Un recorrido por Matera, la ciudad de las piedras en Italia

Un Recorrido por Matera: La Ciudad de las Piedras en Italia

Redacción (Madrid)

En el sur de Italia, en la región de Basilicata, se encuentra una ciudad que parece sacada de un cuento medieval: Matera. Esta histórica localidad es famosa por sus «Sassi», antiguos barrios tallados en la roca, que le otorgan una apariencia única y sorprendente. Los Sassi son viviendas y calles construidas en el interior de cavernas, formadas naturalmente por el desgaste de la piedra caliza durante miles de años. Desde 1993, Matera es considerada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, un reconocimiento que resalta su importancia cultural e histórica.

La historia de Matera se remonta a tiempos prehistóricos. Los primeros vestigios de asentamientos humanos en la región datan de alrededor del año 10,000 a.C. A lo largo de los siglos, los habitantes de Matera adaptaron la roca a sus necesidades, excavando viviendas, iglesias, y cisternas para almacenar agua, una práctica que los pobladores continuaron hasta bien entrado el siglo XX. Este sistema de vida en la roca hizo que Matera fuera conocida como la «ciudad subterránea», un lugar donde la modernidad y la tradición se fusionan en un mismo espacio.

En el siglo XX, Matera sufrió un estancamiento económico y social. La pobreza extrema y las condiciones insalubres en los Sassi llevaron a la migración masiva de los habitantes, lo que provocó que la ciudad cayera en el abandono. Sin embargo, en las últimas décadas, Matera ha experimentado una impresionante transformación. En los años 90, el gobierno italiano emprendió un proceso de rehabilitación y restauración, devolviendo a la ciudad su esplendor. Hoy en día, los Sassi son un atractivo turístico global, y la ciudad alberga una próspera industria cultural.

La belleza de Matera no solo radica en sus piedras, sino también en su vibrante vida cultural. Cada año, la ciudad organiza diversos eventos que celebran la música, el cine y las artes visuales. Un ejemplo destacado es el Matera Film Festival, que atrae a cineastas y artistas de todo el mundo. Además, su impresionante paisaje rocoso ha sido utilizado en varias producciones cinematográficas, incluyendo La Pasión de Cristo de Mel Gibson. Los turistas pueden explorar el laberinto de callejones y plazas que conectan los Sassi, donde cada rincón guarda una historia que contar.

Hoy, Matera no solo es una joya histórica, sino también un modelo de resiliencia y adaptación. La ciudad ha sabido combinar su rica herencia con un enfoque innovador hacia el futuro, siendo nombrada Capital Europea de la Cultura en 2019. Su capacidad para reinventarse mientras mantiene viva su historia es un testimonio del espíritu de su gente y de la riqueza cultural que la caracteriza. Matera, la ciudad de las piedras, sigue siendo un lugar donde el pasado y el futuro se encuentran en armonía.

Počitelj, el silencio de piedra que aún habla en Bosnia y Herzegovina

Redacción (Madrid)

Desde la carretera que sigue el curso del río Neretva, el pueblo de Počitelj aparece como una sucesión de casas de piedra que trepan la colina, coronadas por una antigua fortaleza. El paisaje es austero y hermoso a la vez, marcado por siglos de historia que aún se perciben en sus murallas, mezquitas y callejones empedrados. A primera vista, Počitelj parece detenido en el tiempo, pero basta caminar unos minutos para comprender que su quietud esconde una memoria profunda.

Fundado en la Edad Media y desarrollado durante el Imperio Otomano, el pueblo fue durante siglos un punto estratégico y cultural en Bosnia y Herzegovina. Esa herencia se conserva en su arquitectura y en la forma en que el espacio fue pensado para la vida comunitaria. Cada escalón de piedra conduce no solo hacia lo alto del pueblo, sino también hacia un pasado en el que distintas culturas convivieron en un equilibrio frágil pero duradero.


La guerra de Bosnia, entre 1992 y 1995, alteró para siempre ese equilibrio. Počitelj sufrió destrucciones, desplazamientos y el abandono forzado de gran parte de su población. Muchos edificios fueron dañados y el silencio se volvió parte del paisaje. Aunque la reconstrucción posterior devolvió la forma a casas y monumentos, la vida cotidiana tardó más en regresar y aún hoy el pueblo conserva una sensación de ausencia.


Actualmente, Počitelj vive entre la memoria y el turismo. Visitantes llegan para recorrer la fortaleza, fotografiar la mezquita restaurada y observar el valle del Neretva desde lo alto. Algunos vecinos han encontrado en la artesanía y en los pequeños comercios una forma de subsistir, mientras otros simplemente observan el paso de los viajeros. El pueblo se muestra con dignidad, sin ocultar sus cicatrices.


Al caer la tarde, cuando la luz suaviza las piedras y el río refleja el cielo, Počitelj recupera su silencio característico. No es un lugar que busque llamar la atención, sino uno que invita a escuchar. En su aparente calma, el pueblo resume parte de la historia de Bosnia y Herzegovina: una historia de convivencia, ruptura y resistencia, escrita no en grandes discursos, sino en la persistencia de quienes decidieron permanecer.

Mónaco-Ville, el corazón histórico del Principado

Redacción (Madrid)
Encaramado sobre el promontorio rocoso conocido como Le Rocher, Mónaco-Ville es mucho más que un barrio administrativo del Principado: es un auténtico pueblo con alma medieval que resiste, orgulloso, al vértigo del lujo contemporáneo que define a Mónaco. Sus callejuelas estrechas, empedradas y silenciosas contrastan con el bullicio del puerto y los rascacielos que se extienden a sus pies, ofreciendo una imagen casi detenida en el tiempo.


Fundado en 1215, Mónaco-Ville fue el núcleo original desde el que la familia Grimaldi consolidó su poder. Hoy, su historia se palpa en cada esquina: desde las murallas defensivas hasta las fachadas ocres de las casas tradicionales, muchas de ellas habitadas por familias monegascas desde hace generaciones. Aquí, el pasado no es un reclamo turístico artificial, sino una forma de vida cuidadosamente preservada.


El gran emblema del pueblo es el Palacio del Príncipe, residencia oficial de los Grimaldi desde el siglo XIII. Cada día, el ritual del cambio de guardia atrae a visitantes de todo el mundo, pero basta alejarse unos metros para recuperar la calma. Pequeñas plazas, balcones llenos de flores y restaurantes familiares configuran un entorno donde la vida transcurre a un ritmo sorprendentemente humano para uno de los países más densamente poblados del planeta.


A pesar de su reducido tamaño, Mónaco-Ville concentra buena parte del peso institucional del Estado. Aquí se encuentran la Catedral de San Nicolás, donde reposan Rainiero III y Grace Kelly, así como el Museo Oceanográfico, una joya científica y arquitectónica asomada al Mediterráneo. Esta combinación de tradición, poder político y cultura refuerza su carácter de núcleo identitario del Principado.


En un país sin pueblos en el sentido clásico, Mónaco-Ville se erige como la excepción que confirma la regla: un lugar donde todavía se saluda al vecino, donde los niños juegan en las plazas y donde el lujo queda relegado a un segundo plano frente al valor de la memoria colectiva. En el corazón de uno de los estados más exclusivos del mundo, este pequeño pueblo demuestra que la historia sigue teniendo un lugar privilegiado.

Bocairent, donde la historia se aferra a la montaña y mira al futuro

Redacción (Madrid)

Bocairent se alza en el interior de la provincia de Valencia como un testimonio vivo de la historia mediterránea, encaramado a la sierra de Mariola y vigilando el paso del tiempo desde lo alto de sus calles empinadas. A primera vista, el pueblo parece detenido en otra época: casas de piedra, balcones de forja y un casco antiguo que obliga al visitante a caminar despacio, casi con respeto, como si cada esquina tuviera algo que contar.

El origen de Bocairent se remonta a la época andalusí, y esa herencia se percibe con claridad en su urbanismo irregular y en su barrio medieval, declarado Conjunto Histórico-Artístico. Las famosas “Covetes dels Moros”, un conjunto de misteriosas ventanas excavadas en la roca, siguen despertando más preguntas que respuestas y se han convertido en el símbolo más reconocible del municipio, atrayendo a investigadores, turistas y curiosos por igual.


Pero Bocairent no es solo pasado. En las últimas décadas, el pueblo ha sabido reinventarse sin renunciar a su identidad. La apuesta por un turismo sostenible, ligado a la naturaleza y al patrimonio, ha permitido dinamizar la economía local y fijar población joven. Senderistas, ciclistas y amantes del turismo rural encuentran aquí un punto de partida ideal para explorar la Mariola, un parque natural que funciona como pulmón verde y orgullo colectivo.


La vida cultural es otro de los pilares del municipio. Las fiestas de Moros y Cristianos, celebradas en febrero, rompen el silencio invernal con pólvora, música y desfiles que implican a todo el pueblo. No se trata solo de un evento festivo, sino de una expresión profunda de pertenencia, donde generaciones enteras comparten tradición, esfuerzo y emoción en cada acto.


En un contexto de despoblación rural que afecta a buena parte del interior valenciano, Bocairent representa una excepción esperanzadora. Su capacidad para equilibrar memoria y futuro, tradición y modernidad, lo convierte en un ejemplo de cómo los pueblos pueden seguir siendo relevantes sin perder su alma. Aquí, la historia no es un decorado: es una forma de vivir.

Redacción (Madrid)
Enclavado entre huertas centenarias y sierras bajas, el municipio murciano de Aledo se ha convertido en uno de los ejemplos más singulares de cómo un pequeño pueblo puede conservar su identidad mientras se adapta al siglo XXI. Con apenas mil habitantes, esta localidad situada en el corazón de la comarca del Bajo Guadalentín mantiene un equilibrio admirable entre tradición, patrimonio y nuevas iniciativas culturales que buscan revitalizar la vida social sin perder sus raíces.


El emblemático castillo de Aledo, cuya torre del homenaje domina el horizonte, es el símbolo más reconocible del municipio. Su presencia, visible desde varios kilómetros a la redonda, resume siglos de historia en los que la localidad actuó como enclave defensivo durante la Edad Media. En la actualidad, el castillo se ha consolidado como un atractivo turístico de primer orden, albergando visitas guiadas, exposiciones temporales e incluso pequeñas representaciones teatrales que recrean episodios históricos para vecinos y visitantes.


A pesar de su reducido tamaño, Aledo destaca también por la vitalidad de su vida cultural. Cada verano, la Noche de las Velas transforma sus calles estrechas en un escenario mágico iluminado únicamente por miles de puntos de luz que atraen a turistas de toda la región. Este evento, que comenzó como una iniciativa vecinal, se ha convertido en un referente y uno de los momentos más esperados del calendario murciano, impulsando la economía local y reforzando el sentido de comunidad entre los habitantes.


La agricultura sigue siendo el motor económico del municipio, especialmente la producción de almendra y uva. En los últimos años, agricultores locales han apostado por técnicas de cultivo más sostenibles para hacer frente a la escasez de agua y a los retos del cambio climático. Este esfuerzo ha permitido mejorar la calidad de las cosechas y abrir nuevas oportunidades de comercialización, especialmente en mercados que valoran los productos de origen local y con procesos respetuosos con el entorno.


Mientras tanto, Aledo mira al futuro sin renunciar a su carácter. El Ayuntamiento trabaja en proyectos para atraer a nuevos residentes, fomentar el teletrabajo e impulsar rutas de senderismo que conecten el casco urbano con el entorno natural privilegiado que lo rodea. En un momento en el que muchos pueblos luchan por no perder población, Aledo demuestra que la combinación de patrimonio, tradición y apuesta por la calidad de vida puede ser la mejor receta para mantenerse vivo en pleno siglo XXI.


San Esteban del río, el tesoro silencioso que resurge entre viñedos

Redacción (Madrid)
Enclavado entre colinas de viñedos infinitos y caminos que huelen a tierra húmeda, el pequeño pueblo riojano de San Esteban del Río se ha convertido en uno de los destinos rurales más comentados del último año. Con apenas 1.200 habitantes, este enclave parece resistirse al paso del tiempo, conservando intacto el encanto de las aldeas tradicionales sin renunciar al impulso de la modernización que empuja a toda la región.


La vida en San Esteban se articula en torno a su plaza mayor, un espacio amplio, rodeado de soportales de piedra y presidido por la iglesia de Santa Orosia, un templo románico del siglo XII que recientemente ha sido restaurado. Cada mañana se convierte en un punto de encuentro entre viticultores, artesanos y vecinos que intercambian historias mientras observan cómo el sol se eleva sobre los campos que lo rodean.


El motor económico del pueblo sigue siendo, cómo no, el vino. Las bodegas familiares han pasado de generación en generación y ahora conviven con proyectos más innovadores que buscan reinterpretar la tradición riojana. La cooperativa local, fundada en 1933, ha recibido elogios nacionales por un tempranillo joven que ha sorprendido a críticos y visitantes, y que ha impulsado un notable aumento del enoturismo en la zona.


Pero San Esteban del Río no vive solo de sus viñedos. En los últimos años ha apostado por la recuperación de senderos históricos y rutas naturales que conectan el casco urbano con los montes cercanos. Este esfuerzo ha atraído a excursionistas y ciclistas, generando nuevas oportunidades para alojamientos rurales, comercios y pequeños restaurantes que han revitalizado la oferta gastronómica del lugar.


Hoy, San Esteban del Río se presenta como un ejemplo de equilibrio entre tradición y modernidad. Sus vecinos miran al futuro con prudencia pero con ilusión, conscientes de que su mayor riqueza está en ese patrimonio cultural y humano que siguen cuidando con esmero. Y mientras los visitantes se marchan con la sensación de haber descubierto un tesoro escondido, los habitantes del pueblo continúan su rutina diaria, orgullosos de formar parte de una historia que aún tiene muchas páginas por escribir.

Antsohimaty, el tesoro oculto que resiste en el corazón de Madagascar

Redacción (Madrid)

En lo más profundo de la región montañosa de Madagascar, el pequeño pueblo de Antsohimaty emerge como un remanso de tradición y resistencia cultural. Aislado entre colinas verdes y caminos de tierra rojiza, este enclave parece detenido en el tiempo. Sus habitantes, apenas un millar, conservan costumbres ancestrales que han sobrevivido al paso de los siglos. La primera impresión para cualquier visitante es la serenidad: un silencio roto únicamente por el canto de los pájaros y el sonido metálico de los artesanos trabajando la madera.

La economía local gira en torno a la agricultura y la artesanía. Los cultivos de vainilla, uno de los productos más preciados del país, se extienden en terrazas naturales alrededor del pueblo. La producción es totalmente manual, desde la polinización hasta el secado de las vainas, un proceso laborioso que los habitantes dominan con precisión casi ritual. Paralelamente, las mujeres del pueblo se dedican a tejer esteras de rafia, que luego son vendidas en los mercados de ciudades cercanas.


La vida comunitaria en Antsohimaty está marcada por un profundo sentido de cooperación. Las decisiones importantes se toman en asamblea, en presencia del anciano más respetado, quien actúa como mediador. Este sistema, transmitido de generación en generación, ha permitido resolver conflictos sin recurrir a autoridades externas. La educación también ocupa un lugar destacado: una única escuela primaria, construida con la ayuda de una ONG, se ha convertido en el motor de esperanza para las nuevas generaciones.


La relación con la naturaleza es otro pilar fundamental del pueblo. Los habitantes creen firmemente que los espíritus de sus antepasados habitan en los bosques cercanos, por lo que la tala indiscriminada está estrictamente prohibida. Este respeto ha permitido preservar una biodiversidad excepcional, donde especies endémicas de Madagascar encuentran un refugio seguro. Biólogos y conservacionistas visitan con frecuencia la zona, fascinados por la convivencia armoniosa entre humanos y entorno.


A pesar de su aparente aislamiento, Antsohimaty no está ajeno a los desafíos modernos. La falta de infraestructuras, el acceso limitado a servicios médicos y la presión del turismo incipiente amenazan su equilibrio tradicional. Sin embargo, el pueblo ha demostrado una notable capacidad de adaptación. Con una mezcla de prudencia y apertura, sus habitantes buscan integrarse en un mundo globalizado sin renunciar a su identidad. En este delicado equilibrio reside la singularidad de un lugar que, aunque pequeño, contiene una riqueza cultural inmensa.

Estella-Lizarra, la joya medieval que late en el corazón de Navarra

Redacción (Madrid)
En el corazón del Camino de Santiago, Estella-Lizarra se presenta como una de las localidades navarras con mayor peso histórico y cultural. Fundada en 1090 por Sancho Ramírez para impulsar el tránsito de peregrinos, la ciudad conserva todavía hoy el encanto medieval que la convirtió en un enclave estratégico. Sus calles empedradas, sus iglesias románicas y sus palacios renacentistas forman un paisaje urbano que atrae a visitantes de toda Europa, especialmente durante la temporada jacobea.


El casco antiguo, articulado en torno al río Ega, vive un equilibrio singular entre tradición y vida cotidiana. La iglesia de San Pedro de la Rúa, con su imponente escalinata y su claustro románico, sigue siendo uno de los puntos más fotografiados, mientras que el puente medieval de la Cárcel recuerda el papel comercial que desempeñó la ciudad desde la Edad Media. A su alrededor, comerciantes, vecinos y pequeños hosteleros mantienen un ritmo pausado que define el carácter local.


Estella-Lizarra es también un epicentro cultural en la Navarra media. Su agenda anual incluye festivales musicales, ferias artesanales y exposiciones que llenan de actividad el Palacio de los Reyes de Navarra, uno de los escasos ejemplos de arquitectura civil románica que se conservan en la península. La influencia cultural se percibe igualmente en sus calles, donde conviven el castellano y el euskera, reflejo de una identidad plural que la ciudadanía reivindica con naturalidad.


El pulso económico del municipio ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos sin perder su esencia. Aunque el turismo es un motor importante, la industria agroalimentaria y el comercio local continúan siendo pilares fundamentales. Las bodegas de la zona, integradas en la Denominación de Origen Navarra, han reforzado la proyección de la ciudad, mientras que la actividad empresarial se diversifica con proyectos ligados a la sostenibilidad y el entorno natural.


A pesar de su tamaño contenido, Estella-Lizarra conserva un magnetismo que combina patrimonio, paisaje y vida social. Su capacidad para conectar pasado y presente la ha convertido en un referente para quienes buscan destinos con alma, lejos de la masificación turística. Entre el murmullo del Ega y las huellas de siglos de historia, esta ciudad navarra sigue reivindicando su lugar como una de las joyas discretas del norte de España.

Peñafiel, la joya histórica que corona el corazón de la Ribera del Duero

Redacción (Madrid)
Enclavado en el corazón de la provincia de Valladolid, Peñafiel se alza como uno de los bastiones históricos más reconocibles de Castilla y León. Su imponente castillo, dispuesto sobre una estrecha loma que domina todo el valle del Duero, recibe al visitante con la elegancia pétrea de los siglos. La silueta de esta fortaleza, convertida hoy en Museo Provincial del Vino, es un símbolo inseparable del territorio y uno de los iconos turísticos de la comunidad.


La economía local ha experimentado una notable transformación en las últimas décadas, impulsada principalmente por el auge del enoturismo. Situado en plena Denominación de Origen Ribera del Duero, Peñafiel ha visto cómo bodegas de renombre internacional se sumaban a pequeños productores familiares para formar un tejido enológico que atrae a miles de visitantes cada año. Los recorridos por las bodegas subterráneas, excavadas en la roca durante siglos, se han convertido en una experiencia imprescindible para quienes buscan comprender la relación del pueblo con el vino.


El patrimonio religioso también añade profundidad a la identidad peñafielense. Iglesias como la de San Pablo, con su característico estilo gótico-mudéjar, o el Convento de San Francisco, que alberga parte del Museo Comarcal, dan cuenta del esplendor artístico que impregnó la villa en tiempos pasados. Cada uno de estos edificios contribuye a dibujar una narrativa histórica que fusiona espiritualidad, poder señorial y tradición popular.


Hoy, Peñafiel se presenta como un destino que ha sabido equilibrar modernidad y raíces. Con una oferta gastronómica vinculada al lechazo asado y al vino de la Ribera, un patrimonio monumental de primer orden y una agenda cultural en constante crecimiento, el municipio se consolida como una referencia turística dentro de Castilla y León. Sus calles, su historia y su paisaje siguen invitando al viajero a detenerse y mirar, como si cada rincón contara un capítulo más de una larga crónica castellana.


Valle del Lago, Somiedo: el escenario natural que merece su propia película

Redacción (Madrid)

En Asturias hay rincones que parecen ajenos al paso del tiempo, lugares donde la naturaleza recupera su voz más antigua y donde el paisaje se convierte en una narrativa en sí misma. Entre ellos, el Valle del Lago, en el Parque Natural de Somiedo, es una joya que ha desbordado fronteras gracias a su uso como escenario en la nueva película de Los Juegos del Hambre. Pero antes de la alfombra roja, antes de los focos, este valle ya era un protagonista silencioso: un paraíso de alta montaña cuya belleza no necesita edición.

Al llegar a Valle del Lago, la aldea que da nombre al valle y que sirve como punto de partida de muchas rutas, el visitante comprende de inmediato que el lugar tiene algo de irreal. Las casas de piedra, los hórreos que descansan como guardianes antiguos, el aire transparente que parece recién estrenado… todo envuelve al viajero en una sensación de quietud primitiva.

Pocos destinos en la península ofrecen una transición tan suave entre lo rural y lo salvaje. Es un valle que se adentra gradualmente en la montaña, como si invitara al caminante a formar parte de un cuento.

La ruta más célebre —y no sin razón— es la que conduce al Lago del Valle, el mayor lago glaciar de Asturias. El sendero asciende con calma, cruzando praderas, bordeando riachuelos y avanzando entre laderas que cambian de color con cada estación.

El Lago del Valle aparece de repente, como un tesoro desvelado. Un espejo de aguas profundas, encajado entre picos que parecen gigantes dormidos. En otoño, la gama de ocres y rojizos le da un dramatismo que fácilmente explica por qué una superproducción internacional lo eligió como telón de fondo. En invierno, el silencio es tanto que podría confundirse con un paisaje polar. En primavera y verano, los verdes intensos hacen difícil creer que uno sigue en España y no en algún rincón remoto de Escocia o Nueva Zelanda.

El Parque Natural de Somiedo, declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO, es uno de esos espacios donde la conservación es una forma de vida, no un eslogan. Aquí se respira la Asturias más auténtica y más agreste. Bosques húmedos, brañas con sus cabañas de teito —esas techumbres vegetales que parecen sacadas de un libro medieval— y una fauna que incluye al oso pardo cantábrico, el habitante más esquivo del valle.

El visitante no necesita verlo para sentirlo. Basta con caminar por los senderos, seguir rastros, escuchar el rumor del bosque.

La presencia del Valle del Lago en la nueva entrega de Los Juegos del Hambre ha servido para poner a Somiedo en el mapa internacional, pero el valle conserva intacta su esencia. No hay decorados permanentes ni huellas artificiales: el cine fue un invitado respetuoso.

Para el viajero, este detalle añade una capa más de fascinación. Es posible recorrer los mismos senderos que han aparecido en pantalla y descubrir que la realidad es incluso más sobrecogedora que la ficción.

Además de rutas y paisajes, Valle del Lago ofrece pequeñas experiencias que completan la estancia: degustar quesos artesanos, conversar con los habitantes del pueblo, escuchar historias de los pastores que aún suben al puerto, o simplemente sentarse a contemplar el atardecer, cuando la luz se vuelve líquida y dorada.

Para los amantes del trekking, Somiedo es un paraíso: rutas hacia el Lago del Valle, hacia las brañas de Sousas o Mumián, o hacia los puertos donde ver rebecos en libertad.

Para los que buscan desconexión, el valle es casi terapéutico: aquí el tiempo no desaparece, se dilata.

Visitar el Valle del Lago es entender que el turismo puede ser un acto de admiración. Que aún existen lugares donde el ser humano no es protagonista, sino invitado. Y que, justamente por eso, la experiencia es tan profunda.

Quien llega a Somiedo con expectativas cinematográficas descubre un paisaje que no solo está a la altura, sino que las supera. El valle no es un simple escenario: es un personaje. Y como todo buen personaje, se queda contigo mucho después de que termina el viaje.