
Redacción (Madrid)
Hay lugares que parecen pertenecer a una sola época. Taiwán, en cambio, parece vivir en varias al mismo tiempo. En sus ciudades conviven los neones y los templos, los trenes de alta velocidad y los mercados nocturnos, los rascacielos y las montañas cubiertas de niebla. Es una tierra de contrastes, pero también de una extraordinaria armonía.
El viajero que llega a Taiwán descubre pronto que no ha venido únicamente a contemplar paisajes. Ha venido a observar una forma de vida.
Taipéi, la puerta de entrada a una isla inesperada
La primera impresión suele llegar en Taipéi. Es una ciudad moderna, vertiginosa en algunos de sus barrios y sorprendentemente tranquila en otros. El enorme perfil de Taipei 101 domina el horizonte, pero basta alejarse unas calles para encontrar templos, pequeñas tiendas, casas tradicionales y mercados donde la vida cotidiana sigue su propio ritmo.
La noche es otro mundo. Los mercados nocturnos forman parte esencial de la cultura urbana taiwanesa y convierten las calles en un espectáculo de aromas, humo, voces y puestos de comida. Es allí, entre una comida improvisada y otra, donde el viajero comienza a comprender que la gastronomía taiwanesa no es un complemento del viaje. Es parte del viaje.
Una isla que también sabe desaparecer
Pero Taiwán no puede comprenderse desde sus ciudades.
Hay que abandonar Taipéi y buscar las montañas.
En el interior aparece el Lago del Sol y la Luna, un paisaje de agua rodeado de montañas donde el tiempo parece moverse con otra lentitud. Se puede recorrer en bicicleta, navegar por sus aguas o caminar junto a ellas. El lago tiene algo de refugio. Después del movimiento de las ciudades, encontrarse frente a sus aguas produce esa sensación extraña que acompaña a los grandes paisajes: durante unos minutos, parece que no hubiera nada más que hacer que permanecer allí.
La montaña como último territorio
En la costa oriental, la naturaleza adquiere otra dimensión. El Parque Nacional de Taroko se encuentra en una región montañosa de enorme fuerza paisajística, marcada por gargantas, paredes de mármol y ríos.
Pero aquí conviene viajar con paciencia y atención. El terremoto de abril de 2024 alteró profundamente el paisaje de Taroko y algunas zonas y senderos continúan sujetos a cierres o aperturas parciales. Es una circunstancia que recuerda algo esencial al viajero: la naturaleza no es un decorado. Cambia, se mueve, destruye y vuelve a construir.
Y quizá esa sea una de las grandes lecciones que ofrece Taiwán.
Jiufen y la memoria de otra época
Más cerca de Taipéi, Jiufen parece pertenecer a un tiempo diferente. Sus calles estrechas ascienden por la montaña, entre casas antiguas, pequeñas tiendas y faroles que adquieren un brillo especial cuando cae la tarde.
El lugar tiene algo de melancolía. Cuando la niebla baja sobre las montañas y las luces comienzan a encenderse, Jiufen deja de parecer simplemente un destino turístico y se convierte en una escena suspendida.
Es uno de esos lugares donde el viajero puede caminar durante horas sin necesidad de saber exactamente hacia dónde va.
Entre templos, té y océano
Hay también otro Taiwán, más silencioso y menos evidente. El de los pequeños pueblos, los templos donde el incienso asciende lentamente hacia el techo, las plantaciones de té y las carreteras que atraviesan montañas cubiertas de vegetación.
En las zonas rurales el viaje adquiere una dimensión distinta. Ya no se trata de acumular monumentos, sino de observar. Una anciana preparando comida en un mercado. Un agricultor trabajando en una plantación. Un templo escondido detrás de una carretera. Una estación ferroviaria donde el tren llega con una puntualidad casi irreal.
Son escenas pequeñas, pero quizá sean ellas las que terminan construyendo el recuerdo.
Porque viajar no consiste solamente en contemplar aquello que aparece en las fotografías. A veces consiste en guardar aquello que nadie había pensado fotografiar.
Una isla para viajar despacio
Taiwán tiene la capacidad de sorprender porque nunca termina de mostrarse por completo.
Puede comenzar como un viaje urbano, continuar entre mercados y templos, transformarse después en una ruta por montañas y terminar frente al océano. Y en cada cambio de paisaje aparece una cultura que parece haber aprendido a combinar tradición y modernidad sin necesidad de escoger entre ambas.
En Taipéi, el futuro se eleva sobre los edificios. En los mercados nocturnos, la tradición se sirve en pequeños platos. En las montañas, el silencio recupera su territorio. En el mar, la isla vuelve a recordar que, pese a toda su modernidad, sigue siendo una tierra rodeada de agua.
Quizá por eso Taiwán deja una impresión tan particular.








