Redacción (Madrid)
Rothenburg ob der Tauber, en el corazón de Baviera, parece resistirse al paso del tiempo con una determinación casi militante. Este pequeño pueblo alemán, de apenas once mil habitantes, se alza sobre una colina dominando el valle del río Tauber, envuelto por murallas medievales que han sobrevivido a guerras, incendios y a la modernidad acelerada del siglo XXI. Caminar por sus calles empedradas es entrar en una postal viva, donde cada fachada con entramado de madera cuenta una historia de siglos.

Fundado en la Edad Media y próspero durante el Sacro Imperio Romano Germánico, Rothenburg fue durante siglos un importante enclave comercial. Sin embargo, su declive económico tras la Guerra de los Treinta Años tuvo un efecto inesperado: el pueblo quedó prácticamente congelado en el tiempo. Esa “parálisis histórica” es hoy su mayor tesoro, conservado con celo tanto por las autoridades locales como por sus propios vecinos.

El casco antiguo es un compendio de símbolos del imaginario alemán: la plaza del mercado presidida por el Ayuntamiento renacentista, la iglesia de San Jacobo con su célebre altar tallado por Tilman Riemenschneider y la red de torres defensivas desde las que se obtienen vistas panorámicas del valle. Todo está pensado para el peatón, para la contemplación lenta, casi reverencial, de un pasado que aquí no es museo, sino vida cotidiana.

Pero Rothenburg no vive solo del recuerdo. Cada año recibe a millones de visitantes de todo el mundo, atraídos por su estética de cuento y por tradiciones que siguen vigentes, como el “Meistertrunk”, una representación teatral que revive un episodio histórico local. El turismo, aunque vital para la economía, plantea retos evidentes: cómo mantener la autenticidad sin convertir el pueblo en un decorado.

En ese delicado equilibrio entre conservación y futuro se juega el destino de Rothenburg ob der Tauber. Mientras el sol cae sobre los tejados rojizos y las campanas marcan las horas como lo han hecho durante siglos, el pueblo ofrece una lección silenciosa: a veces, avanzar no significa cambiar, sino saber proteger lo que merece permanecer.
