
Redacción (Madrid)
la provincia de Monte Plata, escondido entre colinas verdes y caminos de tierra rojiza, se encuentra el pequeño pueblo de Bayaguana, uno de los tesoros menos conocidos de la República Dominicana. A pesar de su cercanía con Santo Domingo, mantiene una identidad rural que parece inmune al paso del tiempo. Su aire fresco, su gente amable y sus paisajes naturales lo convierten en un refugio ideal para quienes buscan una experiencia auténtica lejos de los destinos turísticos tradicionales.

Bayaguana es conocida por su entorno natural, en especial por el Salto Alto de Bayaguana, una cascada de tres niveles que cae entre paredes de roca cubiertas de musgo. El sonido del agua, mezclado con el canto de las aves, crea una atmósfera de serenidad difícil de encontrar en otros lugares. Los visitantes pueden bañarse en las pozas cristalinas o simplemente disfrutar del paisaje que rodea el río Comate, uno de los más limpios y caudalosos de la zona.

El pueblo también tiene una profunda tradición religiosa y cultural. Cada 28 de diciembre se celebra la famosa Romería al Santo Cristo de Bayaguana, una peregrinación en la que cientos de fieles llegan a caballo desde distintos puntos del país para cumplir promesas. Es una de las manifestaciones más antiguas del sincretismo religioso dominicano, donde la fe católica se mezcla con creencias populares y con la alegría festiva del pueblo.

Caminar por Bayaguana es adentrarse en un ritmo de vida tranquilo. Las calles están llenas de casitas coloridas, niños jugando en las aceras y mujeres conversando en los portales mientras cae la tarde. En los colmados suena la bachata y el aroma del café recién colado se mezcla con el de la tierra húmeda. La hospitalidad es una constante: basta con preguntar una dirección para terminar compartiendo una historia o una sonrisa.

Lejos de los complejos turísticos y de las playas más conocidas, Bayaguana ofrece otra cara de la República Dominicana: la del campo fértil, la devoción, el silencio de los bosques y la calidez humana. Es un lugar donde el visitante se desconecta del ruido del mundo moderno y se reconcilia con lo esencial, recordando que la verdadera belleza a veces se encuentra en los pueblos que todavía no han sido descubiertos.




