Redacción (Madrid)

Hay países que parecen haber quedado deliberadamente apartados del ruido del mundo. Guyana es uno de ellos. En la costa norte de Sudamérica, entre Venezuela, Brasil y Surinam, este territorio verde y húmedo conserva una de las grandes selvas todavía poco conocidas del continente. Su nombre quizá no provoque en el viajero la misma familiaridad que Brasil, Perú o Colombia, pero basta mirar un mapa para comprender que aquí comienza una de esas geografías que todavía guardan espacios inmensos lejos de las carreteras y de las ciudades. Guyana es un país de ríos enormes, bosques tropicales, comunidades indígenas y llanuras donde la naturaleza parece ocupar más espacio que el hombre. En Georgetown, la capital, la vida tiene un aire caribeño; más allá de sus calles, sin embargo, comienza un territorio en el que las distancias se miden por el curso de los ríos y donde la selva continúa siendo la verdadera protagonista.

Georgetown, una puerta abierta al Caribe. El viaje comienza en una ciudad que puede resultar inesperada para quien llega por primera vez. Georgetown no tiene el aspecto de una gran capital sudamericana. Sus casas de madera, sus canales y su arquitectura de influencia británica recuerdan el pasado colonial del país, mientras los mercados, la música y la mezcla de culturas revelan una sociedad formada por descendientes de africanos, indios, europeos, chinos y pueblos indígenas. El mercado de Stabroek concentra buena parte de esa energía cotidiana: vendedores, frutas tropicales, especias y conversaciones que se cruzan bajo una estructura metálica que se ha convertido en uno de los símbolos de la ciudad. Pero Georgetown también es una ciudad marcada por el agua. Se encuentra prácticamente al nivel del mar y una compleja red de canales y diques protege sus calles de las aguas del Atlántico. Aquí el viajero comienza a entender que en Guyana el agua no es un elemento del paisaje: es parte de la propia vida.

Después de Georgetown comienza otra Guyana. Basta abandonar la costa para que el paisaje cambie de manera radical. Las carreteras se hacen más escasas y los grandes ríos empiezan a ocupar el lugar que en otros países corresponde a las autopistas. El Essequibo, el mayor río de Guyana, atraviesa una enorme extensión del territorio y conduce hacia regiones donde la presencia humana se vuelve cada vez más escasa. La selva guyanesa pertenece al gran ecosistema amazónico y conserva una extraordinaria riqueza biológica. Jaguares, monos, tapires, aves tropicales y numerosas especies de plantas viven en estos bosques, aunque para el viajero muchas veces la selva se presenta primero como un paisaje de sonidos: el agua, los insectos, las aves y el movimiento invisible de animales entre los árboles. Aquí no hace falta ver siempre a la fauna para sentir que está cerca.

Kaieteur, el salto de agua que aparece en mitad de la selva. Hay lugares que justifican por sí solos un viaje y Kaieteur es uno de ellos. El río Potaro se precipita desde una enorme meseta de arenisca y forma una de las grandes cascadas de Sudamérica. Su caída, de unos 226 metros, supera ampliamente la altura de las cataratas del Niágara en un único salto. Pero las cifras explican poco cuando uno se encuentra frente a ella. Kaieteur está rodeada por una naturaleza prácticamente intacta y su aislamiento forma parte de su carácter. No existe la sensación de estar ante un espectáculo construido para el turismo. El agua cae con una fuerza constante hacia la garganta inferior mientras la selva se extiende en todas las direcciones. El viajero contempla la escena y comprende que hay paisajes que no necesitan ser famosos para resultar extraordinarios.

La selva pertenece también a quienes la han habitado durante siglos. En Guyana viven diferentes pueblos indígenas, entre ellos comunidades amerindias que mantienen una relación profunda con los bosques y los ríos. En regiones como Rupununi, al sur del país, las sabanas se abren entre la selva y las montañas, creando uno de los paisajes más singulares de Guyana. Allí el horizonte se ensancha y aparecen comunidades rurales, ganado y pequeñas poblaciones rodeadas por una naturaleza todavía dominante. Viajar por esta región permite comprender que Guyana no puede reducirse a sus paisajes. Su verdadera riqueza también está en las personas que conocen los ríos, las plantas, los caminos y los ciclos de la selva. Son conocimientos transmitidos durante generaciones y que todavía resultan esenciales para quienes viven lejos de las ciudades.

Rupununi, donde el horizonte vuelve a abrirse. Después de atravesar territorios dominados por la selva, llegar a las sabanas de Rupununi produce una sensación casi extraña. La vegetación baja permite mirar mucho más lejos y las montañas aparecen aisladas sobre la llanura. Durante la estación seca, el paisaje adquiere tonos dorados y el cielo parece ocupar la mitad del mundo. Es una región especialmente conocida por su vida silvestre y por la posibilidad de observar especies que rara vez se encuentran en otros lugares. Pero quizá lo más hermoso sea la sensación de espacio. No hay grandes ciudades, ni tráfico, ni edificios que interrumpan la vista. Solo caminos de tierra, árboles dispersos, ganado y montañas lejanas. El tipo de paisaje que hace que el viajero vuelva a recordar lo pequeño que resulta el ser humano cuando desaparecen las ciudades.

Un país que todavía no se ha entregado por completo al turismo. Esa es quizá una de las grandes singularidades de Guyana. Mientras otros países de Sudamérica han construido enormes infraestructuras alrededor de sus grandes atractivos naturales, aquí muchas regiones continúan siendo difíciles de alcanzar. Eso exige tiempo, paciencia y cierta capacidad para aceptar que el viaje no siempre seguirá el ritmo que uno había imaginado. Los desplazamientos pueden ser largos, los caminos complicados y los ríos determinantes. Pero esa dificultad también conserva algo que resulta cada vez más raro: la sensación de descubrimiento. Guyana no parece esperar al viajero en cada esquina. Es necesario ir a buscarla.

Y quizá esa sea precisamente su mayor belleza. Guyana no es un país que se entregue inmediatamente. Hay que atravesar Georgetown, seguir los ríos, internarse en la selva, escuchar el silencio de las sabanas y aceptar que aquí la naturaleza todavía tiene más espacio que el hombre. Al final del viaje, quizá el recuerdo más poderoso no sea una ciudad ni una fotografía concreta, sino la sensación de haber estado durante unos días en un lugar donde el mundo parece avanzar a otra velocidad. Un país de agua, selva y horizonte, todavía escondido en una esquina de Sudamérica.

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