
Redacción (Madrid)
En la isla de Cuba, el más destacado de todos los paseos marítimos es el Malecón de La Habana, situado en la ciudad de La Habana, que recorre aproximadamente ocho kilómetros del litoral norte de la capital. Concebido a principios del siglo XX como muro de contención frente al mar, su construcción se inició en 1901 y se prolongó por varias décadas hasta completarse hacia 1958.

Este paseo marítimo no solo protege la ciudad de las embestidas del oleaje, sino que se ha convertido en un espacio vital de encuentro social: allí se reúne la población local para caminar, conversar, pescar al borde del mar, o simplemente contemplar el horizonte en las tardes. La vida urbana que se articula en torno al Malecón refleja el carácter de La Habana: mezcla de historia, resistencia frente a los elementos y cotidianidad compartida.

Arquitectónicamente, el Malecón bordea edificios de distintos estilos —neoclásico, art nouveau— y diferentes estados de conservación. Al mismo tiempo, su función ha variado: originalmente concebido como obra hidráulica-costera, hoy desempeña un papel urbano más amplio, como vía de tránsito, mirador al mar y espacio de ocio.

No obstante, este emblemático paseo también enfrenta desafíos: la constante exposición al clima marino erosiona muros y construcciones adyacentes, y las inversiones para su mantenimiento no siempre han sido suficientes. Sin embargo, sigue siendo un símbolo de la ciudad y uno de los lugares más visitados tanto por cubanos como por turistas.

En definitiva, el Malecón de La Habana representa mucho más que un simple paseo junto al mar: es un testimonio del devenir urbano de la capital cubana, de su relación con el mar y de su vida cotidiana. Recorrerlo es adentrarse en la historia viva de la ciudad.




