Redacción (Madrid)
Punta Cana no se despierta: ya está despierta. A las seis de la mañana, cuando el sol comienza a dibujar una línea dorada sobre el Atlántico, el principal destino turístico de la República Dominicana se sacude la noche con la misma naturalidad con la que, horas después, volverá a vestirse de fiesta. Pasar 24 horas en Punta Cana es recorrer un territorio donde el tiempo parece comprimirse entre el lujo, la postal perfecta y una realidad local que late, a veces, fuera del encuadre.
06:00 – 09:00 | El Caribe en silencio
La primera hora del día pertenece al mar. Playa Bávaro, aún casi vacía, ofrece su versión más honesta: arena blanca sin huellas, palmeras quietas y un océano que cambia de azul con cada minuto. Los hoteles todo incluido preparan el escenario del día —desayunos bufé, piscinas relucientes, personal en movimiento— mientras algunos corredores solitarios aprovechan la brisa fresca antes del calor.
En los muelles, pequeñas embarcaciones se alistan para excursiones a Isla Saona o Catalina. El turismo, motor indiscutible de la región, empieza temprano.
09:00 – 13:00 | El engranaje turístico
A media mañana, Punta Cana entra en pleno funcionamiento. Autobuses trasladan visitantes entre resorts, campos de golf y parques temáticos. El destino se ha construido para la eficiencia del descanso: todo está pensado para que el viajero no necesite salir de su burbuja.
Pero basta desviarse unos kilómetros para encontrar otra cara. En Verón o Friusa, comunidades que sostienen gran parte de la mano de obra turística, la vida transcurre lejos del mar. Comercios pequeños, motocicletas, colmados y una actividad constante revelan el contraste entre el paraíso vendido y el país que lo hace posible.
13:00 – 17:00 | El mediodía del exceso
El sol cae vertical y Punta Cana se rinde al ocio. Piscinas abarrotadas, cócteles de colores imposibles y música que se repite en bucle. Aquí el tiempo se diluye entre hamacas y protector solar. Para muchos visitantes, este es el corazón del viaje: no hacer nada, hacerlo bien y hacerlo con vista al mar.
En altamar, catamaranes llenos de turistas bailan sobre las olas, mientras guías repiten historias aprendidas de memoria. La experiencia es estándar, pero eficaz.
17:00 – 20:00 | La hora dorada
El atardecer devuelve cierta intimidad. El cielo se incendia en tonos naranjas y rosados, y Punta Cana parece recordar por qué enamora. Parejas, cámaras en mano, buscan la foto perfecta. Es el momento en que el paisaje supera cualquier estrategia de marketing.
Los restaurantes se preparan para la noche: gastronomía internacional, fusiones caribeñas y precios que confirman que este no es un destino barato, sino rentable.
20:00 – 00:00 | El espectáculo
Cuando cae la noche, Punta Cana se transforma en escenario. Shows, discotecas, casinos y bares se activan con precisión. La diversión está coreografiada: horarios, luces, animadores. El visitante elige cuánto quiere participar, pero nunca está solo.
Fuera de los complejos, la vida nocturna es distinta, más discreta, más real. Trabajadores regresan a casa mientras otros comienzan turnos que terminarán al amanecer.
00:00 – 06:00 | El turno invisible
Mientras los turistas duermen, Punta Cana se mantiene en marcha. Limpieza, mantenimiento, logística. El paraíso necesita cuidados constantes para amanecer intacto. A las cinco, antes de que el sol vuelva a salir, alguien ya está arreglando la playa.