
Redacción (Madrid)
Hay lugares que parecen haber sido construidos por el ser humano y otros donde la naturaleza ha trabajado con tanta paciencia que resulta difícil creer que nadie haya intervenido. Castroviejo pertenece a estos últimos. En las montañas de la provincia de Soria, entre pinares y carreteras que se adentran en la Sierra de Urbión, aparecen enormes moles de roca que se levantan sobre el paisaje como las ruinas de una ciudad abandonada hace miles de años. Pero no hay ciudad. No hubo castillos. No existieron murallas. Solo piedra. Y el tiempo.
Un paisaje nacido de la paciencia
Llegar a Castroviejo supone abandonar durante un rato la prisa. La carretera atraviesa los bosques de la comarca de Pinares y, poco a poco, el paisaje comienza a elevarse. Los árboles acompañan el camino hasta que, casi de repente, aparecen las grandes formaciones rocosas. Son gigantes de piedra moldeados durante siglos por la lluvia, el viento, el hielo y los cambios de temperatura. Algunas rocas parecen torres. Otras recuerdan a enormes animales detenidos en mitad de la montaña. Hay formas que se elevan unas sobre otras de una manera aparentemente imposible, como si alguien hubiera jugado a construir un paisaje con gigantescas piezas de piedra. Y, sin embargo, todo está allí desde mucho antes de que llegaran las carreteras.
El lugar donde las rocas cuentan historias
Castroviejo es uno de esos lugares donde la imaginación termina convirtiéndose en parte del viaje. El visitante camina entre las formaciones y comienza, casi sin darse cuenta, a buscar figuras: un rostro, una torre, una criatura o un castillo. Cada roca parece permitir una interpretación diferente. Quizá sea esa una de las razones por las que el paisaje resulta tan fascinante. No se contempla de una sola manera. Obliga a detenerse, cambiar de posición y volver a mirar. La montaña ofrece las formas. El viajero inventa las historias. Y durante un instante, aquellas enormes piedras dejan de ser únicamente piedra.
Entre los pinares de Urbión
Pero Castroviejo no está solo. A su alrededor se extiende uno de los paisajes más característicos del norte de Soria: el de los grandes bosques de pinos, las montañas y los caminos que parecen avanzar hacia un territorio cada vez más silencioso. La Sierra de Urbión posee esa belleza austera que acompaña a buena parte de las tierras sorianas. No necesita grandes gestos para impresionar. Le bastan sus bosques, el olor de la resina, el sonido del viento y las largas extensiones de montaña que cambian de aspecto con las estaciones. En verano, el verde domina el paisaje y los senderos invitan a caminar durante horas. En otoño, la luz se vuelve más suave y el bosque adquiere una melancolía particular. Después llega el invierno, cuando la nieve puede transformar completamente la montaña y las rocas de Castroviejo parecen surgir de un mundo blanco y silencioso.
Un balcón sobre la montaña
Desde las zonas más elevadas, la recompensa llega en forma de horizonte. La mirada se pierde sobre los bosques y las montañas de la comarca. Abajo quedan los pinares. Más lejos, las sierras se suceden unas detrás de otras, perdiendo intensidad hasta confundirse con el cielo. Es uno de esos lugares donde el viajero comprende que no siempre hace falta llegar a una cima imposible para sentir la montaña. A veces basta con encontrar una roca, sentarse y mirar. El mundo parece entonces más grande. Y uno mismo, inevitablemente, un poco más pequeño.
La piedra y el silencio
Hay destinos que se explican con facilidad. Castroviejo no es uno de ellos. Su atractivo no está en una gran construcción ni en un monumento famoso. No hay puertas que cruzar ni salas que visitar. Nadie indica cuál es la manera correcta de recorrerlo. Se llega, se camina, se observa y se deja que el paisaje haga el resto. Quizá por eso el silencio tiene tanta importancia. Entre las grandes rocas y los pinares, el ruido parece quedar lejos. Solo permanecen el viento, los pasos sobre la tierra y, en ocasiones, el sonido de algún pájaro atravesando el cielo. Es un paisaje que invita a quedarse un poco más de lo previsto, a mirar una última vez antes de marcharse y después otra.
Una Soria que todavía sabe sorprender
Soria es una provincia acostumbrada a guardar sus paisajes sin demasiada publicidad. La Laguna Negra, los Picos de Urbión, los bosques interminables y los pequeños pueblos de montaña forman parte de un territorio donde todavía es posible encontrar caminos poco transitados. Castroviejo representa perfectamente esa otra forma de viajar. No hace falta buscar grandes multitudes, ni largas colas, ni edificios construidos para impresionar. Aquí el espectáculo estaba antes. La naturaleza ha necesitado siglos para levantar estas formaciones, desgastarlas, partirlas y darles las formas que hoy contempla el visitante. Y continuará haciéndolo cuando nosotros ya no estemos.
Un lugar para perder la costumbre de mirar deprisa
Quizá ese sea el verdadero secreto de Castroviejo. Obliga a mirar despacio. A detenerse frente a una roca y preguntarse qué se esconde detrás. A seguir un sendero sin demasiada preocupación por el tiempo. A observar cómo cambia el paisaje cuando una nube cubre el sol y las sombras comienzan a desplazarse sobre las piedras. En un mundo donde casi todo parece diseñado para ser visto rápidamente, fotografiado y abandonado, Castroviejo propone otra cosa: permanecer. Porque algunas tierras no se descubren cuando llegamos a ellas. Se descubren cuando dejamos de tener prisa. Y cuando llega el momento de regresar, el viajero abandona la montaña con la imagen de aquellas enormes rocas recortadas contra el cielo. Parecen guardianes, como si llevaran siglos esperando en silencio a que alguien llegara hasta allí.






