Redacción (Madrid)

Hay pueblos que parecen haber sido construidos para ser fotografiados y otros que, sencillamente, han terminado siendo fotogénicos porque fueron construidos para vivir. Combarro, en la ría de Pontevedra, pertenece a estos últimos. Su pequeño casco histórico, declarado Bien de Interés Cultural, conserva una de las estampas más reconocibles de la Galicia marinera: casas de piedra, estrechas calles, cruceiros y decenas de hórreos mirando hacia el agua.

Llegar a Combarro es adentrarse en un paisaje donde tierra y mar nunca parecen estar completamente separados. Las casas tradicionales se apiñan alrededor de pequeñas calles que descienden hacia la ría. Muchas conservan soportales y balcones de piedra o madera, soluciones arquitectónicas nacidas de las necesidades de una población acostumbrada a vivir bajo la lluvia y en contacto permanente con el océano.

Pero son los hórreos los que proporcionan al pueblo su imagen más característica. Estas construcciones elevadas servían para almacenar y conservar las cosechas, especialmente el maíz. En Combarro se conservan alrededor de sesenta, muchos de ellos junto a la línea de costa. El contraste entre la piedra de los hórreos y el azul de la ría produce una de esas imágenes que explican un lugar mejor que cualquier folleto turístico.

También los cruceiros forman parte esencial del paisaje. Combarro conserva ocho, algunos del siglo XVIII, y varios presentan una particularidad cargada de simbolismo: la Virgen mira hacia el mar y Cristo hacia tierra. Es una pequeña representación en piedra de la antigua vida del pueblo, dividida entre aquello que proporcionaba sustento y aquello que podía ofrecer peligro.

Conviene recorrer Combarro sin demasiada prisa. Desde sus calles se abren pequeñas perspectivas hacia la ría, la isla de Tambo y las bateas de mejillones. Al llegar a la zona costera, el paisaje se ensancha y permite comprender cómo la arquitectura del pueblo nació directamente de su relación con el mar.

La experiencia continúa en la mesa. La cocina de la zona tiene en los pescados, mariscos, pulpo, empanadas y vinos de las Rías Baixas algunos de sus mejores argumentos. Comer después de haber recorrido las calles de Combarro no es solamente una cuestión gastronómica: es prolongar en el plato el paisaje que se acaba de contemplar.

Y quizá el mejor momento para hacerlo todo sea al final de la tarde. Cuando el sol comienza a caer, la piedra adquiere tonos dorados, las calles quedan en penumbra y la ría refleja lentamente las luces de la costa. Los hórreos parecen entonces pequeñas esculturas junto al agua.

Combarro no necesita grandes monumentos ni avenidas monumentales. Su atractivo está precisamente en su escala humana, en la conservación de una arquitectura tradicional y en una relación con el mar que todavía puede reconocerse a cada paso.

Es un pueblo pequeño, pero contiene una Galicia entera: la de la piedra, la lluvia, los hórreos, el vino y el Atlántico.

Recommended Posts