Redacción (Madrid)

Hay lugares que parecen haber sido dibujados con una línea demasiado fina para pertenecer al mundo. Las Islas Marshall son uno de ellos. En medio del Pacífico, lejos de las grandes rutas turísticas y de las ciudades que acostumbran a llenar las fotografías de los viajeros, este pequeño país aparece como una sucesión de atolones coralinos rodeados por un océano inmenso.

La República de las Islas Marshall está formada por 29 atolones y cinco islas bajas, distribuidos en dos grandes cadenas, Ratak y Ralik. Su territorio terrestre apenas alcanza unos 181 kilómetros cuadrados, pero sus aguas se extienden por una superficie oceánica gigantesca.

Es difícil imaginar un lugar donde la tierra tenga tan poca importancia frente al mar.

Y quizá ahí comienza el verdadero viaje.

Majuro, una capital entre dos aguas

La primera aproximación suele conducir hasta Majuro, la capital del país y uno de los lugares donde mejor se percibe esa relación permanente con el océano.

Majuro se encuentra sobre un atolón estrecho y alargado. A un lado está la laguna; al otro, el Pacífico abierto. La tierra parece una franja mínima que se resiste a desaparecer bajo el azul.

Pero Majuro no es solamente un paisaje tropical. Es una ciudad viva, habitada por una población que mantiene una relación estrecha con el mar, la familia y la comunidad. El propio Gobierno de las Islas Marshall señala que la familia ocupa un lugar central en la sociedad y que valores como compartir, cuidar y recibir al visitante forman parte de la cultura marshalense.

Aquí el viajero puede descubrir una realidad muy diferente de la imagen habitual de una isla paradisíaca.

Porque las Marshall no son únicamente playas.

Son personas.

El océano como carretera

Durante siglos, los habitantes de estas islas aprendieron a navegar por un territorio en el que la tierra firme podía desaparecer durante horas del horizonte.

Los antiguos navegantes marshalenses desarrollaron un conocimiento extraordinario del océano. Aprendían a interpretar las estrellas, los vientos, las corrientes, las formas de las nubes y hasta el comportamiento de las aves. También utilizaban los famosos mapas de palos, estructuras elaboradas con fibras y varillas que representaban los movimientos y patrones de las olas alrededor de los atolones.

No eran mapas como los que hoy lleva un viajero en el teléfono.

Eran otra cosa.

Eran memoria.

El conocimiento se transmitía de generación en generación, y algunos navegantes podían orientarse incluso sin divisar tierra, interpretando las ondulaciones del océano y las corrientes que golpeaban el casco de sus canoas.

Resulta difícil encontrar una imagen más poderosa de la relación entre un pueblo y su territorio: cuando la tierra es escasa, el mar deja de ser una frontera y se convierte en camino.

Bikini, una belleza marcada por la historia

Pero las Islas Marshall también tienen una historia mucho más oscura.

El atolón de Bikini Atoll es hoy conocido en todo el mundo por haber sido escenario de pruebas nucleares estadounidenses después de la Segunda Guerra Mundial.

Entre 1946 y 1958 se realizaron 67 pruebas nucleares y termonucleares en las Islas Marshall, principalmente en Bikini y Enewetak. La explosión de Castle Bravo, realizada en Bikini en 1954, tuvo consecuencias devastadoras y provocó desplazamientos de población y contaminación que todavía forman parte de la memoria del país.

Aquella historia resulta difícil de conciliar con las imágenes de lagunas transparentes, cocoteros y arrecifes de coral.

Pero forma parte inseparable de estas islas.

Viajar hasta las Marshall significa, por tanto, contemplar un paraíso natural y recordar al mismo tiempo que bajo sus aguas y sus tierras existe una historia de desplazamientos, guerra y destrucción que no puede ser ignorada.

Un paraíso para mirar bajo el agua

Y entonces aparece el otro gran rostro de las Marshall: el océano.

Los arrecifes de coral y la extraordinaria riqueza marina convierten al país en un destino especialmente atractivo para el buceo. La propia Embajada de la República de las Islas Marshall destaca sus arrecifes y su abundante vida marina como uno de los grandes atractivos naturales del país.

Bajo la superficie, el paisaje cambia por completo.

El viajero abandona las pequeñas franjas de arena y entra en un mundo de coral, peces tropicales y aguas profundas. Allí se entiende que el verdadero territorio de las Marshall no está solamente sobre el nivel del mar.

Está debajo.

Y quizá sea esa la razón por la que el país puede resultar tan fascinante para quien busca destinos diferentes: aquí el horizonte no termina en una montaña ni en una ciudad, sino en un océano que parece no tener final.

La vida en unas islas extremadamente frágiles

Hay, sin embargo, una pregunta que acompaña inevitablemente cualquier viaje a las Marshall.

¿Cuánto tiempo puede sobrevivir un país construido apenas unos metros por encima del océano?

Las islas tienen una elevación extremadamente baja: el punto más alto del país ronda los diez metros sobre el nivel del mar y la altura media de sus tierras es de apenas unos dos metros.

El aumento del nivel del mar constituye por ello una amenaza especialmente seria.

Aquí el cambio climático no es una cuestión abstracta que aparece en los periódicos. Es una realidad que puede afectar directamente a la existencia física de las islas.

Y quizá por eso visitar las Marshall tenga también algo de viaje hacia el futuro: un futuro en el que algunos de los territorios más hermosos del planeta podrían enfrentarse a desafíos que hoy apenas comenzamos a comprender.

Un destino para quienes buscan el otro lado del mapa

Las Islas Marshall no son un destino convencional.

No ofrecen la monumentalidad de una gran capital asiática ni la facilidad de los grandes complejos turísticos tropicales. Su atractivo está precisamente en lo contrario: en la distancia, en la inmensidad del océano, en la cultura de un pueblo que aprendió a vivir sobre pequeñas franjas de coral y en la sensación de encontrarse en un lugar que todavía permanece lejos de las grandes rutas del turismo.

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