Redacción (Madrid)
En el corazón del Camino de Santiago, Estella-Lizarra se presenta como una de las localidades navarras con mayor peso histórico y cultural. Fundada en 1090 por Sancho Ramírez para impulsar el tránsito de peregrinos, la ciudad conserva todavía hoy el encanto medieval que la convirtió en un enclave estratégico. Sus calles empedradas, sus iglesias románicas y sus palacios renacentistas forman un paisaje urbano que atrae a visitantes de toda Europa, especialmente durante la temporada jacobea.


El casco antiguo, articulado en torno al río Ega, vive un equilibrio singular entre tradición y vida cotidiana. La iglesia de San Pedro de la Rúa, con su imponente escalinata y su claustro románico, sigue siendo uno de los puntos más fotografiados, mientras que el puente medieval de la Cárcel recuerda el papel comercial que desempeñó la ciudad desde la Edad Media. A su alrededor, comerciantes, vecinos y pequeños hosteleros mantienen un ritmo pausado que define el carácter local.


Estella-Lizarra es también un epicentro cultural en la Navarra media. Su agenda anual incluye festivales musicales, ferias artesanales y exposiciones que llenan de actividad el Palacio de los Reyes de Navarra, uno de los escasos ejemplos de arquitectura civil románica que se conservan en la península. La influencia cultural se percibe igualmente en sus calles, donde conviven el castellano y el euskera, reflejo de una identidad plural que la ciudadanía reivindica con naturalidad.


El pulso económico del municipio ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos sin perder su esencia. Aunque el turismo es un motor importante, la industria agroalimentaria y el comercio local continúan siendo pilares fundamentales. Las bodegas de la zona, integradas en la Denominación de Origen Navarra, han reforzado la proyección de la ciudad, mientras que la actividad empresarial se diversifica con proyectos ligados a la sostenibilidad y el entorno natural.


A pesar de su tamaño contenido, Estella-Lizarra conserva un magnetismo que combina patrimonio, paisaje y vida social. Su capacidad para conectar pasado y presente la ha convertido en un referente para quienes buscan destinos con alma, lejos de la masificación turística. Entre el murmullo del Ega y las huellas de siglos de historia, esta ciudad navarra sigue reivindicando su lugar como una de las joyas discretas del norte de España.

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