Redacción (Madrid)

Hay ciudades que uno visita y ciudades que lo visitan a uno. Tromsø pertenece a las segundas. Está allí arriba, en el norte de Noruega, plantada sobre una isla y rodeada de montañas que parecen haber sido colocadas deliberadamente para impedir que el mundo se escape. El mar tiene ese color metálico de las cosas que no necesitan agradar a nadie, y el viento llega con la educación justa para recordarte que, en aquellas latitudes, la naturaleza no está para servir al turista. Tromsø es una ciudad pequeña, pero no parece tener conciencia de ello. Tiene universidad, cafés, bares, museos, supermercados y gente que camina deprisa. Tiene incluso una catedral ártica cuya arquitectura parece querer discutir con el horizonte. Pero basta salir unos metros del centro para comprender quién manda aquí. El invierno es el verdadero propietario.

Durante semanas, el sol apenas se deja ver. No desaparece exactamente; sería demasiado sencillo. Se limita a no presentarse del todo, dejando una claridad azulada sobre las montañas, una especie de crepúsculo interminable que convierte las calles en el escenario de una película que nadie se ha molestado en terminar. Al principio resulta hermoso. Después empieza a resultar extraño. Finalmente, uno comprende que la belleza también puede ser una forma de amenaza. Caminar por Tromsø de noche tiene algo de viaje hacia atrás. Las casas de madera, las luces amarillas detrás de las ventanas, la nieve acumulada en las aceras y las montañas negras al fondo producen una sensación difícil de explicar. En cualquier momento parece que vaya a aparecer un hombre con un abrigo largo, un cigarrillo en la boca y una mala noticia. Pero los noruegos no parecen especialmente preocupados. Entran en un bar. Piden cerveza. Hablan. Y cuando llega la hora, regresan a casa.

Quizá ésa sea una de las grandes lecciones de Tromsø: la gente aprende a convivir con aquello que no puede cambiar. Aquí nadie discute con el invierno. Nadie pretende convencer a la oscuridad de que se marche. Se encienden las lámparas, se pone leña en la chimenea, se sale a esquiar y se continúa con la vida. En el fondo, toda civilización consiste en eso. En inventar pequeñas comodidades frente a un mundo que no tiene ninguna obligación de ser cómodo.

Desde Tromsø salen excursiones para perseguir auroras boreales. Hay turistas que llegan con cámaras enormes, trípodes, baterías de repuesto y la esperanza de regresar a casa con una fotografía que justifique el viaje. La aurora, sin embargo, no entiende de horarios. Puede aparecer a las seis de la tarde o a las dos de la madrugada. Puede desplegarse sobre el cielo durante minutos o desaparecer cuando uno acaba de preparar la cámara. Puede ser espectacular o apenas una mancha verdosa que uno descubre al mirar hacia arriba. Y entonces ocurre algo curioso. Uno deja de fotografiar. Mira. Durante unos minutos, nadie habla. El cielo se mueve. No parece que se mueva, porque estamos acostumbrados a que el cielo sea la parte inmóvil del mundo. Pero allí arriba una luz verde serpentea sobre las montañas como si alguien estuviera escribiendo un mensaje que no sabemos leer. Hay cosas que una fotografía no consigue explicar. Ésa es una de ellas.

Tromsø tampoco es sólo invierno. Cuando llega el verano, la ciudad cambia de carácter. El sol se niega a marcharse y la noche se convierte en una especie de rumor. La gente sale, bebe, navega, camina por las montañas y aprovecha cada hora de luz como si supiera que aquello no va a durar. Y no dura. Nunca dura. Tal vez por eso los habitantes del norte parecen tener una relación distinta con el tiempo. Saben que la oscuridad volverá. Saben que el frío volverá. Saben que las montañas seguirán allí cuando los turistas hayan regresado a sus hoteles y los aviones hayan despegado hacia el sur. Nosotros, los que venimos de lugares donde el sol parece un derecho adquirido, solemos olvidar esas cosas. Creemos que el verano es normal. Que la luz es normal. Que salir a la calle sin mirar el termómetro es normal. Tromsø enseña que no. Que todo eso es provisional.

Quizá por eso la ciudad tiene algo de refugio. No un refugio romántico, de esos que aparecen en los folletos turísticos, sino uno auténtico: un lugar construido para que los seres humanos puedan vivir en un territorio que, a primera vista, parece haber sido diseñado para que no vivan seres humanos. Hay pescado en los restaurantes, barcos en el puerto y nieve en las montañas. Hay estudiantes que salen de noche, ancianos que pasean y trabajadores que toman el autobús mientras afuera el termómetro se empeña en demostrar quién es el más fuerte.

Y luego está el mar. Siempre el mar. El mar del norte tiene una manera particular de recordarte que eres poca cosa. Desde Tromsø se extiende oscuro, frío y enorme, entre islas y montañas. Durante siglos fue camino, alimento y peligro. Hoy sigue siendo las tres cosas, aunque nosotros hayamos inventado motores más potentes y teléfonos capaces de fotografiar las estrellas. Al final de un viaje por Tromsø, uno comprende que la ciudad no necesita grandes monumentos. Su monumento es el paisaje. Su historia está escrita en el frío. Y su carácter, en esa obstinación tranquila de quienes decidieron quedarse aquí cuando cualquier persona razonable habría mirado el mapa y pensado que quizá era mejor continuar hacia el sur.

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