerda el final de este largo proceso histórico con la conquista de Granada en 1492 por los Reyes Católicos.

Realizar esta ruta permite comprender que la Reconquista fue un proceso histórico extraordinariamente largo y complejo, desarrollado durante siglos y con protagonistas, fronteras y circunstancias muy diferentes. El viajero encuentra castillos, murallas, iglesias, mezquitas, palacios y antiguos caminos, pero también descubre una mezcla cultural que continúa presente en la arquitectura, la gastronomía, las tradiciones y los paisajes españoles. Desde las montañas de Covadonga hasta la Alhambra de Granada, este viaje no consiste únicamente en seguir el rastro de antiguas conquistas, sino en descubrir cómo aquellas transformaciones contribuyeron a formar la diversidad histórica y cultural de la España actual.

Los mejores sitios para visitar este otoño de 2026

Redacción (Madrid)

Hay una forma distinta de viajar cuando termina el verano. Las carreteras comienzan a vaciarse, las ciudades recuperan cierta calma y los bosques cambian lentamente de color, como si la naturaleza quisiera recordarnos que también existe belleza lejos de las prisas de julio y agosto. El otoño tiene algo de despedida, pero también de comienzo. Es la estación de los viajes tranquilos, de las tardes que se alargan frente a una copa de vino y de los pueblos en los que todavía parece posible sentarse en una plaza sin mirar el reloj. En 2026, además, viajar durante septiembre, octubre y noviembre gana cada vez más protagonismo frente a la temporada alta, impulsado por temperaturas más agradables, precios que en muchos casos resultan más llevaderos y el deseo de escapar de los destinos abarrotados.

El Valle de Ambroz, donde el otoño parece haber encontrado su casa. En el norte de Extremadura existe un territorio que en otoño adquiere una belleza difícil de explicar sin haberlo recorrido: el Valle de Ambroz. Los castaños, robles y pinares comienzan a cubrir las montañas de ocres, amarillos y rojizos, mientras el río acompaña el camino entre pequeños pueblos. Hervás, con sus calles de piedra y su antigua judería, es uno de esos lugares donde conviene caminar sin rumbo. Aquí el otoño no es solamente una estación, sino una manera de entender el paisaje. Hay senderos, gastronomía de temporada, castañas, bosques húmedos y una tranquilidad que resulta cada vez más difícil de encontrar. No es casualidad que Turismo de España lo incluya entre sus grandes paisajes naturales para disfrutar durante estos meses.

Montenegro, entre el Adriático y las montañas. Si el viajero busca abandonar España y descubrir un país pequeño pero extraordinariamente diverso, Montenegro puede ser una de las grandes elecciones del otoño de 2026. En pocos kilómetros se pasa de las aguas del Adriático a las montañas de Durmitor, de las calles medievales de Kotor a los paisajes del lago Skadar. En otoño, cuando el calor del verano comienza a retirarse, resulta especialmente atractivo recorrer sus carreteras y detenerse en pueblos donde las montañas parecen caer directamente sobre el mar. Montenegro conserva todavía algo de frontera, de territorio que no ha terminado de convertirse en escenario turístico. Y quizá ahí reside buena parte de su encanto: en poder contemplar una bahía, una iglesia o un bosque sin sentir que todo ha sido preparado para el visitante.

Galicia, cuando el mar y la tierra se sientan a la misma mesa. Hay lugares que tienen sentido durante todo el año, pero Galicia parece haber sido hecha para el otoño. Es entonces cuando las lluvias devuelven brillo a los bosques, las montañas recuperan su niebla y las mesas comienzan a llenarse de productos que pertenecen a esta estación. El marisco, las castañas, las setas, el vino nuevo y las fiestas tradicionales convierten el viaje en algo más que una sucesión de paisajes. O Grove, las Rías Baixas y el interior de Ourense ofrecen durante estas semanas una Galicia profundamente ligada a sus tradiciones gastronómicas. En noviembre, los magostos llenan de humo y olor a castaña las calles y plazas. Es un viaje para comer, caminar y conversar; tres verbos que quizá definan mejor que ningún otro la esencia de esta tierra.

Los Alpes entre Austria e Italia, una última aventura antes del invierno. Para quienes prefieren el movimiento al descanso, el otoño puede ser también el momento perfecto para atravesar las montañas. La ruta Alpe Adria permite recorrer los Alpes desde Salzburgo hasta la costa italiana del Adriático, atravesando valles, bosques, pueblos y paisajes que cambian con cada jornada. Son alrededor de 415 kilómetros y puede hacerse en varios días, incluso combinando la bicicleta con el tren. Pero más allá del esfuerzo físico está la sensación de avanzar lentamente por Europa, viendo cómo el paisaje alpino se transforma hasta encontrarse finalmente con el mar. Es uno de esos viajes en los que el trayecto importa tanto como el destino.

Y España, siempre España. Quizá no haga falta cruzar ninguna frontera para descubrir el otoño. La estación convierte buena parte del país en un territorio nuevo: la Selva de Irati se llena de colores, los Picos de Europa adquieren una luz diferente, La Rioja se viste de viñedos y Andalucía ofrece temperaturas que permiten caminar por ciudades y pueblos cuando el calor del verano ya ha desaparecido. También están la Sierra de Grazalema, el Valle de Arán, los pueblos de Castilla y León o las montañas de Soria. El otoño español tiene la ventaja de no parecerse nunca a sí mismo. En el norte llueve y el bosque se vuelve profundo; en el interior llega el frío y aparecen las chimeneas; en el sur todavía quedan tardes templadas junto a una plaza. Es, probablemente, una de las mejores estaciones para descubrir un país que durante demasiado tiempo hemos querido visitar solamente en verano.

Porque el otoño no es el final del viaje: es quizá el momento en que viajar vuelve a tener sentido. Cuando las multitudes desaparecen y el paisaje recupera su propio ritmo, el viajero vuelve a mirar de otra manera. Ya no busca solamente lugares extraordinarios, sino momentos: una carretera entre árboles amarillos, una mesa junto a una ventana, una ciudad al caer la tarde o el silencio de una montaña. Y quizá por eso los mejores destinos para este otoño de 2026 no sean necesariamente los más famosos, sino aquellos capaces de recordarnos que viajar consiste, sobre todo, en aprender a mirar despacio.

Brașov, la ciudad rumana donde los Cárpatos guardan la memoria de Europa

Redacción (Madrid)

Hay ciudades que parecen haber sido levantadas para ser contempladas desde lejos. Brașov es una de ellas. En el corazón de Transilvania, rodeada por las montañas de los Cárpatos, la ciudad aparece entre bosques y colinas como una vieja historia europea que todavía no ha terminado de contarse. Sus tejados, sus torres y sus calles de piedra hablan de un pasado en el que comerciantes, artesanos y viajeros cruzaban estas tierras siguiendo antiguas rutas entre Oriente y Occidente. Hoy Brașov conserva aquella mezcla de frontera y refugio, pero la ha convertido en algo más tranquilo: una ciudad para caminar despacio y dejar que las montañas acompañen cada paso.

El corazón medieval de Brașov se encuentra en torno a la Piața Sfatului, la gran plaza que durante siglos fue el centro de la vida urbana. Allí se levantan edificios históricos de fachadas coloridas y, sobre ellos, la silueta de la Torre del Consejo recuerda el pasado medieval de la ciudad. Muy cerca aparece la Iglesia Negra, uno de los grandes símbolos de Brașov y uno de los edificios góticos más importantes de Rumanía. Sus muros oscuros y su enorme presencia dominan parte del casco histórico. Pero quizá lo más hermoso sea perderse por las calles que salen de la plaza, caminar bajo fachadas antiguas y descubrir pequeñas esquinas donde la ciudad parece haber olvidado por un momento que estamos en el siglo XXI. Brașov no necesita grandes gestos para impresionar. Su belleza está en los detalles, en las puertas, en las piedras gastadas y en esa mezcla de arquitectura que recuerda que Transilvania siempre fue una tierra de encuentros.

Las montañas comienzan donde termina la ciudad. El monte Tâmpa se levanta junto al casco urbano y constituye uno de los grandes paisajes de Brașov. Desde sus alturas se obtiene una vista privilegiada de los tejados, las torres y las montañas que rodean la ciudad. Se puede subir caminando por los senderos del bosque o utilizar el teleférico, pero quizá sea mejor ascender lentamente, dejando que el ruido de la ciudad desaparezca mientras los árboles comienzan a ocuparlo todo. Desde arriba, Brașov parece pequeña. Las casas se agrupan alrededor de la plaza y las montañas forman una muralla natural alrededor del valle. Es entonces cuando uno comprende que la ciudad no está simplemente junto a los Cárpatos: vive bajo su mirada.

Transilvania es también una tierra de historias. A poca distancia de Brașov se encuentran lugares que han alimentado durante generaciones la imaginación de viajeros y escritores, entre ellos el castillo de Bran, asociado popularmente con la leyenda de Drácula. La realidad histórica es mucho más compleja que la leyenda, pero eso no impide que el paisaje tenga algo de misterio. Los bosques, las montañas y las antiguas fortalezas parecen hechos para las historias de viajeros que regresan de noche por caminos solitarios. Sin embargo, quizá sea más interesante acercarse a la región sin buscar únicamente al vampiro de la literatura. Hay otra Transilvania, la de los pueblos sajones, las iglesias fortificadas, las carreteras que atraviesan valles y las montañas donde todavía puede sentirse una Europa rural y silenciosa.

La ciudad también tiene sus rincones escondidos. Entre ellos está Strada Sforii, una de las calles más estrechas de Brașov, un pasadizo urbano que parece más propio de una ciudad medieval imaginada que de una capital moderna de provincia. Pero el verdadero encanto está en caminar sin rumbo fijo. Salir de la plaza, atravesar una calle, entrar en otra y observar cómo cambia el ambiente. Por la mañana, los cafés comienzan a llenarse; al caer la tarde, las fachadas adquieren un tono dorado y las montañas se oscurecen lentamente. Es una ciudad que invita a quedarse después de haber terminado aquello que se había venido a hacer. Y esa es quizá una de las mejores señales de que un lugar merece la pena.

Brașov guarda además una historia marcada por sus fronteras y sus comunidades. Durante siglos fue una ciudad comercial donde convivieron diferentes grupos culturales y religiosos, y esa diversidad todavía puede leerse en su arquitectura. Las huellas de la comunidad sajona son especialmente visibles en el casco histórico, pero también aparecen otras tradiciones que recuerdan la complejidad de Transilvania. No hace falta conocer todos los episodios de su pasado para percibirlo. Basta caminar por sus calles. Cada edificio parece pertenecer a una época distinta y, sin embargo, todos forman una misma ciudad. Ese es uno de los secretos de Brașov: no ha borrado sus capas de historia, sino que las ha dejado convivir.

Cuando llega la noche, Brașov cambia de rostro. Las luces comienzan a encenderse en la Piața Sfatului, los restaurantes ocupan las terrazas y las montañas desaparecen poco a poco detrás de la oscuridad. El viajero puede caminar por el centro histórico mientras las calles se vuelven más tranquilas y escuchar ese silencio particular de las ciudades antiguas cuando termina el movimiento del día. Entonces resulta fácil imaginar a los comerciantes de otros siglos cerrando sus tiendas, a los viajeros llegando desde las montañas o a las antiguas caravanas buscando refugio antes de continuar su camino. La historia no se puede recuperar, pero algunos lugares conservan la capacidad de hacernos imaginar cómo pudo ser.

Brașov no es una ciudad que se entregue de inmediato. Primero muestra sus plazas y sus edificios, después sus montañas y finalmente su carácter. Hay que caminarla para comprenderla. Hay que salir de sus calles principales y mirar hacia los Cárpatos. Hay que sentarse un rato en una plaza sin consultar el reloj. Solo entonces aparece la verdadera ciudad: una mezcla de piedra, bosque, memoria y montaña que resulta difícil de encontrar en otros lugares de Europa.

Y cuando llega el momento de marcharse, queda la sensación de haber conocido algo más que una ciudad rumana. Brașov parece una puerta hacia otra Transilvania, una región donde las montañas todavía dominan el horizonte y donde el pasado continúa apareciendo en las fachadas, en los caminos y en las historias que cuentan sus pueblos. Quizá esa sea la razón por la que Brașov permanece en la memoria: porque allí, entre las calles medievales y los bosques de los Cárpatos, Europa parece detenerse un instante para recordar de dónde viene.

Los palacios y jardines de lujo en plena Sevilla

Redacción (Madrid)

Sevilla tiene una manera muy particular de entender el lujo: no necesita aislarse del mundo ni recurrir a la ostentación para resultar extraordinaria. Aquí el lujo puede ser dormir en un antiguo palacio, desayunar entre azulejos, contemplar la Giralda desde una terraza, recorrer el Guadalquivir al atardecer o sentarse ante una mesa donde la cocina andaluza se convierte en alta gastronomía. La propia oferta turística oficial de la provincia destaca precisamente esa combinación de hoteles boutique, palacios, haciendas, cortijos y experiencias vinculadas al estilo de vida andaluz.

Uno de los grandes iconos de esta Sevilla sofisticada es , situado junto al Real Alcázar y la Universidad. Desde su inauguración en 1928 se convirtió en uno de los grandes hoteles de referencia de la ciudad y todavía conserva esa condición de escenario privilegiado para quienes buscan alojarse en el corazón monumental sevillano. El lujo aquí tiene una dimensión histórica: patios, arquitectura regionalista y una localización que permite salir caminando hacia la Catedral, la Giralda, el Alcázar o el barrio de Santa Cruz. El hotel forma parte, de hecho, de la selección de establecimientos de lujo que recoge Turismo de la Provincia de Sevilla.

Pero el lujo sevillano no siempre se presenta con la solemnidad de los grandes hoteles históricos. También puede encontrarse en palacios restaurados donde el viajero duerme rodeado de siglos de arquitectura. El es un ejemplo especialmente atractivo: instalado en un palacio del siglo XVIII, propone una experiencia en la que patios, proporciones monumentales y diseño contemporáneo conviven sin necesidad de competir. Turismo de Sevilla incluye el Palacio de Villapanés entre sus establecimientos de lujo y destaca precisamente su condición de antigua casa-palacio rehabilitada en pleno centro histórico.

Otra manera de descubrir esta dimensión íntima del lujo es alojarse en un hotel boutique como , en el corazón del casco histórico. En este tipo de establecimientos, el lujo no depende tanto de la escala como de la atmósfera: pequeñas dimensiones, arquitectura tradicional, silencio, atención personalizada y la posibilidad de sentir que uno no está ocupando una habitación anónima, sino una casa sevillana con historia. Es una fórmula particularmente adecuada para quien entiende el viaje como una sucesión de sensaciones y no simplemente como una colección de monumentos.

Para quienes prefieren una interpretación más contemporánea, representa otra cara del destino. Su localización, próxima a la Plaza de San Francisco y al centro histórico, permite combinar el patrimonio monumental con una concepción más moderna del alojamiento de alta gama. Y es precisamente esa convivencia entre tradición y contemporaneidad la que define buena parte de la Sevilla actual: una ciudad que conserva patios, iglesias, palacios y fachadas centenarias mientras incorpora hoteles, restaurantes y espacios de diseño que reinterpretan su identidad.

El lujo también puede estar en la mesa. Sevilla posee una gastronomía que va mucho más allá de las tapas entendidas como fórmula turística y que permite descubrir desde la cocina tradicional hasta propuestas contemporáneas y menús degustación. En esta nueva escena gastronómica destacan restaurantes como o , donde la experiencia se construye alrededor de la creatividad culinaria. En una ciudad cuyo turismo oficial propone incluso recorridos gastronómicos que relacionan barrios, chefs e historia de los sabores, comer bien se convierte en una de las maneras más interesantes de entender la Sevilla contemporánea.

Y después está el Guadalquivir, que proporciona uno de los escenarios más elegantes de la ciudad. Al caer la tarde, cuando el calor comienza a retirarse y la luz convierte las fachadas en tonos dorados, navegar por el río permite contemplar Sevilla desde una perspectiva distinta. El lujo, en este caso, consiste en disponer de tiempo: dejar atrás durante unas horas las calles concurridas, avanzar lentamente sobre el agua y observar cómo la ciudad cambia cuando comienza a iluminarse. Es una experiencia que complementa perfectamente una estancia en alguno de los hoteles históricos del centro.

Para una escapada verdaderamente exclusiva merece la pena mirar también hacia las afueras de la capital. La provincia conserva numerosas haciendas y cortijos donde la experiencia se aleja de la ciudad monumental y se acerca al paisaje andaluz. Turismo de la Provincia de Sevilla define estos alojamientos como una forma de disfrutar del «lujo del estilo de vida andaluz» y señala experiencias como paseos entre olivares, cenas bajo las estrellas, jardines, actividades ecuestres o visitas relacionadas con el aceite, el vino y la artesanía tradicional. Es un lujo diferente: menos urbano, más silencioso y profundamente ligado al territorio.

Al final, los destinos de lujo de Sevilla no deberían entenderse únicamente como una lista de hoteles de cinco estrellas, restaurantes sofisticados o experiencias exclusivas. El verdadero privilegio consiste en poder construir una Sevilla a medida: despertarse en un palacio, caminar hasta la Catedral antes de que el centro se llene, almorzar lentamente, descansar en una terraza, visitar el Alcázar, contemplar el Guadalquivir al atardecer y terminar la noche en una mesa donde la cocina andaluza dialogue con la creatividad contemporánea. Sevilla tiene monumentos extraordinarios, pero su mayor lujo quizá sea otro: la capacidad de convertir el tiempo en parte esencial del viaje. La ciudad oficial de turismo la presenta como un destino de cultura, gastronomía, compras, ocio y experiencias, pero basta pasear unas horas por sus calles para comprender que su verdadera sofisticación está en algo mucho menos tangible: saber disfrutar sin demasiada prisa.

Combarro, donde Galicia se encuentra con el mar

Redacción (Madrid)

Hay pueblos que parecen haber sido construidos para ser fotografiados y otros que, sencillamente, han terminado siendo fotogénicos porque fueron construidos para vivir. Combarro, en la ría de Pontevedra, pertenece a estos últimos. Su pequeño casco histórico, declarado Bien de Interés Cultural, conserva una de las estampas más reconocibles de la Galicia marinera: casas de piedra, estrechas calles, cruceiros y decenas de hórreos mirando hacia el agua.

Llegar a Combarro es adentrarse en un paisaje donde tierra y mar nunca parecen estar completamente separados. Las casas tradicionales se apiñan alrededor de pequeñas calles que descienden hacia la ría. Muchas conservan soportales y balcones de piedra o madera, soluciones arquitectónicas nacidas de las necesidades de una población acostumbrada a vivir bajo la lluvia y en contacto permanente con el océano.

Pero son los hórreos los que proporcionan al pueblo su imagen más característica. Estas construcciones elevadas servían para almacenar y conservar las cosechas, especialmente el maíz. En Combarro se conservan alrededor de sesenta, muchos de ellos junto a la línea de costa. El contraste entre la piedra de los hórreos y el azul de la ría produce una de esas imágenes que explican un lugar mejor que cualquier folleto turístico.

También los cruceiros forman parte esencial del paisaje. Combarro conserva ocho, algunos del siglo XVIII, y varios presentan una particularidad cargada de simbolismo: la Virgen mira hacia el mar y Cristo hacia tierra. Es una pequeña representación en piedra de la antigua vida del pueblo, dividida entre aquello que proporcionaba sustento y aquello que podía ofrecer peligro.

Conviene recorrer Combarro sin demasiada prisa. Desde sus calles se abren pequeñas perspectivas hacia la ría, la isla de Tambo y las bateas de mejillones. Al llegar a la zona costera, el paisaje se ensancha y permite comprender cómo la arquitectura del pueblo nació directamente de su relación con el mar.

La experiencia continúa en la mesa. La cocina de la zona tiene en los pescados, mariscos, pulpo, empanadas y vinos de las Rías Baixas algunos de sus mejores argumentos. Comer después de haber recorrido las calles de Combarro no es solamente una cuestión gastronómica: es prolongar en el plato el paisaje que se acaba de contemplar.

Y quizá el mejor momento para hacerlo todo sea al final de la tarde. Cuando el sol comienza a caer, la piedra adquiere tonos dorados, las calles quedan en penumbra y la ría refleja lentamente las luces de la costa. Los hórreos parecen entonces pequeñas esculturas junto al agua.

Combarro no necesita grandes monumentos ni avenidas monumentales. Su atractivo está precisamente en su escala humana, en la conservación de una arquitectura tradicional y en una relación con el mar que todavía puede reconocerse a cada paso.

Es un pueblo pequeño, pero contiene una Galicia entera: la de la piedra, la lluvia, los hórreos, el vino y el Atlántico.

Kirguistán, el último refugio nómada entre las montañas de Asia Central

Redacción (Madrid)

En el corazón de Asia Central, entre algunas de las montañas más espectaculares del continente, se encuentra Kirguistán, un país que todavía permanece al margen de las grandes rutas turísticas internacionales. Su paisaje está dominado por la cordillera del Tian Shan, que ocupa buena parte de su territorio y convierte al país en un destino marcado por las grandes alturas, los valles y los lagos de aguas cristalinas. Lejos de las grandes ciudades y de los circuitos turísticos convencionales, Kirguistán ofrece una imagen de Asia Central mucho más rural, silenciosa y ligada a la naturaleza.

Uno de los grandes símbolos del país es el lago Issyk-Kul, una enorme masa de agua rodeada de montañas que constituye uno de los principales atractivos naturales de Kirguistán. Sus orillas combinan playas, pequeñas localidades y paisajes montañosos, mientras que en el horizonte las cumbres nevadas recuerdan constantemente la particular geografía del país. Sin embargo, el verdadero carácter de Kirguistán aparece al abandonar las zonas más pobladas y adentrarse en sus valles, donde los caminos atraviesan paisajes prácticamente intactos.

La relación con la naturaleza también forma parte de la identidad cultural kirguisa. Durante siglos, las comunidades nómadas se desplazaron por las montañas siguiendo los ciclos de las estaciones y el ganado. Aunque la vida moderna ha transformado profundamente estas costumbres, todavía pueden encontrarse familias que mantienen algunas de esas tradiciones, especialmente durante los meses de verano. Las yurtas, las antiguas viviendas circulares de los pueblos nómadas, continúan presentes en muchas regiones y se han convertido en uno de los elementos más reconocibles de la cultura del país.

La capital, Biskek, ofrece un contraste evidente con ese mundo rural. Sus avenidas, parques y edificios recuerdan el pasado soviético del país, mientras que cafés, mercados y nuevos espacios culturales muestran una sociedad que mira hacia el futuro sin abandonar completamente sus raíces. Esa mezcla entre herencia soviética, tradición nómada y modernidad convierte a Kirguistán en un lugar especialmente interesante para comprender los cambios que ha experimentado Asia Central durante las últimas décadas.

Quizá el mayor atractivo de Kirguistán sea precisamente aquello que todavía no ha perdido: la sensación de descubrimiento. Sus montañas, sus caminos remotos y sus comunidades rurales permiten al viajero experimentar un territorio donde el paisaje continúa teniendo un protagonismo absoluto. En una época dominada por destinos masificados y fotografías repetidas hasta el infinito, Kirguistán conserva algo cada vez más difícil de encontrar: la posibilidad de llegar a un lugar y sentir que todavía queda mucho por descubrir.

Tromsø, donde la noche aprende a durar

Redacción (Madrid)

Hay ciudades que uno visita y ciudades que lo visitan a uno. Tromsø pertenece a las segundas. Está allí arriba, en el norte de Noruega, plantada sobre una isla y rodeada de montañas que parecen haber sido colocadas deliberadamente para impedir que el mundo se escape. El mar tiene ese color metálico de las cosas que no necesitan agradar a nadie, y el viento llega con la educación justa para recordarte que, en aquellas latitudes, la naturaleza no está para servir al turista. Tromsø es una ciudad pequeña, pero no parece tener conciencia de ello. Tiene universidad, cafés, bares, museos, supermercados y gente que camina deprisa. Tiene incluso una catedral ártica cuya arquitectura parece querer discutir con el horizonte. Pero basta salir unos metros del centro para comprender quién manda aquí. El invierno es el verdadero propietario.

Durante semanas, el sol apenas se deja ver. No desaparece exactamente; sería demasiado sencillo. Se limita a no presentarse del todo, dejando una claridad azulada sobre las montañas, una especie de crepúsculo interminable que convierte las calles en el escenario de una película que nadie se ha molestado en terminar. Al principio resulta hermoso. Después empieza a resultar extraño. Finalmente, uno comprende que la belleza también puede ser una forma de amenaza. Caminar por Tromsø de noche tiene algo de viaje hacia atrás. Las casas de madera, las luces amarillas detrás de las ventanas, la nieve acumulada en las aceras y las montañas negras al fondo producen una sensación difícil de explicar. En cualquier momento parece que vaya a aparecer un hombre con un abrigo largo, un cigarrillo en la boca y una mala noticia. Pero los noruegos no parecen especialmente preocupados. Entran en un bar. Piden cerveza. Hablan. Y cuando llega la hora, regresan a casa.

Quizá ésa sea una de las grandes lecciones de Tromsø: la gente aprende a convivir con aquello que no puede cambiar. Aquí nadie discute con el invierno. Nadie pretende convencer a la oscuridad de que se marche. Se encienden las lámparas, se pone leña en la chimenea, se sale a esquiar y se continúa con la vida. En el fondo, toda civilización consiste en eso. En inventar pequeñas comodidades frente a un mundo que no tiene ninguna obligación de ser cómodo.

Desde Tromsø salen excursiones para perseguir auroras boreales. Hay turistas que llegan con cámaras enormes, trípodes, baterías de repuesto y la esperanza de regresar a casa con una fotografía que justifique el viaje. La aurora, sin embargo, no entiende de horarios. Puede aparecer a las seis de la tarde o a las dos de la madrugada. Puede desplegarse sobre el cielo durante minutos o desaparecer cuando uno acaba de preparar la cámara. Puede ser espectacular o apenas una mancha verdosa que uno descubre al mirar hacia arriba. Y entonces ocurre algo curioso. Uno deja de fotografiar. Mira. Durante unos minutos, nadie habla. El cielo se mueve. No parece que se mueva, porque estamos acostumbrados a que el cielo sea la parte inmóvil del mundo. Pero allí arriba una luz verde serpentea sobre las montañas como si alguien estuviera escribiendo un mensaje que no sabemos leer. Hay cosas que una fotografía no consigue explicar. Ésa es una de ellas.

Tromsø tampoco es sólo invierno. Cuando llega el verano, la ciudad cambia de carácter. El sol se niega a marcharse y la noche se convierte en una especie de rumor. La gente sale, bebe, navega, camina por las montañas y aprovecha cada hora de luz como si supiera que aquello no va a durar. Y no dura. Nunca dura. Tal vez por eso los habitantes del norte parecen tener una relación distinta con el tiempo. Saben que la oscuridad volverá. Saben que el frío volverá. Saben que las montañas seguirán allí cuando los turistas hayan regresado a sus hoteles y los aviones hayan despegado hacia el sur. Nosotros, los que venimos de lugares donde el sol parece un derecho adquirido, solemos olvidar esas cosas. Creemos que el verano es normal. Que la luz es normal. Que salir a la calle sin mirar el termómetro es normal. Tromsø enseña que no. Que todo eso es provisional.

Quizá por eso la ciudad tiene algo de refugio. No un refugio romántico, de esos que aparecen en los folletos turísticos, sino uno auténtico: un lugar construido para que los seres humanos puedan vivir en un territorio que, a primera vista, parece haber sido diseñado para que no vivan seres humanos. Hay pescado en los restaurantes, barcos en el puerto y nieve en las montañas. Hay estudiantes que salen de noche, ancianos que pasean y trabajadores que toman el autobús mientras afuera el termómetro se empeña en demostrar quién es el más fuerte.

Y luego está el mar. Siempre el mar. El mar del norte tiene una manera particular de recordarte que eres poca cosa. Desde Tromsø se extiende oscuro, frío y enorme, entre islas y montañas. Durante siglos fue camino, alimento y peligro. Hoy sigue siendo las tres cosas, aunque nosotros hayamos inventado motores más potentes y teléfonos capaces de fotografiar las estrellas. Al final de un viaje por Tromsø, uno comprende que la ciudad no necesita grandes monumentos. Su monumento es el paisaje. Su historia está escrita en el frío. Y su carácter, en esa obstinación tranquila de quienes decidieron quedarse aquí cuando cualquier persona razonable habría mirado el mapa y pensado que quizá era mejor continuar hacia el sur.