Redacción (Madrid)
En el noreste de los Países Bajos, en la provincia de Overijssel, existe un pueblo donde el ruido de los motores ha sido reemplazado por el chapoteo suave del agua y el murmullo de los visitantes sorprendidos. Giethoorn, conocido internacionalmente como la “Venecia holandesa”, es una localidad atravesada por una red de canales que funcionan como calles y que definen su identidad desde hace siglos.

Fundado en el siglo XIII por comunidades que extraían turba de la zona, el pueblo fue moldeando su paisaje a partir de esa actividad. Los huecos dejados por la extracción se llenaron de agua, dando origen a los canales actuales. A su alrededor se levantaron casas de techos de paja, muchas de ellas aún en pie, rodeadas de pequeños jardines y conectadas por más de 170 puentes de madera.

La vida cotidiana en Giethoorn transcurre a un ritmo distinto al de las grandes ciudades neerlandesas. En el centro histórico no circulan automóviles y el transporte se realiza principalmente en barcas eléctricas, bicicletas o a pie. Este modelo ha convertido al pueblo en un símbolo de tranquilidad y sostenibilidad, aunque también plantea desafíos ante el creciente flujo de turistas.

En los últimos años, Giethoorn ha experimentado un notable aumento de visitantes internacionales, atraídos por su estética de postal y su fama en redes sociales. Las autoridades locales intentan equilibrar la preservación del entorno con la importancia económica del turismo, implementando límites de navegación y promoviendo visitas fuera de temporada.

A pesar de estos retos, Giethoorn sigue siendo un ejemplo singular de cómo la historia, el paisaje y la forma de vida pueden convivir en armonía. En un mundo cada vez más acelerado, este pequeño pueblo holandés recuerda que el silencio y la lentitud también pueden ser patrimonio cultural.











