Redacción (Madrid)

Hay una forma distinta de viajar cuando termina el verano. Las carreteras comienzan a vaciarse, las ciudades recuperan cierta calma y los bosques cambian lentamente de color, como si la naturaleza quisiera recordarnos que también existe belleza lejos de las prisas de julio y agosto. El otoño tiene algo de despedida, pero también de comienzo. Es la estación de los viajes tranquilos, de las tardes que se alargan frente a una copa de vino y de los pueblos en los que todavía parece posible sentarse en una plaza sin mirar el reloj. En 2026, además, viajar durante septiembre, octubre y noviembre gana cada vez más protagonismo frente a la temporada alta, impulsado por temperaturas más agradables, precios que en muchos casos resultan más llevaderos y el deseo de escapar de los destinos abarrotados.

El Valle de Ambroz, donde el otoño parece haber encontrado su casa. En el norte de Extremadura existe un territorio que en otoño adquiere una belleza difícil de explicar sin haberlo recorrido: el Valle de Ambroz. Los castaños, robles y pinares comienzan a cubrir las montañas de ocres, amarillos y rojizos, mientras el río acompaña el camino entre pequeños pueblos. Hervás, con sus calles de piedra y su antigua judería, es uno de esos lugares donde conviene caminar sin rumbo. Aquí el otoño no es solamente una estación, sino una manera de entender el paisaje. Hay senderos, gastronomía de temporada, castañas, bosques húmedos y una tranquilidad que resulta cada vez más difícil de encontrar. No es casualidad que Turismo de España lo incluya entre sus grandes paisajes naturales para disfrutar durante estos meses.

Montenegro, entre el Adriático y las montañas. Si el viajero busca abandonar España y descubrir un país pequeño pero extraordinariamente diverso, Montenegro puede ser una de las grandes elecciones del otoño de 2026. En pocos kilómetros se pasa de las aguas del Adriático a las montañas de Durmitor, de las calles medievales de Kotor a los paisajes del lago Skadar. En otoño, cuando el calor del verano comienza a retirarse, resulta especialmente atractivo recorrer sus carreteras y detenerse en pueblos donde las montañas parecen caer directamente sobre el mar. Montenegro conserva todavía algo de frontera, de territorio que no ha terminado de convertirse en escenario turístico. Y quizá ahí reside buena parte de su encanto: en poder contemplar una bahía, una iglesia o un bosque sin sentir que todo ha sido preparado para el visitante.

Galicia, cuando el mar y la tierra se sientan a la misma mesa. Hay lugares que tienen sentido durante todo el año, pero Galicia parece haber sido hecha para el otoño. Es entonces cuando las lluvias devuelven brillo a los bosques, las montañas recuperan su niebla y las mesas comienzan a llenarse de productos que pertenecen a esta estación. El marisco, las castañas, las setas, el vino nuevo y las fiestas tradicionales convierten el viaje en algo más que una sucesión de paisajes. O Grove, las Rías Baixas y el interior de Ourense ofrecen durante estas semanas una Galicia profundamente ligada a sus tradiciones gastronómicas. En noviembre, los magostos llenan de humo y olor a castaña las calles y plazas. Es un viaje para comer, caminar y conversar; tres verbos que quizá definan mejor que ningún otro la esencia de esta tierra.

Los Alpes entre Austria e Italia, una última aventura antes del invierno. Para quienes prefieren el movimiento al descanso, el otoño puede ser también el momento perfecto para atravesar las montañas. La ruta Alpe Adria permite recorrer los Alpes desde Salzburgo hasta la costa italiana del Adriático, atravesando valles, bosques, pueblos y paisajes que cambian con cada jornada. Son alrededor de 415 kilómetros y puede hacerse en varios días, incluso combinando la bicicleta con el tren. Pero más allá del esfuerzo físico está la sensación de avanzar lentamente por Europa, viendo cómo el paisaje alpino se transforma hasta encontrarse finalmente con el mar. Es uno de esos viajes en los que el trayecto importa tanto como el destino.

Y España, siempre España. Quizá no haga falta cruzar ninguna frontera para descubrir el otoño. La estación convierte buena parte del país en un territorio nuevo: la Selva de Irati se llena de colores, los Picos de Europa adquieren una luz diferente, La Rioja se viste de viñedos y Andalucía ofrece temperaturas que permiten caminar por ciudades y pueblos cuando el calor del verano ya ha desaparecido. También están la Sierra de Grazalema, el Valle de Arán, los pueblos de Castilla y León o las montañas de Soria. El otoño español tiene la ventaja de no parecerse nunca a sí mismo. En el norte llueve y el bosque se vuelve profundo; en el interior llega el frío y aparecen las chimeneas; en el sur todavía quedan tardes templadas junto a una plaza. Es, probablemente, una de las mejores estaciones para descubrir un país que durante demasiado tiempo hemos querido visitar solamente en verano.

Porque el otoño no es el final del viaje: es quizá el momento en que viajar vuelve a tener sentido. Cuando las multitudes desaparecen y el paisaje recupera su propio ritmo, el viajero vuelve a mirar de otra manera. Ya no busca solamente lugares extraordinarios, sino momentos: una carretera entre árboles amarillos, una mesa junto a una ventana, una ciudad al caer la tarde o el silencio de una montaña. Y quizá por eso los mejores destinos para este otoño de 2026 no sean necesariamente los más famosos, sino aquellos capaces de recordarnos que viajar consiste, sobre todo, en aprender a mirar despacio.

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