La Perla del Pacífico busca al Rey o Reina del Ceviche con un reto de un kilo en ocho minutos

Redacción (Madrid)

¿Es posible terminar un kilo de ceviche de camarón, acompañado de arroz, chifles y palomitas, en menos de ocho minutos? La respuesta se conocerá el próximo sábado 3 de octubre, durante la gran final de ‘Buscando al Rey o Reina del Ceviche’, una iniciativa organizada por La Perla del Pacífico que ha convertido durante las últimas semanas uno de los platos más reconocidos de la gastronomía ecuatoriana en el centro de un singular desafío gastronómico en Madrid.

La dinámica del concurso ha permitido a los clientes de los restaurantes participantes entrar en el sorteo de una plaza para la final. Para hacerlo, quienes consumían un ceviche de camarón, pescado o mixto recibían un ticket que debían depositar en las ánforas habilitadas en cada establecimiento. El próximo 30 de septiembre, a las 20:00 horas, se celebrará un sorteo en cada restaurante para seleccionar al representante que acudirá a la gran final.

Los participantes tendrán que enfrentarse a un único objetivo: terminar un kilo de ceviche con sus correspondientes acompañamientos en menos de ocho minutos. El ganador recibirá un premio de 1.000 euros, mientras que el segundo clasificado podrá disfrutar de ceviches gratis durante un año. El tercer puesto tendrá como recompensa una cena para dos personas y un kit sorpresa.

Mucho más que un reto gastronómico. Detrás de ‘Buscando al Rey o Reina del Ceviche’ existe también una intención cultural. La iniciativa pretende acercar y poner en valor la gastronomía ecuatoriana en Madrid a través de una propuesta abierta, entretenida y vinculada directamente con la comunidad hispana. La campaña reivindica además el carácter social de la cocina ecuatoriana, entendida como un punto de encuentro en torno a la mesa y como una forma de conservar tradiciones, sabores y costumbres lejos del país de origen.

Una historia familiar detrás de La Perla del Pacífico. La empresa comenzó su trayectoria en 1998 de la mano de Nelly Elizalde, quien llegó a España desde Ecuador y puso en marcha un proyecto familiar que ha ido creciendo durante más de dos décadas. Actualmente, La Perla del Pacífico cuenta con diez establecimientos en Madrid, situados en Ascao, El Carmen, Tetuán, Villaverde, Getafe, Oporto, Vista Alegre, Puente de Vallecas, Usera y Legazpi. La gestión del negocio continúa actualmente en manos de sus hijos y hermanos, que mantienen el carácter familiar con el que nació la empresa.

La gran final tendrá lugar el 3 de octubre. La competición se celebrará a las 20:00 horas en La Perla del Pacífico Usera, situada en la calle Rafaela Ybarra, 37. Los finalistas se enfrentarán en directo para intentar convertirse en el Rey o Reina del Ceviche. El evento estará abierto al público y contará con animación, ambiente festivo y diferentes sorpresas para los asistentes. En juego estarán un kilo de ceviche, ocho minutos y un premio de 1.000 euros.

Datos de la gran final

  • Evento: ‘Buscando al Rey o Reina del Ceviche’
  • Fecha: sábado 3 de octubre de 2026
  • Hora: 20:00 horas
  • Reto: terminar un kilo de ceviche con sus acompañamientos en menos de ocho minutos
  • Primer premio: 1.000 €
  • Segundo premio: ceviches gratis durante un año
  • Tercer premio: cena para dos personas + kit sorpresa
  • Lugar: La Perla del Pacífico Usera, calle Rafaela Ybarra, 37, Madrid
  • Reservas: 912 227 434

Lisboa monumental: un viaje por el corazón histórico de Portugal

Redacción (Madrid)

Recorrer el centro de Lisboa es realizar un viaje por siglos de historia portuguesa. La capital se extiende sobre colinas que descienden hacia el estuario del Tajo y conserva en sus calles las huellas de diferentes épocas: la Lisboa medieval, la ciudad de los grandes navegantes, la reconstrucción posterior al terremoto de 1755 y la capital moderna. Para el viajero, una de las mejores maneras de conocerla es caminar por sus barrios históricos y descubrir sus principales monumentos culturales, muchos de ellos concentrados en una zona que puede recorrerse a pie. El resultado es una ciudad donde iglesias, plazas, palacios, miradores y edificios históricos aparecen constantemente entre las calles empedradas.

Uno de los puntos imprescindibles es la Praça do Comércio, una de las plazas más monumentales de Lisboa. Abierta hacia el Tajo, ocupa el lugar donde se encontraba el antiguo Terreiro do Paço, relacionado con el Palacio Real antes del terremoto de 1755. Sus edificios amarillos y su enorme espacio abierto representan la reconstrucción de la ciudad bajo el marqués de Pombal. En el centro se encuentra la estatua ecuestre de José I, mientras que el Arco da Rua Augusta conduce hacia una de las principales arterias de la Baixa. Subir hasta su parte superior ofrece una magnífica perspectiva de la plaza, del río y del centro histórico, permitiendo comprender la importancia que el Tajo ha tenido en la historia económica y marítima de Lisboa.

Desde allí, el recorrido conduce hacia la Baixa Pombalina, reconstruida después del devastador terremoto de 1755. Sus calles rectilíneas y sus edificios organizados según un plan urbanístico racional contrastan con el trazado más irregular de los barrios antiguos. Caminar por la Rua Augusta hasta el Rossio permite descubrir una Lisboa comercial y monumental, llena de tiendas, cafés y edificios históricos. En esta zona también se encuentra la Praça do Rossio, tradicional punto de encuentro de la ciudad, y muy cerca aparece la Igreja de São Roque, cuyo interior sorprende por la riqueza de sus capillas y su decoración barroca. El paseo demuestra cómo Lisboa combina la monumentalidad con una intensa vida urbana.

Otro de los grandes símbolos culturales de la capital es la Sé de Lisboa, la catedral de la ciudad. Construida a partir del siglo XII, presenta el aspecto robusto de una fortaleza medieval y constituye uno de los edificios religiosos más antiguos de Lisboa. Su arquitectura permite acercarse a los primeros siglos de la Lisboa cristiana después de la conquista de la ciudad en 1147. Desde la catedral comienza además el ascenso hacia Alfama, uno de los barrios históricos más característicos. Sus calles estrechas, escaleras y pequeñas plazas conservan un trazado que sobrevivió al terremoto y permiten descubrir una Lisboa diferente, más íntima y laberíntica. Perderse por Alfama es casi tan interesante como visitar sus monumentos, especialmente cuando aparecen pequeñas fachadas de azulejos, miradores y locales donde todavía se escucha fado.

En lo alto de una de las colinas se encuentra el Castelo de São Jorge, otro de los lugares fundamentales para comprender la historia de Lisboa. Sus orígenes se remontan a épocas anteriores a la fundación del reino portugués y el recinto fue utilizado y transformado por diferentes culturas. Además de recorrer sus murallas y torres, el visitante obtiene desde aquí algunas de las mejores vistas panorámicas de la ciudad. El Tajo, las casas de Alfama y los tejados de Lisboa se extienden ante el viajero, convirtiendo la visita en una combinación de patrimonio y paisaje. Es un lugar especialmente interesante al final de la tarde, cuando la luz comienza a cambiar sobre la ciudad.

El recorrido por los monumentos culturales de Lisboa también puede continuar hacia Chiado, uno de los barrios tradicionalmente relacionados con la vida intelectual y literaria de la ciudad. Allí se encuentra el Convento do Carmo, cuyas ruinas recuerdan el terremoto de 1755. Las enormes estructuras góticas que quedaron al descubierto tras el derrumbe del edificio producen una impresión muy diferente a la de otros monumentos lisboetas. Cerca se encuentran también el famoso Café A Brasileira y la estatua de Fernando Pessoa, uno de los grandes escritores portugueses. Sentarse en esta zona permite comprender otra dimensión de Lisboa: la ciudad literaria, cultural y bohemia que se desarrolló alrededor de cafés, librerías y espacios artísticos.

Para completar el recorrido, resulta imprescindible acercarse al barrio de Belém, situado junto al Tajo y algo alejado del núcleo de la Baixa, pero estrechamente relacionado con la historia cultural y marítima de Portugal. Allí se encuentran dos de los grandes monumentos del país: el Mosteiro dos Jerónimos y la Torre de Belém, ambos declarados Patrimonio Mundial por la UNESCO. El monasterio es una extraordinaria muestra del estilo manuelino, mientras que la torre, construida a comienzos del siglo XVI, recuerda la época de las grandes expediciones marítimas portuguesas. En este mismo barrio se encuentra también el Padrão dos Descobrimentos, un monumento dedicado a la expansión marítima portuguesa. La visita a Belém permite comprender hasta qué punto el océano y los viajes transformaron la historia de Lisboa.

Una de las grandes virtudes de Lisboa es que sus monumentos no aparecen aislados, sino integrados en una ciudad que continúa teniendo una intensa vida cotidiana. Entre una iglesia y un castillo aparecen tranvías, mercados, restaurantes, pequeñas tiendas y cafés. La cultura portuguesa también se descubre en detalles aparentemente sencillos: los azulejos de las fachadas, el sonido del fado, los pasteles de nata, las plazas llenas de vida y las vistas constantes hacia el Tajo. Por eso, visitar Lisboa no consiste únicamente en entrar en sus monumentos, sino en caminar entre ellos y comprender cómo forman parte de la identidad de la ciudad.

Al final del recorrido, Lisboa aparece como una capital construida sobre diferentes épocas. La Sé y el Castelo de São Jorge recuerdan su pasado medieval; Alfama conserva el trazado de la ciudad antigua; la Baixa muestra la reconstrucción posterior al terremoto; Chiado representa su tradición literaria y cultural; y Belém mantiene viva la memoria de la expansión marítima portuguesa. Todos estos lugares forman un enorme patrimonio que convierte al centro de Lisboa en uno de los conjuntos urbanos más interesantes de Europa.

Visitar sus monumentos es, en definitiva, una manera de leer la historia de Portugal caminando. Cada plaza, iglesia, fortaleza o monasterio cuenta una parte diferente de ese pasado y, juntos, permiten comprender cómo Lisboa llegó a convertirse en la ciudad que es hoy. Entre las colinas, los tranvías y el Tajo, la capital portuguesa ofrece al viajero algo más que belleza arquitectónica: la posibilidad de recorrer siglos de historia en apenas unos kilómetros.

Una ruta por Latinoamérica, un viaje al corazón de un continente

Redacción (Madrid)

Hay viajes que se hacen para llegar a un lugar y otros que comienzan precisamente cuando uno deja de saber dónde terminará. Recorrer Latinoamérica pertenece a estos últimos. Es difícil atravesar este continente sin tener la sensación de que cada frontera abre una historia distinta, un paisaje nuevo y una manera diferente de entender la vida. Desde las montañas de México hasta las tierras australes de Argentina y Chile, el viajero encuentra volcanes, selvas, desiertos, ciudades coloniales, grandes ríos y pueblos donde el tiempo parece avanzar con otra velocidad. Pero Latinoamérica no es solamente una sucesión de paisajes. Es también una mezcla de culturas indígenas, herencias europeas, raíces africanas y sociedades que durante siglos han construido su identidad entre montañas, costas y selvas. Por eso una ruta por el continente no debería plantearse únicamente como una colección de destinos, sino como un viaje en busca de aquello que los une.

México, donde comienza el viaje. Ciudad de México puede ser una puerta extraordinaria para entrar en Latinoamérica. Es una ciudad enorme, contradictoria y llena de vida, donde las antiguas culturas mesoamericanas conviven con edificios coloniales, mercados populares y barrios que cambian de personalidad a cada calle. Desde allí, el camino puede dirigirse hacia Oaxaca, donde las tradiciones indígenas continúan teniendo una presencia visible, y después hacia Chiapas, una tierra de montañas y selvas donde las antiguas ciudades mayas aparecen entre la vegetación. Más al sur, la península de Yucatán abre otro paisaje: cenotes, pueblos, ruinas y una costa caribeña que recuerda que México contiene muchos países dentro de sus propias fronteras. El viajero empieza entonces a comprender que en Latinoamérica las distancias no se miden únicamente en kilómetros, sino también en culturas.

Guatemala y el mundo de los volcanes. Cruzar hacia Guatemala significa entrar en un territorio dominado por las montañas. Antigua Guatemala, con sus calles empedradas y edificios coloniales, conserva una belleza serena que contrasta con la fuerza de los volcanes que la rodean. Más adelante aparece el lago Atitlán, encerrado entre montañas y volcanes, donde las comunidades indígenas mantienen tradiciones, tejidos y lenguas que forman parte de la identidad del país. Es uno de esos lugares en los que el paisaje parece haber sido construido para obligar al viajero a detenerse. Al amanecer, cuando la niebla se levanta sobre el lago y las montañas comienzan a aparecer, resulta difícil pensar que exista una frontera entre naturaleza y memoria. Todo parece formar parte de la misma historia.

Colombia, donde el continente cambia de ritmo. El viaje continúa hacia Colombia, un país de geografías muy distintas. Bogotá aparece entre montañas, mientras Medellín se extiende por un valle profundo y Cartagena conserva frente al Caribe sus murallas y sus casas de colores. Pero quizá sea necesario abandonar las grandes ciudades para comprender otra Colombia. En la Sierra Nevada de Santa Marta, la selva asciende hacia las montañas y el Caribe permanece al fondo del horizonte. En el Eje Cafetero, las plantaciones cubren las laderas y los pequeños pueblos mantienen una relación cotidiana con la tierra. Colombia tiene esa capacidad de pasar de una región a otra como si cambiara de continente. El viajero descubre que aquí la diversidad no es una excepción, sino la regla.

Ecuador, un país pequeño con varios mundos. Pocas naciones concentran en un territorio relativamente reducido una variedad geográfica semejante. Quito se extiende entre montañas y conserva uno de los centros históricos más importantes de América Latina. Más al sur aparecen volcanes, lagunas y pequeñas poblaciones andinas, mientras hacia el oeste comienza la costa del Pacífico. Y después están las Galápagos, alejadas del continente y convertidas en uno de los grandes territorios naturales del planeta. Ecuador obliga a mirar hacia arriba y hacia abajo: hacia las cumbres de los Andes y hacia las profundidades del océano. Es un país donde la naturaleza parece haber querido demostrar cuántas formas puede adoptar en pocos kilómetros.

Perú, donde las montañas guardan la memoria. Llegar a Perú significa encontrarse con una de las grandes geografías de América. Lima mira hacia el Pacífico, pero basta viajar hacia el interior para que los Andes comiencen a dominar el horizonte. Cusco conserva las huellas de una civilización que construyó ciudades, caminos y terrazas en un territorio aparentemente imposible. El Valle Sagrado conduce entre montañas hacia Machu Picchu, pero sería un error reducir Perú a una sola ciudad perdida entre las cumbres. El lago Titicaca, los paisajes del altiplano, Arequipa, el desierto de Ica y la Amazonía peruana muestran un país que parece contener varios mundos. En Perú, la montaña no es simplemente un paisaje: es parte de la historia y de la vida cotidiana.

Bolivia, el país donde el cielo parece no terminar. Al cruzar hacia Bolivia, el paisaje adquiere una dimensión casi irreal. La Paz se encuentra suspendida entre montañas, mientras el altiplano se extiende hacia el horizonte. Allí aparece el Salar de Uyuni, una inmensa superficie blanca que durante la estación de lluvias puede transformarse en un espejo gigantesco donde el cielo parece confundirse con la tierra. Más allá están las lagunas de colores, los volcanes y los desiertos de altura. Bolivia es un país áspero y hermoso, donde las distancias vuelven a adquirir otra dimensión y donde las antiguas culturas andinas siguen presentes en las calles, en los mercados y en las comunidades.

Chile y Argentina, hacia el final del continente. Más al sur, los Andes continúan acompañando al viajero hasta convertir el paisaje en algo casi elemental. Chile ofrece el desierto de Atacama, uno de los territorios más secos del planeta, pero también los bosques y lagos de la Patagonia y los canales australes. Argentina, al otro lado de la cordillera, cambia nuevamente de rostro: Buenos Aires conserva una personalidad profundamente urbana y europea, mientras Mendoza vive bajo la sombra de los Andes y la Patagonia se abre en grandes extensiones de estepa, glaciares y montañas. Al llegar a Tierra del Fuego, el viaje parece encontrarse con su propio límite. Allí el continente termina entre viento, mar y montañas.

Pero una ruta por Latinoamérica nunca termina realmente. Porque el continente no se puede resumir en una carretera ni en una lista de países. Está en los mercados donde se mezclan lenguas, en las plazas coloniales, en las canciones, en el olor de la comida que sale de una cocina, en los autobuses que atraviesan montañas durante horas y en las conversaciones que empiezan sin que nadie conozca todavía al viajero. También está en la selva, en el desierto, en el Caribe y en los Andes. Recorrer Latinoamérica es comprender que sus fronteras políticas cuentan una historia, pero sus paisajes cuentan otra mucho más antigua.

Guyana, el país donde la selva todavía tiene la última palabra

Redacción (Madrid)

Hay países que parecen haber quedado deliberadamente apartados del ruido del mundo. Guyana es uno de ellos. En la costa norte de Sudamérica, entre Venezuela, Brasil y Surinam, este territorio verde y húmedo conserva una de las grandes selvas todavía poco conocidas del continente. Su nombre quizá no provoque en el viajero la misma familiaridad que Brasil, Perú o Colombia, pero basta mirar un mapa para comprender que aquí comienza una de esas geografías que todavía guardan espacios inmensos lejos de las carreteras y de las ciudades. Guyana es un país de ríos enormes, bosques tropicales, comunidades indígenas y llanuras donde la naturaleza parece ocupar más espacio que el hombre. En Georgetown, la capital, la vida tiene un aire caribeño; más allá de sus calles, sin embargo, comienza un territorio en el que las distancias se miden por el curso de los ríos y donde la selva continúa siendo la verdadera protagonista.

Georgetown, una puerta abierta al Caribe. El viaje comienza en una ciudad que puede resultar inesperada para quien llega por primera vez. Georgetown no tiene el aspecto de una gran capital sudamericana. Sus casas de madera, sus canales y su arquitectura de influencia británica recuerdan el pasado colonial del país, mientras los mercados, la música y la mezcla de culturas revelan una sociedad formada por descendientes de africanos, indios, europeos, chinos y pueblos indígenas. El mercado de Stabroek concentra buena parte de esa energía cotidiana: vendedores, frutas tropicales, especias y conversaciones que se cruzan bajo una estructura metálica que se ha convertido en uno de los símbolos de la ciudad. Pero Georgetown también es una ciudad marcada por el agua. Se encuentra prácticamente al nivel del mar y una compleja red de canales y diques protege sus calles de las aguas del Atlántico. Aquí el viajero comienza a entender que en Guyana el agua no es un elemento del paisaje: es parte de la propia vida.

Después de Georgetown comienza otra Guyana. Basta abandonar la costa para que el paisaje cambie de manera radical. Las carreteras se hacen más escasas y los grandes ríos empiezan a ocupar el lugar que en otros países corresponde a las autopistas. El Essequibo, el mayor río de Guyana, atraviesa una enorme extensión del territorio y conduce hacia regiones donde la presencia humana se vuelve cada vez más escasa. La selva guyanesa pertenece al gran ecosistema amazónico y conserva una extraordinaria riqueza biológica. Jaguares, monos, tapires, aves tropicales y numerosas especies de plantas viven en estos bosques, aunque para el viajero muchas veces la selva se presenta primero como un paisaje de sonidos: el agua, los insectos, las aves y el movimiento invisible de animales entre los árboles. Aquí no hace falta ver siempre a la fauna para sentir que está cerca.

Kaieteur, el salto de agua que aparece en mitad de la selva. Hay lugares que justifican por sí solos un viaje y Kaieteur es uno de ellos. El río Potaro se precipita desde una enorme meseta de arenisca y forma una de las grandes cascadas de Sudamérica. Su caída, de unos 226 metros, supera ampliamente la altura de las cataratas del Niágara en un único salto. Pero las cifras explican poco cuando uno se encuentra frente a ella. Kaieteur está rodeada por una naturaleza prácticamente intacta y su aislamiento forma parte de su carácter. No existe la sensación de estar ante un espectáculo construido para el turismo. El agua cae con una fuerza constante hacia la garganta inferior mientras la selva se extiende en todas las direcciones. El viajero contempla la escena y comprende que hay paisajes que no necesitan ser famosos para resultar extraordinarios.

La selva pertenece también a quienes la han habitado durante siglos. En Guyana viven diferentes pueblos indígenas, entre ellos comunidades amerindias que mantienen una relación profunda con los bosques y los ríos. En regiones como Rupununi, al sur del país, las sabanas se abren entre la selva y las montañas, creando uno de los paisajes más singulares de Guyana. Allí el horizonte se ensancha y aparecen comunidades rurales, ganado y pequeñas poblaciones rodeadas por una naturaleza todavía dominante. Viajar por esta región permite comprender que Guyana no puede reducirse a sus paisajes. Su verdadera riqueza también está en las personas que conocen los ríos, las plantas, los caminos y los ciclos de la selva. Son conocimientos transmitidos durante generaciones y que todavía resultan esenciales para quienes viven lejos de las ciudades.

Rupununi, donde el horizonte vuelve a abrirse. Después de atravesar territorios dominados por la selva, llegar a las sabanas de Rupununi produce una sensación casi extraña. La vegetación baja permite mirar mucho más lejos y las montañas aparecen aisladas sobre la llanura. Durante la estación seca, el paisaje adquiere tonos dorados y el cielo parece ocupar la mitad del mundo. Es una región especialmente conocida por su vida silvestre y por la posibilidad de observar especies que rara vez se encuentran en otros lugares. Pero quizá lo más hermoso sea la sensación de espacio. No hay grandes ciudades, ni tráfico, ni edificios que interrumpan la vista. Solo caminos de tierra, árboles dispersos, ganado y montañas lejanas. El tipo de paisaje que hace que el viajero vuelva a recordar lo pequeño que resulta el ser humano cuando desaparecen las ciudades.

Un país que todavía no se ha entregado por completo al turismo. Esa es quizá una de las grandes singularidades de Guyana. Mientras otros países de Sudamérica han construido enormes infraestructuras alrededor de sus grandes atractivos naturales, aquí muchas regiones continúan siendo difíciles de alcanzar. Eso exige tiempo, paciencia y cierta capacidad para aceptar que el viaje no siempre seguirá el ritmo que uno había imaginado. Los desplazamientos pueden ser largos, los caminos complicados y los ríos determinantes. Pero esa dificultad también conserva algo que resulta cada vez más raro: la sensación de descubrimiento. Guyana no parece esperar al viajero en cada esquina. Es necesario ir a buscarla.

Y quizá esa sea precisamente su mayor belleza. Guyana no es un país que se entregue inmediatamente. Hay que atravesar Georgetown, seguir los ríos, internarse en la selva, escuchar el silencio de las sabanas y aceptar que aquí la naturaleza todavía tiene más espacio que el hombre. Al final del viaje, quizá el recuerdo más poderoso no sea una ciudad ni una fotografía concreta, sino la sensación de haber estado durante unos días en un lugar donde el mundo parece avanzar a otra velocidad. Un país de agua, selva y horizonte, todavía escondido en una esquina de Sudamérica.

La joya escondida de Venezuela, la Laguna de Mucubají

Redacción (Madrid)

En las alturas de los Andes venezolanos, lejos de las rutas turísticas más conocidas del país, se encuentra la Laguna de Mucubají, un paisaje de enorme belleza situado en el estado Mérida. Rodeada de montañas y extensas praderas, esta laguna forma parte del Parque Nacional Sierra Nevada y se encuentra a más de 3.500 metros sobre el nivel del mar. Su ubicación y su clima frío hacen que el lugar contraste completamente con la imagen tropical que muchos visitantes asocian con Venezuela.

El paisaje que rodea Mucubají parece sacado de otro país. La vegetación de páramo, las montañas cubiertas de neblina y las aguas tranquilas de la laguna crean una escena especialmente llamativa durante las primeras horas del día. En determinadas épocas, las nubes descienden sobre las montañas y transforman el entorno en un escenario silencioso y casi irreal, donde apenas se escucha el viento entre la vegetación.

La laguna también posee un importante valor natural. Se encuentra en uno de los ecosistemas de páramo característicos de los Andes venezolanos, donde sobreviven especies vegetales adaptadas a las bajas temperaturas y a las condiciones extremas de altura. Entre ellas destacan los frailejones, plantas emblemáticas de los páramos andinos que contribuyen a conservar la humedad y desempeñan un papel fundamental en estos ecosistemas.

A pesar de su espectacularidad, Mucubají no tiene la fama internacional de otros grandes destinos naturales de Venezuela, como el Salto Ángel o el Parque Nacional Canaima. Precisamente ese relativo desconocimiento forma parte de su atractivo. Para quienes buscan descubrir un paisaje diferente y alejarse de los destinos más concurridos, la laguna ofrece la oportunidad de contemplar una Venezuela menos conocida, marcada por el frío, la montaña y la tranquilidad.

La Laguna de Mucubají demuestra que la riqueza natural de Venezuela va mucho más allá de sus playas, selvas y grandes cascadas. En lo alto de los Andes, este rincón ofrece una experiencia completamente distinta y recuerda la extraordinaria diversidad geográfica del país. Quizá no sea uno de los lugares venezolanos que más aparecen en las postales internacionales, pero precisamente por eso conserva el carácter de una auténtica joya escondida.

El Valle Sagrado, el lugar de Perú donde los Andes parecen guardar la memoria del mundo

Redacción (Madrid)

Hay lugares en los Andes donde la montaña deja de ser simplemente paisaje para convertirse en una presencia. El Valle Sagrado de los Incas es uno de ellos. Entre Cusco y Machu Picchu, el río Urubamba atraviesa un territorio de montañas enormes, terrazas agrícolas, pequeños pueblos y antiguas construcciones de piedra que todavía parecen formar parte de la tierra. El viajero llega buscando quizá las huellas de una civilización desaparecida, pero pronto comprende que el valle no pertenece únicamente al pasado. En sus campos todavía se cultiva, en sus mercados se venden tejidos y productos de las comunidades andinas y, sobre las montañas, el paisaje continúa dominando la vida de quienes viven aquí. Es un lugar donde el tiempo parece haberse acostumbrado a caminar despacio.

Un valle nacido entre montañas. El recorrido puede comenzar en Pisac, uno de los pueblos más conocidos del valle, donde las montañas se levantan alrededor del río y las antiguas terrazas incas ascienden por las laderas. Desde las alturas, el paisaje adquiere una dimensión difícil de imaginar desde el fondo del valle: las parcelas parecen dibujadas sobre las montañas y las ruinas se confunden con las piedras del terreno. Pisac posee también un mercado tradicional que se ha convertido en una de las imágenes más conocidas de esta región, pero basta alejarse de las calles más concurridas para encontrar otra realidad, mucho más silenciosa, donde los Andes recuperan su protagonismo. Allí el viajero descubre que el Valle Sagrado no se entiende mirando solamente sus monumentos, sino observando la relación que durante siglos ha existido entre la gente y la montaña.

Ollantaytambo, una ciudad detenida en la historia. Más adelante aparece Ollantaytambo, uno de los lugares donde esa relación resulta más evidente. Sus calles conservan parte de la estructura urbana inca y las grandes terrazas de piedra ascienden por la montaña como una gigantesca escalera construida por hombres que parecían no temer a la pendiente. Desde las ruinas, el valle se abre hacia el horizonte y resulta difícil no preguntarse cómo fue posible levantar aquellas construcciones en un territorio tan abrupto. Pero quizá la respuesta esté precisamente en la propia montaña. Los incas no intentaron dominar completamente el paisaje: aprendieron a construir dentro de él. Las terrazas, los canales y los caminos siguieron las formas del terreno, convirtiendo la arquitectura en una continuación de la naturaleza.

La montaña también se encuentra en las mesas. El Valle Sagrado es una tierra agrícola y esa condición continúa siendo esencial para comprenderlo. En sus campos crecen diferentes variedades de maíz, patatas y otros productos andinos que durante siglos sostuvieron a las comunidades de la región. El maíz, en particular, tiene aquí una importancia que va mucho más allá de la alimentación. Forma parte de una cultura agrícola profundamente ligada a las montañas, al agua y a los ciclos de la tierra. En los mercados, en los pequeños restaurantes y en las casas de los pueblos aparece una gastronomía que todavía conserva ese vínculo con el territorio. Comer aquí es, en cierta manera, probar una parte de los Andes.

Entre pueblos, caminos y antiguas terrazas. Lo hermoso del Valle Sagrado es que no termina en sus grandes monumentos. Hay caminos que se pierden entre las montañas, pequeñas comunidades donde todavía se mantienen tradiciones textiles y senderos desde los que el viajero puede contemplar el valle desde otra perspectiva. En lugares como Chinchero, las técnicas tradicionales de tejido siguen formando parte de la identidad local y los colores de las prendas parecen competir con los tonos de la montaña. Aquí las culturas andinas no son solamente una cuestión arqueológica. Siguen vivas en las manos de quienes tejen, en las fiestas, en la agricultura y en las formas de relacionarse con la tierra.

El río Urubamba y el camino hacia Machu Picchu. El río acompaña buena parte del recorrido y funciona casi como una columna vertebral del valle. Sus aguas avanzan entre las montañas mientras el paisaje se vuelve progresivamente más estrecho al acercarse hacia Machu Picchu. Entonces el viajero comprende que el Valle Sagrado no es únicamente un destino independiente, sino también una especie de antesala natural hacia una de las grandes maravillas arqueológicas del mundo. Pero conviene no atravesarlo con demasiada prisa. Quien solamente utiliza el valle como camino hacia Machu Picchu corre el riesgo de perder precisamente aquello que hace especial este territorio: sus pueblos, sus montañas, sus campos y esa sensación de estar recorriendo un paisaje que ha sido habitado y trabajado durante siglos.

Un lugar donde el pasado todavía respira. Quizá la mayor fascinación del Valle Sagrado se encuentre en esa mezcla de tiempos. Las piedras incas conviven con iglesias coloniales, las antiguas terrazas agrícolas continúan formando parte del paisaje y las comunidades mantienen costumbres que sobrevivieron a la transformación del mundo andino. No es un museo. Es algo mucho más complejo: un territorio vivo donde el pasado permanece visible mientras el presente continúa escribiendo su propia historia. Al caer la tarde, cuando las montañas comienzan a oscurecerse y las últimas luces iluminan las terrazas, resulta fácil comprender por qué los antiguos habitantes de los Andes miraban hacia las montañas con respeto. Para ellos, aquellas cumbres no eran simplemente rocas. Eran parte de un mundo que tenía memoria.

La Ciudad Perdida de Colombia, el viaje hasta el corazón de la Sierra Nevada

Redacción(Madrid)

antes de que los grandes destinos turísticos de Colombia aparecieran en las guías internacionales, en las montañas de la Sierra Nevada de Santa Marta ya existía un lugar extraordinario: la Ciudad Perdida. Escondida entre selva, ríos y montañas, esta antigua ciudad de la civilización tairona permanece alejada de las rutas turísticas convencionales. Llegar hasta ella no es sencillo: el viaje exige varios días de caminata por senderos tropicales, atravesando comunidades indígenas, cruzando ríos y soportando un clima húmedo y cambiante. Precisamente esa dificultad forma parte de su atractivo.

El camino comienza en las estribaciones de la Sierra y se interna rápidamente en un paisaje exuberante. La selva parece cerrar el paso mientras el sendero asciende y desciende entre árboles gigantes, cascadas y pequeñas aldeas. En algunos momentos, el viajero encuentra construcciones indígenas y caminos de piedra que recuerdan que estas montañas fueron habitadas mucho antes de la llegada de los españoles. La naturaleza no funciona aquí como simple decorado: es el elemento que ha protegido durante siglos las ruinas y que todavía determina la vida cotidiana de quienes habitan la región.

El destino final aparece casi como una aparición. Después de subir cientos de escalones de piedra construidos sobre la montaña, se llega a las terrazas de la antigua ciudad. Las estructuras circulares, las escalinatas y las plataformas se adaptan a la pendiente natural del terreno y permiten imaginar la complejidad de aquella sociedad. No hay grandes edificios monumentales ni avenidas como en otras civilizaciones americanas; su grandeza reside precisamente en la integración entre arquitectura y paisaje. Desde las terrazas, la mirada se pierde sobre un océano verde que desciende hacia el Caribe.

Pero la Ciudad Perdida no puede entenderse únicamente como un yacimiento arqueológico. La Sierra Nevada de Santa Marta continúa siendo territorio ancestral de pueblos indígenas como los arhuacos, koguis, wiwas y kankuamos. Para ellos, estas montañas poseen una dimensión cultural y espiritual que va mucho más allá de su interés turístico. El visitante se encuentra, por tanto, ante un territorio vivo, donde las antiguas piedras, los caminos y la selva forman parte de una historia que continúa en el presente. Viajar hasta allí implica también hacerlo con respeto hacia las comunidades que consideran la Sierra un espacio sagrado.

Quizá por eso la Ciudad Perdida resulte tan fascinante: no es un monumento que se contempla desde la distancia, sino un lugar al que hay que llegar caminando, lentamente, dejando atrás carreteras, hoteles y las prisas del turismo convencional. La recompensa no consiste únicamente en descubrir unas ruinas extraordinarias, sino en experimentar un paisaje en el que arqueología, selva y culturas indígenas permanecen estrechamente vinculadas. En una Colombia llena de destinos conocidos, este rincón de la Sierra Nevada conserva todavía algo poco habitual: la sensación de haber llegado a un lugar que la montaña decidió mantener oculto.

Viajar por Galicia siguiendo las huellas de la cultura castreña

Redacción (Madrid)

Viajar por Galicia siguiendo las huellas de la cultura castreña es adentrarse en un territorio donde la historia parece emerger directamente del paisaje. Antes de la romanización, buena parte del noroeste peninsular estuvo poblada por comunidades que construyeron sus asentamientos en lugares estratégicos, especialmente sobre colinas y elevaciones desde las que podían controlar el territorio. Aquellos poblados, conocidos como castros, estaban formados por viviendas circulares o de planta redondeada, murallas, fosos y espacios comunitarios. Hoy sus restos aparecen dispersos entre bosques, montañas y costas, y permiten imaginar una Galicia muy diferente, pero todavía reconocible en la relación entre las aldeas, el relieve y el mar. Más que simples ruinas arqueológicas, los castros son una puerta de entrada a una de las culturas más características de la Galicia antigua.

Uno de los lugares más impresionantes para comenzar este viaje es el Castro de Baroña, situado junto al océano Atlántico, en el municipio de Porto do Son. Su emplazamiento resulta extraordinario: las construcciones se levantan sobre una pequeña península rocosa rodeada por el mar, protegidas por murallas y por la propia configuración del terreno. Pasear entre sus restos mientras se escucha el Atlántico permite comprender por qué los antiguos habitantes eligieron estos lugares para establecerse. Las piedras de las viviendas y las defensas se mezclan con el paisaje costero, creando una de esas escenas en las que arqueología y naturaleza parecen formar parte de una misma experiencia. Baroña demuestra además que visitar un castro no consiste únicamente en contemplar piedras antiguas, sino en descubrir cómo una comunidad organizaba su vida en relación con el territorio.

En el interior de Galicia encontramos otro de los grandes testimonios de esta cultura: el Castro de Viladonga, cerca de Castro de Rei, en la provincia de Lugo. Su importancia permite observar con mayor detalle la estructura de un asentamiento castreño y su evolución durante el periodo de contacto y romanización. Las murallas, viviendas y espacios excavados ayudan a reconstruir la vida cotidiana de quienes habitaron el lugar, mientras que el museo asociado al yacimiento permite comprender mejor los objetos y actividades encontrados durante las excavaciones. La visita ofrece una perspectiva diferente a la de Baroña: aquí el paisaje rural del interior sustituye al Atlántico, demostrando que la cultura castreña no fue exclusivamente costera, sino que se extendió por un amplio territorio de la actual Galicia.

Otro enclave fundamental es el Castro de Santa Trega, en A Guarda, uno de los yacimientos castreños más espectaculares de Galicia por su posición elevada sobre la desembocadura del río Miño. Desde la montaña, el visitante puede contemplar una panorámica extraordinaria del río, el océano y el territorio portugués situado al otro lado de la frontera. Las excavaciones han permitido conocer un importante asentamiento ocupado durante siglos y relacionado posteriormente con el proceso de romanización. Subir hasta Santa Trega convierte la visita arqueológica en una auténtica experiencia paisajística: mientras se recorren las antiguas viviendas y murallas, el horizonte recuerda que estos poblados estaban profundamente vinculados a las rutas, los recursos y las posibilidades defensivas del territorio. Es precisamente esta unión entre patrimonio y paisaje una de las grandes riquezas del turismo arqueológico gallego.

Recorrer los restos de la cultura castreña permite, finalmente, descubrir una Galicia anterior a las grandes ciudades y a las fronteras actuales, pero no por ello aislada o inmóvil. Los castros hablan de comunidades organizadas, de actividades agrícolas y ganaderas, de intercambios, de conflictos y de un largo proceso de transformación provocado por la llegada de Roma. Baroña frente al Atlántico, Viladonga entre los paisajes del interior y Santa Trega dominando el Miño forman parte de una ruta mucho más amplia que puede llevar al viajero por numerosos yacimientos repartidos por las cuatro provincias gallegas. Entre murallas cubiertas de vegetación, viviendas de piedra y caminos que conducen hacia antiguos poblados, Galicia ofrece así un viaje diferente: no solo hacia el pasado, sino hacia la forma en que aquellas comunidades entendieron y ocuparon el paisaje. Los castros permanecen como una de las mejores maneras de descubrir esa memoria profunda de Galicia, escondida entre sus piedras, sus montes y su mar.

Japón en octubre, el viaje en el que el otoño se convierte en una forma de vivir

Redacción (Madrid)

Hay viajes que uno hace para conocer un país y hay otros que parecen diseñados para conocer una estación. Japón pertenece a los segundos. Cuando llega octubre, el verano comienza a retirarse y el país cambia lentamente de rostro. Las montañas del norte y las zonas de mayor altitud empiezan a teñirse de rojos, amarillos y ocres, mientras los templos, los jardines y las antiguas ciudades recuperan una serenidad que parece formar parte de su propia arquitectura. Octubre ofrece además temperaturas generalmente agradables para caminar y descubrir el país, después de que haya quedado atrás buena parte de la temporada de tifones. Es tiempo de cosechas, de festivales, de excursiones y de una gastronomía que encuentra en el otoño algunos de sus mejores productos.

Tokio, la puerta de entrada a un país que nunca parece terminar. El viaje puede comenzar en Tokio, donde el otoño llega de una manera diferente. La ciudad continúa siendo inmensa, ruidosa y vertiginosa, pero basta con entrar en uno de sus jardines para descubrir que Japón sabe cambiar de ritmo en cuestión de minutos. Octubre permite recorrer barrios, templos, mercados y parques con un clima más amable, mientras en las regiones del norte los primeros colores del otoño ya empiezan a dominar el paisaje. Tokio todavía no vive en octubre el momento culminante del follaje que llegará más tarde, pero precisamente por eso puede ser un buen punto de partida para comprender que en Japón el otoño no aparece de golpe: avanza lentamente desde las montañas hacia las ciudades.

Nikko, donde la montaña guarda la memoria del país. Desde Tokio, el viaje puede continuar hacia Nikko, un lugar donde la naturaleza y la historia parecen haber encontrado una misma casa. Allí se encuentra el santuario Toshogu, pero también el lago Chuzenji, la cascada Kegon y un paisaje montañoso que adquiere una dimensión especial durante el otoño. Los árboles comienzan a cambiar de color y los caminos se convierten en una sucesión de rojos, dorados y verdes que rodean los templos. No hace falta buscar demasiado para encontrar un sendero donde el ruido de la ciudad desaparezca y solo permanezca el sonido del agua y de las hojas bajo los pasos. Japón tiene muchos paisajes hermosos, pero Nikko posee algo distinto: la sensación de que la naturaleza y la historia llevan siglos conversando entre ellas.

Hakone, con el Fuji detrás de los arces. Hay imágenes que parecen haber sido creadas para representar un país entero. Una de ellas es la del monte Fuji apareciendo detrás de un bosque teñido de rojo. Hakone, dentro del Parque Nacional Fuji-Hakone-Izu, ofrece precisamente esa posibilidad cuando avanza el otoño. Entre octubre y noviembre, los árboles cambian progresivamente de color alrededor del lago Ashi y de lugares como Gora, creando uno de los paisajes otoñales más reconocibles de Japón. Aquí el viaje puede continuar entre trenes de montaña, aguas termales, senderos y pequeñas localidades, con el Fuji apareciendo y desapareciendo según la luz y las nubes. El viajero aprende entonces que en Japón incluso una montaña parece tener su propio carácter.

Kioto, cuando los templos esperan al otoño. En Kioto la historia adquiere otra dimensión. Sus templos, santuarios, jardines y calles tradicionales parecen hechos para convivir con las estaciones, y el otoño termina convirtiendo esa arquitectura en algo diferente. Aunque los colores más intensos suelen llegar más tarde a Kioto que a las regiones septentrionales, octubre es un momento magnífico para recorrer la antigua capital y descubrir sus barrios históricos, caminar junto al río, entrar en un jardín silencioso o perderse por las calles de Gion. El viajero no encuentra aquí únicamente monumentos, sino una forma de entender el espacio: el jardín, el templo, la madera, el agua y los árboles forman parte de una misma escena. Y cuando finalmente llegan los tonos rojos del arce, parece que el paisaje simplemente ha completado una obra que llevaba siglos esperando.

Pero el verdadero Japón de octubre está también lejos de las grandes ciudades. En las regiones de Tohoku, Hokkaido y otras zonas septentrionales, el otoño alcanza su esplendor antes que en Tokio o Kioto. Allí las montañas comienzan a cambiar de color mientras todavía queda tiempo para caminar por parques nacionales y paisajes rurales. Octubre es también época de cosecha: arroz, peras, caquis, soba y sake forman parte de una gastronomía profundamente ligada al calendario agrícola. En Niigata, por ejemplo, la cosecha del arroz y la producción de sake permiten acercarse a una faceta menos monumental del país. Y en Takayama, el Festival de Otoño que se celebra tradicionalmente los días 9 y 10 de octubre lleva a las calles carrozas, procesiones y una tradición que se remonta siglos atrás.

Un viaje que no consiste solamente en mirar. Quizá esa sea la razón por la que Japón funciona tan bien en octubre. El viajero puede contemplar un bosque teñido de rojo, pero también puede sentarse ante un plato de temporada, entrar en un santuario, tomar un tren que atraviesa las montañas, bañarse en un onsen o caminar durante horas por una antigua calle de madera. El otoño japonés tiene algo profundamente sensorial. Se escucha en las hojas, se huele en los mercados, se saborea en los productos de la cosecha y se contempla en los jardines. La propia tradición japonesa ha convertido la observación de las hojas otoñales, el kōyō, en una forma de celebración estacional.

Octubre convierte Japón en un país que parece avanzar lentamente hacia el invierno. Las montañas cambian primero y los colores van descendiendo poco a poco hacia las ciudades. Es un viaje que puede comenzar entre los edificios de Tokio y terminar en un pueblo de montaña, entre un templo antiguo, una fuente termal y un bosque cubierto de hojas. Y quizá sea esa progresión la que convierte octubre en un momento tan especial para recorrerlo: porque el viajero no contempla simplemente un paisaje otoñal, sino que tiene la oportunidad de seguir el otoño mientras atraviesa el país.

Castillos incrustados en los verdes paisajes de Cantabria

Redacción (Madrid)

Cantabria es una tierra conocida por sus montañas verdes, sus playas y sus pueblos de piedra, pero entre sus paisajes también se esconden las huellas de una historia marcada por torres, fortalezas y antiguas casas señoriales. Recorrer sus castillos es una forma diferente de descubrir la región, siguiendo un itinerario que combina arquitectura medieval, leyendas y algunos de los paisajes más espectaculares del norte de España. Desde fortalezas levantadas sobre colinas hasta torres que dominan pequeños valles, estas construcciones recuerdan una época en la que controlar un territorio significaba vigilar caminos, puertos y fronteras.

Uno de los lugares imprescindibles es el Castillo de Argüeso, situado en el municipio de Hermandad de Campoo de Suso. Sus dos grandes torres de piedra, unidas por un cuerpo central, se levantan sobre una colina desde la que se contempla el paisaje de Campoo. Su origen medieval y su aspecto defensivo permiten imaginar cómo debía ser la vida de los antiguos señores de la zona. La visita adquiere todavía más interés al combinarse con un recorrido por los pueblos y paisajes de Campoo, una comarca donde las montañas, los bosques y los pastos ofrecen una imagen de Cantabria muy diferente de la costa.

En el litoral aparece otro de los grandes símbolos históricos de la región: el Castillo de Santa Ana, en Castro Urdiales. Situado junto al puerto y prácticamente sobre el mar, presenta una imagen espectacular que demuestra la importancia estratégica que tuvieron las villas costeras. La fortaleza formaba parte del sistema defensivo de la localidad y permitía controlar el acceso marítimo. Desde sus inmediaciones se obtiene además una magnífica panorámica de Castro Urdiales, con el puerto, la iglesia de Santa María y el Cantábrico formando un conjunto que convierte la visita en una auténtica experiencia paisajística.

La ruta puede continuar hacia otras construcciones defensivas y señoriales, como la Torre de Pero Niño, en San Felices de Buelna, vinculada al famoso noble y militar castellano Pero Niño. Aunque su aspecto responde más al de una torre fortificada que al de un gran castillo, permite comprender cómo se organizaba el poder medieval en los valles cántabros. También merece atención la Torre de Mogrovejo, en Liébana, integrada en un conjunto histórico rodeado por las montañas de los Picos de Europa. Aquí el viaje adquiere otra dimensión: las antiguas piedras defensivas aparecen en medio de un paisaje de alta montaña, demostrando que en Cantabria la historia nunca está demasiado lejos de la naturaleza.

Visitar los castillos y torres de Cantabria es, por tanto, mucho más que realizar una ruta arquitectónica. Es viajar por una región donde el patrimonio medieval permanece unido a montañas, bosques, valles y costas. Cada fortaleza cuenta una historia diferente, pero todas permiten imaginar una Cantabria en la que los caminos eran más lentos, los territorios estaban dominados por linajes y las torres servían para proteger y controlar el paisaje. Entre el mar Cantábrico y las montañas de Liébana, recorrer estas construcciones ofrece una manera original de conocer la comunidad y descubrir que, detrás de sus paisajes naturales, existe también una fascinante geografía de piedra y memoria.