La gastronomía siciliana, un puerto gastronómico multicultural

Redacción (Madrid)

La gastronomía siciliana es un viaje sensorial que condensa siglos de historia, dominios y mestizajes en cada plato. Visitar Sicilia desde la mesa es recorrer un territorio donde la cocina no es solo alimento, sino también paisaje, identidad y memoria. Cada bocado revela la huella de civilizaciones que dejaron su rastro —árabes, normandos, griegos, españoles— y que, sin proponérselo, tejieron una de las tradiciones culinarias más ricas del Mediterráneo.

La primera impresión del viajero suele ser el color. En los mercados al aire libre —como el de Ballarò en Palermo o el de Catania, a la sombra del Etna— todo brilla como si la luz siciliana realzara la naturaleza hasta el extremo. Los tomates parecen esculturas, los cítricos desprenden un perfume embriagador y las berenjenas moradas, omnipresentes en la isla, anuncian su importancia en recetas como la caponata. Este plato, mezcla de verduras salteadas, alcaparras y la equilibrada combinación de ácido y dulce, resume a la perfección el espíritu de la isla: intenso, complejo y sorprendentemente armonioso.

Las ciudades costeras, con sus puertos que llevan siglos conectando continentes, han convertido el pescado fresco en uno de los grandes pilares de la gastronomía local. No es casual que el atún, el pez espada y los mariscos aparezcan como protagonistas en innumerables platos. En un restaurante frente al mar en Siracusa o Trapani, el viajero entiende que el Mediterráneo no es un simple escenario: es proveedor generoso y cómplice de la vida cotidiana. El couscous trapanés de pescado —herencia directa del Norte de África— es un ejemplo brillante de cómo la isla adopta influencias externas sin perder su propia identidad.

La pasta, por supuesto, ocupa un lugar central, pero en Sicilia adquiere personalidad propia. Desde la pasta alla Norma, con berenjena y ricotta salata, hasta los anchos macarrones con pistacho de Bronte —considerado uno de los mejores del mundo—, cada versión tiene una historia local que la sostiene. El pistacho, las almendras, los piñones y las hierbas aromáticas son como pinceladas que convierten un plato común en una experiencia inconfundible.

La repostería siciliana, por su parte, merece un viaje entero. Las pastelerías tradicionales parecen templos donde aún se conserva el toque árabe y conventual. Difícil resistirse a los cannoli, esas crujientes cáscaras fritas rellenas de crema de ricotta fresca, decoradas con pistachos o fruta confitada. Del mismo modo, la cassata, una tarta cubierta de mazapán coloreado, encierra una teatralidad dulce que solo Sicilia podría concebir. Y en verano, la granita —helado granulado de limón, almendra o café— se convierte en un ritual matutino que los locales acompañan con un brioche suave y aromático.

Más allá de los sabores, lo que define la cocina siciliana es la relación emocional que los habitantes de la isla mantienen con ella. Para un siciliano, cocinar es un acto de hospitalidad, un modo de afirmar su identidad en un territorio donde la historia ha sido tan intensa como el paisaje. La comida es, al mismo tiempo, celebración y refugio. El viajero lo siente cuando se sienta en la mesa de una trattoria familiar o cuando prueba un arancino recién frito comprado en un pequeño establecimiento de barrio.

Sicilia es una isla hecha de volcanes, acantilados, templos griegos, playas y ciudades barrocas, pero su gastronomía es el hilo que une todas estas geografías. Cada región tiene sus especialidades, cada pueblo sus orgullos culinarios, y juntos conforman una red de sabores que atrapa al visitante desde el primer día. Viajar a Sicilia, al fin y al cabo, es descubrir que en cada plato hay un pedazo de la isla: su carácter volcánico, su dulzura inesperada, su diversidad cultural y su infinita capacidad de reinventarse sin dejar de ser ella misma.

Montclar d’Aiguabona, el tesoro escondido del Prepirineo catalán

Redacción (Madrid)
En lo alto de una suave ladera del Prepirineo se encuentra Montclar d’Aiguabona, un pequeño pueblo catalán que, aunque no aparece en los mapas oficiales, vive en la imaginación de quienes sueñan con la Cataluña más auténtica. Con apenas 620 habitantes, sus calles empedradas y casas de tejados rojizos parecen detenidas en el tiempo, preservando un carácter rural que muchos municipios reales ya han perdido.


El corazón del pueblo es la Plaça del Roure, presidida por un imponente roble centenario que, según los vecinos, sobrevivió a incendios, guerras y tormentas “porque sabe que Montclar lo necesita”. Rodeando la plaza se levantan una panadería artesanal, una pequeña fonda regentada por la misma familia desde 1890 y un ayuntamiento de fachada amarilla donde cada semana se reúnen los habitantes para debatir los asuntos comunes, una tradición que mantiene vivo el espíritu participativo del municipio.


La vida en Montclar d’Aiguabona transcurre al ritmo de las estaciones. En verano, el pueblo se llena de visitantes que acuden a la Fira de l’Aigua Dolça, un festival dedicado a las fuentes naturales que riegan la comarca. En otoño, los vecinos salen al bosque para la recolecta de setas, considerada casi un ritual. Y cuando llega el invierno, las chimeneas de todas las casas crean una bruma cálida que envuelve el valle como si las montañas abrazaran al pueblo.


A pesar de su tamaño, Montclar no renuncia a mirar hacia el futuro. Este año, el municipio ha inaugurado un centro de innovación agrícola, donde jóvenes emprendedores experimentan con técnicas de cultivo sostenible para revitalizar la economía local. “Queremos que nuestros hijos tengan razones para quedarse”, explica la alcaldesa ficticia, Marta Rovira, orgullosa del equilibrio entre tradición y modernidad que intentan mantener.


Quien visita Montclar d’Aiguabona descubre un lugar donde la vida se saborea lentamente. Un pueblo que, sin existir en los documentos oficiales, representa el espíritu más romántico de Cataluña: hospitalario, trabajador, profundamente ligado a la tierra y capaz de convertir lo cotidiano en algo extraordinario. Un recordatorio de que, a veces, los mejores destinos son aquellos que sólo existen para quienes se atreven a imaginarlos.

Sabores del Cáucaso: un viaje por la gastronomía georgiana

Redacción (Madrid)

Viajar a Georgia es descubrir un país donde la historia, la hospitalidad y el sabor se entrelazan de manera única. Situada en el corazón del Cáucaso, entre Europa y Asia, esta nación ofrece una riqueza cultural que se refleja intensamente en su cocina. La gastronomía georgiana no solo alimenta el cuerpo, sino también el alma: es una experiencia sensorial, un arte de compartir y celebrar la vida.

La cocina de Georgia es el resultado de siglos de influencias culturales y comerciales. Su ubicación estratégica en la antigua Ruta de la Seda permitió la llegada de especias, recetas y tradiciones culinarias de Persia, Turquía, Rusia y el Mediterráneo. Sin embargo, los georgianos supieron transformar cada influencia en algo propio, creando una gastronomía vibrante, variada y profundamente local.

En Georgia, la comida es sinónimo de hospitalidad. La mesa georgiana, o supra, es el corazón de la vida social: un festín donde se sirven numerosos platos acompañados de vino, brindis y conversaciones que pueden durar horas. Comer en Georgia es, ante todo, un acto de unión.

Entre los platos más icónicos destaca el khachapuri, una especie de pan relleno de queso fundido que varía según la región. El más famoso, el Adjaruli khachapuri, tiene forma de barca y se sirve con un huevo y mantequilla encima, que el comensal mezcla mientras el pan aún está caliente.

Otro imprescindible es el khinkali, una jugosa empanadilla rellena de carne, especias y caldo, que se come con las manos y se degusta en un solo bocado. Cada región tiene su versión particular, lo que refleja la diversidad del país.

El mtsvadi, carne marinada y asada en brochetas, es la versión georgiana del kebab, mientras que el lobio, un guiso de frijoles con hierbas aromáticas, muestra la sencillez y riqueza de los ingredientes locales.

Para acompañar, nunca falta el vino georgiano, considerado uno de los más antiguos del mundo. Elaborado según técnicas tradicionales en ánforas de barro llamadas qvevri, este vino es un símbolo nacional y una parte esencial de la experiencia gastronómica.

Los postres georgianos también merecen su propio viaje. El más conocido es el churchkhela, una especie de “vela” de nueces o almendras ensartadas en un hilo y cubiertas con una mezcla espesa de jugo de uva y harina. No solo es delicioso, sino también un alimento energético tradicional de los pastores y viajeros.

El gozinaki, preparado con miel y nueces caramelizadas, suele servirse en celebraciones, especialmente durante el Año Nuevo. Cada bocado es un recordatorio de la importancia del compartir y del goce de lo cotidiano.

La gastronomía georgiana no es solo un conjunto de recetas: es una filosofía de vida. Las comidas son ocasiones para celebrar la amistad, honrar a los invitados y brindar por la alegría. El tamada, maestro de ceremonias de la supra, lidera los brindis y da sentido a la reunión, reforzando los lazos humanos a través del vino y la palabra.

Para el viajero, participar en una supra o recorrer los mercados tradicionales de Tiflis y Batumi es una forma de conocer el alma del país. Cada aroma, cada plato y cada sonrisa son una puerta abierta a la esencia georgiana.

La gastronomía de Georgia es un viaje en sí misma: una travesía por sabores ancestrales, paisajes montañosos y corazones generosos. Quien la prueba descubre que no es solo comida, sino una forma de arte, de historia y de amor por la vida. En cada plato se esconde la herencia de un pueblo que ha sabido transformar su geografía y su historia en un banquete de identidad.

Visitar Georgia sin saborear su cocina sería perderse la mitad de su encanto. Porque, al final, el verdadero viaje comienza cuando el aroma del khachapuri recién horneado te invita a sentarte a la mesa y brindar, al modo georgiano, por la amistad y la vida.

Sabores del Nilo: Un viaje por la gastronomía egipcia

Redacción (Madrid)

Viajar a Egipto es sumergirse en miles de años de historia, arte y misterio. Sin embargo, más allá de sus majestuosos templos y las eternas arenas del desierto, hay otro tesoro que encanta a los visitantes: su gastronomía. La cocina egipcia es una fusión de tradición, hospitalidad y sabor, un reflejo de las múltiples civilizaciones que han dejado huella a lo largo del valle del Nilo. Explorar Egipto sin probar su comida sería como visitar las pirámides sin mirar hacia arriba.

La gastronomía egipcia hunde sus raíces en el pasado faraónico. El trigo, las legumbres y el pescado del Nilo formaban parte de la dieta básica desde hace más de cuatro mil años. Hoy, estos ingredientes continúan siendo protagonistas, mezclados con las especias y sabores que aportaron árabes, turcos y mediterráneos. Cada plato es una historia que narra siglos de mestizaje cultural y amor por la vida.

Uno de los mayores orgullos nacionales es el koshari, considerado el plato nacional. Mezcla de arroz, lentejas, pasta y garbanzos coronados con una salsa de tomate especiada y cebolla frita, es una sinfonía de texturas y aromas que se disfruta tanto en restaurantes como en puestos callejeros.

Otro clásico es el ful medames, un guiso de habas sazonado con aceite de oliva, limón y comino, que suele servirse en el desayuno. De la misma manera, el taameya, versión egipcia del falafel elaborada con habas en lugar de garbanzos, es una delicia crujiente que conquista a todo viajero.

Y, para los amantes de la carne, el shawarma o el kofta a la parrilla evocan los sabores de Oriente Medio con un toque egipcio inconfundible. Todo acompañado de pan baladí, recién horneado, y ensaladas frescas con pepino, tomate y perejil.

El viaje gastronómico no estaría completo sin probar los postres. El basbousa, pastel de sémola bañado en almíbar, o el konafa, hecho con finos hilos de masa y relleno de frutos secos o queso dulce, son verdaderas obras maestras de la repostería oriental. Acompañados de un té negro fuerte o de un café turco espeso, cierran la experiencia con el toque perfecto.

Comer en Egipto no es solo un acto biológico, sino una celebración colectiva. Las comidas se comparten en familia o entre amigos, con generosidad y alegría. La hospitalidad es sagrada: ningún visitante se va sin probar algo. Los aromas de las calles de El Cairo, los mercados de especias en Luxor y las terrazas junto al Nilo invitan a disfrutar sin prisas, a saborear la vida en su máxima expresión.

La gastronomía egipcia es un espejo de su alma: antigua, diversa y profundamente humana. Para el viajero, cada plato es una puerta abierta a la historia y a la gente de este país fascinante. Quien prueba sus sabores entiende que Egipto no solo se visita: se saborea.

Se inaugura la nueva barra de Diurno que no dejará indiferente a nadie

Redacción (Madrid)

Chueca es sin duda el barrio más cosmopolita de Madrid. En numerosas ocasiones es comparado con el SOHO de Nueva York. El barrio de Chueca destaca por sus calles estrechas, repletas de bares, restaurantes y comercios, y por su activa vida diurna y nocturna.Y entre todos los locales se encuentra DIURNO (San Marcos, 37, https://www.diurno.com).

Considerado como uno de mejores restaurantes de Madrid con un espacio muy amplio, de techos altos, con una sala principal rodeada de grandes ventanales a la calle y ahora con su nueva barra situada en la parte central del restaurante creando un nuevo espacio para comer o cenar sentado.

La nueva barra tiene una decoración vintage&musical, con vinilos recordando las épocas doradas de la música y una carta con mucho ritmo en forma de tapas y raciones como: ensaladilla rusa, los ya famosos tacos de oreja, o la nueva cazuela de mejillones en salsa. Y para maridar las tapas o raciones te encontraras las nuevas bebidas FROZEN: Frozen Aperol, Frozen Margarita, Frozen Limoncello by Villla Massa, Frozen Tinto de Verano.

Además el local es considerado como una de las mejores opciones para disfrutar de un estupendo afterwork con amigos o de una cena seguida de cocktail, gracias a ser uno de los locales más animados e icónicos de la ciudad.

La gastronomía india de lujo, un viaje sensorial y cultural

Redacción (Madrid)

La India es un país que se distingue por su diversidad cultural, histórica y espiritual. Dentro de esa riqueza, la gastronomía ocupa un lugar privilegiado como reflejo de sus tradiciones milenarias y su identidad multicultural. Sin embargo, más allá de los sabores callejeros que caracterizan al país, ha emergido un segmento de turismo gastronómico enfocado en la alta cocina india. Este ensayo analiza la gastronomía india de lujo como experiencia turística, mostrando cómo combina tradición, sofisticación y hospitalidad para atraer a viajeros internacionales en busca de una vivencia única.

La cocina india se caracteriza por el uso magistral de especias como el cardamomo, el comino, el clavo, el azafrán y la cúrcuma. En el ámbito del lujo, estos ingredientes se reinterpretan bajo técnicas contemporáneas y presentaciones innovadoras. Restaurantes de prestigio ofrecen menús de degustación que elevan platos tradicionales como el biryani, el curry o los kebabs, transformándolos en experiencias gastronómicas exclusivas. El lujo no se encuentra únicamente en los ingredientes, sino en la capacidad de convertir recetas ancestrales en obras de arte culinario.

Ciudades como Nueva Delhi, Mumbai y Bangalore concentran restaurantes de lujo reconocidos en la escena internacional, algunos con estrellas Michelin. Espacios como Indian Accent en Nueva Delhi o The Table en Mumbai combinan el refinamiento gastronómico con un ambiente sofisticado que atrae a turistas de alto poder adquisitivo. El viajero no solo disfruta de una comida, sino de un ritual donde la atención al detalle, la decoración inspirada en la realeza mogol y el servicio impecable refuerzan la exclusividad de la experiencia.

La India cuenta con una de las ofertas más fascinantes de turismo de lujo: los palacios convertidos en hoteles. Cadenas como Taj Hotels y Oberoi ofrecen a sus huéspedes cenas en escenarios históricos, con vajillas de plata, música tradicional en vivo y menús diseñados por chefs de renombre. Degustar un curry de langosta en un antiguo palacio real de Rajasthan no es solo una comida, sino un viaje sensorial que conecta al turista con la herencia aristocrática del país.

El lujo gastronómico en la India también se vive a través de experiencias diseñadas para turistas: catas de té en plantaciones de Assam, cenas privadas en la ribera del Ganges en Varanasi, o cursos de cocina con chefs de prestigio. Estas propuestas permiten al viajero no solo degustar la cocina india, sino también comprender sus raíces culturales y la importancia de los rituales culinarios en la vida cotidiana.

La gastronomía india de lujo ha impulsado un segmento creciente del turismo cultural. Al atraer viajeros internacionales en busca de experiencias auténticas y sofisticadas, contribuye al desarrollo económico de las ciudades y a la preservación de tradiciones culinarias. Asimismo, proyecta una imagen moderna y cosmopolita de la India, capaz de competir con destinos gastronómicos globales como Francia, Italia o Japón.

La gastronomía india de lujo es mucho más que una propuesta culinaria: es un viaje sensorial que combina tradición, sofisticación y hospitalidad. Para el turista, representa la posibilidad de descubrir una India refinada y exclusiva, donde cada plato se convierte en una experiencia cultural. Así, el lujo gastronómico no solo satisface el paladar, sino que también ofrece un puente entre la herencia milenaria y la modernidad, consolidando a la India como un destino turístico único en el mundo.

Una cena con aroma español en el corazón de La Habana: sabores de altura en el Royalton Habana Paseo del Prado

Por David Agüera

Hay noches que no se olvidan porque tocan todos los sentidos. El cielo de La Habana, abierto como un lienzo, se pinta de azul profundo mientras el sol se despide sobre el Malecón. En la terraza del Royalton Habana Paseo del Prado, donde la ciudad se vuelve un balcón al Caribe, el rumor del mar y las luces doradas de los faroles marcan el inicio de una velada que combina lo mejor de dos mundos: la pasión de la cocina española y la calidez de la isla cubana.

Es aquí donde el chef ejecutivo Giampaolo Laurito, heredero de una sensibilidad gastronómica que funde la elegancia europea con el alma tropical, ha ideado una experiencia que va más allá del paladar: una cena que evoca tabernas andaluzas desde la altura vibrante de La Habana colonial.

La propuesta fue clara: rendir homenaje a la tradición de las tapas españolas, con un menú curado al detalle, que dialoga entre texturas, temperaturas y recuerdos. Pero lo que distingue esta cena no es solo lo que se sirve en la mesa, sino dónde y cómo se vive. Desde la terraza del Royalton, los comensales miran al icónico Paseo del Prado —con sus faroles, árboles centenarios y esculturas de leones de bronce— mientras la ciudad respira abajo, y las estrellas comienzan a asomar sobre la bahía.

En ese ambiente íntimo y cosmopolita, cada plato llega como una carta de amor a España, reinterpretada con la técnica impecable y el respeto por la autenticidad que caracteriza al chef Laurito.

La experiencia comenzó con las inconfundibles Patatas Bravas, crocantes por fuera y suaves por dentro, bañadas con una salsa de tomate picante que, en lugar de imponerse, seduce lentamente.

Patatas bravas, Lugares y Más

Les siguió el salmorejo, esa crema fría de origen cordobés que aquí se presenta como un susurro de frescura: espeso, sabroso, coronado con crujientes virutas de jamón serrano y huevo duro, acariciando el paladar con una textura que se queda flotando como un recuerdo de verano.

Salmorejo, Lugares y Más

Los mejillones tigre llegaron luego, rellenos de su propia carne en una bechamel perfectamente gratinada, mezcla de cremosidad y brío marino.


Fueron seguidos por las gambas al ajillo, servidas chispeantes en aceite de oliva caliente, con el perfume del ajo y el perejil elevando el alma del plato hasta el cielo habanero. Cada mordisco era un homenaje al puerto de Cádiz, a los bares de tapas que laten al ritmo de guitarras y acentos andaluces.

Las albóndigas de pescado, suaves y firmes a la vez, fueron el puente perfecto entre mar y tierra, con una salsa que hablaba de azafrán y paciencia.

Albóndigas de pescado y gambas al ajillo, Lugares y Más

Y para cerrar, las torrejas —el postre clásico español, prima dulce de la torrija— llegaron envueltas en miel, canela y un leve aroma cítrico, redondeando la velada con una dulzura que no empalaga, sino que abriga.

Torrejas, Lugares y Más

Más allá del menú, la propuesta de Laurito se sintió como un viaje: no solo geográfico, sino sensorial. El chef, con años de experiencia internacional y un profundo amor por los productos auténticos, no improvisa. Cada plato es una pieza de conversación entre culturas: España servida con la elegancia de un gran hotel internacional, enmarcada por el ritmo y la atmósfera única de La Habana.

Los vinos —blancos secos y tintos suaves de la península— acompañaron cada plato con sutil precisión. La música en vivo, con arreglos flamencos sobre boleros cubanos, fue el maridaje perfecto entre dos tierras hermanadas por la historia y la lengua.

Cenar en la terraza del Royalton Habana Paseo del Prado no es simplemente salir a comer. Es aceptar una invitación a vivir, desde lo alto, una Habana que respira historia, arte y sabor. Y en manos del chef Giampaolo Laurito, esa vivencia se transforma en una experiencia con identidad propia: una noche en la que la cocina española no fue solo reproducida, sino contada, honrada, compartida.

En tiempos donde el turismo busca más que monumentos, esta cena demuestra que un buen plato, en el lugar preciso y con el relato adecuado, puede convertirse en la mejor forma de entender un destino. Y desde La Habana, con tapas, música y el mar de fondo, España supo contar su historia con acento cubano y aroma a gloria.

Los Mejores Postres de España: Un Viaje Dulce por la Gastronomía Nacional



La repostería española es un universo de sabores que combina tradición, herencia cultural y creatividad culinaria. A lo largo del país, cada región ha desarrollado postres que reflejan su historia y recursos locales, dando lugar a una rica variedad que conquista paladares en todo el mundo. Desde los más simples hasta los más elaborados, los postres españoles son un tesoro gastronómico digno de celebración.


Uno de los emblemas indiscutibles de la repostería nacional es la crema catalana, un postre similar a la crème brûlée francesa, pero con un sello propio. Su textura suave, el sabor sutil a canela y limón, y esa característica capa de azúcar caramelizado que se quiebra con una cuchara la convierten en una delicia imprescindible en cualquier ruta gastronómica por Cataluña.


En el sur, especialmente en Andalucía, el tocino de cielo brilla con luz propia. De origen conventual, este dulce elaborado casi exclusivamente con yema de huevo y azúcar tiene una textura gelatinosa y un sabor profundo que sorprende por su intensidad. Fue creado hace siglos para aprovechar las yemas que sobraban tras usar las claras para clarificar vinos, y hoy es un clásico venerado.


Ninguna lista de postres españoles estaría completa sin mencionar los churros con chocolate, una tradición que ha trascendido generaciones y que sigue viva tanto en frías mañanas como en celebraciones. Aunque su origen es humilde, este postre ha alcanzado fama internacional. Crujientes por fuera, tiernos por dentro y siempre acompañados de un espeso chocolate caliente, los churros son un símbolo del desayuno y la merienda en muchas partes del país.


Otro protagonista dulce es la tarta de Santiago, originaria de Galicia. Esta tarta de almendra, marcada con la tradicional cruz de Santiago en azúcar glas, es un ejemplo perfecto de cómo un postre puede capturar la esencia de una región. Sin harinas ni levaduras, su sabor denso y natural proviene del uso generoso de almendra molida y una cuidada cocción.


Finalmente, el arroz con leche, presente en muchas cocinas regionales, es la quintaesencia del postre casero. Aunque cada familia tiene su receta secreta, lo básico se mantiene: arroz, leche, azúcar, canela y, en ocasiones, cáscara de limón o naranja. Su textura cremosa y su aroma especiado lo convierten en un clásico reconfortante que evoca la infancia y la cocina de las abuelas.

Sabores del sur, un viaje gastronómico por los destinos imperdibles de sudamérica

Redacción (Madrid)

Sudamérica es un continente vibrante no solo por su diversidad cultural y paisajística, sino también por su rica y variada gastronomía. Desde los Andes hasta la selva amazónica, pasando por costas y pampas, la comida aquí es una experiencia sensorial que mezcla ingredientes ancestrales con técnicas modernas. Si eres amante del buen comer, este continente es una parada obligatoria. A continuación, presentamos una selección de los mejores destinos culinarios para disfrutar de una experiencia gastronómica inolvidable en Sudamérica.


En la última década, Lima se ha consolidado como el epicentro culinario de Sudamérica. Con restaurantes como Central de Virgilio Martínez (considerado uno de los mejores del mundo), Maido y Astrid y Gastón, la ciudad ofrece una fusión perfecta entre tradición y vanguardia. La cocina peruana, con ingredientes como el ají amarillo, la papa nativa y el pescado fresco del Pacífico, ha sabido conquistar paladares globales. No hay que irse sin probar un ceviche clásico o un lomo saltado bien ejecutado.


La capital argentina, Buenos Aires, es famosa por su cultura del asado y sus cortes de carne de res, pero hay mucho más que explorar. Restaurantes como Don Julio o El Preferido de Palermo elevan la parrilla a una forma de arte. Además, la ciudad ha vivido un auge de cocinas de autor y propuestas gourmet que reinterpretan la cocina criolla y mediterránea. No todo es carne: empanadas, pastas caseras y helados artesanales forman parte esencial del recorrido.


Aunque Río de Janeiro acapara muchas miradas, São Paulo es el verdadero gigante gastronómico brasileño. Su diversidad étnica se refleja en una oferta culinaria que va desde la cocina italiana y japonesa hasta la tradicional feijoada o el virado à paulista. Restaurantes como D.O.M. de Alex Atala, pionero en el uso de ingredientes amazónicos, han puesto a Brasil en el mapa de la alta cocina mundial.


Chile ha comenzado a destacarse en el panorama gastronómico internacional, y Santiago lidera esta transformación. Aquí se puede disfrutar de productos únicos como el loco, el piure o los vinos del Valle de Colchagua. Restaurantes como Boragó, del chef Rodolfo Guzmán, son pioneros en utilizar ingredientes autóctonos con técnicas contemporáneas. La gastronomía chilena es un homenaje al territorio, desde el desierto de Atacama hasta los fiordos del sur.


Cartagena es una joya no solo por su arquitectura colonial y su mar turquesa, sino también por su cocina afrocaribeña. La ciudad ha visto nacer una escena gastronómica vibrante que rescata sabores tradicionales como el arroz con coco, el mote de queso o los mariscos frescos. Lugares como Celele, en el barrio Getsemaní, han revolucionado la forma en que se presenta la cocina del Caribe colombiano, sin perder su esencia popular. Comer en Sudamérica no es solo satisfacer el apetito, sino una forma de conocer su historia, sus pueblos y sus paisajes.


Dulce herencia: los postres tradicionales de Cuba que endulzan la cultura

Redacción (Madrid)

Cuba no solo se reconoce por su música vibrante, su café intenso y sus paisajes caribeños. En la mesa de los cubanos, entre conversaciones familiares y sobremesas largas, hay un rincón reservado para el dulce. Los postres tradicionales de la isla son reflejo de su historia, de su mestizaje cultural y de la inventiva del cubano, que ha sabido transformar ingredientes humildes en verdaderas joyas de sabor.

Entre cazuelas, caña y coco

Uno de los pilares de la repostería cubana es el uso de ingredientes autóctonos y asequibles: yuca, boniato, coco, guayaba, calabaza y, por supuesto, azúcar. La caña ha sido protagonista desde tiempos coloniales y aún reina en las cocinas rurales y urbanas.

El dulce de coco rallado, cocido lentamente en almíbar, es un clásico que se sirve frío y puede llevar canela, clavo o incluso leche condensada para una textura más cremosa. En zonas del oriente cubano, se prepara con trozos de guayaba, creando un contraste entre acidez y dulzura que encanta.

Dulce de coco rallado, un postre típico de Cuba, Lugares y Más

Flan, el rey indiscutible

Si hay un postre que une a generaciones, ese es el flan cubano. A diferencia de versiones más ligeras, el flan criollo se prepara con leche condensada, leche evaporada y huevos, lo que da como resultado una textura densa y aterciopelada. El caramelo oscuro que lo cubre es casi una declaración de intenciones: aquí no se escatima en sabor.

Variantes modernas incluyen flan de calabaza, de café o incluso de coco, pero el tradicional siempre tiene un lugar de honor en las celebraciones.

Cascos de guayaba y queso: la pareja perfecta

Pocas combinaciones han conquistado tanto el paladar cubano como los cascos de guayaba con queso crema. Los cascos, cocidos en almíbar, se sirven fríos y se acompañan con un trozo de queso, en una mezcla que armoniza lo dulce y lo salado con total naturalidad.

Este postre, sencillo y elegante, aparece tanto en casas humildes como en restaurantes de alta cocina que buscan rescatar sabores patrimoniales.

Buñuelos y torrejas: del pasado colonial al presente festivo

Los buñuelos cubanos, elaborados con masa de yuca o boniato, toman forma de ochos antes de ser fritos y bañados en almíbar especiado. Su presencia es típica en épocas navideñas, cuando las abuelas lideran la cocina y los aromas inundan los barrios.

Otro postre de inspiración española son las torrejas, rebanadas de pan del día anterior empapadas en leche, huevo y fritas, que luego se sumergen en almíbar. Una delicia que aprovecha todo y no desperdicia nada, fiel al espíritu cubano.

El dulce como identidad

Más que simples recetas, los postres tradicionales cubanos son un vehículo de memoria. Cada cucharada lleva el sabor de la abuela, el eco de la infancia, el ingenio frente a la escasez y el orgullo por lo propio. En un país donde compartir es ley no escrita, el dulce no solo endulza, también une.