«Siempre soy fiel a mis raíces, a mi tierra, a mi pueblo y a la cocina de casa», Vicente Orozco, chef y fundador del Cantó del Palasiet

Por Miguel de la Hoz

En el corazón de Altea, con el Mediterráneo como telón de fondo, se encuentra El Cantó del Palasiet, un restaurante que ha logrado unir tradición, vanguardia, sostenibilidad y producto de temporada. Al frente, Vicente, un cocinero que lleva en su ADN la cocina autóctona y que ha hecho de su pasión un proyecto gastronómico con identidad propia.


1-Vicente, cuéntenos cómo nace *El Cantó del Palasiet* y cuál es la filosofía que define su cocina.

*El Cantó del Palasiet* nace en 2010, tras unos diez años de mi primera empresa de catering y de rodar por diferentes restaurantes para aprender y probar diferentes técnicas y cocinas, sobre todo autóctonas, para poder desempeñar lo que yo quería en su momento.


2-¿Qué papel juega la localidad de Altea en su propuesta culinaria? ¿Cómo se refleja el paisaje, la cultura o la tradición de Altea en sus platos?

Siempre soy fiel a mis raíces, a mi tierra, a mi pueblo y a la cocina de casa, a la cocina autóctona, que es lo que juega con todos los platos o la base de mi cocina. Nuestros aromas cítricos, nuestros aromas a mar, salinidad, pescado, nuestros arroces diferenciados… Es lo que buscaba en la cocina autóctona y en representarlo. En la cocina, un poco cocina de autor.

3-Usted apuesta por los productos de proximidad. ¿Qué significa para usted trabajar con ingredientes de km 0? ¿Podría destacar algunos productores locales con los que colabora o productos estrella de la zona?

4-¿Cuál es el proceso creativo detrás de sus platos? Desde la inspiración hasta la ejecución: ingredientes, técnicas y emociones.

Toda receta, antes de entrar en la carta de *El Cantó*, tiene sus períodos de prueba, modificación, alteraciones y, evidentemente, su preparación temporal, porque no todos los productos los tenemos durante todo el año:

Hay productos de temporada. Entonces, cuando trabajamos con un producto tenemos una base; esa base la trabajaremos durante todo el año y haremos alteraciones, o al revés, productos o platos que solo estarán un tiempo en nuestra carta.

5-En su cocina se nota un respeto profundo por el producto. ¿Hay alguna materia prima con la que se sienta especialmente vinculado?

La identificación siempre será el maíz, que era la base de la zona donde estamos enclavados. Me siento identificado con el limón de aquí, cítrico, y con lo que es producto… Todo eso hay que conjugarlo para que se hagan unas recetas que lleven esos aromas, esa salinidad, esos aromas cítricos, esa base de la cultura y la gastronomía típica de Altea. Ahí me identifico. Después pueden entrar otros productos introducidos o temporales, pero la base son estos.

6-¿Cómo logra el equilibrio entre tradición y vanguardia en su propuesta gastronómica?

La cocina es un cambio continuo. Cambiamos técnicas, cambiamos formas de elaboración, aunque intentemos buscar siempre la elaboración más tradicional. Siempre hay técnicas que sacan un mejor rendimiento, mejores sabores, mejores aromas… Entonces vas probando e incorporando innovaciones para comprobar que tienen durabilidad, rentabilidad y mejor presencia. Siempre buscamos la máxima calidad en el plato con nuevas técnicas.

7-¿Qué importancia tiene la sostenibilidad en su restaurante, más allá del uso de productos locales?

La sostenibilidad en nuestro restaurante es muy importante porque es la base de la cultura ancestral. Siempre consumes lo de temporada, consumes en su momento e intentas que continúe habiendo. La temporada es lo más importante: hay épocas de consumo y épocas que hay que dejar para que prolifere, para que crezca, para que se haga en su óptimo momento para el consumo de todo tipo de productos.

8-¿Hay algún plato del menú que represente especialmente la identidad del restaurante?

**El plato icónico del restaurante, el que más nos identificaría, es nuestro caldero de pescado, típico de Altea, que se hace con calabaza, patata, col y pescado de roca: gallineta, araña, musola, caballa… Rara vez rape o raya. Y de ahí, arroz a banda. Este plato tiene luego diferentes modalidades, como la fideuá o, en los últimos años, una adaptación al couscous, incorporando un poco de cultura marroquí.

9-Como chef, ¿cómo ve la evolución de la gastronomía en la Comunidad Valenciana? ¿Qué tendencias le ilusionan o preocupan?

Como chef, últimamente me veo un poco desilusionado porque no se está llevando a cabo lo que corresponde en gastronomía a nivel de Comunidad Valenciana. Tenemos municipios que sí la ensalzan, que sí buscan, recuperan y continúan, pero lo que hacen las masas turísticas, cuando es turismo en masa, es trabajar más el fastfood o la comida más fácil de elaborar, más fácil de consumir y más económica, para atraer a determinados tipos de turismo. Eso es lo único que me preocupa. Hay zonas, hay sellos de identidad que no pueden faltar, que no pueden fallar, y no todo el mundo está capacitado o preparado para hacer esas elaboraciones. Habría que, entre comillas, cuando se pone un plato en la carta, saber que es verídicamente típico gastronómico de la zona y es cultura típica, con una marca de garantía. Igual que el cochinillo en Segovia, donde los maestros asadores han creado una sociedad y tienen pautas de calidad, así habría que hacer con platos diferentes.

10-Por último, ¿qué puede esperar un comensal que se sienta a la mesa de *El Cantó del Palasiet* por primera vez?

En definitiva, lo que intentamos en El Cantó es que el comensal que se siente en nuestra mesa pueda encontrar matices únicos de nuestros productos propios: nuestras elaboraciones, confituras, salazones, encurtidos, licores… Toda la base de nuestro restaurante que no podrá encontrar de forma similar en otro. Que se lleve una experiencia diferente, con un gesto de alegría y una sonrisa, que no se olvide del sabor de boca y que le deje la intención de volver para probar cosas nuevas del restaurante, que se queden con ganas de seguir descubriendo.

El Cantó del Palasiet es un homenaje vivo a Altea, a su mar, a su huerta y a su gente, con un chef que entiende que la cocina no es solo alimentar, sino contar la historia de un lugar a través de sus sabores.

Bucear en los cayos de Cuba: un viaje al paraíso submarino

Redacción (Madrid)

Hablar de los cayos de Cuba es evocar aguas turquesas, arenas blancas y horizontes infinitos. Sin embargo, más allá de su belleza en superficie, estas islas y arrecifes esconden un universo sumergido que convierte a la isla en uno de los destinos de buceo más privilegiados del Caribe. Con más de 5.000 km de costas y una de las barreras coralinas más extensas del planeta, Cuba ofrece al viajero una experiencia submarina que combina biodiversidad, aguas cristalinas y un entorno aún poco masificado.

El sistema coralino cubano, conocido como la Barrera Coralina Jardines del Rey y Jardines de la Reina, es considerado uno de los mejor conservados del hemisferio occidental. Sus arrecifes, paredes verticales y túneles submarinos son el hogar de esponjas gigantes, gorgonias, corales cerebro y abanicos de mar que se mecen con la corriente. Entre ellos nadan meros, pargos, tortugas marinas, delfines y una sorprendente variedad de peces tropicales. El buzo aficionado encuentra aquí aguas tranquilas y claras, mientras que el profesional disfruta de escenarios de gran complejidad y riqueza biológica.

  • Cayo Coco y Cayo Guillermo: famosos por sus arrecifes coloridos, ofrecen inmersiones en cuevas y pasajes naturales. Aquí es común encontrarse con mantas, tiburones nodriza y cardúmenes multicolores.
  • Cayo Largo del Sur: con más de 30 puntos de buceo señalados, es ideal para quienes buscan diversidad. Sus aguas calmas permiten disfrutar desde naufragios hasta cañones submarinos tapizados de coral.
  • Jardines de la Reina: un verdadero santuario marino, declarado área protegida, donde es posible bucear entre tiburones sedosos y de arrecife en un ecosistema casi virgen. Su acceso controlado garantiza una experiencia exclusiva y respetuosa con la naturaleza.

La mayoría de los cayos cuentan con centros de buceo certificados, que ofrecen alquiler de equipos, cursos para principiantes y salidas guiadas por instructores profesionales. La transparencia del agua, con visibilidad de hasta 30 metros, convierte cada inmersión en un espectáculo natural. Además, muchos resorts de la zona integran el buceo dentro de su oferta turística, lo que facilita la organización de excursiones para viajeros que combinan relax en la playa con aventura submarina.

Más allá de la emoción del buceo, los cayos cubanos son un recordatorio de la importancia de la conservación marina. Programas de educación ambiental, regulaciones de acceso en áreas protegidas y prácticas de turismo sostenible buscan garantizar que estos ecosistemas únicos se mantengan intactos para las futuras generaciones. El viajero que desciende a las profundidades no solo disfruta de un espectáculo natural, sino que también se convierte en testigo y embajador de su preservación.

El buceo en los cayos de Cuba no es solo una actividad recreativa: es una invitación a descubrir un mundo paralelo, donde el color, la calma y la vida marina sorprenden en cada detalle. Desde principiantes hasta expertos, todos encuentran aquí un escenario ideal para adentrarse en uno de los paisajes submarinos más bellos y mejor conservados del Caribe. Quien se sumerge en estos arrecifes regresa a la superficie con una certeza: Cuba no solo se admira bajo el sol, también se revela en todo su esplendor bajo el mar.

Florencia en sus plazas: el alma abierta del Renacimiento

Redacción (Madrid)

Florencia en sus plazas: el alma abierta del Renacimiento

Visitar Florencia es recorrer un museo al aire libre, donde cada calle, iglesia y palacio cuentan una parte de la historia del Renacimiento. Pero son las plazas —espacios abiertos, sociales y artísticos— las que condensan mejor la esencia de la ciudad. En ellas confluyen el pasado glorioso y la vida cotidiana, ofreciendo al viajero la posibilidad de descubrir la ciudad desde su corazón público.

Centro político y social durante siglos, la Piazza della Signoria es una de las más emblemáticas de Florencia. Frente al majestuoso Palazzo Vecchio, este espacio reúne esculturas que evocan el poderío artístico de la ciudad, entre ellas una réplica del David de Miguel Ángel. La Loggia dei Lanzi, con sus arcos abiertos, funciona como una galería de arte a cielo abierto que cautiva a quienes buscan comprender cómo el arte renacentista se mezclaba con la vida urbana.

A pocos pasos, la Piazza del Duomo se presenta como el corazón espiritual de la ciudad. La Catedral de Santa Maria del Fiore, con su famosa cúpula de Brunelleschi, domina el espacio y deja a los visitantes sin aliento. El Baptisterio de San Giovanni y el Campanile de Giotto completan un conjunto arquitectónico que es símbolo universal de Florencia. Pasear por esta plaza al atardecer, cuando la luz se refleja en los mármoles blancos, verdes y rosados, es una experiencia inolvidable.

Más moderna en su concepción, la Piazza della Repubblica es un espacio que combina historia y vida contemporánea. Antiguamente foro romano y luego centro del mercado medieval, hoy es una plaza amplia rodeada de cafés históricos como el Gilli o el Paszkowski. Sus terrazas invitan a detenerse, tomar un espresso y observar cómo florentinos y viajeros se cruzan en un espacio donde conviven elegancia y bullicio.

Aunque se encuentra al otro lado del río Arno, el Piazzale Michelangelo es una parada imprescindible. Construida en el siglo XIX, esta plaza ofrece una vista panorámica de toda la ciudad: la cúpula del Duomo, el campanile, el Ponte Vecchio y el trazado urbano que inspiró a generaciones de artistas. Una copia en bronce del David preside el lugar, recordando la grandeza de Miguel Ángel y la conexión inseparable entre arte y ciudad.

Cada plaza de Florencia guarda un papel distinto: la Signoria como símbolo del poder civil, el Duomo como eje espiritual, la Repubblica como punto de encuentro moderno y el Piazzale Michelangelo como mirador del alma florentina. Juntas conforman un recorrido que permite al viajero comprender cómo el arte, la política y la vida social se han entrelazado en esta ciudad única. En Florencia, las plazas no son solo espacios abiertos: son escenarios donde el Renacimiento sigue vivo.

El Museo Hermenegildo Bustos: un retrato vivo de Guanajuato

Redacción (Madrid)

En el corazón de Purísima del Rincón, Guanajuato, se encuentra un espacio que conecta el arte popular con la memoria de un pueblo: el Museo Hermenegildo Bustos. Este recinto, inaugurado en 1982, rinde homenaje al pintor que supo retratar con sencillez y precisión la vida cotidiana de su comunidad en el siglo XIX, convirtiéndose en uno de los grandes referentes del arte costumbrista mexicano.

El museo se ubica en una casona histórica del centro de la ciudad, lo que ya de entrada brinda al visitante una experiencia que mezcla arquitectura tradicional con un interior museográfico moderno. En sus salas se conserva la mayor colección de obras de Bustos, conocido como «el pintor del alma», cuyos retratos familiares y escenas religiosas no solo muestran técnica, sino también una sensibilidad especial para captar la personalidad de sus modelos.

El recorrido ofrece más que pintura. El visitante encuentra objetos personales del artista, así como piezas arqueológicas y etnográficas que documentan la vida de Purísima del Rincón en distintas épocas. También hay exposiciones temporales que dialogan con la obra de Bustos, permitiendo al viajero entender cómo el arte popular y académico se entrelazan en la cultura mexicana.

Uno de los mayores atractivos es el ambiente íntimo que transmite el museo. A diferencia de las grandes pinacotecas, aquí el contacto con la obra es cercano y casi personal. Quien recorra sus salas no solo observa cuadros, sino que entra en la atmósfera de un pueblo que encontró en Bustos un cronista visual de su identidad. Su pintura, de líneas sencillas y colores serenos, se convierte en una ventana al México del siglo XIX.

Visitar el Museo Hermenegildo Bustos no es únicamente un paseo cultural, sino un encuentro con la esencia de Guanajuato. Entre retratos, tradiciones y objetos cotidianos, el viajero descubre cómo el arte puede conservar la memoria de un lugar y de su gente. Para quienes recorren la ruta cultural del Bajío, este museo es una parada imprescindible que confirma que la grandeza de un artista no siempre está en los grandes escenarios, sino en la capacidad de inmortalizar lo cercano y hacerlo universal.

Guardalavaca: la joya oculta del oriente cubano

Redacción (Madrid)

En la costa norte de la provincia de Holguín, Guardalavaca se abre como un abanico de arena fina y aguas turquesas. Este balneario, cuyo nombre evoca leyendas de corsarios y tesoros, es hoy uno de los destinos más atractivos del turismo de playa en Cuba, sin perder el encanto de un rincón todavía preservado de las multitudes masivas. Sus 1.200 metros de playa, enmarcados por colinas verdes, ofrecen una postal que combina la serenidad del Caribe con una identidad local bien definida.

Más allá del mar y la arena, Guardalavaca guarda un entorno natural privilegiado. Muy cerca se extiende el Parque Natural Bahía de Naranjo, un área protegida con más de 4 km² de aguas tranquilas, tres islotes y un acuario marino donde se realizan actividades educativas y de conservación. Para los amantes del snorkel y el buceo, el arrecife de coral que bordea la zona es un espectáculo multicolor donde habitan peces tropicales, esponjas y gorgonias.

El poblado cercano conserva el ritmo pausado de la vida cubana, con mercados artesanales donde se encuentran trabajos en madera, conchas y fibras naturales. A pocos kilómetros, el Museo Indocubano Chorro de Maíta muestra piezas arqueológicas taínas y ofrece una visión profunda de las culturas que habitaron la isla antes de la llegada de los europeos. Esta combinación de playa y patrimonio histórico convierte a Guardalavaca en un destino que va más allá del sol y el mar.

En cuanto a la oferta hotelera, la zona cuenta con complejos turísticos de diversas categorías, desde resorts todo incluido hasta alojamientos más pequeños y familiares. La gastronomía local, marcada por pescados y mariscos frescos, se complementa con platos tradicionales cubanos como el congrí, la yuca con mojo y el cerdo asado, que los visitantes pueden disfrutar tanto en restaurantes como en paladares privados.

Guardalavaca se presenta como un destino donde naturaleza, cultura e historia se dan la mano. Su belleza escénica, sumada a la hospitalidad de sus habitantes, hace que quienes la visitan no solo regresen por sus playas, sino por la experiencia completa de adentrarse en un lugar que, aunque cada vez más reconocido en el mapa turístico, sigue conservando el alma tranquila de un paraíso cubano.

Laguna Oviedo: El santuario olvidado del sur dominicano

En el extremo suroeste de la República Dominicana, donde el asfalto cede paso a caminos de polvo y la brisa salada se mezcla con el aroma de los manglares, se encuentra Laguna Oviedo, un paraíso semidesconocido en el corazón del Parque Nacional Jaragua.

Con una extensión de más de 27 kilómetros cuadrados, esta laguna salobre es mucho más que un espejo de agua: es un refugio vital para más de 60 especies de aves, entre ellas, el flamenco rosado, que cada amanecer tiñe el horizonte de un tono coral imposible de olvidar.

El acceso a Laguna Oviedo no es casual. Quien la visita debe atravesar un paisaje árido, casi lunar, salpicado de cactus y guayacanes. Una vez allí, el recorrido solo es posible en bote, guiado por pescadores y guardaparques que conocen cada islote —algunos apenas bancos de arena, otros verdaderos jardines flotantes— donde anidan iguanas y aves migratorias.

El agua de la laguna, con su peculiar tono verde-azulado, cambia de color según la hora del día y la intensidad del sol. En sus orillas, los visitantes pueden observar colonias de garzas, fragatas y pelícanos que conviven en una armonía frágil, amenazada por la presión del desarrollo y el cambio climático.

Visitar Laguna Oviedo es, en muchos sentidos, un viaje en el tiempo: no hay grandes hoteles, ni bares con música estridente. Solo el murmullo del viento, el golpe suave del remo en el agua y el vuelo pausado de los flamencos. Un recordatorio de que aún existen lugares donde la naturaleza conserva el protagonismo absoluto.

Baracoa, la ciudad primada de Cuba

Redacción (Madrid)

En el extremo oriental de la isla, donde las montañas se abrazan con el mar y los ríos se abren paso entre la vegetación, se encuentra Baracoa, la primera ciudad fundada en Cuba por Diego Velázquez en 1511. Conocida como la “Ciudad Primada”, es un rincón que combina historia, naturaleza y leyendas indígenas. Sus calles, custodiadas por casas de techos de tejas y balcones de madera, guardan el eco de siglos y el aroma dulzón del cacao, producto estrella de la región.

La bahía de Baracoa, coronada por el imponente Yunque —una montaña plana que parece esculpida por manos divinas—, ha sido testigo de expediciones, huracanes y amores que llegaron con las olas. Aquí, la vida discurre sin prisas: pescadores que regresan al amanecer con sus capturas, mujeres que venden cucuruchos de coco rallado en la plaza, y niños que convierten los ríos en su parque de juegos. La mezcla de mar y selva otorga al pueblo un aire de aislamiento mágico, como si estuviera en su propio mundo.


Su patrimonio cultural es tan vasto como su geografía. En la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción se conserva la famosa Cruz de la Parra, reliquia atribuida a Cristóbal Colón y considerada uno de los símbolos más antiguos del cristianismo en América. Las fiestas patronales, celebradas cada agosto, llenan de música y danzas la ciudad, donde los tambores, herencia africana, se mezclan con cantos que evocan tradiciones taínas.


Baracoa también es un festín para el paladar. El “cucurucho” —mezcla de coco, miel y frutas tropicales envuelta en hoja de palma— y el pescado en leche de coco son platos que resumen el espíritu de esta tierra: dulce, cálida y acogedora. En los últimos años, el turismo ecológico ha encontrado aquí un paraíso, con rutas hacia cascadas, playas vírgenes y plantaciones de cacao que se extienden como mantos verdes hasta perderse en el horizonte.


Visitar Baracoa es descubrir un capítulo vivo de la historia cubana, pero también un refugio natural que parece escapado de un cuento. Es el lugar donde la Cuba más antigua y la más salvaje se dan la mano, recordando que, incluso en la era de la globalización, hay rincones que permanecen fieles a su esencia, esperando al viajero que quiera escuchar sus historias.

La reserva natural más grande del mundo: Papahānaumokuākea

Redacción (Madrid)

Papahānaumokuākea es un Monumento Nacional Marino situado en el Pacífico Norte, a unos 2.000 km al noroeste de Hawái. Con más de 1,5 millones de km², es el área protegida más grande del planeta. Para ponerlo en perspectiva, su extensión supera la de países como México o Perú.

Este espacio marino alberga ecosistemas prístinos formados por atolones, arrecifes de coral, lagunas y aguas profundas. Es hogar de más de 7.000 especies marinas, de las cuales cerca de una cuarta parte son endémicas. Entre sus habitantes se encuentran tortugas marinas verdes, tiburones de arrecife, albatros y la foca monje hawaiana, una de las especies más amenazadas del mundo.

Además de su valor natural, Papahānaumokuākea tiene un profundo significado cultural para la tradición nativa hawaiana. Su nombre combina las figuras mitológicas Papahānaumoku (madre de la tierra) y Wākea (padre del cielo), y la zona incluye sitios sagrados y restos arqueológicos polinesios.

En 2010 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, no solo por su biodiversidad sino también por su importancia cultural y espiritual. Su conservación está estrictamente regulada: no se permite el turismo masivo, y las visitas requieren permisos especiales.

El acceso a Papahānaumokuākea es extremadamente limitado. La mayoría de los visitantes son científicos, educadores o personal autorizado para labores de conservación. Sin embargo, en O‘ahu y otras islas principales de Hawái existen centros de interpretación y exhibiciones que permiten conocer el valor ecológico y cultural de esta reserva sin poner en riesgo su delicado equilibrio.

Papahānaumokuākea no solo protege especies y hábitats únicos, sino que también actúa como un laboratorio natural para el estudio de ecosistemas marinos en su estado más intacto. En un mundo donde la degradación de los océanos es una preocupación creciente, este santuario representa un ejemplo de conservación a gran escala y de cooperación entre ciencia y tradición.

Valencia, en la paleta de Sorolla

Redacción (Madrid)

La luz de Valencia no se limita a iluminar: acaricia. Sorolla la convirtió en protagonista, en un personaje que dialoga con cada rincón de la ciudad. Pasear por Valencia con la mirada del pintor es seguir los hilos dorados que tejen cielo, mar y tierra, y descubrir que en cada sombra hay una promesa de color.

Amanece sobre la playa de la Malvarrosa. El mar, todavía somnoliento, respira en olas suaves que rompen con delicadeza. Aquí, donde Sorolla pintó pescadores y faenas marineras, la arena parece guardar la memoria de los blancos luminosos de sus lienzos. Los barquitos varados, con las velas recogidas, recuerdan a las figuras tranquilas que él retrataba: hombres curtidos por el sol y mujeres que, con el cabello suelto, miran hacia un horizonte siempre más azul que el día anterior.

El viajero que busque esa estampa viva puede acercarse temprano, cuando los primeros rayos convierten cada gota de agua en un destello. Basta cerrar los ojos y, al abrirlos, la escena parece pintada al óleo.

Desde el puerto, el centro histórico se abre como un libro ilustrado. La Lonja de la Seda, con sus columnas que se elevan como palmeras de piedra, se tiñe de tonos dorados en la luz de la tarde. Sorolla pintaba cuerpos bañados por el sol; la ciudad, en cambio, ofrece también rincones donde la penumbra es un refugio. Callejones estrechos que huelen a azahar y pan recién horneado, plazas donde el sonido de una fuente se mezcla con el murmullo de conversaciones.

En la Catedral, la luz penetra como un pincel que acaricia el mármol. Es fácil imaginar al pintor, cuaderno en mano, capturando el juego entre vidrieras y piedra.

El Jardín del Turia, ese río convertido en vergel, es un lienzo vivo donde niños en bicicleta, corredores y familias crean una coreografía cambiante. La luz se filtra entre naranjos y palmeras, dibujando sombras largas que podrían ser bocetos para un cuadro nunca pintado.

En el Mercado Central, la paleta se desborda: rojos intensos de los pimientos, verdes frescos de las hierbas, amarillos dorados de la paella que se cocina cerca. El bullicio y la vitalidad tienen aquí la textura del trazo rápido, como si Sorolla hubiese decidido atrapar la vida en movimiento.

Al caer la tarde, la ciudad vuelve la vista al Mediterráneo. Desde la orilla, la luz baja y se vuelve más cálida, como un último gesto amable del día. Los colores se suavizan y el horizonte parece una pincelada infinita.

Valencia es, en esencia, una galería al aire libre. No es necesario entrar en un museo para encontrar a Sorolla: está en el reflejo del agua sobre los adoquines mojados, en el blanco brillante de una blusa agitada por el viento, en la piel dorada por el sol de quienes caminan junto al mar.

Visitarla es aprender a mirar. Y mirar, aquí, es pintar con los ojos.

San Isidro del Mar, el rincón detenido en el tiempo

Redacción (Madrid)

En la costa norte de la provincia de Villa Clara, donde el mar Caribe acaricia la arena con un vaivén paciente, se encuentra San Isidro del Mar, un pequeño pueblo cubano que parece resistirse a las prisas del siglo XXI. Sus calles empedradas, flanqueadas por casas de colores pastel con balcones de madera, guardan la memoria de generaciones que han vivido del mar y de la tierra. Aquí, el reloj no se mide por minutos, sino por las mareas, las cosechas y el ritmo pausado de la conversación en las esquinas.


La vida cotidiana en San Isidro del Mar gira en torno a la plaza central, donde cada mañana los vecinos se reúnen frente a la panadería para discutir las noticias del día. Bajo la sombra de una ceiba centenaria, los ancianos cuentan historias de ciclones y de épocas en las que el puerto hervía de actividad comercial. Aunque la pesca sigue siendo el sustento principal, cada vez son más los jóvenes que, gracias a las redes sociales, encuentran nuevas formas de mostrar la belleza del pueblo al mundo, atrayendo a curiosos y turistas.


Uno de los tesoros más cuidados por sus habitantes es la iglesia colonial de San Isidro Labrador, construida en 1798, cuya campana, fundida en bronce español, aún marca las horas. A su alrededor, cada año en mayo, se celebra la Fiesta del Pescador: tres días de música, bailes y competencias de remo que convierten el malecón en un festival de risas y aromas a marisco. Este evento, más que una celebración, es una reafirmación de identidad y orgullo comunitario.


Sin embargo, San Isidro del Mar no es ajeno a los desafíos. La erosión costera amenaza parte del malecón, y la emigración ha vaciado varias casas que hoy permanecen cerradas, como testigos mudos de familias que partieron en busca de oportunidades. Aun así, quienes permanecen se aferran a la idea de que la modernidad no debe arrasar con la esencia del lugar. En los últimos años, iniciativas locales han impulsado talleres de artesanía, pequeñas cafeterías y proyectos de turismo sostenible.


Caminar por San Isidro del Mar es viajar a una Cuba íntima, lejos de los grandes centros turísticos, donde cada saludo lleva implícito un «¿cómo estás?» sincero y donde el olor del café recién colado se mezcla con la brisa salada. Es un pueblo que recuerda que, incluso en tiempos de cambio acelerado, hay rincones que resisten, que guardan su alma intacta y que, como el mar que lo abraza, siguen su propio compás.
Si quieres, puedo escribirte otra versión ambientada en un pueblo real de Cuba con datos históricos y geográficos verdaderos para que suene más auténtico.