Redacción (Madrid)

Hay lugares del mundo que se comprenden mejor cuando se recorren despacio. Los Balcanes son uno de ellos. Sobre el mapa parecen una sucesión de países relativamente próximos; en el terreno, sin embargo, cada frontera abre una historia diferente. Aquí las montañas guardan recuerdos, los ríos atraviesan antiguas fronteras y las ciudades conservan, unas junto a otras, las huellas de imperios, religiones y guerras.

Una ruta por los Balcanes es, por encima de todo, un viaje por la historia europea. Pero también es un viaje de paisajes: carreteras que serpentean entre montañas, lagos de aguas tranquilas, pueblos de piedra, bosques interminables y ciudades donde las mezquitas conviven con iglesias ortodoxas y edificios heredados de los antiguos imperios.

La mejor manera de comenzar esta aventura puede ser en Liubliana, la elegante capital de Eslovenia. Pequeña, ordenada y atravesada por el río Ljubljanica, parece casi una ciudad centroeuropea. Sin embargo, basta alejarse unos kilómetros para descubrir que los Balcanes empiezan donde termina la postal.

Eslovenia: el comienzo del viaje

Desde Liubliana, el camino conduce hacia el lago Bled, uno de esos lugares que parecen inventados para una película. En medio del agua emerge una pequeña isla con una iglesia, mientras el castillo se asoma desde lo alto de un acantilado.

Pero los Balcanes no son solamente lugares hermosos. Son también una sucesión de historias. Por eso conviene continuar hacia el sur, cruzando la frontera con Croacia.

Zagreb puede ser una primera parada antes de dirigirse hacia la costa. La capital croata tiene cafés, mercados, edificios austrohúngaros y una vida urbana tranquila. Después comienza uno de los grandes espectáculos del viaje: la costa del Adriático.

Croacia: el azul del Adriático

Croacia parece haber sido dibujada para ser recorrida por carretera. El Adriático aparece y desaparece entre montañas, islas y pequeñas poblaciones costeras.

Split es una parada imprescindible. Su centro histórico nació alrededor del enorme palacio construido por el emperador romano Diocleciano. Caminar por sus calles es extraño y fascinante: allí donde alguna vez hubo un palacio imperial hoy hay viviendas, restaurantes, tiendas y plazas.

Más al sur aparece Dubrovnik, quizá la ciudad más conocida de esta ruta. Sus murallas, levantadas frente al mar, recuerdan el poder que tuvo durante siglos la antigua República de Ragusa. Desde lo alto, el Adriático se extiende hasta el horizonte y resulta fácil comprender por qué esta ciudad fue durante tanto tiempo un lugar estratégico.

Pero el viaje no debería terminar aquí. Al contrario: es ahora cuando comienza uno de los tramos más interesantes.

Montenegro: montañas frente al mar

La frontera con Montenegro marca un cambio de paisaje. El pequeño país reúne en pocos kilómetros algunas de las montañas más espectaculares de la región y una costa mediterránea de gran belleza.

La bahía de Kotor es uno de esos lugares que obligan a detener el automóvil. Las montañas caen casi verticalmente sobre el agua y los pequeños pueblos aparecen junto a la orilla como si hubieran sido colocados allí con paciencia.

Kotor merece caminarse sin prisa. Sus calles estrechas, sus iglesias y sus antiguas murallas hablan de un pasado en el que venecianos, otomanos y otros poderes europeos se disputaban este rincón del Adriático.

Desde aquí, la carretera puede llevarnos hacia el interior, hacia una tierra mucho más áspera: Bosnia y Herzegovina.

Bosnia y Herzegovina: la memoria de una guerra

Llegar a Mostar es entrar en uno de los lugares donde la historia reciente de Europa todavía se siente con mayor intensidad.

El famoso puente sobre el río Neretva vuelve a unir las dos orillas de una ciudad marcada por la guerra de los años noventa. Hoy los viajeros fotografían sus arcos de piedra, recorren el casco antiguo y se sientan en las terrazas junto al río. Pero en algunas paredes todavía pueden verse las cicatrices de aquel conflicto.

Mostar invita a pensar en algo que a veces olvidamos cuando viajamos: los lugares no son solamente monumentos. También son memoria.

Después, el camino conduce hasta Sarajevo, una ciudad que resume como pocas la complejidad de los Balcanes. Mezquitas, iglesias católicas, templos ortodoxos y sinagogas conviven en una ciudad que durante siglos fue un cruce entre Oriente y Occidente.

En Sarajevo ocurrió además uno de los acontecimientos que desencadenaron la Primera Guerra Mundial: el asesinato del archiduque Francisco Fernando en 1914. Décadas después, la ciudad volvió a convertirse en símbolo de la tragedia europea durante el largo asedio de los años noventa.

Caminar por Sarajevo es, por tanto, caminar por una ciudad que ha conocido demasiadas veces la historia en primera persona.

Serbia: Belgrado, la ciudad que mira al futuro

Desde Bosnia, la ruta continúa hacia Serbia. El paisaje cambia poco a poco y el viaje conduce hasta Belgrado, una capital diferente a las anteriores.

Belgrado tiene una energía particular. Situada en la confluencia de los ríos Danubio y Sava, es una ciudad de grandes avenidas, barrios antiguos, edificios de la época socialista y una intensa vida nocturna.

Su fortaleza, Kalemegdan, permite contemplar la unión de los dos grandes ríos. Es un buen lugar para detenerse al final del día y recordar todo lo recorrido.

Porque los Balcanes tienen esa característica: cada ciudad parece contar una parte de una historia mucho mayor.

Macedonia del Norte: el lago Ohrid

La ruta puede continuar hacia el sur hasta Macedonia del Norte, un país menos visitado y, precisamente por eso, especialmente interesante.

El lago Ohrid es uno de los grandes paisajes naturales de los Balcanes. Sus aguas tranquilas, rodeadas de montañas, han convertido la zona en uno de los rincones más especiales de la región.

La ciudad de Ohrid conserva iglesias antiguas, calles empedradas y un ambiente tranquilo que invita a caminar sin rumbo. Aquí el viaje parece detenerse durante unas horas.

Es uno de esos lugares donde no hace falta hacer demasiado: basta con sentarse frente al lago y observar cómo cambia la luz sobre las montañas.

Albania: el último gran descubrimiento

El tramo final de la ruta puede llevarnos hasta Albania, durante mucho tiempo uno de los países más desconocidos de Europa.

Tirana, su capital, representa perfectamente el cambio que ha experimentado el país en las últimas décadas. La ciudad mezcla edificios modernos, restos de su pasado comunista, cafés y una juventud que mira decididamente hacia Europa.

Pero es fuera de la capital donde aparece la verdadera personalidad del país. Las montañas, los pequeños pueblos y la costa del mar Jónico ofrecen algunos de los paisajes más sorprendentes del viaje.

La llamada Riviera Albanesa, con lugares como Himarë y Ksamil, permite terminar la ruta frente al Mediterráneo. Después de haber cruzado montañas, fronteras y ciudades cargadas de historia, el mar vuelve a aparecer como una especie de punto final.

Un viaje que no termina en el mapa

Una ruta por los Balcanes puede hacerse en dos semanas, aunque necesitaríamos mucho más tiempo para conocer realmente la región. El recorrido propuesto —Eslovenia, Croacia, Montenegro, Bosnia y Herzegovina, Serbia, Macedonia del Norte y Albania— permite descubrir una de las zonas más diversas de Europa.

Pero lo verdaderamente interesante de los Balcanes no está únicamente en sus paisajes. Está en sus contrastes.

Aquí Oriente y Occidente se encuentran; el Mediterráneo se mezcla con los Balcanes interiores; las iglesias conviven con las mezquitas; los imperios desaparecidos siguen presentes en las piedras y las guerras recientes todavía forman parte de la memoria colectiva.

Quizá por eso viajar por esta región exige algo más que una cámara de fotos. Conviene hacerlo con tiempo, con curiosidad y con la voluntad de escuchar.

Porque los Balcanes no son un destino que se deje explicar fácilmente. Hay que recorrerlos, cruzar sus fronteras y sentarse alguna vez en una terraza cualquiera, frente a un café, viendo pasar a la gente.

Solo entonces comienza uno a entender que, en esta parte de Europa, el viaje nunca consiste únicamente en llegar a un lugar.

Consiste en descubrir todo lo que ocurrió antes de que nosotros llegáramos.

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