
Redacción (Madrid)
Rothenburg ob der Tauber despierta cada mañana como si el tiempo hubiera decidido detenerse a contemplarse a sí mismo. Situado en el corazón de Baviera, este pequeño pueblo alemán conserva un casco histórico medieval prácticamente intacto, rodeado por murallas que han observado siglos de guerras, comercio y peregrinos. Caminar por sus calles empedradas es entrar en una postal viva donde cada fachada, cada torre y cada ventana con geranios parece cumplir una función narrativa.

La historia de Rothenburg se remonta a la Edad Media, cuando fue una ciudad imperial libre y un importante centro comercial. Su declive económico a partir del siglo XVII, lejos de condenarlo al olvido, lo salvó de las grandes transformaciones urbanísticas que sí afectaron a otras ciudades alemanas. Gracias a ello, hoy se mantiene como uno de los ejemplos mejor conservados de urbanismo medieval en Europa, una suerte de cápsula histórica que atrae a investigadores, turistas y amantes del patrimonio.

Pero Rothenburg no vive solo de su pasado. A pesar de contar con apenas once mil habitantes, el pueblo mantiene una vida cultural activa, marcada por festivales, mercados tradicionales y celebraciones que mezclan religión, folklore y turismo. El más conocido es el Mercado de Navidad, que cada diciembre transforma la plaza principal en un escenario de luces cálidas, vino caliente y coros que cantan villancicos bajo el frío bávaro.

El turismo, sin embargo, es un arma de doble filo. Cada año, millones de visitantes recorren sus calles, lo que genera riqueza pero también plantea desafíos en términos de sostenibilidad y conservación. Las autoridades locales y los vecinos trabajan para equilibrar la economía turística con la vida cotidiana, conscientes de que el verdadero valor de Rothenburg reside en su autenticidad y no solo en su apariencia de cuento.

Al caer la tarde, cuando los autobuses se marchan y el silencio regresa poco a poco, Rothenburg muestra su rostro más genuino. Las luces amarillas iluminan las murallas y el río Tauber serpentea en calma a los pies del pueblo. Es entonces cuando se entiende que este lugar no es solo un destino turístico, sino un testimonio vivo de la historia alemana, un recordatorio de que el pasado puede seguir dialogando con el presente sin perder su voz.




