Viajar a las islas del mar Jónico es sumergirse en un Mediterráneo más íntimo y legendario. Situadas en la costa occidental de Grecia, estas islas —entre ellas Corfú, Cefalonia, Ítaca, Zante, Lefkada, Paxos y Kythira— ofrecen una experiencia turística rica en contrastes: playas de aguas cristalinas, montañas cubiertas de olivos, arquitectura veneciana y una cultura marcada por siglos de historia y mezcla de influencias.
Corfú, la más cosmopolita, combina palacios neoclásicos, fortalezas venecianas y callejuelas donde el tiempo parece haberse detenido. Su capital, Kerkyra, es Patrimonio de la Humanidad y un destino ideal para quienes buscan historia y sofisticación. Más al sur, Cefalonia y Lefkada deslumbran por sus playas dramáticas, como Myrtos o Porto Katsiki, donde el mar adquiere tonalidades imposibles de azul.
Ítaca, tierra de Ulises, es perfecta para viajeros literarios y contemplativos. Sus paisajes tranquilos, pueblos pequeños y rutas de senderismo permiten conectar con una Grecia más silenciosa y esencial. Zante (Zakynthos), por otro lado, atrae a quienes buscan una combinación entre belleza natural y vida nocturna, con lugares icónicos como la playa del Naufragio y cuevas marinas que parecen sacadas de otro mundo.
Más pequeñas, Paxos y Antipaxos son joyas escondidas, ideales para explorar en velero o en escapadas románticas. La transparencia de sus aguas y la tranquilidad de sus calas las convierten en un refugio para quienes huyen del turismo masivo.
Además de sus paisajes, las islas jónicas ofrecen una gastronomía sabrosa y generosa: pescados frescos, aceite de oliva local, vinos aromáticos y dulces tradicionales que hablan del cruce de culturas (griega, veneciana, otomana) que han dejado huella en cada puerto, en cada iglesia, en cada fiesta.
En conjunto, las islas del mar Jónico son un viaje sensorial y emocional. Invitan a la pausa, al descubrimiento pausado, a perderse entre olivos centenarios y leyendas homéricas. Un destino que mezcla mar y memoria, ideal tanto para aventureros como para quienes buscan simplemente contemplar la belleza del mundo desde una terraza con vistas infinitas al azul.
Ubicada en la encrucijada entre Europa y Asia, Georgia es uno de esos destinos que sorprenden sin necesidad de grandes artificios. Con una historia milenaria, una cultura vibrante y paisajes que oscilan entre las cumbres nevadas del Cáucaso y las suaves colinas vinícolas de Kajetia, este pequeño país del Cáucaso se ha convertido en uno de los secretos mejor guardados del turismo global. Y quien lo descubre, rara vez lo olvida.
Tiflis, la capital, es el primer impacto: una ciudad marcada por sus contrastes. Callejones medievales conviven con arquitectura art nouveau, iglesias ortodoxas, sinagogas y mezquitas, y baños sulfurosos bajo cúpulas orientales. Pero más allá del trazado urbano, lo que enamora es su gente: los georgianos son hospitalarios por convicción cultural, y es común que un desconocido te invite a su casa a compartir vino y khachapuri (el tradicional pan con queso).
A nivel paisajístico, Georgia lo tiene todo: las montañas de Svaneti con sus torres defensivas; los monasterios excavados en roca como Vardzia o David Gareja; los valles verdes donde se produce vino con métodos que datan de hace 8.000 años, considerados los más antiguos del mundo. La región de Kajetia, en particular, es el paraíso del enoturismo, donde las bodegas familiares ofrecen degustaciones que son auténticas celebraciones.
También están sus playas en el mar Negro, como Batumi, con su arquitectura moderna y vida nocturna, que contrasta con los pueblos rurales donde el tiempo parece haberse detenido. Georgia ofrece una experiencia completa: espiritual en sus iglesias milenarias, épica en sus senderos montañosos, y sensorial en su comida especiada y su vino ámbar.
Viajar a Georgia no es solo recorrer un país, sino abrir una puerta a una historia profunda, a una cultura única marcada por el cruce de imperios, y a una forma de vivir donde la generosidad no es excepción, sino norma. Un destino ideal para el viajero curioso, amante de la naturaleza, la historia y los placeres sencillos pero memorables. Georgia no grita para atraer turismo: sus encantos susurran, y quien los escucha, queda marcado para siempre.
República Dominicana, reconocida por sus playas paradisíacas, su música vibrante y su hospitalidad inigualable, también es tierra de historias que se desvanecen con el tiempo. Más allá de los destinos turísticos y las grandes ciudades, existen lugares que alguna vez florecieron y hoy yacen en el abandono, atrapados entre la nostalgia y el silencio. Estos son cinco de los llamados “pueblos perdidos” del país: fragmentos de la historia nacional que resisten la desaparición total.
1. El Derrumbao (San Juan de la Maguana)
Ubicado a pocos kilómetros del embalse de Sabaneta, El Derrumbao fue una comunidad agrícola activa durante la primera mitad del siglo XX. Su nombre proviene de un deslizamiento de tierra que, según relatos locales, sepultó parte del caserío tras intensas lluvias en los años 40. La construcción de la presa en la década de los 70 obligó al reasentamiento de muchas familias, dejando el lugar como un caserío fantasma. Hoy, ruinas de casas de madera y huellas de caminos polvorientos son todo lo que queda.
2. Bajo Yuna Viejo (Duarte)
Las crecidas del río Yuna durante las décadas de los 60 y 70 forzaron el abandono de este pequeño poblado agrícola, que alguna vez fue un punto neurálgico para el cultivo de arroz. Sus habitantes fueron reubicados tierra adentro, y lo que antes era una comunidad floreciente es ahora un terreno fangoso, cubierto de cañaverales y pantanos. Los pocos que regresan, lo hacen solo para contar historias o rendir homenaje a sus ancestros.
3. La Cucarita (Monte Cristi)
Un pueblo cuyo nombre curiosamente contrasta con su belleza natural. La Cucarita fue fundado a principios del siglo XX por pescadores y comerciantes, y creció con la esperanza de ser un enclave productivo en la línea noroeste. Pero el aislamiento geográfico y la falta de infraestructura lo condenaron al olvido. En la actualidad, solo un par de casas semiderruidas y un cementerio invadido por maleza dan fe de que allí vivió gente.
4. Sabana Clara (Elías Piña)
Enclavado entre las montañas que dividen a Dominicana de Haití, Sabana Clara fue en su tiempo un refugio de campesinos y contrabandistas. Las tensiones en la frontera, la falta de servicios básicos y la migración forzada convirtieron al pueblo en un recuerdo. Hoy es difícil encontrarlo en un mapa; sin embargo, aún se escuchan historias de tesoros escondidos y encuentros místicos narradas por los más viejos de la zona.
5. El Naranjal (Peravia)
Este poblado, ubicado cerca de las faldas de la Sierra de Ocoa, fue destruido casi en su totalidad por un incendio forestal en los años 80, supuestamente originado por una quema agrícola mal controlada. El fuego devoró casas, cultivos y esperanzas. Aunque algunos intentaron reconstruirlo, la falta de apoyo gubernamental y el miedo a nuevos incendios llevaron a su abandono definitivo. Hoy, la naturaleza ha reclamado el espacio: el monte ha cubierto lo que fueron calles y patios.
Más que ruinas: memoria y advertencia
Estos pueblos perdidos no son solo vestigios físicos, sino advertencias silenciosas sobre el abandono rural, los efectos del cambio climático, y la fragilidad de las comunidades ante la desatención del Estado. Cada uno cuenta una historia de resistencia, tragedia y migración. Son, en muchos sentidos, cápsulas del tiempo que merecen ser escuchadas antes de desaparecer por completo.
El estado de Guanajuato, corazón cultural y culinario de México, es hogar de una sorprendente variedad de ingredientes endémicos que han dado forma a su gastronomía tradicional a lo largo de los siglos. Más allá de su sabor, estos elementos naturales poseen propiedades curativas, historia ancestral y, en algunos casos, significados esotéricos transmitidos por generaciones.
A continuación, algunos de los ingredientes que hacen única la cocina guanajuatense:
1. Xoconostle (Opuntia joconostle)
El equilibrio entre acidez, nutrición y tradición.
El xoconostle, fruto de una variedad específica de nopal (planta cactácea en forma de pala), ha sido utilizado por los pueblos otomíes y chichimecas desde tiempos prehispánicos. A diferencia de la tuna (higo chumbo), su sabor es más ácido y su piel más firme. Se utiliza para dar un toque agrio a caldos como el tradicional mole de olla. Es rico en vitamina C, fibra soluble y antioxidantes, lo que lo convierte en un excelente aliado contra la diabetes y el colesterol. Según creencias populares, se le atribuían propiedades protectoras contra «malas energías» al colocarlo cerca de las puertas del hogar.
2. Quelites (mezcla de hojas comestibles silvestres)
Los verdes olvidados que curan y nutren.
Los quelites como la verdolaga, el quintonil y el pápalo son recolectados de manera silvestre en los campos de Guanajuato. Eran consumidos ya por los mexicas y otomíes como parte esencial de su dieta. Estas hojas son fuente de hierro, calcio y clorofila, y se preparan en guisos, tamales o simplemente salteados. Curiosamente, algunos de estos quelites se consideran afrodisíacos naturales en la medicina tradicional.
3. Chile pasilla
Un chile oscuro con historia de resistencia.
Utilizado principalmente en el norte del estado de Guanajuato, este chile seco, oscuro y de sabor profundo, es fundamental en la elaboración de moles y adobos. Se cultiva en el semi-desierto bajo técnicas tradicionales que han pasado de generación en generación. Su capsaicina favorece la circulación sanguínea, y antiguamente se utilizaba en sahumerios para «limpiar el aire» antes de una ceremonia.
4. Maguey y sus derivados (Agave spp.)
La planta sagrada que lo da todo.
Del maguey se obtienen desde el aguamiel hasta la penca para envolver barbacoa. En Guanajuato, el uso del maguey está documentado desde la época prehispánica y es considerado símbolo de vida y abundancia. Su savia fermentada da origen al pulque, bebida ritual en muchas culturas indígenas. El aguamiel es un probiótico natural, mientras que la inulina del agave ayuda al sistema digestivo y al control de peso.
5. Pepita de calabaza criolla
Semilla de poder, nutrición y protección espiritual.
En pueblos guanajuatenses como Apaseo el Alto y Tarimoro, la pepita de calabaza se utiliza tanto en dulces como en salsas (como el tradicional pipián). Rica en zinc, omega-3 y magnesio, es considerada un superalimento. En rituales antiguos se usaba como amuleto de abundancia, y en algunas comunidades rurales aún se cree que comer pepitas protege contra «el mal de ojo».
Gracias al conocimiento milenario de las cocineras tradicionales de Guanajuato, estos ingredientes no solo sobreviven, sino que florecen en las mesas contemporáneas, siendo redescubiertos por chefs, nutricionistas y viajeros de todo el mundo. La cocina de Guanajuato no es solo un arte culinario: es una expresión viva de identidad, salud y espiritualidad.
Guanajuato, designado Capital Iberoamericana de la Gastronomía en 2015, continúa atrayendo a viajeros y amantes de la cocina en busca de experiencias auténticas, sostenibles y profundamente mexicanas.
Redacción (Madrid) Enclavado en las montañas del estado Mérida, el pintoresco pueblo de Jají es uno de esos lugares donde el tiempo parece haberse detenido. Fundado en el siglo XVI, este pequeño asentamiento colonial se ha convertido en un tesoro turístico por su arquitectura restaurada, sus paisajes imponentes y su ambiente tranquilo. A tan solo 34 kilómetros de la ciudad de Mérida, Jají ofrece una experiencia distinta, íntima y profundamente venezolana.
El principal atractivo de Jají es su casco histórico, meticulosamente restaurado en la década de 1970 para conservar su estilo original del período colonial. Sus calles empedradas, casas con balcones de madera, techos de tejas rojas y una plaza central presidida por la iglesia de San Miguel Arcángel, transportan al visitante a otra época. Caminar por sus veredas es reencontrarse con la historia viva de los Andes, entre susurros de antaño y el eco de campanas que aún marcan el ritmo del día.
Más allá de su arquitectura, Jají es un punto de encuentro con la naturaleza. Rodeado de montañas, cultivos de hortalizas y cafetales, el pueblo ofrece vistas panorámicas que encantan a cualquier viajero. Las caminatas por sus senderos o los paseos a caballo permiten una conexión profunda con el entorno andino. El clima fresco, con neblinas que bajan al atardecer, crea una atmósfera mágica difícil de encontrar en otros rincones del país.
La vida en Jají transcurre con una calma envidiable. Sus habitantes, amables y hospitalarios, mantienen vivas las costumbres del pueblo: la elaboración artesanal de dulces, las ferias agrícolas los fines de semana y las festividades religiosas que llenan de música y color sus calles. Es común ver a los vecinos sentados en la plaza conversando, compartiendo historias y recibiendo con cariño a los visitantes que llegan en busca de paz y autenticidad.
Jají no es solo un destino turístico: es un símbolo de resistencia cultural y de belleza preservada. En un país que enfrenta profundos cambios y desafíos, este pequeño pueblo andino recuerda la importancia de valorar nuestras raíces. Cada rincón de Jají cuenta una historia y ofrece un respiro para el alma, haciendo de él uno de los lugares más encantadores de Venezuela.
Con 37 ediciones a sus espaldas, el Festival de Cine de l’Alfàs del Pi es mucho más que un evento cultural: es una seña de identidad para todo el municipio. Conversamos con la concejala de Presidencia para conocer en profundidad su impacto en el desarrollo local, su proyección y los retos de futuro.
¿Qué significa para l’Alfàs del Pi contar cada año con un festival de cine con tanta trayectoria?
El Festival de Cine de l’Alfàs del Pi es, sin duda, el evento más importante a nivel turístico para nuestro municipio. Hace 37 años, un grupo de amigos soñó con que Alfàs, que entonces no era un destino turístico y tenía muy pocos habitantes, podía convertirse en un referente cultural y turístico en la comarca. Así nació este festival, que con el tiempo se ha consolidado como nuestro emblema por excelencia, tanto en lo cultural como en lo turístico.
Desde su punto de vista institucional, ¿cuál es el papel del festival en el desarrollo cultural del municipio?
Es fundamental. A partir de este festival se ha generado toda una estructura cultural que hoy incluye doce festivales a lo largo del año, casi uno por mes. Tras el Festival de Cine viene el Festival de Teatro, el Estiu-Festiu, el Festival de Jazz, Mozzarmanía, el Festival de Coros… Todos forman parte del calendario cultural de Alfàs y han contribuido a construir una identidad cultural muy sólida.
¿Cómo ha contribuido el festival a consolidar a Alfàs como un referente cultural dentro de la Comunidad Valenciana?
Alfàs del Pi, sin este festival, no tendría el reconocimiento que hoy tiene en el panorama autonómico e incluso nacional. En estos 37 años han pasado por aquí los mejores directores, actores, actrices, guionistas y productores del cine español. Todo ese recorrido está reflejado en nuestro Paseo de las Estrellas, al que algunos ya llaman con orgullo nuestro “Paseo de la Fama”.
¿Qué impacto tiene el festival en el turismo local? ¿Se nota en la llegada de visitantes y en la economía del municipio?
Claramente sí. Hay un antes y un después del Festival de Cine, tanto en términos turísticos como económicos. Muchos visitantes planifican sus vacaciones coincidiendo con el festival, y eso se refleja en las reservas de alojamientos. En el casco urbano, donde se concentra la actividad del festival, se amplía la capacidad de terrazas y espacios de restauración para aprovechar el incremento de público. Es una semana de gran movimiento y vitalidad para el comercio local.
¿Cómo se involucran los vecinos en el festival? ¿Existe un sentimiento de identidad compartida?
Sin duda. Si algún día desapareciera el Festival de Cine, la ciudadanía lo sentiría como una pérdida importante. La gente de Alfàs está orgullosa de este festival, de ver su municipio en televisión, en los medios, y de saber que forma parte de algo grande. El festival está muy arraigado en la comunidad local.
¿Qué tipo de actividades culturales paralelas se promueven durante el festival?
La programación es muy variada y está pensada para todos los públicos. Hay presentaciones de libros, encuentros con actores y directores, actividades infantiles, conciertos en la calle… Destaca la participación de la Sociedad Musical La Lira, que cada año ofrece un concierto especial como cierre del festival. Además, este año hemos incorporado por primera vez cursos de formación, con el objetivo de fomentar el talento emergente del cine español.
¿Qué medidas se han tomado desde el Ayuntamiento para aprovechar el festival como motor de promoción turística durante todo el año?
El festival no se limita a los 10 o 15 días de julio. Su presencia se extiende todo el año. Presentamos el cartel en FITUR, y este año, por ejemplo, hemos ido desvelando los nombres de los premiados a lo largo del calendario, lo que ha generado expectación continua. También celebramos el ciclo de Cine Solidario todos los jueves en la Casa de Cultura, donde la recaudación se destina a asociaciones locales. Todo esto refuerza la identidad cultural y social del festival durante los 12 meses del año.
¿De qué manera se proyecta la imagen de l’Alfàs del Pi a través del festival en medios nacionales e internacionales?
La mayor repercusión la tenemos a nivel nacional y autonómico, sobre todo en la Comunidad Valenciana. Este año, por ejemplo, hemos recibido una gran cantidad de cortos valencianos, lo que demuestra el peso que tenemos en el ámbito regional. A nivel internacional aún no hemos alcanzado una gran proyección, pero esperamos poder lograrlo en futuras ediciones.
¿Qué papel juegan las áreas de Cultura y Turismo en la organización del festival?
Es un trabajo totalmente coordinado. Cultura, con Manuel Casado al frente, organiza el festival; y Turismo, con Luis Morán, se encarga de su promoción. Ambos departamentos trabajan codo a codo bajo la supervisión del alcalde, Vicente Arques, que es el principal impulsor del proyecto. Este trabajo conjunto es lo que garantiza el éxito antes, durante y después del evento.
¿Qué retos y oportunidades ve para seguir potenciando el festival como herramienta estratégica?
El gran reto de los próximos años será incorporar una pata de formación sólida. Nuestra intención es firmar convenios con entidades como Ciudad de la Luz o el SCAC, para ofrecer formación en guion, producción, dirección… Queremos que Alfàs no solo sea un lugar donde se proyectan películas, sino también donde se forma a los profesionales del futuro del cine español.
Viajar en el tiempo no es posible, pero hay destinos donde la historia palpita con tanta fuerza que la experiencia se siente casi real. Uno de esos lugares es la ciudad egipcia de Alejandría, y más concretamente, el recuerdo vivo de su antigua biblioteca: un proyecto tan colosal como enigmático que sigue deslumbrando siglos después de su desaparición. La Biblioteca de Alejandría no fue simplemente un edificio repleto de rollos de papiro. Fue un ideal. Un espacio donde el saber no conocía fronteras, y donde la humanidad, en sus múltiples lenguas y creencias, trató de entenderse a sí misma a través de la razón y la palabra escrita.
Fundada en el siglo III a.C. bajo el mandato del rey Ptolomeo I Sóter, la biblioteca formaba parte del gran complejo del Mouseion, dedicado a las musas —diosas griegas de las artes y las ciencias—. Inspirada en la filosofía de Aristóteles y en el modelo de escuelas como la de Atenas, el objetivo de esta institución era ambicioso: reunir todo el conocimiento humano en un solo lugar. A tal fin, los reyes ptolemaicos emprendieron una política activa de adquisición de manuscritos. Se cuenta que todos los barcos que atracaban en el puerto de Alejandría eran inspeccionados, y cualquier libro a bordo era copiado —a veces confiscado— para incrementar los fondos de la biblioteca.
Esta acumulación no era un mero acto de coleccionismo. La biblioteca se convirtió rápidamente en un centro de investigación y debate, acogiendo a pensadores de distintas procedencias. Aquí trabajaron figuras como Eratóstenes, que calculó con sorprendente precisión la circunferencia de la Tierra; Hipatia, matemática y filósofa, símbolo de la última etapa del saber clásico; o Zenódoto y Aristarco, quienes editaron y comentaron obras homéricas y elaboraron teorías astronómicas revolucionarias. El conocimiento no se archivaba, se cultivaba.
Turísticamente, imaginar la biblioteca es asomarse a un ideal cosmopolita que pocas veces se ha repetido. Si bien su destrucción —producto de múltiples incendios, conflictos políticos y religiosos— ha quedado envuelta en leyendas, su huella es tan duradera que inspiró la creación, en 2002, de la Bibliotheca Alexandrina moderna, una joya arquitectónica frente al Mediterráneo. Diseñada por el estudio noruego Snøhetta, su estructura circular y sus muros grabados con escrituras de todo el mundo evocan la universalidad de su antecesora.
Quien visita hoy esta biblioteca moderna no encontrará papiros originales ni textos antiguos, pero sí una propuesta cultural ambiciosa, con archivos digitales, exposiciones temporales, planetario, museos y centros de investigación. Más que reconstruir lo perdido, se ha intentado resucitar su esencia: un lugar de encuentro para la diversidad intelectual, donde el saber es compartido y no encerrado.
En este sentido, la Biblioteca de Alejandría no es solo una excursión histórica, sino un destino simbólico. Representa lo mejor de la humanidad: su capacidad para conservar, transmitir y transformar el conocimiento. En tiempos de exceso informativo, polarización y fugacidad, recordar el espíritu de Alejandría es un acto profundamente actual. Viajar allí, sea físicamente o con la imaginación, nos conecta con un legado común, con la idea de que el saber no es propiedad de unos pocos, sino un bien que trasciende naciones, religiones y épocas.
Viajar a Cuba es, ante todo, entregarse al ritmo. No basta con recorrer sus calles coloniales, contemplar sus coches antiguos o saborear un buen ron; la verdadera esencia de la isla se encuentra en su música y, sobre todo, en su danza. Los bailes tradicionales cubanos no son solo una forma de entretenimiento, sino una expresión profunda de identidad, memoria y resistencia. Quien observa –o mejor aún, participa– en una de estas danzas, descubre mucho más que coreografías: encuentra un pueblo que ha aprendido a convertir el dolor en belleza y la historia en movimiento.
Uno de los pilares de esta tradición es el son cubano, un estilo nacido de la mezcla entre ritmos africanos y melodías hispánicas, que se desarrolló en la región oriental de Cuba. Bailado en pareja, el son es una conversación silenciosa entre cuerpos que se mueven al compás del tres, la marímbula y las claves. Su elegancia tranquila y su cadencia lo convierten en una forma de intimidad pública, donde la conexión con el otro es esencial.
Otro exponente fundamental es el danzón, originario de Matanzas, que floreció a finales del siglo XIX. A diferencia del son, el danzón se ejecuta con una estructura más rígida y ceremonial. Es un baile que invita a la contemplación, con pausas marcadas y un lenguaje corporal que evoca respeto y refinamiento. En sus salones, se respiraba la solemnidad de una época en la que el baile era un acto casi sagrado.
Por otro lado, la rumba representa la expresión más visceral de la danza popular cubana. Nacida en los barrios humildes y cargada de influencia africana, la rumba no necesita escenario ni vestuario especial: se baila con el cuerpo desnudo de artificios, impulsado por el tambor y el grito callejero. Dentro de ella, estilos como el guaguancó, el yambú o la columbia muestran variantes rítmicas que transforman la calle en ceremonia, desafío o seducción.
Y si se trata de religiosidad y raíces africanas, no se puede ignorar la importancia de los bailes vinculados a la santería. Estas danzas no son folclore decorativo, sino parte activa de un sistema espiritual que aún pervive con fuerza en la isla. Cada orisha (deidad) tiene su ritmo, su movimiento, su color. Cuando se baila para Yemayá, Oshún o Changó, no se busca lucirse, sino canalizar la fuerza de lo divino. Estas danzas son actos de fe, resistencia y memoria afrodescendiente.
Más contemporáneo, pero heredero de todo lo anterior, es el fenómeno de la salsa, una mezcla potente de son, guaracha, mambo y otros ritmos que, aunque se consolidó fuera de Cuba, tiene raíces profundamente cubanas. La salsa ha conquistado escenarios globales, pero en Cuba mantiene un sabor local, marcado por la espontaneidad y el ingenio de sus bailarines.
En resumen, los bailes tradicionales de Cuba son mucho más que un atractivo turístico o un espectáculo folclórico. Son una forma de habitar el mundo, una herencia viva que late en cada esquina, en cada fiesta improvisada, en cada taller de barrio. Bailar en Cuba no es solo moverse con ritmo: es narrar una historia colectiva, donde el cuerpo es archivo, protesta y celebración. Y en una isla donde tantas veces se ha intentado silenciar, el baile ha sido siempre una manera de hablar sin pedir permiso.
Redacción (Madrid) Ubicado en la apacible Bahía de las Islas, al norte de Nueva Zelanda, el pintoresco pueblo de Russell es un enclave donde la historia se mezcla con la belleza natural. Fundado a principios del siglo XIX, fue el primer asentamiento europeo permanente en el país y, durante un breve periodo, la primera capital de Nueva Zelanda. Hoy, Russell conserva ese aire de nostalgia con sus calles bordeadas por casas coloniales, su muelle centenario y la iglesia de Cristo, la más antigua del país aún en uso.
En sus inicios, Russell tenía una reputación áspera, conocida como el «Infierno del Pacífico» por su población de balleneros, comerciantes y buscadores de fortuna. Sin embargo, con el paso del tiempo, el pueblo se transformó en un tranquilo refugio costero. Su rica historia sigue presente en lugares como el Museo de Russell, donde se exhiben objetos maoríes, artefactos coloniales y documentos clave que narran la evolución del pueblo desde su fundación hasta la actualidad.
Además de su patrimonio, Russell destaca por su entorno natural. Rodeado por aguas cristalinas y colinas cubiertas de vegetación nativa, es un destino ideal para la navegación, la pesca deportiva y el avistamiento de delfines. Excursiones a la cercana isla Motuarohia o caminatas al mirador Flagstaff Hill, desde donde se obtienen vistas espectaculares de la bahía, hacen de Russell un lugar privilegiado para los amantes de la naturaleza.
La comunidad local, acogedora y comprometida con la conservación de su entorno, ha sabido equilibrar el desarrollo turístico con el respeto por su identidad. Pequeños cafés frente al mar, galerías de arte y alojamientos boutique han florecido sin alterar la esencia tranquila del pueblo. En verano, el lugar cobra vida con festivales culturales y eventos náuticos que atraen tanto a visitantes nacionales como internacionales.
Russell es, en definitiva, una joya neozelandesa que invita a detener el ritmo y reconectar con la historia, el paisaje y la gente. Su atmósfera serena y su riqueza cultural lo convierten en un destino imprescindible para quienes buscan una experiencia más profunda y auténtica en Aotearoa, la tierra de la larga nube blanca.
Samaná, República Dominicana – Enclavada en una península tropical bañada por el Atlántico, Samaná emerge como una de las joyas naturales más deslumbrantes del Caribe. A pesar de estar cada vez más presente en los catálogos de viajes internacionales, este rincón del noreste dominicano conserva aún el alma tranquila y auténtica que lo distingue del turismo masivo.
Naturaleza exuberante y biodiversidad única
Desde su capital, Santa Bárbara de Samaná, hasta las playas vírgenes de Las Galeras o los senderos ocultos del Parque Nacional Los Haitises, la provincia ofrece un espectáculo de biodiversidad difícil de igualar. Cascadas como El Limón, rodeadas de selva húmeda, contrastan con aguas turquesa donde se avistan manatíes, tortugas y miles de ballenas jorobadas que llegan cada invierno a la bahía para aparearse.
Cultura viva y legado histórico
Samaná no es solo un destino de postales; también es un crisol de culturas. La influencia afrodescendiente, fruto de la migración de esclavos liberados estadounidenses en el siglo XIX, dejó huella en su música, gastronomía y arquitectura. Pequeñas iglesias protestantes de madera, similares a las del sur de EE.UU., sobreviven como testigos de ese capítulo poco conocido de la historia caribeña.
Además, las comunidades pesqueras y agrícolas mantienen viva la tradición oral, el merengue típico y una cocina de mar que ha empezado a atraer a chefs internacionales interesados en el concepto de “kilómetro cero”.
Turismo sostenible y retos de conservación
El auge del turismo ha traído consigo desarrollo y empleo, pero también desafíos ambientales. Grandes resorts han comenzado a instalarse en áreas que hasta hace poco eran prácticamente vírgenes, generando preocupación entre ambientalistas y comunidades locales.
“Queremos desarrollo, sí, pero no a costa del paraíso”, afirma María Isabel Gómez, presidenta de una cooperativa ecoturística en Las Terrenas. “El modelo debe ser inclusivo y respetuoso con la naturaleza”.
En respuesta, varias organizaciones trabajan para consolidar un modelo de turismo sostenible. Proyectos como alojamientos ecológicos, senderos interpretativos o excursiones de observación de ballenas con códigos éticos están marcando el camino.
Una Samaná para descubrir
Con conexiones viales mejoradas, vuelos internacionales al Aeropuerto El Catey y una oferta hotelera que va desde el lujo hasta el ecoturismo, Samaná está más accesible que nunca. Pero su verdadero tesoro sigue siendo su gente amable, sus paisajes indomables y esa sensación de estar, por un instante, fuera del tiempo.