Redacción (Madrid)

En Asturias hay rincones que parecen ajenos al paso del tiempo, lugares donde la naturaleza recupera su voz más antigua y donde el paisaje se convierte en una narrativa en sí misma. Entre ellos, el Valle del Lago, en el Parque Natural de Somiedo, es una joya que ha desbordado fronteras gracias a su uso como escenario en la nueva película de Los Juegos del Hambre. Pero antes de la alfombra roja, antes de los focos, este valle ya era un protagonista silencioso: un paraíso de alta montaña cuya belleza no necesita edición.

Al llegar a Valle del Lago, la aldea que da nombre al valle y que sirve como punto de partida de muchas rutas, el visitante comprende de inmediato que el lugar tiene algo de irreal. Las casas de piedra, los hórreos que descansan como guardianes antiguos, el aire transparente que parece recién estrenado… todo envuelve al viajero en una sensación de quietud primitiva.

Pocos destinos en la península ofrecen una transición tan suave entre lo rural y lo salvaje. Es un valle que se adentra gradualmente en la montaña, como si invitara al caminante a formar parte de un cuento.

La ruta más célebre —y no sin razón— es la que conduce al Lago del Valle, el mayor lago glaciar de Asturias. El sendero asciende con calma, cruzando praderas, bordeando riachuelos y avanzando entre laderas que cambian de color con cada estación.

El Lago del Valle aparece de repente, como un tesoro desvelado. Un espejo de aguas profundas, encajado entre picos que parecen gigantes dormidos. En otoño, la gama de ocres y rojizos le da un dramatismo que fácilmente explica por qué una superproducción internacional lo eligió como telón de fondo. En invierno, el silencio es tanto que podría confundirse con un paisaje polar. En primavera y verano, los verdes intensos hacen difícil creer que uno sigue en España y no en algún rincón remoto de Escocia o Nueva Zelanda.

El Parque Natural de Somiedo, declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO, es uno de esos espacios donde la conservación es una forma de vida, no un eslogan. Aquí se respira la Asturias más auténtica y más agreste. Bosques húmedos, brañas con sus cabañas de teito —esas techumbres vegetales que parecen sacadas de un libro medieval— y una fauna que incluye al oso pardo cantábrico, el habitante más esquivo del valle.

El visitante no necesita verlo para sentirlo. Basta con caminar por los senderos, seguir rastros, escuchar el rumor del bosque.

La presencia del Valle del Lago en la nueva entrega de Los Juegos del Hambre ha servido para poner a Somiedo en el mapa internacional, pero el valle conserva intacta su esencia. No hay decorados permanentes ni huellas artificiales: el cine fue un invitado respetuoso.

Para el viajero, este detalle añade una capa más de fascinación. Es posible recorrer los mismos senderos que han aparecido en pantalla y descubrir que la realidad es incluso más sobrecogedora que la ficción.

Además de rutas y paisajes, Valle del Lago ofrece pequeñas experiencias que completan la estancia: degustar quesos artesanos, conversar con los habitantes del pueblo, escuchar historias de los pastores que aún suben al puerto, o simplemente sentarse a contemplar el atardecer, cuando la luz se vuelve líquida y dorada.

Para los amantes del trekking, Somiedo es un paraíso: rutas hacia el Lago del Valle, hacia las brañas de Sousas o Mumián, o hacia los puertos donde ver rebecos en libertad.

Para los que buscan desconexión, el valle es casi terapéutico: aquí el tiempo no desaparece, se dilata.

Visitar el Valle del Lago es entender que el turismo puede ser un acto de admiración. Que aún existen lugares donde el ser humano no es protagonista, sino invitado. Y que, justamente por eso, la experiencia es tan profunda.

Quien llega a Somiedo con expectativas cinematográficas descubre un paisaje que no solo está a la altura, sino que las supera. El valle no es un simple escenario: es un personaje. Y como todo buen personaje, se queda contigo mucho después de que termina el viaje.

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