Taberna Andaluza, un pedazo del sur que encontró su lugar en Benidorm

Redacción (Madrid)

Hay restaurantes que intentan sorprender al viajero y otros que prefieren algo más difícil: conseguir que, durante unas horas, se sienta lejos de donde está. En la Taberna Andaluza de Benidorm, la intención parece clara desde el principio: llevar hasta la costa alicantina una parte de Andalucía, no solo a través de sus platos, sino también mediante el ambiente y la memoria de una cocina popular.

Situada en la calle del Esperanto, 4, la taberna se presenta como un establecimiento dedicado a la gastronomía tradicional del sur de España, con recetas de siempre reinterpretadas, según explica su propia web, con un pequeño toque contemporáneo.

La historia del restaurante comienza con una idea sencilla: mantener viva la cocina andaluza en el corazón de Benidorm. Y para hacerlo no se ha buscado únicamente reproducir sabores. El propio establecimiento cuenta que su fundador, Pablo, quiso recrear en el local un auténtico patio andaluz. La decoración incorpora una cancela, suelo de albero, paredes amarillas y diferentes elementos destinados a transportar al visitante hacia el sur.

Quizá ahí se encuentre una de las claves de Taberna Andaluza. No se trata solamente de sentarse ante un plato de comida, sino de entrar durante un rato en una atmósfera reconocible, en esa Andalucía de patios, conversaciones largas y mesas compartidas.

El sabor de una cocina que no necesita disfraces

La carta es, naturalmente, el lugar donde esa identidad termina de tomar forma.

Entre las especialidades aparecen algunos de los platos que forman parte del imaginario gastronómico andaluz: salmorejo cordobés, flamenquín, cazón en adobo, fritos de la Bahía, jamón de bellota de Jabugo y berenjenas con miel de caña.

Son nombres que hablan de una cocina nacida de la sencillez y del producto. Una cocina que no necesita demasiadas explicaciones porque buena parte de su historia está contenida en el propio plato.

El cazón en adobo, por ejemplo, aparece entre las especialidades de la casa. La web lo describe como pescado marinado en especias y vinagre y posteriormente frito. También están las gambas al ajillo, preparadas con ajo, guindilla y aceite de oliva virgen extra, y las almejas marineras, elaboradas con ajo, perejil y vino blanco.

Y después está el jamón ibérico de bellota, cortado a mano al momento, junto a unos huevos rotos con patatas y jamón. Son platos reconocibles, casi domésticos, de esos que no necesitan presentaciones solemnes para ocupar un lugar importante en una mesa.

Del mar a la parrilla

La propuesta, sin embargo, no termina en las tapas y las recetas más tradicionales.

La carta incorpora también carnes a la parrilla, entre ellas chuletón de vaca, chuletillas de lechal, pollo a la parrilla, carnes ibéricas y longaniza. A ello se suman ensaladas, embutidos, verduras de temporada, mariscos y pescados frescos.

También tienen presencia la paella y los arroces, además de tapas y tostas, ampliando una propuesta que permite acercarse a la cocina andaluza desde distintos caminos.

Es precisamente esa variedad la que hace que la taberna no parezca construida alrededor de un único plato, sino alrededor de una idea más amplia: la de una cocina de raíz popular, abundante en referencias y pensada para compartir.

Un patio andaluz en la costa alicantina

Hay algo curioso en la relación entre Benidorm y Andalucía.

Benidorm es una ciudad acostumbrada a recibir viajeros de todas partes, una ciudad construida mirando al Mediterráneo y al turismo. En medio de ese paisaje aparece una taberna que decide mirar hacia otro punto cardinal y traer consigo el carácter del sur.

La propia casa destaca su ubicación en el centro de Benidorm, cerca de la playa de Levante, además de un ambiente acogedor y un amplio patio inspirado en la decoración tradicional andaluza.

El resultado busca que el visitante no tenga únicamente la sensación de acudir a comer, sino de encontrarse en un espacio con personalidad propia.

Y quizá eso sea lo más interesante de la Taberna Andaluza: su propuesta no pretende borrar el lugar en el que está, sino crear un pequeño puente gastronómico entre dos territorios mediterráneos.

Dieciséis años manteniendo una misma raíz

Según explica el propio restaurante, su carta ha evolucionado durante 16 años, aunque manteniendo como punto de partida la esencia de la cocina casera andaluza. Esa combinación entre evolución y tradición aparece como uno de los principios sobre los que la casa ha construido su propuesta.

La taberna señala también su compromiso con los ingredientes frescos y de calidad, así como una selección de vinos de distintas denominaciones de origen para acompañar los platos.

Además, dispone de espacios pensados para grupos y celebraciones, una posibilidad especialmente vinculada a una cocina que parece entender la mesa como un lugar para reunirse.

Porque quizá esa sea una de las grandes virtudes de la gastronomía andaluza: su capacidad para convertir una comida en una conversación larga, una tapa en una excusa para quedarse un poco más y una mesa en un punto de encuentro.

Andalucía sin salir de Benidorm

Al final, un restaurante también puede contar una historia.

La de Taberna Andaluza es la de una familia de raíces andaluzas, la de un fundador que quiso recrear un patio del sur y la de una cocina que lleva años intentando conservar el sabor de aquellas recetas que forman parte de la memoria gastronómica andaluza.

En una ciudad como Benidorm, donde el Mediterráneo recibe cada día a viajeros procedentes de muchos lugares, la taberna ofrece otra forma de viajar: sentarse a la mesa.

No hace falta carretera, avión ni equipaje.

Basta un plato de cazón en adobo, unas gambas al ajillo, un poco de jamón, una copa de vino y ese patio andaluz que, por un momento, consigue que el sur parezca estar mucho más cerca.

Taberna Andaluza abre para comidas de 11:00 a 15:45 y cenas de 19:30 a 23:30, permaneciendo cerrada los miércoles. Su web oficial sitúa el restaurante en Calle del Esperanto, 4, 03503 Benidorm (Alicante) y facilita el teléfono 965 85 10 87, además de WhatsApp y reserva online.

The Cloisters, el rincón medieval escondido en Nueva York

Redacción (Madrid)

En el extremo norte de Manhattan, lejos de los rascacielos, el tráfico y las avenidas abarrotadas que definen la imagen más conocida de Nueva York, existe un lugar que parece pertenecer a otra época. Se trata de The Cloisters, una extensión del Metropolitan Museum of Art situada dentro de Fort Tryon Park. Entre jardines, árboles y caminos que ofrecen vistas sobre el río Hudson, este espacio cultural sorprende por una arquitectura que recuerda a los monasterios europeos de la Edad Media. Más que un museo convencional, The Cloisters propone al visitante una experiencia en la que arte, arquitectura y paisaje forman parte de un mismo escenario.

El edificio alberga una importante colección de arte medieval europeo, con esculturas, manuscritos, pinturas, vidrieras y objetos religiosos. Sin embargo, una de sus principales particularidades se encuentra en la propia construcción. El museo incorpora elementos arquitectónicos procedentes de diferentes edificios medievales europeos, creando claustros, capillas y estancias que permiten recorrer las colecciones dentro de un entorno que parece detenido en el tiempo. El resultado es especialmente llamativo para quien llega desde el Manhattan de los grandes edificios: después de atravesar la ciudad, entrar en The Cloisters supone cambiar radicalmente de paisaje y de ritmo.

Uno de los espacios más destacados son sus jardines, diseñados a partir de referencias históricas y cultivados con plantas relacionadas con la tradición medieval. Durante los meses de primavera y verano, los jardines adquieren un protagonismo especial y convierten el recorrido en una experiencia visual diferente a la de cualquier otro museo de la ciudad. Desde algunas zonas también pueden contemplarse el Hudson y las orillas de Nueva Jersey, creando una combinación poco habitual entre naturaleza, arquitectura histórica y paisaje urbano.

Precisamente esa contradicción convierte a The Cloisters en uno de los lugares más singulares de Nueva York. No es el destino de quien busca la imagen típica de Times Square o el Empire State Building, sino de quien quiere descubrir una ciudad menos evidente. Aquí no predominan las luces de neón ni las multitudes, sino el silencio de los claustros, la piedra, las obras de arte y el sonido del parque. El contraste resulta casi cinematográfico: a pocos kilómetros de uno de los centros urbanos más intensos del planeta, Nueva York conserva un pequeño espacio que parece pertenecer a la Europa medieval.

Visitar The Cloisters es, en definitiva, descubrir otra cara de Nueva York. El lugar demuestra que la ciudad no solo puede sorprender por su arquitectura contemporánea, sus museos o sus grandes avenidas, sino también por rincones capaces de romper completamente con la identidad que se espera de ella. Para quienes buscan un lugar poco conocido, diferente y alejado de los circuitos turísticos más habituales, The Cloisters ofrece una experiencia difícil de encontrar en cualquier otra parte de Manhattan: la posibilidad de pasar, en cuestión de minutos, del ritmo frenético de Nueva York a la calma de un monasterio medieval.

Praga, un destino para viajeros que aman el ajedrez

Redacción (Madrid)

Hay ciudades que se visitan por sus monumentos, otras por su gastronomía y algunas por la belleza de sus paisajes. Praga pertenece a una categoría diferente: es una ciudad que también puede recorrerse como si fuera una partida de ajedrez. Sus calles medievales, sus plazas, sus cafés y sus rincones históricos parecen construidos para detenerse, observar y pensar. Para un amante del ajedrez, viajar hasta la capital checa significa descubrir un destino donde la cultura del tablero puede combinarse con arquitectura, historia y una extraordinaria tradición de cafés.

El viaje puede comenzar en la Ciudad Vieja, donde el visitante encuentra uno de los escenarios más fascinantes de Europa. Las fachadas barrocas, las torres góticas y las calles estrechas crean una atmósfera que parece pertenecer a otra época. En la Plaza de la Ciudad Vieja, mientras los turistas se reúnen alrededor del famoso reloj astronómico, el ajedrecista probablemente encuentre algo más interesante: la posibilidad de imaginar la ciudad como un enorme tablero en el que cada edificio, calle y plaza ocupa una posición determinada.

Praga invita a caminar sin demasiada prisa. El Puente de Carlos, el Castillo y el barrio de Malá Strana forman un recorrido imprescindible, pero para el viajero ajedrecista el atractivo está también en los pequeños espacios donde detenerse. Una cafetería tranquila puede convertirse en el escenario perfecto para abrir un tablero de bolsillo y reproducir una partida histórica, analizar una posición o simplemente jugar una partida con otro viajero.

La cultura de los cafés tiene una importancia especial en la tradición centroeuropea. Durante décadas, estos establecimientos fueron lugares de encuentro para escritores, artistas, intelectuales y aficionados a los juegos. El café no era únicamente un sitio donde tomar algo: era un espacio para conversar, leer, discutir ideas y pasar horas alrededor de una mesa. El ajedrez encaja perfectamente en esa tradición.

Para un aficionado, una de las mejores experiencias consiste precisamente en reservar parte del día para algo aparentemente sencillo: sentarse frente a un tablero. Después de recorrer las calles de la ciudad, el visitante puede pedir un café, observar el movimiento de los habitantes y dejar que la partida avance lentamente. En una época dominada por los teléfonos móviles y las visitas turísticas cronometradas, dedicar una hora a pensar una jugada puede convertirse en una forma de viajar mucho más pausada.

Pero Praga también permite acercarse a la historia del ajedrez checo. La República Checa ha mantenido una importante tradición ajedrecística y la ciudad ha acogido numerosos acontecimientos relacionados con este deporte y juego intelectual. Para el viajero interesado en la historia del ajedrez, resulta especialmente atractivo descubrir cómo esta tradición se relaciona con la cultura centroeuropea y con una larga afición por los cafés, los clubes y las asociaciones.

El viaje puede continuar hacia otros espacios culturales de la ciudad. Museos, bibliotecas y edificios históricos ayudan a comprender una sociedad en la que la literatura, la música, la filosofía y las artes han tenido siempre una enorme importancia. Y el ajedrez, como ocurre en tantos lugares de Europa Central, parece formar parte naturalmente de ese universo intelectual.

Existe además una manera muy particular de recorrer Praga para un aficionado al ajedrez: hacerlo siguiendo el ritmo de una partida. La Ciudad Vieja puede ser la apertura, cuando todo resulta familiar y las piezas apenas comienzan a ocupar sus posiciones. El Puente de Carlos representa el medio juego, lleno de movimiento y posibilidades. El Castillo, situado en lo alto de la ciudad, podría ser el final de partida: un lugar desde el que observar todo el tablero después de haberlo recorrido.

Y es que quizá ahí reside la relación más interesante entre Praga y el ajedrez. Ambos obligan a mirar con atención. En una partida, una decisión aparentemente insignificante puede cambiarlo todo. En una ciudad histórica sucede algo parecido: una calle secundaria puede conducir a una plaza inesperada; una puerta puede esconder un patio; un pequeño café puede convertirse en uno de los recuerdos más importantes del viaje.

Para completar la experiencia, el visitante puede buscar una tienda especializada y llevarse un juego de ajedrez como recuerdo. Los juegos de madera, las piezas artesanales y los tradicionales tableros pueden convertirse en un souvenir mucho más personal que cualquier objeto turístico convencional. Al regresar a casa, cada partida jugada sobre ese tablero puede recuperar algo de la atmósfera de la ciudad.

Praga resulta, por tanto, un destino especialmente atractivo para quienes entienden el ajedrez no solo como una competición, sino como una forma de contemplar el mundo. La paciencia, la estrategia, la observación y la capacidad de anticiparse forman parte tanto del juego como de la experiencia de viajar.

En una ciudad tan llena de historia, cada paseo puede convertirse en una partida y cada café, en una pequeña sala de análisis. El viajero llega buscando torres, caballos y tableros, pero termina descubriendo que Praga ofrece algo más interesante: un escenario en el que la arquitectura, la cultura y el ajedrez parecen compartir una misma filosofía.

Taberna El Barba, el sabor del Mediterráneo que se encuentra frente al mar de Altea

Redacción (Madrid)

Hay restaurantes a los que se va a comer y otros en los que la comida parece formar parte de un paisaje. En Taberna El Barba, en Altea, ambas cosas parecen encontrarse. Frente al mar, en una de esas calles donde el Mediterráneo todavía se siente cercano, la taberna propone una cocina construida alrededor de dos territorios que llevan siglos encontrándose en la mesa: el mar y la tierra.

La propia casa se define como un restaurante especializado en arroces y productos del mar y del monte, con la intención de ofrecer una experiencia gastronómica basada en ingredientes de la región. El escenario acompaña: un local frente al mar y un servicio que la propia taberna describe como amable y profesional.

Pero quizá sea en la carta donde mejor se entiende el carácter de El Barba.

Una cocina que comienza en la lonja

Hay algo profundamente mediterráneo en comenzar una comida mirando hacia el mar y encontrarse después con él en el plato. La sección dedicada a los productos de la lonja ofrece cigalas con ajetes, gamba roja fresca a la plancha y pescado fresco, además de marisco hervido, siempre sujeto a la disponibilidad del mercado.

La gamba roja ocupa aquí un lugar destacado, presentada a la plancha. Pero la carta no se queda en los grandes productos. También aparecen propuestas como el gambosí de la bahía, calamares, mejillones preparados de diferentes maneras, zamburiñas y tellinas.

Es una cocina que parece entender que el Mediterráneo no necesita demasiados discursos. Basta con respetar un buen producto y dejar que hable.

El arroz como memoria de Altea

Sin embargo, si existe un territorio donde Taberna El Barba parece encontrar una de sus señas de identidad, ese es el arroz.

La carta reúne distintas interpretaciones de este plato esencial de la cocina valenciana: desde la paella valenciana, elaborada con pollo, conejo, judías verdes y garrofó, hasta arroces de pluma ibérica, tuétano y costillas, senyoret, pulpo y chopitos o marisco.

Hay además dos propuestas que hablan directamente de la tradición gastronómica de Altea: el arroz de boquerón y espinacas, acompañado de sepia, y el arroz de bacalao y coliflor, también con sepia. Son platos que conectan la mesa con una cocina local que ha sabido convertir los productos del mar y de la huerta en una identidad propia.

Para quienes buscan sabores más intensos, aparece el arroz negro, mientras que quienes prefieren una combinación más contundente pueden encontrar el arroz de pato y foie. La carta incluye también fideuà, elaborada en paella y con sepia, chopitos, mejillones y marisco.

Los arroces tienen además una condición que conviene conocer: son para un mínimo de dos personas y, en mesas de cinco personas o menos, la casa indica una paella por mesa, siempre dependiendo de la disponibilidad de la cocina.

El mar también llega en pequeños bocados

Antes del arroz, la mesa puede recorrer otros caminos.

Entre los entrantes fríos aparecen el tomate Rosa de Altea con salazones locales y caseros, la ensalada de tomate y ventresca, el tartar de gamba roja y naranja, las anchoas del Cantábrico y las ostras.

También están presentes los salazones: mojama, hueva de mújol, budellet, hueva de atún, hueva de maruca y pulpo seco. Una colección de sabores que pertenece profundamente a la tradición marinera mediterránea.

Entre los platos calientes aparecen algunas de las propuestas más particulares de la casa. Las gambas al ajillo El Barba, por ejemplo, se sirven con huevo frito y sobrasada. El pulpo aparece sobre parmentier de patata acompañado de una crema de sobrasada, mientras que los mejillones pueden llegar preparados con la salsa de la casa, al estilo Thai o simplemente al vapor.

También hay espacio para la tierra

Aunque el mar tiene un protagonismo evidente, Taberna El Barba no ha construido su propuesta exclusivamente alrededor de él.

La sección Del Campo reúne platos como huevos rotos con jamón y chistorra, albóndigas de carne madurada, steak tartar, chuletas de lechal y diferentes cortes de carne madurada. También aparece una hamburguesa de carne madurada en pan brioche, acompañada de patatas fritas caseras y mayonesa de sriracha.

Y hay un producto que merece capítulo propio: el atún rojo Balfegó. La carta lo presenta en diferentes preparaciones, desde la ventresca y el lomo a la plancha hasta un tartar con aguacate y mango, un tiradito marinado en ponzu o un tartar servido sobre tuétano.

El final dulce de una comida mediterránea

Cuando llega el momento de abandonar el mar y la tierra para acercarse al postre, la propuesta mantiene la variedad.

Soufflé de chocolate, soufflé de avellana, tarta de moka, tarta de naranja, torrija, tartaleta de limón y tarta de queso al horno completan una carta que apuesta por postres reconocibles, pero con diferentes matices.

La casa indica además que dispone de información sobre alérgenos bajo petición.

Una mesa frente al Mediterráneo

Hay restaurantes que buscan convertirse en destino. Taberna El Barba parece apostar por algo más sencillo: convertir una comida frente al mar en parte de la experiencia de Altea.

Su propuesta reúne productos de la lonja, salazones, atún rojo, carnes maduradas y, sobre todo, una colección de arroces que mira directamente hacia la tradición gastronómica de la zona. Todo ello en un local situado en la calle San Pedro, frente al Mediterráneo.

Quizá sea precisamente esa combinación la que define mejor a El Barba. No intenta alejarse de Altea para construir su identidad, sino todo lo contrario: parece buscarla en aquello que tiene más cerca.

El mar delante. El arroz en la mesa. El producto como protagonista.

Y fuera, Altea continúa con su vida mediterránea, mientras dentro de la taberna el viajero descubre que, algunas veces, conocer un lugar también consiste en sentarse a comerlo.

La Cava Aragonesa, una parada con sabor propio en el corazón de Benidorm

Redacción (Madrid)

En pleno casco antiguo de Benidorm, en la Plaza de la Constitución, se encuentra La Cava Aragonesa, un restaurante que destaca tanto por su propuesta gastronómica como por el ambiente que se respira desde que se cruza la puerta. Situado en una de las zonas con mayor movimiento del centro histórico, el establecimiento combina el carácter tradicional de una taberna española con una imagen cuidada y una atmósfera animada. Sus espacios interiores y su terraza permiten disfrutar de la actividad constante de las calles del casco antiguo mientras se comparte una comida o unas tapas.

Uno de los principales atractivos del lugar es precisamente su ambiente. La Cava Aragonesa tiene un carácter bullicioso y cercano, especialmente en las horas de mayor afluencia, cuando la barra se convierte en uno de los puntos centrales del restaurante. La decoración y la disposición del establecimiento contribuyen a crear una sensación de taberna tradicional, mientras que la terraza ofrece una alternativa para quienes prefieren comer o tomar algo al aire libre. Las opiniones de los clientes destacan con frecuencia el ambiente acogedor y la posibilidad de sentarse en el exterior, aunque también señalan que la popularidad del local puede hacer que esté bastante concurrido.

La oferta gastronómica está pensada especialmente para compartir y probar diferentes elaboraciones. Las famosas yescas, elaboradas sobre pan tostado con aceite de oliva y tomate, ocupan un lugar destacado, acompañadas de una amplia selección de embutidos, quesos, salazones y ahumados. A ellas se suman pinchos, tapas, mariscos, pescados, carnes e ibéricos, por lo que el cliente puede optar tanto por una comida informal en la barra como por sentarse tranquilamente a disfrutar de una comida más completa. La variedad es, de hecho, uno de los elementos que más se repite entre las valoraciones de quienes han pasado por el establecimiento.

El servicio busca adaptarse a esta variedad de formatos. El restaurante dispone de atención en barra, comedor y terraza, y ofrece también la posibilidad de reservar mesa. Las experiencias de los clientes muestran una valoración generalmente positiva del trato y de la rapidez, aunque, como ocurre en un establecimiento muy concurrido, existen opiniones diferentes dependiendo del momento de la visita y de la zona en la que se haya sido atendido. Algunas reseñas recientes destacan especialmente la amabilidad de determinados miembros del personal y la rapidez del servicio, mientras que otras señalan esperas o una atención menos satisfactoria en momentos de mucha afluencia.

Más allá de un plato concreto, La Cava Aragonesa ofrece una experiencia vinculada al propio ambiente del centro de Benidorm. Es un lugar pensado para entrar, dejarse llevar por el movimiento de la barra, escoger entre una gran variedad de tapas y productos y disfrutar de una comida en un entorno animado. Su ubicación, la terraza, la estética del establecimiento y una oferta gastronómica especialmente amplia hacen que sea una opción atractiva para quienes buscan conocer una de las zonas más vivas del casco antiguo a través de su gastronomía.

Taberna El Barba: una taberna marinera frente al Mediterráneo de Altea

Redacción (Madrid)

Hay lugares en los que comer forma parte del viaje. En Altea, uno de los rincones más reconocibles de la Costa Blanca, el Mediterráneo no solo se contempla: también llega a la mesa. Es precisamente esa relación entre paisaje, producto y cocina la que define a Taberna El Barba, una taberna marinera situada en la calle San Pedro, frente al mar y en pleno entorno del paseo marítimo alteano.

El propio restaurante se presenta como un establecimiento especializado en arroces y productos del mar y del monte, con la intención de ofrecer una experiencia gastronómica basada en los ingredientes de la región. Su ubicación frente al Mediterráneo refuerza esa vocación marinera y convierte la comida en una prolongación natural del paisaje de Altea.

La carta comienza con una selección de entrantes en la que el producto local tiene un papel protagonista. Una de las propuestas más representativas es la ensalada de tomate y salazón, elaborada con tomate Rosa de Altea, salazones locales y caseros, encurtidos, escamas de sal negra y aceite de oliva virgen extra. También aparece la ensalada de tomate con ventresca, mientras que quienes prefieran sabores más marineros pueden optar por la ensaladilla de sepia, el tartar de gamba roja y naranja, las anchoas del Cantábrico o las ostras.

Pero si existe una especialidad que justifica por sí misma una visita a El Barba, son sus arroces. La propuesta reúne diferentes interpretaciones de la tradición arrocera mediterránea, desde el arroz del senyoret, preparado con gambitas peladas, sepia y rape, hasta el arroz negro, el arroz de marisco o la fideuà. También aparecen elaboraciones menos convencionales, como el arroz de pato y foie. El restaurante especifica que los arroces se sirven para un mínimo de dos personas y que, en mesas de cinco comensales o menos, se prepara una paella por mesa, siempre dependiendo de la disponibilidad de cocina.

Entre las opciones más vinculadas a la tradición local destaca especialmente el arroz de boquerón y espinacas, que el propio establecimiento identifica como un arroz típico de Altea y que combina boquerones, espinacas y sepia. En la misma línea se encuentra el arroz de bacalao y coliflor, otra elaboración que conecta la cocina de la casa con recetas y productos de tradición mediterránea.

La carta no se limita, sin embargo, al arroz. La presencia del pescado, el marisco y los productos de temporada permite construir una comida más amplia, mientras que la propia filosofía del restaurante incorpora también productos del monte. Esta combinación explica que El Barba pueda funcionar tanto para quien busca una comida marinera tradicional como para quien quiere descubrir una interpretación más contemporánea del recetario mediterráneo.

El capítulo dulce tampoco parece plantearse como un simple trámite. Entre los postres encontramos torrija templada con helado, soufflé de chocolate, soufflé de avellana, tarta de queso al horno, tarta de naranja, tarta de moka y tartaleta de limón con merengue. Son propuestas que mantienen un carácter reconocible y casero y que permiten terminar la experiencia con algo más que el habitual café de sobremesa.

El entorno es otro de los grandes argumentos turísticos de El Barba. Comer en la calle San Pedro significa hacerlo prácticamente a orillas del Mediterráneo, en una de las zonas más transitadas y características de Altea. La ubicación permite combinar la visita gastronómica con un paseo por el litoral y por el centro histórico de la localidad, haciendo que el restaurante pueda integrarse fácilmente en una jornada turística por la ciudad.

También resulta interesante la propia identidad con la que el establecimiento se presenta: “Taberna Marinera El Barba”. El nombre y la decoración buscan transmitir una personalidad vinculada al mundo del mar, mientras que la cocina intenta mantener esa conexión mediante el protagonismo del pescado, el marisco, los salazones y los arroces. No se trata únicamente de colocar el Mediterráneo como paisaje de fondo, sino de llevar parte de ese territorio al plato.

La propuesta ha recibido además reconocimiento externo. Guía Repsol incluye actualmente a Taberna El Barba entre sus restaurantes recomendados de 2026 y destaca su cocina de mercado, sus productos del Mediterráneo, los arroces y la utilización de ingredientes locales como el tomate Rosa de Altea. La guía también señala la presencia de terraza, buenas vistas y opciones para diferentes tipos de comensales.

Para el viajero gastronómico, El Barba ofrece así una combinación particularmente atractiva: Altea, Mediterráneo y cocina de producto. Es un restaurante que permite convertir una comida en una pequeña experiencia turística, especialmente cuando se elige un arroz para compartir y se acompaña la sobremesa con un paseo frente al mar.

La dirección es Calle San Pedro, 39, 03590 Altea (Alicante). El restaurante facilita reservas a través de su página oficial y dispone de información sobre su carta y propuestas gastronómicas. Conviene consultar la disponibilidad de los arroces al realizar la reserva, ya que el propio establecimiento indica que están sujetos a la disponibilidad de cocina.

En definitiva, Taberna El Barba representa una manera de acercarse a Altea a través de la gastronomía. Sus arroces, pescados, mariscos, salazones y productos locales construyen una cocina que mira directamente al Mediterráneo que se encuentra frente a sus mesas. Para quien visita Altea y quiere que el viaje continúe también en el plato, El Barba puede ser una parada especialmente apropiada: una taberna marinera donde el paisaje y la cocina comparten el mismo protagonista, el mar.

Viaje al trópico: una experiencia entre naturaleza, calor y descubrimiento

Redacción (Madrid)

Viajar al trópico supone entrar en un mundo donde el paisaje parece adquirir otra intensidad. El verde de la vegetación, la humedad del aire, el sonido de los animales y el ritmo pausado de las poblaciones locales construyen una experiencia muy diferente a la de los destinos turísticos europeos. Más que un simple cambio de lugar, un viaje al trópico es una invitación a observar, sentir y adaptarse a un entorno en el que la naturaleza ocupa un papel protagonista.

El viaje comienza incluso antes de llegar. Desde el avión, cuando las nubes se abren y aparecen bajo ellas extensiones de selva, playas y montañas cubiertas de vegetación, resulta evidente que el paisaje ha cambiado. Al abandonar el aeropuerto, la primera sensación es la del calor húmedo. El aire parece pesar más y el cuerpo necesita unos minutos para acostumbrarse. Sin embargo, esa misma humedad es responsable de una de las características más fascinantes del trópico: una naturaleza exuberante que parece crecer en todas direcciones.

Una de las mejores formas de descubrir un destino tropical es alejarse de los grandes complejos turísticos. Las playas son, sin duda, uno de sus principales atractivos, pero el verdadero carácter del lugar aparece cuando se recorren sus pueblos, mercados y caminos interiores. En los mercados locales, los colores y los aromas se mezclan: frutas tropicales, especias, pescado fresco, café y productos cultivados en los alrededores. Probar una fruta desconocida o sentarse a comer en un pequeño establecimiento puede resultar mucho más interesante que cualquier restaurante pensado exclusivamente para turistas.

La gastronomía es, precisamente, otra de las grandes experiencias del viaje. El clima tropical permite una enorme variedad de productos frescos. Pescados, mariscos, arroz, coco, plátano, mango, piña, papaya y diferentes especias aparecen en numerosas recetas. Comer frente al mar, con una bebida fría y el sonido de las olas de fondo, se convierte en uno de esos momentos sencillos que terminan formando parte de la memoria del viaje.

Pero el trópico también exige abandonar algunas de las comodidades habituales. Las altas temperaturas obligan a modificar los horarios y a tomarse el día con más calma. Las excursiones por la selva suelen comenzar temprano, cuando el calor todavía no es intenso. Caminar entre árboles enormes, escuchar sonidos procedentes de la vegetación y descubrir pequeños animales entre las hojas produce una sensación de aventura que difícilmente puede encontrarse en un entorno urbano.

Una excursión por la selva permite comprender hasta qué punto el paisaje tropical está vivo. No se trata solamente de contemplar árboles y plantas, sino de escuchar insectos, aves y otros animales ocultos entre la vegetación. En algunos lugares es posible recorrer ríos en pequeñas embarcaciones, visitar comunidades locales o bañarse en cascadas alejadas de las zonas más frecuentadas.

El mar ofrece otra perspectiva. Practicar snorkel o simplemente nadar cerca de la costa permite descubrir un segundo paisaje bajo el agua. Peces de colores, corales y otras formas de vida marina convierten el océano en una prolongación de la experiencia terrestre. Sin embargo, estos ecosistemas son especialmente frágiles, por lo que viajar al trópico también debería implicar una responsabilidad: evitar generar residuos, respetar la fauna y elegir actividades que no dañen el entorno.

A medida que pasan los días, el viajero comienza a adaptarse al ritmo local. Las prisas pierden importancia y las tardes parecen alargarse. Después de una mañana de excursión, regresar al alojamiento, descansar a la sombra y contemplar la puesta de sol puede convertirse en el mejor momento del día.

Es entonces cuando se comprende que el atractivo del trópico no reside únicamente en sus playas paradisíacas. Su verdadero interés está en la combinación entre naturaleza, cultura y formas de vida diferentes. El viajero descubre que detrás de una imagen de postal existe un territorio habitado, con sus tradiciones, sus problemas, sus costumbres y su propia relación con el medio ambiente.

También resulta inevitable enfrentarse a una de las grandes contradicciones del turismo tropical. Los mismos lugares que atraen a millones de visitantes por su belleza pueden sufrir las consecuencias del turismo masivo. La construcción de hoteles, el consumo de agua, los residuos y la transformación de las costas pueden poner en peligro precisamente aquello que los turistas han ido a buscar.

Por eso, viajar al trópico debería significar también viajar con cierta sensibilidad. Elegir pequeños alojamientos, consumir productos locales, respetar los espacios naturales y evitar actividades que exploten a los animales son decisiones sencillas que pueden contribuir a conservar el destino.

Al final del viaje, cuando llega el momento de regresar, queda la sensación de haber conocido mucho más que un paisaje. El trópico permanece en la memoria a través de sensaciones: el calor húmedo al salir del avión, el olor de la vegetación después de la lluvia, el sabor de una fruta recién cortada, el sonido de las olas durante la noche o el silencio de la selva.

Un viaje al trópico es, en definitiva, una experiencia de contraste. Es un lugar donde la naturaleza parece dominar el paisaje y donde el viajero debe aprender a adaptarse a un ritmo diferente. Sus playas pueden ser espectaculares, pero su mayor atractivo se encuentra en todo aquello que existe detrás de ellas.

Porque viajar al trópico no consiste únicamente en buscar un paraíso. Consiste en descubrir que ese supuesto paraíso es, en realidad, un territorio vivo que merece ser conocido, comprendido y protegido.

Andalucía en sus pueblos, un viaje por la memoria blanca del sur

Redacción (Madrid)

Hay viajes que empiezan mucho antes de llegar al destino. Comienzan cuando uno escucha un nombre, imagina una calle estrecha, una plaza soleada o una casa blanca perdida entre montañas. Andalucía está llena de esos nombres. Pueblos que no necesitan grandes monumentos para justificar un viaje, porque su verdadera riqueza está en la forma en que han aprendido a convivir con el paisaje, con la historia y con el paso de los años.

Desde las montañas de Cádiz hasta las sierras de Jaén, desde los pueblos blancos malagueños hasta las tierras de Granada, el sur conserva una geografía humana que parece escrita lentamente. Viajar por ella es comprender que Andalucía no se descubre únicamente en sus grandes ciudades, sino también en esos pequeños lugares donde todavía es posible sentarse en una plaza y observar cómo transcurre la vida.

Frigiliana, la belleza escondida entre las montañas

En la provincia de Málaga, Frigiliana aparece entre las montañas de la Axarquía como una pequeña acumulación de casas blancas. Sus calles estrechas ascienden y descienden entre fachadas encaladas, macetas y rincones donde la sombra se convierte en un refugio durante las horas de calor.

Hay algo casi mediterráneo en su silencio. Desde determinados puntos, el paisaje se abre hacia el mar y recuerda que esta tierra siempre ha vivido entre dos mundos: la montaña y la costa.

Frigiliana no necesita correr detrás del visitante. Su atractivo está precisamente en caminar sin rumbo, dejarse llevar por sus calles y descubrir que cada esquina parece haber sido colocada allí para detener el paso.

Ronda, suspendida sobre el vacío

Si existe un pueblo capaz de provocar asombro antes incluso de ser recorrido, ese es Ronda.

La ciudad se levanta sobre una meseta dividida por el profundo Tajo, y su célebre Puente Nuevo une las dos partes de la ciudad sobre un paisaje que parece sacado de una novela.

Pero Ronda no vive únicamente de sus vistas. Hay calles antiguas, plazas tranquilas y una historia que se reconoce en sus edificios. Caminar por ella es avanzar entre distintas épocas, mientras al fondo las montañas recuerdan que la naturaleza sigue teniendo la última palabra.

Cazorla, donde la montaña marca el ritmo

En la provincia de Jaén, Cazorla parece vivir bajo la protección de las montañas. Sus calles ascienden hacia el castillo y sus casas se amontonan en torno a una arquitectura que conserva el carácter de los pueblos serranos.

Pero su verdadero patrimonio está más allá de sus calles. La Sierra de Cazorla abre un territorio de bosques, ríos y senderos que convierten al pueblo en una puerta hacia una de las grandes reservas naturales de Andalucía.

Aquí el viaje cambia de naturaleza. Ya no se trata únicamente de mirar edificios, sino de caminar, respirar y dejar que la montaña marque el paso.

Montefrío, una postal sobre Granada

Montefrío aparece entre olivos y montañas como uno de esos pueblos que parecen haber sido colocados deliberadamente sobre una colina para ser contemplados desde lejos.

En lo alto, la fortaleza y la iglesia dominan el paisaje. Desde allí, el horizonte se extiende sobre una Andalucía rural, profunda y silenciosa.

Quizá lo más hermoso sea llegar al pueblo al final de la tarde, cuando la luz empieza a suavizarse y los campos adquieren tonos dorados. Entonces Montefrío deja de parecer simplemente un pueblo bonito y se convierte en una escena.

Pampaneira, el refugio de las Alpujarras

En las Alpujarras granadinas, Pampaneira conserva una arquitectura singular, marcada por sus casas blancas, sus tejados planos y sus calles estrechas.

El pueblo se adapta a la montaña en lugar de intentar dominarla. Las casas parecen apoyarse unas sobre otras y los caminos se convierten en pequeñas escaleras que conducen hacia rincones inesperados.

Es un lugar para caminar despacio. Para comprar algún producto local, detenerse a comer y observar cómo las montañas se pierden hacia el horizonte.

Zahara de la Sierra, un pueblo frente al agua

En Cádiz, Zahara de la Sierra ocupa una posición privilegiada sobre el embalse de Zahara-El Gastor. El caserío blanco asciende por la ladera hasta alcanzar los restos de su antigua fortaleza.

Desde arriba, el paisaje cambia por completo. El agua, las montañas y las casas blancas forman una composición que resume buena parte de la Andalucía interior.

Zahara tiene esa belleza tranquila de los lugares que no necesitan demasiado para convencer al viajero.

Aracena, entre bosques y piedra

En el norte de Huelva, Aracena aparece rodeada de dehesas y bosques. Su castillo domina el pueblo y bajo tierra se encuentra uno de sus grandes tesoros: la Gruta de las Maravillas, un mundo subterráneo de formaciones rocosas y agua.

Es un destino que demuestra que Andalucía no termina en sus playas ni en sus pueblos blancos. También existe una Andalucía verde, húmeda y montañosa.

Olvera, el blanco sobre la roca

Olvera es uno de los grandes nombres de la llamada Ruta de los Pueblos Blancos. Su silueta, coronada por la iglesia y el castillo, parece emerger directamente de la montaña.

El pueblo conserva esa mezcla de arquitectura popular, historia y paisaje que hace tan especiales a los municipios de la sierra gaditana.

Mojácar, donde el pueblo mira al Mediterráneo

En Almería, Mojácar ofrece otra versión del pueblo blanco andaluz. Aquí la montaña termina encontrándose con el Mediterráneo y las casas se extienden por la ladera mirando hacia el mar.

Sus calles, llenas de pequeñas plazas y rincones encalados, adquieren una luz especial cuando cae la tarde. Es entonces cuando se entiende por qué tantos viajeros han terminado enamorándose de este rincón almeriense.

Comares, el balcón de la Axarquía

Y en Málaga, sobre una cresta montañosa, Comares domina buena parte de la Axarquía.

Llegar hasta él supone ascender por carreteras que atraviesan un paisaje de olivares y montañas. Arriba espera un pueblo pequeño, blanco y silencioso, con unas vistas que justifican por sí solas el viaje.

Un viaje que no termina en el último pueblo

Quizá lo mejor de recorrer los pueblos de Andalucía sea que nunca existe una ruta definitiva. Siempre queda una carretera secundaria, un pueblo escondido detrás de una montaña, una plaza que todavía no aparece en las guías.

Porque Andalucía no se entrega de una sola vez. Se descubre lentamente, pueblo a pueblo, curva a curva, al ritmo de una carretera que atraviesa olivares, montañas y campos abiertos.

Y cuando llega el momento de regresar, el viajero comprende algo sencillo: quizá no recuerde todos los nombres, ni todas las calles, ni siquiera todos los paisajes.

Pero recordará la luz.

Esa luz del sur que cae sobre las fachadas blancas al final del día y que convierte durante unos minutos cualquier pueblo de Andalucía en un lugar al que, inevitablemente, uno desea volver.

Little Manitou Lake, el secreto salado de las praderas canadienses

Redacción (Madrid)

En el corazón de Saskatchewan, lejos de las grandes ciudades y de los destinos turísticos más conocidos de Canadá, se encuentra Little Manitou Lake, un lago que parece sacado de un paisaje imposible. Situado junto a la pequeña localidad de Manitou Beach, este enclave es conocido por sus aguas extremadamente salinas, capaces de mantener a los bañistas a flote sin apenas esfuerzo. A pesar de su singularidad, continúa siendo un destino relativamente desconocido para muchos viajeros internacionales.

La peculiaridad del lago se debe a su elevada concentración de minerales. Alimentado por aguas subterráneas y sin un desagüe natural, la evaporación ha provocado que las sales se acumulen durante miles de años. Su concentración mineral alcanza aproximadamente 180.000 miligramos por litro, una característica que explica su extraordinaria flotabilidad. El fenómeno ha hecho que Little Manitou Lake sea conocido popularmente como el «Mar Muerto de Canadá».

Pero Manitou Beach no vive únicamente de su lago. El entorno conserva una curiosa mezcla de naturaleza, ocio y patrimonio histórico. Uno de sus símbolos es Danceland, un histórico salón de baile construido en 1928 que todavía conserva su particular pista de baile sobre una estructura de crin de caballo. También existen galerías de arte, senderos, actividades deportivas y un autocine, elementos que mantienen vivo el carácter de pequeño refugio turístico que adquirió la zona durante el siglo XX.

La historia del lugar también está ligada a las creencias sobre las propiedades de sus aguas. Desde hace siglos, diferentes comunidades indígenas conocían y utilizaban el lago, mientras que durante el siglo XX su fama atrajo a visitantes de otras regiones de Canadá. Con la llegada del ferrocarril, Manitou Beach llegó a convertirse en un importante destino vacacional, con hoteles, balnearios y espacios de entretenimiento. Aunque aquella época de esplendor quedó atrás, parte de ese patrimonio permanece visible actualmente.

Para quienes buscan una Canadá diferente, Little Manitou Lake ofrece precisamente eso: un paisaje alejado de los tópicos de montañas, bosques y grandes ciudades. Aquí la experiencia consiste en flotar sobre un lago salado mientras las inmensas praderas de Saskatchewan se extienden alrededor. Su combinación de naturaleza, historia y rareza geológica convierte a Manitou Beach en uno de esos lugares que no suelen aparecer en las primeras páginas de las guías turísticas, pero que pueden convertirse en uno de los recuerdos más sorprendentes de un viaje por Canadá.

El antiguo turismo hippie: viajar en busca de libertad

Redacción (Madrid)

Hubo un tiempo en el que viajar no significaba reservar un vuelo con meses de antelación, consultar opiniones en internet o fotografiar cada rincón para compartirlo en redes sociales. Hubo viajeros que emprendían el camino con una mochila, unas pocas monedas y el deseo de descubrir qué había al otro lado de la carretera. Entre las décadas de 1960 y 1970 surgió una forma de viajar que acabaría convirtiéndose en todo un fenómeno cultural: el turismo hippie.

Más que una modalidad turística, aquel movimiento representó una actitud ante la vida. Sus protagonistas buscaban alejarse de unas sociedades occidentales que consideraban excesivamente materialistas, rígidas y convencionales. Viajar se convirtió así en una forma de ruptura y, para muchos, en una búsqueda personal. No se trataba simplemente de conocer otros países, sino de experimentar otras maneras de vivir.

El fenómeno estaba ligado a la contracultura estadounidense y europea de los años sesenta. La defensa de la paz, la libertad individual, la vida comunitaria, el contacto con la naturaleza y el rechazo del consumismo convivían con la música, la literatura, las experiencias psicodélicas y el interés por las filosofías orientales. En este contexto, la carretera adquirió un enorme valor simbólico: representaba libertad, movimiento y la posibilidad de escapar de los caminos establecidos.

Una de las grandes rutas de aquella época fue la conocida como Hippie Trail, que conectaba Europa con Oriente. Jóvenes procedentes principalmente de Estados Unidos y Europa atravesaban Turquía, Irán, Afganistán, Pakistán, India y Nepal en autobús, tren, autoestop o vehículos particulares. Estambul era una de las grandes puertas de entrada a Oriente y Kabul se convirtió en uno de los destinos míticos de la ruta. Al final del camino aparecía Katmandú, ciudad que acabaría formando parte del imaginario occidental como uno de los grandes refugios de viajeros alternativos.

El atractivo de aquella ruta estaba precisamente en la incertidumbre. El viajero podía no saber dónde dormiría la noche siguiente, cuánto tardaría en llegar a su destino o a quién conocería por el camino. Pensiones económicas, albergues, campamentos y casas particulares formaban una red informal que permitía avanzar con presupuestos muy reducidos. La incomodidad del trayecto no era necesariamente un problema: formaba parte de la aventura.

En Europa, las islas del Mediterráneo ofrecieron destinos más próximos para quienes buscaban una vida alternativa. Ibiza se convirtió en uno de los grandes refugios de artistas, músicos y jóvenes viajeros. Durante los años sesenta, la isla todavía conservaba amplias zonas rurales y un ritmo de vida alejado del turismo de masas. Sus playas, su clima y la posibilidad de vivir con pocas necesidades materiales atrajeron a una comunidad internacional que terminaría convirtiendo la isla en un símbolo de la cultura hippie.

Muy cerca, Formentera ofrecía todavía más tranquilidad. Sus caminos, playas y escaso desarrollo turístico permitían una experiencia de aislamiento que atraía a viajeros deseosos de vivir de una manera sencilla. Dormir cerca de la naturaleza, compartir comida, música y conocimientos con otros viajeros y disfrutar de jornadas sin horarios formaban parte de aquella experiencia.

Marruecos también se incorporó rápidamente a las rutas alternativas. Tánger, Marrakech y Essaouira fascinaban por sus mercados, paisajes, gastronomía y diferencias culturales. Para muchos jóvenes europeos, cruzar el estrecho de Gibraltar suponía entrar en un mundo completamente diferente. El viaje tenía entonces una dimensión de descubrimiento cultural que iba mucho más allá de visitar monumentos.

India representaba, para muchos viajeros, el destino definitivo. La espiritualidad, la meditación, el hinduismo y el budismo despertaban un enorme interés entre jóvenes que buscaban respuestas fuera de las instituciones tradicionales occidentales. Goa se convirtió en uno de los grandes enclaves internacionales de aquella cultura, mientras que Rishikesh adquirió fama como destino espiritual. En Nepal, Katmandú reunía a viajeros procedentes de todo el mundo que habían llegado hasta allí después de recorrer miles de kilómetros.

El transporte era una parte fundamental de aquella forma de viajar. El autobús, el tren y el autoestop permitían conocer los territorios intermedios. Las furgonetas Volkswagen decoradas con flores se convirtieron en uno de los grandes símbolos de la época. La mochila era el equipaje perfecto: pocas pertenencias significaban también menos ataduras.

La alimentación y el alojamiento seguían la misma filosofía. Los mercados, pequeños restaurantes y puestos callejeros permitían comer barato y conocer la gastronomía local. Para dormir se recurría a pensiones, albergues, campamentos o casas compartidas. La información circulaba de viajero en viajero: dónde alojarse, qué ruta tomar, dónde encontrar trabajo temporal o qué lugar merecía la pena visitar. Antes de internet, la experiencia de otros viajeros era la principal guía.

Pero aquel movimiento estaba lleno de contradicciones. Los jóvenes que pretendían escapar del turismo convencional terminaron contribuyendo a popularizar algunos de los destinos que visitaban. Ibiza es el mejor ejemplo: el interés de los viajeros alternativos ayudó a crear una imagen internacional que posteriormente atraería hoteles, empresas y turismo de masas. La rebeldía, poco a poco, se convirtió también en un producto turístico.

La ruta hacia Oriente comenzó a desaparecer durante los años setenta debido a los cambios políticos y a la inestabilidad de algunos de los países que atravesaba. La revolución iraní de 1979 y la transformación de Afganistán hicieron que la antigua ruta dejara de ser viable. Al mismo tiempo, la propia cultura hippie fue absorbida progresivamente por la sociedad y la industria comercial.

Sin embargo, su legado permanece. El turismo de mochila, los viajes de larga duración, los hostales, los mercados artesanales, el turismo espiritual, los retiros de yoga y la idea de viajar para vivir una experiencia, y no simplemente para visitar lugares, tienen parte de sus raíces en aquella época.

La paradoja es evidente. Hoy podemos reservar desde el teléfono una experiencia de desconexión, alojarnos en un hotel de estética bohemia o visitar un mercado hippie convertido en atracción turística. Aquello que nació como una forma de escapar del sistema terminó siendo incorporado por el propio sistema turístico.

A pesar de todo, el antiguo turismo hippie conserva una fascinación especial porque representa una época en la que viajar significaba enfrentarse a lo desconocido. Sin mapas digitales, reservas instantáneas ni redes sociales, el viajero dependía de su capacidad para improvisar, de la ayuda de otros y de su disposición a aceptar los imprevistos.

Quizá ese sea su mayor legado. Más allá de las flores, las furgonetas, las playas y las largas carreteras hacia Oriente, aquellos viajeros defendieron la idea de que desplazarse podía ser también una manera de transformarse. No siempre sabían qué buscaban, pero estaban dispuestos a ponerse en camino para descubrirlo.

El turismo hippie fue, en definitiva, mucho más que una moda de los años sesenta y setenta. Fue una manifestación de la contracultura, una búsqueda de libertad y una nueva manera de relacionarse con los destinos. Muchos de aquellos lugares han cambiado radicalmente, pero todavía resulta posible reconocer su huella.

Porque, en el fondo, para aquellos viajeros el verdadero destino nunca fue únicamente un lugar. Era la libertad de estar en camino.