Redacción (Madrid)

Viajar a Galicia es entrar en un mundo donde la naturaleza, la historia y la espiritualidad conviven en perfecta armonía. En el extremo noroeste de la península ibérica, esta tierra verde y húmeda, bañada por el Atlántico, guarda secretos milenarios y paisajes que parecen surgir de una leyenda celta. Galicia no solo se recorre: se siente, se saborea y se escucha en el murmullo del mar y el repiqueteo constante de la lluvia sobre los tejados de pizarra.

Hablar de Galicia es hablar de Santiago de Compostela, meta del Camino de Santiago y símbolo universal de peregrinación. Desde la Edad Media, millones de caminantes han seguido las rutas jacobeas para postrarse ante la tumba del apóstol Santiago. Entrar en la Catedral de Santiago, majestuosa y dorada por los siglos, es un momento que trasciende la fe: los peregrinos lloran, sonríen y abrazan el final de un viaje exterior e interior.

Pero Santiago no es solo su catedral. Sus calles empedradas, sus plazas con soportales y sus aromas a pulpo, vino y piedra mojada hacen de la ciudad un lugar donde el tiempo parece detenerse. Las gaitas que resuenan en la Praza do Obradoiro recuerdan que Galicia tiene alma musical, melancólica y profundamente emotiva.

El litoral gallego, largo y recortado, ofrece una de las geografías más sorprendentes de Europa. Desde las Rías Baixas, con sus playas doradas y su ambiente marinero, hasta la Costa da Morte, donde el océano rompe con fuerza sobre los acantilados, Galicia es una celebración de la naturaleza indómita. En lugares como Fisterra, el “fin del mundo” de los romanos, el viajero contempla puestas de sol que parecen encender el mar.

Los pueblos costeros, como Combarro, Muxía o Camariñas, conservan la esencia marinera de siglos atrás. Sus hórreos de piedra, las casas con balcones de madera y las barcas de colores forman una postal viva del Atlántico gallego. Aquí, el turismo no es de masas, sino de emociones: se disfruta lentamente, con respeto por el paisaje y las tradiciones.

El interior gallego sorprende con su naturaleza exuberante. Los bosques de robles y castaños, los valles del Miño y el Sil, o las montañas de O Courel y Os Ancares ofrecen rutas perfectas para senderistas y amantes del ecoturismo. En la Ribeira Sacra, los viñedos en terrazas desafían las pendientes para producir algunos de los vinos más prestigiosos del país, mientras los monasterios románicos se asoman al borde de los cañones fluviales.

Y entre nieblas y leyendas, Galicia conserva su identidad celta. Las meigas (brujas), las fiestas paganas y las leyendas de santos y apariciones forman parte de una cultura que mezcla lo mágico y lo cristiano. En las noches de San Juan, cuando el fuego purifica las playas y aldeas, el visitante comprende que en Galicia lo sagrado y lo popular van siempre de la mano.

La gastronomía gallega es otro de sus grandes tesoros. El pulpo a feira, las empanadas, los percebes y los mariscos frescos son un homenaje al mar, mientras que los quesos de tetilla, los vinos albariños y las filloas representan la tradición rural. Comer en Galicia es un acto de celebración: cada plato narra una historia de familia, costa y campo.

Visitar Galicia es mucho más que hacer turismo. Es experimentar una forma de vida donde la naturaleza y el ser humano mantienen un diálogo constante. Es descubrir que detrás de cada piedra cubierta de musgo, de cada cruceiro o de cada melodía de gaita, hay un sentimiento profundo de pertenencia. Galicia no se olvida: se queda grabada en el corazón, como el eco de una lluvia antigua que siempre invita a volver.

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