
Redacción (Madrid)
Punta Cana no huele a paraíso. Huele a sal, a ron barato y a ese dulzor aceitoso del bronceador que cubre cada centímetro de piel extranjera. Desde el avión ya se adivina la postal: un trazo de arena blanca, el mar recostado en su propio azul, las palmeras que parecen saludar a los dólares. Todo perfecto, todo ordenado. Demasiado, quizá.
Porque el paraíso, cuando se organiza, pierde su inocencia.
Bajo las sombrillas de paja, el turista europeo o norteamericano —rojizo, confiado, medio sonámbulo— se sirve otra piña colada sin pensar demasiado en lo que hay más allá del muro invisible del resort. Y no es que uno venga aquí a buscar la miseria —nadie paga un todo incluido para sufrir—, pero basta alejarse tres calles del edén para que el decorado se agriete. Allí, entre motoconchos y tiendas de lata, vive la otra mitad de Punta Cana: la que no sale en los folletos. Gente que trabaja doce horas para que el turista crea que el sol brilla sólo para él.
Los dominicanos tienen una manera de sonreír que desarma. Uno siente que se lo dan todo —la sonrisa, la música, el saludo— aunque en el fondo sepan que no les pertenece nada. “Aquí hay trabajo, pero no futuro”, me dice José, camarero del hotel, mientras limpia vasos con un trapo húmedo. Habla en voz baja, sin amargura, como quien ya ha hecho las paces con el destino.
En los pasillos climatizados del resort, los animadores gritan “¡Alegría, mi gente!”, y los turistas obedecen. Bailan bachata sin entender la letra, beben ron sin sospechar que, en la esquina de atrás, alguien cuenta las monedas del sueldo. El sistema funciona así: unos fingen vivir el sueño, otros sostienen el decorado. Todos sonríen.
Pero hay algo profundamente humano en Punta Cana, más allá del cinismo del turismo masivo. En la noche, cuando el viento deja de soplar y las olas apenas respiran, el mar parece perdonar. La música se apaga, los cuerpos se rinden, y el Caribe recupera por unas horas su dignidad de océano antiguo, indiferente a los hombres.
Punta Cana es un espejismo, sí. Un teatro de luz y sal donde cada cual representa su papel. El turista que se cree aventurero, el camarero que finge alegría, el empresario que se dice benefactor. Todos actores de una comedia tropical perfectamente ensayada.
Y sin embargo, qué difícil no dejarse engañar. Porque al amanecer, cuando el sol incendia el horizonte y el mar se tiñe de oro líquido, uno entiende por qué el ser humano inventó la idea del paraíso.







