Redacción (Madrid)

Hablar de Valencia es hablar de una ciudad construida capa sobre capa. Bajo sus calles, plazas y edificios se esconden más de dos mil años de transformaciones que han dejado una profunda huella en su paisaje urbano. Viajar a Valencia no consiste únicamente en visitar la Ciudad de las Artes y las Ciencias, probar una paella o pasear junto al Mediterráneo. También significa recorrer una ciudad fundada por los romanos, transformada por el mundo islámico, conquistada por Jaime I y convertida, con el paso de los siglos, en una de las grandes capitales mediterráneas. Cada etapa de su historia sigue presente y permite al visitante realizar un viaje en el tiempo sin abandonar la ciudad.

El recorrido puede comenzar en la época romana. Valentia fue fundada en el año 138 a. C. por el cónsul romano Décimo Junio Bruto, convirtiéndose en una colonia establecida en un lugar estratégico, junto al río Turia y cerca del Mediterráneo. La ciudad sufrió destrucciones y periodos de decadencia, pero acabó recuperándose y consolidándose como un importante núcleo romano. Aunque gran parte de aquella Valentia permanece oculta bajo la ciudad actual, todavía es posible acercarse a sus orígenes en espacios arqueológicos como el entorno de la plaza de la Almoina. Allí, los restos de calles, edificios y estructuras hidráulicas permiten comprender que bajo la Valencia contemporánea permanece una auténtica ciudad antigua.

La llegada del periodo islámico supuso una profunda transformación. A partir del siglo VIII, la ciudad pasó a formar parte de al-Ándalus y se convirtió en Balansiya, un importante centro urbano cuya economía y territorio estuvieron estrechamente ligados al desarrollo de la agricultura. Uno de los grandes legados de este periodo fue la organización de las huertas y de los sistemas de regadío. Las acequias, la distribución del agua y muchas de las técnicas agrícolas desarrolladas o perfeccionadas durante siglos contribuyeron a construir el paisaje que todavía hoy identifica a la Huerta Valenciana. Viajar por los alrededores de la ciudad permite descubrir que la historia de Valencia no se encuentra solamente en sus monumentos: también está escrita en sus campos, caminos y sistemas de riego.

El año 1238 marcó uno de los grandes momentos de la historia valenciana. Jaime I conquistó la ciudad y la incorporó a la Corona de Aragón, dando comienzo a una nueva etapa política y cultural. Valencia se convirtió en capital del Reino de Valencia y desarrolló instituciones propias, recogidas en los Fueros. La ciudad creció y, con el paso de los siglos, se consolidó como uno de los principales centros comerciales del Mediterráneo occidental. La presencia del puerto, la actividad mercantil y las conexiones con otros territorios favorecieron una época de extraordinario desarrollo.

El siglo XV fue, probablemente, uno de los grandes momentos de esplendor de Valencia. La ciudad experimentó un importante crecimiento económico, artístico y cultural que todavía puede reconocerse al recorrer su centro histórico. La Lonja de la Seda, declarada Patrimonio Mundial, representa como pocos edificios aquella prosperidad. Sus grandes columnas y espacios monumentales recuerdan una época en la que comerciantes y mercaderes convertían Valencia en uno de los grandes centros económicos del Mediterráneo. A poca distancia, las Torres de Serranos y las Torres de Quart conservan la memoria de la antigua muralla y permiten imaginar una ciudad medieval protegida, pero abierta al mismo tiempo al comercio y a las influencias procedentes de otros territorios.

Caminar por el casco histórico permite encontrar también la herencia religiosa y cultural de aquellos siglos. La Catedral, situada en el corazón de la ciudad, resume diferentes etapas arquitectónicas y conserva una estrecha relación con la identidad valenciana. Su entorno, formado por plazas, callejuelas y edificios históricos, constituye uno de los mejores lugares para detenerse y comprender cómo la ciudad fue creciendo sobre su propio pasado. Valencia no presenta una historia ordenada en barrios perfectamente separados: lo romano, lo islámico, lo medieval y lo moderno aparecen constantemente mezclados.

Durante los siglos posteriores, Valencia continuó transformándose. La pérdida de instituciones propias tras la Guerra de Sucesión y los cambios políticos del siglo XVIII marcaron una nueva etapa, mientras la ciudad se adaptaba progresivamente a las transformaciones económicas y sociales de la modernidad. En el siglo XIX, el crecimiento urbano obligó a superar los límites de la antigua ciudad amurallada. Las murallas fueron derribadas y Valencia comenzó a expandirse mediante nuevos barrios y grandes avenidas. La Estación del Norte, el Ensanche y numerosos edificios modernistas muestran una ciudad que quería participar plenamente en la modernidad.

Uno de los espacios que mejor representa esta Valencia de principios del siglo XX es el Mercado Central. Bajo su espectacular estructura modernista se mantiene una tradición comercial que conecta directamente con la vocación mediterránea de la ciudad. Visitarlo es recorrer un monumento, pero también descubrir una forma de entender la vida urbana: productos de la huerta, pescados, carnes y alimentos locales se convierten en una continuación de una historia económica vinculada al territorio.

El siglo XX trajo consigo algunos de los acontecimientos más complejos de la historia valenciana. Durante la Guerra Civil española, Valencia fue capital de la República durante un periodo comprendido entre 1936 y 1937. La ciudad sufrió los efectos del conflicto y, posteriormente, las décadas de la dictadura. Sin embargo, también continuó creciendo, transformando su economía, sus barrios y su relación con el Mediterráneo.

Uno de los acontecimientos que más cambió físicamente Valencia fue la gran riada de 1957. El desbordamiento del Turia provocó una tragedia y llevó a tomar una decisión que transformaría para siempre la geografía urbana: desviar el cauce del río fuera de la ciudad. El antiguo lecho no desapareció, sino que con el tiempo fue convertido en el Jardín del Turia, uno de los grandes espacios verdes de Valencia. Hoy, caminar o recorrerlo en bicicleta permite atravesar buena parte de la ciudad por un lugar que recuerda, de una manera silenciosa, uno de los episodios más dramáticos de su historia.

La Valencia contemporánea ha continuado construyendo nuevas imágenes sin renunciar por completo a las anteriores. La Ciudad de las Artes y las Ciencias, levantada junto al antiguo cauce del Turia, se ha convertido en uno de sus grandes símbolos internacionales. Sus edificios futuristas parecen representar una ciudad orientada hacia el futuro, en marcado contraste con las murallas medievales, las calles del centro histórico y los restos romanos que se encuentran a poca distancia.

Pero quizá esa convivencia sea precisamente la mayor riqueza turística de Valencia. En una misma jornada es posible comenzar entre restos arqueológicos romanos, recorrer las plazas vinculadas a la antigua Balansiya, entrar en una construcción gótica, comprar en un mercado modernista y terminar ante una arquitectura contemporánea que parece llegada de otro siglo. Pocas ciudades permiten realizar un recorrido histórico tan amplio en distancias relativamente cortas.

La historia valenciana tampoco puede separarse de sus tradiciones. Las Fallas, la gastronomía, la cultura de la huerta, el Tribunal de las Aguas y la relación con el Mediterráneo forman parte de una identidad construida durante siglos. La paella, por ejemplo, no debe entenderse únicamente como un plato conocido internacionalmente, sino como una expresión de un territorio en el que arroz, agua, agricultura y vida rural han estado profundamente relacionados.

Por eso, el mejor modo de descubrir Valencia es no limitarse a sus grandes monumentos. Hay que caminar por sus barrios, sentarse en una terraza, visitar un mercado, observar las acequias de la huerta y acercarse al mar. La ciudad se comprende mejor cuando se relacionan sus edificios con las personas y el territorio que los hicieron posibles.

Valencia es, en definitiva, una ciudad que nunca ha dejado de transformarse. Fue romana antes de convertirse en una importante ciudad de al-Ándalus; fue capital de un reino medieval y potencia comercial mediterránea antes de expandirse como ciudad moderna; sufrió guerras e inundaciones antes de reinventarse como una capital contemporánea abierta al turismo y a la innovación.

Viajar por Valencia es recorrer todas esas transformaciones. Es descubrir que bajo la arquitectura del presente todavía permanecen las huellas de Valentia, de Balansiya y de la gran ciudad medieval que dominó una parte del comercio mediterráneo. Quizá el mayor atractivo de la capital valenciana sea precisamente ese: su capacidad para mirar hacia el futuro sin haber perdido nunca del todo las marcas de su pasado.

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