Peñafiel, la joya histórica que corona el corazón de la Ribera del Duero

Redacción (Madrid)
Enclavado en el corazón de la provincia de Valladolid, Peñafiel se alza como uno de los bastiones históricos más reconocibles de Castilla y León. Su imponente castillo, dispuesto sobre una estrecha loma que domina todo el valle del Duero, recibe al visitante con la elegancia pétrea de los siglos. La silueta de esta fortaleza, convertida hoy en Museo Provincial del Vino, es un símbolo inseparable del territorio y uno de los iconos turísticos de la comunidad.


La economía local ha experimentado una notable transformación en las últimas décadas, impulsada principalmente por el auge del enoturismo. Situado en plena Denominación de Origen Ribera del Duero, Peñafiel ha visto cómo bodegas de renombre internacional se sumaban a pequeños productores familiares para formar un tejido enológico que atrae a miles de visitantes cada año. Los recorridos por las bodegas subterráneas, excavadas en la roca durante siglos, se han convertido en una experiencia imprescindible para quienes buscan comprender la relación del pueblo con el vino.


El patrimonio religioso también añade profundidad a la identidad peñafielense. Iglesias como la de San Pablo, con su característico estilo gótico-mudéjar, o el Convento de San Francisco, que alberga parte del Museo Comarcal, dan cuenta del esplendor artístico que impregnó la villa en tiempos pasados. Cada uno de estos edificios contribuye a dibujar una narrativa histórica que fusiona espiritualidad, poder señorial y tradición popular.


Hoy, Peñafiel se presenta como un destino que ha sabido equilibrar modernidad y raíces. Con una oferta gastronómica vinculada al lechazo asado y al vino de la Ribera, un patrimonio monumental de primer orden y una agenda cultural en constante crecimiento, el municipio se consolida como una referencia turística dentro de Castilla y León. Sus calles, su historia y su paisaje siguen invitando al viajero a detenerse y mirar, como si cada rincón contara un capítulo más de una larga crónica castellana.


Valle del Lago, Somiedo: el escenario natural que merece su propia película

Redacción (Madrid)

En Asturias hay rincones que parecen ajenos al paso del tiempo, lugares donde la naturaleza recupera su voz más antigua y donde el paisaje se convierte en una narrativa en sí misma. Entre ellos, el Valle del Lago, en el Parque Natural de Somiedo, es una joya que ha desbordado fronteras gracias a su uso como escenario en la nueva película de Los Juegos del Hambre. Pero antes de la alfombra roja, antes de los focos, este valle ya era un protagonista silencioso: un paraíso de alta montaña cuya belleza no necesita edición.

Al llegar a Valle del Lago, la aldea que da nombre al valle y que sirve como punto de partida de muchas rutas, el visitante comprende de inmediato que el lugar tiene algo de irreal. Las casas de piedra, los hórreos que descansan como guardianes antiguos, el aire transparente que parece recién estrenado… todo envuelve al viajero en una sensación de quietud primitiva.

Pocos destinos en la península ofrecen una transición tan suave entre lo rural y lo salvaje. Es un valle que se adentra gradualmente en la montaña, como si invitara al caminante a formar parte de un cuento.

La ruta más célebre —y no sin razón— es la que conduce al Lago del Valle, el mayor lago glaciar de Asturias. El sendero asciende con calma, cruzando praderas, bordeando riachuelos y avanzando entre laderas que cambian de color con cada estación.

El Lago del Valle aparece de repente, como un tesoro desvelado. Un espejo de aguas profundas, encajado entre picos que parecen gigantes dormidos. En otoño, la gama de ocres y rojizos le da un dramatismo que fácilmente explica por qué una superproducción internacional lo eligió como telón de fondo. En invierno, el silencio es tanto que podría confundirse con un paisaje polar. En primavera y verano, los verdes intensos hacen difícil creer que uno sigue en España y no en algún rincón remoto de Escocia o Nueva Zelanda.

El Parque Natural de Somiedo, declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO, es uno de esos espacios donde la conservación es una forma de vida, no un eslogan. Aquí se respira la Asturias más auténtica y más agreste. Bosques húmedos, brañas con sus cabañas de teito —esas techumbres vegetales que parecen sacadas de un libro medieval— y una fauna que incluye al oso pardo cantábrico, el habitante más esquivo del valle.

El visitante no necesita verlo para sentirlo. Basta con caminar por los senderos, seguir rastros, escuchar el rumor del bosque.

La presencia del Valle del Lago en la nueva entrega de Los Juegos del Hambre ha servido para poner a Somiedo en el mapa internacional, pero el valle conserva intacta su esencia. No hay decorados permanentes ni huellas artificiales: el cine fue un invitado respetuoso.

Para el viajero, este detalle añade una capa más de fascinación. Es posible recorrer los mismos senderos que han aparecido en pantalla y descubrir que la realidad es incluso más sobrecogedora que la ficción.

Además de rutas y paisajes, Valle del Lago ofrece pequeñas experiencias que completan la estancia: degustar quesos artesanos, conversar con los habitantes del pueblo, escuchar historias de los pastores que aún suben al puerto, o simplemente sentarse a contemplar el atardecer, cuando la luz se vuelve líquida y dorada.

Para los amantes del trekking, Somiedo es un paraíso: rutas hacia el Lago del Valle, hacia las brañas de Sousas o Mumián, o hacia los puertos donde ver rebecos en libertad.

Para los que buscan desconexión, el valle es casi terapéutico: aquí el tiempo no desaparece, se dilata.

Visitar el Valle del Lago es entender que el turismo puede ser un acto de admiración. Que aún existen lugares donde el ser humano no es protagonista, sino invitado. Y que, justamente por eso, la experiencia es tan profunda.

Quien llega a Somiedo con expectativas cinematográficas descubre un paisaje que no solo está a la altura, sino que las supera. El valle no es un simple escenario: es un personaje. Y como todo buen personaje, se queda contigo mucho después de que termina el viaje.

Elantxobe, el pueblo donde la tradición vasca sigue latiendo

Enclavado entre montañas verdes y envuelto por una neblina que parece pintada a propósito, el pequeño pueblo vasco de Aretxondo emerge como un refugio donde la tradición aún marca el compás de la vida diaria. Sus 1.200 habitantes mantienen un ritmo pausado, casi coreografiado, que contrasta con el dinamismo de las grandes ciudades. Al amanecer, el olor a pan recién horneado invade las calles empedradas, mientras los primeros vecinos conversan en euskera a las puertas de la panadería local, como si el tiempo allí hubiera decidido caminar más despacio.


El casco histórico del pueblo conserva la esencia medieval gracias a un cuidado meticuloso por parte de sus habitantes. Las casas de entramado de madera, adornadas con balcones floridos, parecen competir por cuál ofrece la estampa más pintoresca. La iglesia del siglo XVI, de estilo renacentista, preside la plaza principal, donde cada domingo se celebra un pequeño mercado de productores locales. Quesos, sidra y embutidos elaborados en los caseríos de la zona protagonizan un encuentro que congrega tanto a vecinos como a curiosos visitantes.


La economía de Aretxondo ha evolucionado con los años, adaptándose sin renunciar a su identidad. Aunque la ganadería y la agricultura continúan siendo pilares importantes, cada vez más jóvenes emprenden proyectos ligados al turismo rural y a la gastronomía. Pequeños hoteles familiares y restaurantes de cocina vasca reinterpretada se han convertido en un atractivo para quienes buscan una experiencia auténtica, lejos de las rutas turísticas más transitadas.


Las tradiciones, sin embargo, siguen siendo el alma del pueblo. Las fiestas patronales de agosto son un espectáculo de color y orgullo local. Desde los concursos de bertsolaris hasta las pruebas de harrijasotzaile —levantadores de piedra—, cada actividad muestra un pedazo del carácter vasco. Los bailes tradicionales, acompañados por txistus y tambores, llenan la plaza al caer la noche, creando un ambiente que mezcla emoción, historia y comunidad.


Aretxondo, con su equilibrio entre modernidad y raíz, se ha ganado un lugar especial en el mapa emocional de Euskadi. No es solo un destino turístico, sino un símbolo vivo de cómo un pueblo puede mantener su esencia sin renunciar al progreso. Sus habitantes lo saben y lo celebran cada día: en cada saludo, cada festividad y cada rincón donde las montañas abrazan al pueblo. Allí, la vida no solo se vive; se saborea, se comparte y se honra.

Thai Retiro, un viaje a Chiang Mai en pleno corazón de Madrid

Por Tamara Cotero

Fui a conocer Thai Retiro acompañada de varios compañeros de prensa y de Paco Cecilio, el reconocido empresario de moda, y todavía sigo pensando en cómo un restaurante recién llegado al centro puede transmitir tanta identidad desde el primer minuto. Thai Retiro, ubicado en la calle Villanueva 33, entre El Retiro y el barrio de Salamanca, es el nuevo salto de Thai Arturo Soria, uno de esos restaurantes que ya forman parte del imaginario gastronómico de Madrid. Sentarme allí, con el grupo, fue como asistir al nacimiento de una nueva etapa para un proyecto que muchos ya valoramos por su autenticidad y su elegancia.

Restaurante Thai Retiro, Madrid, Thai Artura Soria

Estefanía Serrano Dobbs, propietaria y alma máter de ambos espacios, nos recibió con la serenidad de quien tiene muy claro el camino que está recorriendo. Mientras nos acomodábamos, nos hablaba de su filosofía con la misma naturalidad con la que un chef habla de sus recetas favoritas. “No busco competir con Arturo Soria”, nos dijo, “sino ofrecer exactamente la misma experiencia gastronómica en pleno corazón de Madrid”. Y lo cierto es que se siente. La carta es la misma, los proveedores también, y esa obsesión por el equilibrio perfecto está presente en cada plato que llega a la mesa.

A medida que íbamos probando los entrantes, pensé en lo que realmente define a la alta cocina tailandesa y entendí el porqué del éxito del proyecto. Aquí no hay atajos: el pato de Rougié llega impecable y se desmenuza uno a uno para mantener su textura elegante; las carnes de Los Norteños aportan esa calidad que se nota incluso antes de probarlas; y los huevos de Huevos Redondo —Estefanía nos lo contaba con orgullo— conservan el sabor auténtico de lo rural. Todo, absolutamente todo, desde las salsas hasta las bases de los currys, se elabora en el propio restaurante y se conserva al vacío para mantener intacto su carácter. Nada se deja al azar.

El espacio en sí es otro viaje. Mientras charlábamos con Paco y el resto de compañeros, me fijé en cómo los detalles del interiorismo nos transportaban a Chiang Mai sin caer en lo caricaturesco. Son 100 metros cuadrados distribuidos en dos plantas, con capacidad para 40 comensales, y ese tamaño reducido es precisamente uno de sus encantos. Maderas naturales, tejidos auténticos y piezas que Estefanía ha traído directamente de Tailandia construyen una atmósfera cálida, íntima, casi confidencial. La barra invita a cenas informales y cócteles, mientras que los comedores de cada planta ofrecen una experiencia más reposada.

Cuando llegó la carta, reconocí de inmediato los clásicos que han hecho famoso a Thai Arturo Soria: las brochetas de pollo Kai Satee, los triángulos de pato Parn Thong… y, entre las novedades, esas Perlas Thai que nos dejaron conversando un buen rato sobre el equilibrio de sabores. Cada plato llegaba con un toque personal que distingue la cocina de Estefanía: precisión en los matices, respeto por la tradición tailandesa y un sello propio que se nota incluso antes de terminar el primer bocado.

Salir de Thai Retiro fue como cerrar una pequeña ventana a Chiang Mai en pleno Madrid, con la sensación de haber asistido a algo especial. Y mientras nos despedíamos, Paco bromeaba con que “a este sitio vamos a volver seguro”. Creo que todos pensamos lo mismo.

Probé el menú como quien se adentra en un viaje sensorial por Tailandia sin salir del restaurante, y cada plato parecía contarme una historia distinta. Comencé con los entrantes, una especie de preludio aromático que marcó el tono de toda la experiencia. Los Poh Pia, crujientes por fuera y suaves por dentro, me dieron la bienvenida con ese contraste tan característico de la cocina tailandesa: verduras frescas y pollo envueltos en un bocado ligero que desaparece casi sin darte cuenta. Después llegaron los Kai Sate, unas brochetas de pechuga de pollo bañadas en una crema de cacahuete y leche de coco que lo envolvía todo en un abrazo especiado; el curry amarillo de la marinada aportaba una calidez que se quedaba en el paladar más tiempo del esperado.

La sorpresa llegó con los Parn Thong, triángulos dorados y delicadamente crujientes que escondían en su interior magret de pato marinado y desmenuzado, jugoso y ligeramente dulce, una combinación que me obligó a mirarlos con la seriedad de quien descubre un pequeño tesoro. Poco después, las Perlas Thai se adueñaron de la mesa: vieras salteadas al wok, presentadas en su propia concha, sobre una salsa de ostras que equilibraba el sabor del mar con un toque profundo. La espuma de lemongrass, ligera y perfumada, completaba el plato con un toque elegante. Cerré esta primera parte del menú con la ensalada Vermicelli, fresca, ligera y llena de matices, donde los fideos de cabello de ángel se mezclaban con la acidez del jugo de lima y la intensidad delicada de la salsa de pescado.

Los principales fueron un despliegue de aromas más intensos, casi como cambiar de escena en un viaje gastronómico. El Pad Thai Sai Kai ofrecía el equilibrio clásico entre lo dulce, lo salado y lo ácido, con tallarines de arroz y verduras que se mezclaban perfectamente con tiras de pollo. El Massaman Thai, por su parte, llegó como un guiso reconfortante: curry rojo con ternera Angus que se deshacía con suavidad, anacardos tostados y patatas que absorbían la salsa hasta convertirse en bocados llenos de sabor. El Keeng Kiao Wham Praw aportó un giro verde y fragante, con curry aromático envolviendo pequeños taquitos de merluza rebozada y tomates cherry que estallaban en frescura.

El toque más vibrante lo puso el Khung Pad Kra Prouw, un plato al wok donde los langostinos conservaban su textura firme mientras las verduras al dente y el toque de chili aportaban esa chispa que despierta todos los sentidos. Para acompañar, el Khao Suai, un arroz Hom Malí tailandés suave y perfumado, actuó como el lienzo perfecto para equilibrar los sabores más intensos del menú.


Escapada a República Dominicana: el Caribe donde el amor también descansa

Redacción (Madrid)

Santo Domingo. — Hay lugares que parecen escritos para detener el tiempo. La República Dominicana es uno de ellos. Con su mezcla de playas infinitas, música que late en cada esquina y una hospitalidad tan cálida como su clima, el país se ha convertido en el escenario perfecto para una escapada romántica donde el Caribe no solo se mira: se siente.

Un paraíso con ritmo propio

Desde que el avión desciende sobre el turquesa del mar de Punta Cana, la isla ofrece un espectáculo que conquista los sentidos. Arena blanca, cocoteros que se inclinan con el viento y un olor a sal y ron que se confunde con la brisa.

Los resorts frente al mar combinan lujo y calma: desayunos frente al amanecer, spas con rituales de cacao y cenas bajo las estrellas con bachata de fondo. No es casualidad que República Dominicana sea uno de los destinos preferidos para lunas de miel y celebraciones íntimas.

Samaná: la joya secreta

Si Punta Cana representa el lujo y la comodidad, Samaná es el refugio natural donde las parejas buscan desconexión. En este rincón del noreste, las montañas se funden con el mar y las cascadas caen como promesas eternas.

En El Limón, una cascada de más de 40 metros, las parejas cabalgan entre selvas tropicales hasta un baño de agua cristalina. Al caer la tarde, el malecón de Santa Bárbara de Samaná se llena de música y puestos de pescado frito. La vida aquí tiene el ritmo lento y sincero de quien no tiene prisa.

Atardecer en Santo Domingo

En la capital, el amor se respira entre piedras coloniales. La Zona Colonial, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, conserva el encanto del primer asentamiento europeo en América. Cafeterías en patios coloniales, balcones cubiertos de buganvillas y calles adoquinadas invitan a perderse sin rumbo.

Ver caer el sol desde el Malecón, con una copa de vino dominicano en la mano, es una experiencia que mezcla historia, romance y melancolía caribeña.

El sabor del amor tropical

La gastronomía acompaña la experiencia. Un pescado fresco en Boca Chica, un sancocho compartido al atardecer o un brindis con ron añejo dominicano bastan para entender que la felicidad, en esta isla, se sirve sin artificios.

Un Caribe para dos

La República Dominicana ha aprendido a reinventarse sin perder su esencia. Más allá de los resorts de lujo, ofrece una mezcla única de cultura, naturaleza y emoción que conquista a quienes buscan una escapada con alma.

Entre el sonido de las olas y la cadencia de una bachata al caer la noche, los viajeros descubren algo más que un destino: un lugar donde el amor también puede descansar.

El Torcal de Antequera: un monumento natural tallado por el tiempo

Redacción (Madrid)

Ubicado en la provincia de Málaga, en el corazón de Andalucía, el Torcal de Antequera se alza como uno de los paisajes kársticos más impresionantes de Europa. Este paraje natural, declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 2016 junto con el Sitio de los Dólmenes de Antequera, es mucho más que un conjunto de formaciones rocosas: es un testimonio vivo del paso del tiempo, una obra maestra de la naturaleza que combina geología, biodiversidad y misticismo.

El Torcal debe su singular apariencia a millones de años de erosión y movimientos tectónicos. Antiguamente, esta zona estuvo sumergida bajo el mar, lo que explica la presencia de fósiles marinos en sus rocas calizas. Con el paso de los siglos, el agua y el viento esculpieron las piedras en curiosas figuras que recuerdan a animales, torres o castillos, creando un paisaje casi surrealista que parece sacado de otro mundo. Caminar por sus senderos es como recorrer un museo natural al aire libre, donde cada formación invita a la imaginación y al asombro.

Desde un punto de vista turístico, el Torcal de Antequera ofrece una experiencia única para quienes buscan conectar con la naturaleza y la historia geológica de la Tierra. Existen varias rutas de senderismo —de diferente dificultad— que permiten explorar el entorno: la Ruta Verde, ideal para familias; la Ruta Amarilla, más extensa y panorámica; y la Ruta Roja, recomendada para senderistas experimentados. Además, el Centro de Visitantes “Torcal Alto” ofrece información, exposiciones y visitas guiadas que enriquecen la comprensión del lugar.

El atractivo del Torcal no se limita a su geología. La flora y fauna del paraje constituyen un ecosistema valioso y diverso: cabras montesas, zorros, buitres leonados y halcones peregrinos sobrevuelan el cielo sobre un tapiz de sabinas, encinas y plantas endémicas adaptadas al clima rocoso. Para los amantes de la fotografía o la observación de aves, el Torcal es un escenario privilegiado.

Además, su proximidad a la ciudad de Antequera, con su patrimonio monumental y su gastronomía andaluza, lo convierte en un destino turístico integral. Muchos visitantes combinan la excursión al Torcal con una visita a los Dólmenes de Menga y Viera o al mirador de El Torcal Alto, desde donde se puede contemplar el famoso “mar de piedras” que da nombre al lugar.

En definitiva, el Torcal de Antequera es un símbolo de la belleza natural andaluza y una lección de humildad ante la fuerza transformadora de la naturaleza. Su valor no reside únicamente en su espectacularidad visual, sino también en su capacidad para recordarnos la antigüedad de nuestro planeta y la necesidad de conservar estos espacios únicos. Visitarlo no es solo hacer turismo: es vivir una experiencia sensorial y espiritual, donde el silencio, la piedra y el viento cuentan historias de millones de años.

Entre montañas y mar, la vida en Cangas de Onís, el corazón de Asturias

Redacción (Madrid)


Cangas de Onís, uno de los enclaves más emblemáticos del oriente asturiano, se levanta como un testimonio vivo de la historia, la naturaleza y las tradiciones del Principado. Situado a orillas del río Sella y rodeado por los Picos de Europa, este municipio combina el encanto de la vida rural con un dinamismo turístico que crece cada año. A tan solo media hora de la costa, sus calles empedradas y su famoso Puente Romano son parada obligada para miles de visitantes que buscan descubrir la esencia más pura del norte.


El Puente Romano, con su icónica cruz colgante, no solo es símbolo de Cangas de Onís, sino también del nacimiento del Reino de Asturias. Aquí, la historia se palpa en cada rincón: la cercana Basílica de Covadonga y su cueva sagrada evocan los orígenes de la monarquía asturiana y el espíritu de resistencia que marcó el inicio de la Reconquista. Los lugareños, orgullosos de su pasado, mantienen vivas las fiestas y tradiciones, desde las romerías hasta las ferias ganaderas que dan vida a la plaza del mercado.


Pero Cangas de Onís no vive solo de su legado histórico. En los últimos años, ha sabido reinventarse como un destino sostenible y gastronómico. Los restaurantes locales ofrecen desde el clásico cachopo hasta quesos artesanales elaborados con leche de vacas que pastan en los verdes prados del concejo. El turismo rural ha encontrado aquí su mejor escaparate: casas de piedra rehabilitadas, rutas de senderismo que se adentran en los valles y un ambiente que invita a la desconexión.


Los habitantes del pueblo, que apenas superan los seis mil, combinan hospitalidad y discreción. En los bares del centro, las conversaciones transitan entre el tiempo, la cosecha y el fútbol, mientras los visitantes disfrutan de una sidra escanciada con la maestría que solo los asturianos dominan. El ritmo de vida es pausado, pero no inmóvil; las nuevas generaciones, muchas formadas en Oviedo o Gijón, regresan para impulsar proyectos locales, desde pequeñas empresas turísticas hasta talleres artesanos.


Así, Cangas de Onís se mantiene como un puente —no solo físico, sino simbólico— entre el pasado y el futuro de Asturias. Es un lugar donde la historia respira al compás de la naturaleza, donde las montañas custodian secretos de siglos y donde la vida cotidiana se entrelaza con la belleza de un paisaje que parece detenido en el tiempo. Quien lo visita, rara vez se va sin prometer volver.

El Hotel Balneario de La Hermida: un refugio de bienestar entre montañas cántabras

Redacción (Madrid)

En el corazón del desfiladero de La Hermida, un impresionante cañón tallado por el río Deva en Cantabria, se encuentra uno de los destinos termales más destacados del norte de España: el Hotel Balneario de La Hermida. Este enclave, rodeado de montañas, ríos y naturaleza salvaje, combina historia, salud y turismo en un entorno de belleza incomparable. Más que un simple alojamiento, el Balneario de La Hermida es una experiencia de descanso y conexión con la naturaleza, una invitación al bienestar físico y emocional.

Las aguas termales de La Hermida son conocidas desde tiempos antiguos por sus propiedades curativas. Ya en el siglo XIX, el lugar se convirtió en un punto de encuentro para viajeros y aristócratas que acudían a aprovechar las virtudes terapéuticas de sus manantiales sulfurosos. En 1881 se construyó el primer balneario, que pronto alcanzó fama nacional como uno de los centros termales más prestigiosos de España.

Tras décadas de esplendor y un periodo de abandono, el edificio fue cuidadosamente restaurado y reabierto en el siglo XXI como el Hotel Balneario de La Hermida, un espacio que conserva el encanto histórico de sus orígenes y lo combina con el confort de la modernidad. Hoy, el visitante puede disfrutar de un lugar donde la tradición termal renace con una nueva vocación turística.

El principal atractivo del balneario son sus aguas mineromedicinales, que emergen a una temperatura natural cercana a los 60 °C. Estas aguas, ricas en azufre, calcio y magnesio, son recomendadas para tratar afecciones respiratorias, dermatológicas y reumáticas, además de ofrecer un profundo efecto relajante.

El complejo dispone de modernas instalaciones de hidroterapia: piscinas termales, baños de burbujas, duchas vichy, saunas, chorros cervicales y zonas de contraste térmico. Todo ello en un ambiente tranquilo y silencioso, donde el visitante puede desconectar del ritmo acelerado de la vida urbana. El sonido del río Deva y el aroma a montaña completan una experiencia sensorial única.

Más allá del balneario, el entorno natural de La Hermida ofrece innumerables oportunidades para el turismo activo. Situado en la Comarca de Liébana, a las puertas del Parque Nacional de los Picos de Europa, el hotel se convierte en un punto ideal para practicar senderismo, rutas en bicicleta o deportes de aventura. Los pueblos cercanos —como Potes, Bejes o Tresviso— conservan la arquitectura tradicional cántabra y una gastronomía de montaña basada en productos locales, como el queso picón o el cocido lebaniego.

El balneario también se integra en la Ruta Lebaniega, un camino de peregrinación que enlaza con el Camino de Santiago, lo que atrae tanto a viajeros espirituales como a turistas interesados en el patrimonio cultural y religioso de la región.

El Hotel Balneario de La Hermida combina el confort moderno con la autenticidad rural. Sus habitaciones, decoradas con materiales naturales, ofrecen vistas al desfiladero y a los bosques que rodean el valle. El restaurante del hotel propone una cocina de inspiración cántabra, en la que se fusionan tradición y creatividad. Este equilibrio entre lujo y sencillez convierte al balneario en un destino ideal para quienes buscan descanso sin renunciar al contacto con la naturaleza.

El Hotel Balneario de La Hermida es mucho más que un alojamiento: es un refugio de salud, historia y belleza natural. Su ubicación privilegiada, en uno de los paisajes más espectaculares de Cantabria, junto con sus aguas termales de reconocidas propiedades, lo consolidan como un destino turístico de excelencia.
Visitar La Hermida es una experiencia integral: un viaje de bienestar que une cuerpo y mente, donde cada rincón invita al descanso y la contemplación. En un mundo cada vez más acelerado, este balneario representa una vuelta al equilibrio esencial entre el ser humano y la naturaleza.

Salamanca: patrimonio, saber y encanto en el corazón de Castilla

Redacción (Madrid)

En el corazón de Castilla y León, se alza una de las ciudades más bellas y emblemáticas de España: Salamanca. Conocida como la ciudad dorada por el tono cálido de su piedra arenisca, Salamanca combina historia, arte y vida universitaria en un solo espacio. Su riqueza monumental y su ambiente cosmopolita la han convertido en uno de los destinos turísticos más valorados del país, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1988.

Pocas ciudades en Europa logran conservar tan fielmente el espíritu de su pasado como Salamanca. Fundada por los vetones y más tarde romanizada, su historia se remonta a más de dos mil años. No obstante, su mayor esplendor llegó durante los siglos XV y XVI, cuando la Universidad de Salamanca, una de las más antiguas del mundo, se consolidó como un faro del conocimiento y la cultura humanista. Por sus aulas pasaron figuras tan ilustres como Fray Luis de León, Francisco de Vitoria o Miguel de Unamuno.

Pasear por las calles del casco histórico es como viajar en el tiempo. Cada edificio —desde las catedrales Vieja y Nueva hasta la majestuosa Plaza Mayor, considerada una de las más bellas de España— cuenta una historia de arte y poder. La arquitectura plateresca, con su refinado trabajo en piedra, otorga a Salamanca un estilo único que ha fascinado a viajeros durante siglos.

Salamanca es, ante todo, una ciudad de cultura. Su universidad no solo atrae a miles de estudiantes de todo el mundo, sino que también genera una atmósfera vibrante, juvenil y cosmopolita. Los visitantes pueden recorrer sus antiguos claustros, buscar la famosa rana tallada en la fachada universitaria —símbolo de suerte para los estudiantes— y admirar la Casa de las Conchas, un ejemplo emblemático del gótico civil español.

Los museos, teatros y festivales enriquecen la oferta cultural de la ciudad. El Museo de Art Nouveau y Art Déco, ubicado en la Casa Lis, es una joya para los amantes del arte. Además, Salamanca forma parte de la Ruta del Español, atrayendo a estudiantes extranjeros interesados en aprender la lengua y la cultura hispana en un entorno histórico incomparable.

El encanto de Salamanca no reside solo en sus monumentos, sino también en su vida cotidiana. En las terrazas de la Plaza Mayor, los visitantes disfrutan del ambiente alegre de los salmantinos, degustando productos típicos como el jamón ibérico de Guijuelo, el hornazo o los vinos de la región. La hospitalidad local y la combinación entre tradición y modernidad hacen que cada visita se convierta en una experiencia inolvidable.

Durante la noche, la ciudad adquiere un aire mágico. Los monumentos iluminados destacan el tono dorado de la piedra de Villamayor, creando una atmósfera que combina serenidad y esplendor. Este “baño de oro” convierte a Salamanca en un auténtico museo al aire libre, donde cada rincón invita a la contemplación.

Salamanca no es solo un destino turístico, sino una experiencia de encuentro entre el pasado y el presente. Su patrimonio arquitectónico, su tradición universitaria y su vitalidad cultural la convierten en un símbolo del saber y la belleza. Quien visita Salamanca no solo recorre una ciudad monumental, sino que participa de una historia viva que sigue inspirando a viajeros, artistas y estudiantes de todo el mundo.
En definitiva, Salamanca es una joya del turismo cultural español: un lugar donde el conocimiento, la piedra y la luz se unen para crear una de las ciudades más cautivadoras de Europa.

La Casa Winchester: misterio, arquitectura y leyenda en el corazón de California

Redacción (Madrid)

En la ciudad de San José, California, se alza una de las edificaciones más enigmáticas y fascinantes de los Estados Unidos: la Casa Winchester. Más que una simple mansión victoriana, este lugar es un laberinto arquitectónico cargado de historia, superstición y misterio. Su fama no solo proviene de su peculiar diseño, sino también del aura de leyenda que la envuelve, convirtiéndola en uno de los destinos turísticos más singulares del país.

La historia de la Casa Winchester comienza con Sarah Winchester, viuda de William Wirt Winchester, heredero de la fortuna generada por la empresa de rifles Winchester. Tras la muerte de su esposo y su hija, Sarah heredó una inmensa fortuna, pero también —según se cuenta— una maldición. Convencida de que los espíritus de las personas que murieron por las armas Winchester la perseguían, buscó consejo espiritual. Un médium le habría dicho que debía construir una casa en constante expansión para apaciguar a los fantasmas.

A partir de 1884, Sarah comenzó la construcción de su mansión, la cual continuó sin interrupciones hasta su muerte en 1922. Sin planos definitivos ni una organización clara, la casa creció como un laberinto caprichoso de pasillos, escaleras que no llevan a ninguna parte y puertas que se abren al vacío. Hoy en día, la mansión cuenta con más de 160 habitaciones, 10,000 ventanas, 2,000 puertas y 47 chimeneas, todo dentro de un complejo arquitectónico que parece desafiar la lógica.

La Casa Winchester es hoy un museo abierto al público que atrae a miles de visitantes cada año. Su recorrido ofrece una experiencia inmersiva donde la historia y el mito se entrelazan. Los guías narran las leyendas sobre los supuestos fantasmas que aún habitan los pasillos, mientras los visitantes se maravillan con la extravagancia de su diseño. Más allá del morbo sobrenatural, la mansión es también un testimonio de la arquitectura victoriana tardía y del ingenio artesanal de la época.

Los turistas pueden elegir distintos tipos de visitas: recorridos diurnos centrados en la historia y la arquitectura, o recorridos nocturnos a la luz de las linternas, que buscan resaltar su lado más misterioso. Durante la celebración de Halloween o el Día de los Muertos, la casa adquiere un ambiente especialmente atractivo para los amantes del suspenso y lo paranormal.

Más allá del mito, la Casa Winchester representa la compleja relación entre el dolor, la creatividad y la obsesión humana. Sarah Winchester, aunque vista por algunos como una mujer perturbada, también puede considerarse una visionaria que transformó su aflicción en una obra única. La mansión es, en cierto modo, un monumento al duelo convertido en arte, un espacio donde la arquitectura se convierte en expresión psicológica.

Visitar la Casa Winchester no es solo recorrer una edificación excéntrica, sino adentrarse en una historia donde la realidad y la leyenda se entrelazan. Es un viaje en el tiempo hacia la mentalidad del siglo XIX, cuando la fe en los espíritus convivía con el avance tecnológico. En definitiva, este lugar no solo atrae por su misterio, sino también por su capacidad de despertar la curiosidad y el asombro, recordándonos que el turismo también puede ser una experiencia de reflexión sobre los límites entre la razón y la imaginación.