Redacción (Madrid)

Puerto Plata, República Dominicana.
Vivir Puerto Plata en un solo día es como abrir una caja llena de tesoros coloniales, paisajes de postal y sabores caribeños. La ciudad norteña, llamada “la Novia del Atlántico”, ofrece al visitante un recorrido intenso en apenas 24 horas que mezcla cultura, naturaleza y hospitalidad.

Mañana: café con historia

La jornada comienza temprano en el malecón, donde el murmullo del Atlántico acompaña a los primeros corredores y caminantes. Desde allí, el visitante puede dirigirse a la Plaza Independencia, corazón histórico de la ciudad, rodeada de casas victorianas que guardan la memoria de finales del siglo XIX. Un café fuerte y un desayuno criollo en uno de los pequeños restaurantes del centro bastan para cargar energía antes de adentrarse en el Museo del Ámbar, donde se expone la piedra semipreciosa que da fama mundial a la región.

Mediodía: un viaje a las alturas

Al caer el sol del mediodía, el teleférico de Puerto Plata se convierte en la cita obligada. En apenas minutos, el funicular lleva a los visitantes hasta la cima del Monte Isabel de Torres, a más de 800 metros de altura. Allí, la vista panorámica de la ciudad y la costa es imponente, coronada por una estatua del Cristo Redentor que vigila en silencio. La brisa fresca y el verde del jardín botánico hacen olvidar el calor que aguarda abajo.

Tarde: playas y tradiciones

La bajada abre paso al azul intenso de Playa Long Beach, donde los locales disfrutan de un baño rápido o una partida improvisada de voleibol. Para quienes buscan autenticidad, el Mercado de San Felipe ofrece artesanías, frutas tropicales y la oportunidad de conversar con vendedores que cuentan historias de la ciudad con acento norteño. Una parada para saborear pescado frito con tostones y una fría “presidente” es casi un ritual.

Noche: el ritmo del Atlántico

La vida nocturna de Puerto Plata se enciende al ritmo de merengue y bachata. Los bares del malecón atraen tanto a turistas como a lugareños, que comparten pistas de baile improvisadas con vista al mar. Para los más tranquilos, la experiencia puede terminar en una cena frente al océano, donde el sonido de las olas compite con la música que llega desde las discotecas cercanas.

Un día que sabe a más

Veinticuatro horas apenas alcanzan para saborear la esencia de Puerto Plata. Entre el contraste de su arquitectura victoriana y sus playas doradas, la ciudad demuestra que no es solo un destino de paso, sino un lugar al que siempre se desea volver.



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