La playa de Oyambre: un tesoro natural del turismo en Cantabria

Redacción (Madrid)

Cantabria, en la costa norte de España, es reconocida por sus paisajes verdes, su patrimonio histórico y su litoral salvaje. Entre sus joyas más destacadas se encuentra la Playa de Oyambre, situada dentro del Parque Natural de Oyambre. Este enclave no es solo un destino de sol y playa, sino también un espacio protegido que combina belleza natural, actividades al aire libre y un profundo valor ecológico. El presente ensayo aborda la Playa de Oyambre como atractivo turístico, destacando sus características, su entorno y las experiencias que ofrece al visitante.

La Playa de Oyambre se extiende a lo largo de aproximadamente dos kilómetros de arena fina y dorada, bañada por las aguas del mar Cantábrico. Su paisaje se distingue por las dunas móviles, praderas y marismas que la rodean, lo que le otorga un carácter único frente a otras playas del norte español. Al estar dentro de un parque natural, el entorno se conserva en estado casi virgen, transmitiendo una sensación de autenticidad y tranquilidad al visitante.

La playa forma parte de un ecosistema de gran importancia ambiental. Las dunas costeras, los humedales y la presencia de aves migratorias convierten a Oyambre en un lugar idóneo para el ecoturismo. El viajero puede disfrutar no solo del mar y el sol, sino también de paseos por senderos naturales donde se observa la riqueza de la flora y fauna. Esta fusión entre turismo y naturaleza hace que la experiencia sea mucho más completa que la de un destino exclusivamente playero.

Oyambre es también un referente para los amantes del deporte al aire libre. Gracias a sus olas, se ha consolidado como un punto ideal para practicar surf y bodyboard, atrayendo tanto a principiantes como a surfistas experimentados. Además, sus extensos arenales permiten disfrutar de paseos a pie, rutas a caballo y actividades familiares. Durante los meses de verano, la playa se convierte en un espacio dinámico y animado, pero sin perder el equilibrio con su carácter natural y tranquilo.

Otro de los atractivos turísticos de la Playa de Oyambre es su cercanía a localidades de gran encanto. A pocos kilómetros se encuentra Comillas, célebre por su patrimonio modernista y por el Capricho de Gaudí, así como San Vicente de la Barquera, un pintoresco pueblo marinero con tradición pesquera. La visita se enriquece con la gastronomía cántabra, donde destacan los pescados frescos, los mariscos y el cocido montañés, que completan la experiencia turística con sabores auténticos de la región.

La inclusión de Oyambre dentro de un parque natural refleja el compromiso con un turismo responsable. Las normativas de conservación garantizan que la afluencia de visitantes no comprometa la biodiversidad del entorno. Así, el turista disfruta de un espacio limpio y protegido, al mismo tiempo que contribuye a la preservación de uno de los paisajes costeros más valiosos de Cantabria.

La Playa de Oyambre no es solo un destino de verano, sino un espacio que reúne naturaleza, deporte, cultura y gastronomía en un entorno privilegiado. Su belleza virgen, unida al valor ecológico del parque natural que la protege, la convierten en una experiencia turística integral y única en la costa cantábrica. Visitar Oyambre es descubrir un paraíso donde el mar y la tierra se encuentran en perfecta armonía, ofreciendo al viajero recuerdos imborrables de la esencia del norte de España.

El turismo del adriático antes de la guerra de Croacia: un destino de esplendor

Redacción (Madrid)

La costa del mar Adriático, particularmente en la actual Croacia, ha sido desde hace décadas un punto de atracción para visitantes de todo el mundo. Antes de los conflictos que afectaron a la región en los años noventa, el Adriático vivía una etapa de esplendor turístico, con playas concurridas, ciudades históricas en pleno auge y un ambiente mediterráneo que lo convertía en uno de los destinos más apreciados del continente europeo.

Desde mediados del siglo XX, la costa adriática experimentó un fuerte desarrollo turístico. Sus playas de aguas cristalinas, su clima templado y su patrimonio cultural hicieron que la región se consolidara como un lugar ideal para las vacaciones estivales. Familias, parejas y grupos de amigos viajaban en busca de sol, mar y relax en un entorno natural y hospitalario.

Entre los destinos más emblemáticos se encontraba Dubrovnik, célebre por sus murallas medievales y su casco antiguo, considerado una joya arquitectónica del Mediterráneo. Split también atraía a miles de turistas con el Palacio de Diocleciano, que servía como núcleo histórico y cultural de la ciudad. Zadar, con sus iglesias románicas y su ambiente portuario, ofrecía una experiencia única, mientras que Rijeka se consolidaba como un importante centro costero. Además, las islas de Hvar, Brač y Korčula eran reconocidas por sus paisajes, playas y animada vida veraniega.

El atractivo del Adriático residía en la combinación perfecta entre ocio costero y cultura. Las playas de guijarros y aguas limpias eran ideales para nadar, navegar o practicar deportes acuáticos. Al mismo tiempo, el visitante podía recorrer cascos antiguos, asistir a festivales de música o descubrir tradiciones locales en mercados y celebraciones. Este equilibrio entre descanso y enriquecimiento cultural hacía que los viajeros regresaran año tras año.

En los años previos a la guerra, el Adriático ofrecía una infraestructura turística bien desarrollada, con hoteles, campings, apartamentos privados y balnearios a lo largo de la costa. La hospitalidad de los anfitriones, sumada a la gastronomía mediterránea basada en pescado fresco, aceite de oliva y vinos locales, completaba una experiencia inolvidable para los visitantes.

Para quienes viajaron al Adriático antes de los años noventa, la experiencia se recuerda como un viaje a un paraíso mediterráneo: ciudades cargadas de historia, playas limpias y un ambiente acogedor que transmitía serenidad. Era un lugar donde la naturaleza, el patrimonio y la vida veraniega se unían para ofrecer vacaciones únicas e inolvidables.

El turismo del Adriático antes de la Guerra de Croacia vivió una etapa de esplendor marcada por la belleza de su costa, la riqueza de sus ciudades históricas y la calidez de su hospitalidad. Fue un destino que combinó sol, mar, cultura y tradición, dejando en los visitantes recuerdos imborrables de un Mediterráneo auténtico y encantador.

La gastronomía india de lujo, un viaje sensorial y cultural

Redacción (Madrid)

La India es un país que se distingue por su diversidad cultural, histórica y espiritual. Dentro de esa riqueza, la gastronomía ocupa un lugar privilegiado como reflejo de sus tradiciones milenarias y su identidad multicultural. Sin embargo, más allá de los sabores callejeros que caracterizan al país, ha emergido un segmento de turismo gastronómico enfocado en la alta cocina india. Este ensayo analiza la gastronomía india de lujo como experiencia turística, mostrando cómo combina tradición, sofisticación y hospitalidad para atraer a viajeros internacionales en busca de una vivencia única.

La cocina india se caracteriza por el uso magistral de especias como el cardamomo, el comino, el clavo, el azafrán y la cúrcuma. En el ámbito del lujo, estos ingredientes se reinterpretan bajo técnicas contemporáneas y presentaciones innovadoras. Restaurantes de prestigio ofrecen menús de degustación que elevan platos tradicionales como el biryani, el curry o los kebabs, transformándolos en experiencias gastronómicas exclusivas. El lujo no se encuentra únicamente en los ingredientes, sino en la capacidad de convertir recetas ancestrales en obras de arte culinario.

Ciudades como Nueva Delhi, Mumbai y Bangalore concentran restaurantes de lujo reconocidos en la escena internacional, algunos con estrellas Michelin. Espacios como Indian Accent en Nueva Delhi o The Table en Mumbai combinan el refinamiento gastronómico con un ambiente sofisticado que atrae a turistas de alto poder adquisitivo. El viajero no solo disfruta de una comida, sino de un ritual donde la atención al detalle, la decoración inspirada en la realeza mogol y el servicio impecable refuerzan la exclusividad de la experiencia.

La India cuenta con una de las ofertas más fascinantes de turismo de lujo: los palacios convertidos en hoteles. Cadenas como Taj Hotels y Oberoi ofrecen a sus huéspedes cenas en escenarios históricos, con vajillas de plata, música tradicional en vivo y menús diseñados por chefs de renombre. Degustar un curry de langosta en un antiguo palacio real de Rajasthan no es solo una comida, sino un viaje sensorial que conecta al turista con la herencia aristocrática del país.

El lujo gastronómico en la India también se vive a través de experiencias diseñadas para turistas: catas de té en plantaciones de Assam, cenas privadas en la ribera del Ganges en Varanasi, o cursos de cocina con chefs de prestigio. Estas propuestas permiten al viajero no solo degustar la cocina india, sino también comprender sus raíces culturales y la importancia de los rituales culinarios en la vida cotidiana.

La gastronomía india de lujo ha impulsado un segmento creciente del turismo cultural. Al atraer viajeros internacionales en busca de experiencias auténticas y sofisticadas, contribuye al desarrollo económico de las ciudades y a la preservación de tradiciones culinarias. Asimismo, proyecta una imagen moderna y cosmopolita de la India, capaz de competir con destinos gastronómicos globales como Francia, Italia o Japón.

La gastronomía india de lujo es mucho más que una propuesta culinaria: es un viaje sensorial que combina tradición, sofisticación y hospitalidad. Para el turista, representa la posibilidad de descubrir una India refinada y exclusiva, donde cada plato se convierte en una experiencia cultural. Así, el lujo gastronómico no solo satisface el paladar, sino que también ofrece un puente entre la herencia milenaria y la modernidad, consolidando a la India como un destino turístico único en el mundo.

Erasmus en Europa: un viaje turístico y cultural inolvidable

(Redacción Madrid)

El programa Erasmus se ha consolidado como una de las iniciativas más exitosas de la Unión Europea, no solo por su aporte académico, sino también por el aspecto turístico y cultural que ofrece a los estudiantes. Cada año, miles de jóvenes tienen la oportunidad de estudiar en universidades extranjeras, al mismo tiempo que descubren nuevas ciudades, tradiciones y formas de vida. Este ensayo explora el Erasmus desde una perspectiva turística, mostrando cómo la experiencia académica se entrelaza con la exploración cultural del continente europeo.

Uno de los grandes atractivos de Erasmus es la posibilidad de recorrer Europa con mayor facilidad. Al establecerse en una ciudad extranjera durante varios meses, los estudiantes no solo conocen su lugar de residencia, sino que también aprovechan la cercanía y la buena conexión de transportes para visitar países vecinos. Viajar en trenes de alta velocidad, aerolíneas de bajo coste y autobuses internacionales facilita una movilidad única, convirtiendo cada fin de semana en una nueva aventura.

Erasmus no se limita a recorrer lugares por ocio; se convierte en un viaje de aprendizaje cultural. Ciudades como Roma, París, Praga o Lisboa ofrecen a los estudiantes un contacto directo con la historia europea, su arte y su arquitectura. Museos, monumentos y festivales se integran en la vida cotidiana del estudiante, que pasa de ser un turista ocasional a un habitante temporal con la oportunidad de vivir la cultura desde dentro.

Además del patrimonio tangible, Erasmus brinda la posibilidad de sumergirse en una experiencia intercultural a través de la convivencia con personas de diferentes nacionalidades. Las fiestas, excursiones organizadas y encuentros internacionales son espacios donde el turismo se convierte en un intercambio social. Este “turismo de convivencia” permite conocer no solo el país anfitrión, sino también las costumbres y gastronomías de toda Europa, ya que cada grupo Erasmus reúne una gran diversidad cultural.

Uno de los aspectos más atractivos de la vida Erasmus es la gastronomía. Los estudiantes descubren nuevos sabores al probar platos típicos como la paella española, la pasta italiana, los quesos franceses o las cervezas belgas. Además, el día a día ofrece experiencias únicas: recorrer mercados locales, participar en celebraciones tradicionales, visitar bodegas, o simplemente compartir una cena internacional en una residencia estudiantil.

Un elemento cada vez más relevante es el enfoque sostenible. Los estudiantes Erasmus suelen optar por medios de transporte colectivos como el tren o el autobús, y practican un turismo consciente que prioriza el contacto directo con las comunidades locales. Esto convierte la experiencia en una oportunidad de fomentar un turismo más responsable y respetuoso con el medio ambiente y las culturas anfitrionas.

El Erasmus en Europa es mucho más que un programa de estudios: es una experiencia turística, cultural y social que transforma la forma en que los jóvenes perciben el mundo. Al mismo tiempo que se enriquecen académicamente, los estudiantes se convierten en viajeros activos, exploradores de ciudades, conocedores de culturas y embajadores de un turismo más humano. En definitiva, Erasmus no solo abre puertas al conocimiento, sino también a un viaje inolvidable por el corazón de Europa.

República Dominicana: un paraíso que conquista con su esencia caribeña

Redacción (Madrid)

En el corazón del Caribe late una isla que no solo deslumbra por sus playas de arena blanca y aguas turquesa, sino también por la calidez de su gente y la riqueza de su cultura. La República Dominicana se ha convertido en uno de los destinos más buscados del hemisferio, y no únicamente por el turismo, sino por la autenticidad de su identidad.

Con más de 1,500 kilómetros de costa, el país presume de rincones que parecen sacados de una postal. Punta Cana, Samaná y Puerto Plata atraen a visitantes de todo el mundo con sus resorts y paisajes paradisíacos. Sin embargo, la isla guarda tesoros menos conocidos que sorprenden por su belleza intacta: montañas que superan los 3,000 metros de altura en el Pico Duarte, cascadas escondidas en Jarabacoa y bosques tropicales donde la biodiversidad se manifiesta en cada rincón.

Más allá de sus paisajes, la República Dominicana es un país que se escucha y se saborea. El merengue y la bachata, declarados Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, no son solo géneros musicales: son parte de la vida cotidiana, un lenguaje universal que transmite alegría y pertenencia. En cada esquina, el ritmo contagia y se convierte en el reflejo de un pueblo que vive intensamente.

La gastronomía tampoco se queda atrás. Platos como el sancocho, la bandera dominicana (arroz, habichuelas y carne) o los tostones cuentan historias de mezcla cultural y tradición. Comer en la isla es viajar por sus raíces: africanas, taínas y europeas, fusionadas en recetas que se transmiten de generación en generación.

La hospitalidad dominicana completa el cuadro. El visitante no solo encuentra un lugar para vacacionar, sino un espacio donde sentirse en casa. Quizá esa sea la razón por la cual tantos deciden regresar: porque la República Dominicana no se limita a ser un destino turístico, sino una experiencia de vida, un lugar donde lo cotidiano se convierte en inolvidable.

El japonismo: un viaje cultural más allá del turismo

Redacción (Madrid)

Viajar no siempre significa trasladarse físicamente. Hay viajes que suceden en el terreno de las ideas, el arte y la sensibilidad. El japonismo —ese fenómeno cultural que fascinó a Europa en el siglo XIX y que aún inspira a viajeros y creadores en la actualidad— es una de esas travesías. Nacido del contacto entre Occidente y Japón tras siglos de aislamiento del archipiélago, el japonismo transformó la manera en que el mundo veía la belleza y abrió un puente cultural que hoy sigue siendo atractivo para quienes buscan experiencias turísticas distintas.

A mediados del siglo XIX, cuando Japón se abrió al comercio internacional, sus estampas ukiyo-e, cerámicas, lacas y textiles llegaron a París, Londres y otras capitales. La delicadeza de sus líneas, la asimetría de sus composiciones y el sentido poético de lo cotidiano cautivaron a artistas como Monet, Van Gogh o Degas. Hoy, el viajero interesado en el japonismo puede recorrer museos en Europa —como el Musée d’Orsay en París o el Museo Van Gogh en Ámsterdam— para observar cómo el arte japonés influyó en la pintura impresionista y en el modernismo.

El japonismo no se limita a las vitrinas de los museos. Ciudades como París o Barcelona conservan jardines, pabellones y colecciones privadas que permiten al turista seguir el rastro de esta fascinación. En Barcelona, el modernismo catalán adoptó motivos japoneses en arquitectura y diseño. En Viena, artistas de la Secesión incorporaron la estética japonesa en carteles y objetos decorativos. Viajar por estas ciudades es descubrir cómo Japón influyó en la manera en que Occidente entendía el arte y la vida urbana.

Pero ningún viaje de japonismo está completo sin mirar hacia su origen: Japón. En Kioto, los templos rodeados de jardines de musgo, los biombos dorados y las ceremonias del té permiten al visitante experimentar en carne propia aquello que inspiró a Europa hace más de un siglo. El viajero que recorre un mercado de antigüedades en Tokio o se sienta en un ryokan tradicional entiende de inmediato la fascinación que desató en artistas occidentales esa mezcla de sobriedad y sofisticación.

Hoy, el japonismo sigue vivo en el turismo cultural. Los viajeros no solo buscan el Japón real, sino también esa mirada híbrida que se gestó entre Oriente y Occidente. Exposiciones temporales, festivales de arte y rutas temáticas ofrecen experiencias que no son meramente contemplativas: son oportunidades de revivir un diálogo cultural que transformó la historia del arte y que sigue siendo fuente de inspiración.

El japonismo no es un capítulo cerrado, sino un puente que conecta culturas y épocas. Para el turista curioso, representa la posibilidad de emprender un doble viaje: hacia Japón y sus tradiciones, y hacia las ciudades europeas que adoptaron y reinterpretaron su estética. En ese trayecto, el viajero comprende que el turismo cultural no solo consiste en visitar lugares, sino en seguir huellas invisibles de un intercambio que cambió para siempre nuestra manera de mirar el mundo.

Seúl: tradición y modernidad en el corazón de Corea del Sur

Redacción (Madrid)

Seúl, la capital de Corea del Sur, es una de esas ciudades que no se explican solo con cifras ni mapas. Con más de 10 millones de habitantes y una energía que nunca descansa, esta metrópolis ofrece al viajero una mezcla única de tradición milenaria y vanguardia tecnológica. Quien llega descubre que Seúl no es únicamente un destino urbano: es un crisol de cultura, gastronomía, arquitectura y paisajes que sorprende en cada esquina.

A pesar de su modernidad, Seúl conserva un legado histórico visible en sus palacios y templos. El Palacio Gyeongbokgung, construido en el siglo XIV, es uno de los emblemas más visitados, con sus techos coloridos y guardias vestidos con trajes tradicionales. Los barrios hanok, como Bukchon Hanok Village, permiten al viajero pasear entre casas de madera centenarias que conservan el encanto de la vida coreana antigua. En estos espacios, el tiempo parece detenerse, ofreciendo un contraste fascinante con el dinamismo de la ciudad.

Al caer la tarde, Seúl revela su faceta más moderna. Zonas como Gangnam o Dongdaemun Design Plaza destacan por su arquitectura futurista, centros comerciales gigantescos y una vida nocturna que combina cafés temáticos, karaokes y clubes de moda. La Seúl Tower, ubicada en el monte Namsan, ofrece una vista panorámica de la ciudad iluminada, un espectáculo que muestra la magnitud de la capital surcoreana.

La comida callejera es parte esencial de la experiencia en Seúl. Mercados como Gwangjang invitan a probar platos icónicos como el tteokbokki (pasteles de arroz picantes), mandu (empanadillas) o el bindaetteok (tortilla de frijol mungo). Para quienes buscan algo más sofisticado, los restaurantes de alta cocina reinterpretan la gastronomía coreana con presentaciones modernas. Comer en Seúl no es solo alimentarse: es un recorrido cultural y sensorial que acerca al viajero a la esencia del país.

Aunque es una megaciudad, Seúl también ofrece respiros de naturaleza. El arroyo Cheonggyecheon, restaurado en pleno centro urbano, es un oasis para pasear entre jardines y fuentes. El Parque Namsan y el río Han son espacios donde locales y visitantes disfrutan de caminatas, ciclismo y picnics. Estos escenarios verdes muestran el equilibrio que la ciudad mantiene entre lo natural y lo urbano.

Seúl no es solo la capital de Corea del Sur, es un destino que se reinventa constantemente. Sus templos conviven con rascacielos, sus mercados tradicionales con centros tecnológicos de última generación, y su cultura ancestral con el dinamismo juvenil del K-pop y la moda. Para el turista, visitar Seúl significa sumergirse en una ciudad que nunca deja de sorprender, un lugar donde el pasado y el futuro caminan de la mano en un presente vibrante.

Cuba: la isla que se descubre con los cinco sentidos

Redacción (Madrid)

Hay lugares que se visitan con los ojos. Otros, con los pies. Pero Cuba se descubre con los cinco sentidos abiertos, como si la isla estuviera diseñada para invadir cada fibra del viajero. En cada rincón hay un aroma, un sabor, una textura, un sonido y un color que se imprimen en la memoria más allá de cualquier postal.

El sonido que vibra en la piel

Cuba no se escucha: se siente. Desde un tambor que resuena en una esquina hasta una guitarra que improvisa en un portal, la isla transforma la música en paisaje. No hace falta buscar un escenario: la melodía aparece sola, en el vaivén de una guagua, en el eco del mar contra el malecón o en la risa compartida en una terraza. Para el viajero, cada calle se convierte en una partitura en movimiento.

Colores que respiran

El azul del Caribe se funde con el verde de las palmas reales, mientras que las fachadas pintadas en tonos pasteles parecen saludar al sol con una sonrisa. Pero el verdadero espectáculo está en la forma en que la luz cubana lo transforma todo: al amanecer, los edificios son de oro; al mediodía, de blanco radiante; y al atardecer, adquieren ese tono anaranjado que parece pintado con pinceladas de fuego.

Sabores que cuentan secretos

En Cuba, cada plato es un diálogo entre la tierra y el mar. El viajero que prueba una langosta recién salida de la costa, un mango maduro caído de la mata o un café espeso servido en taza pequeña descubre que aquí los sabores no son solo gastronomía: son parte del carácter. Comer en la isla es una invitación a detener el tiempo, a sentarse y dejar que el paladar entienda lo que las palabras no alcanzan a decir.

Aromas que guían el camino

Cuba huele a salitre y a tierra húmeda, a tabaco recién torcido y a guayaba dulce. El olor a pan en la mañana anuncia que el día empieza con calma, mientras que el perfume de las flores tropicales en los jardines recuerda al viajero que aquí la naturaleza no se esconde: se muestra generosa, exuberante y cercana.

El tacto del viaje

Caminar descalzo por la arena tibia, tocar la madera gastada de una puerta antigua, sentir la brisa marina en la piel: Cuba es también una experiencia táctil. Hay algo en la textura del aire que envuelve, que obliga a bajar el ritmo y a dejarse llevar. En esta isla, el tiempo parece estar hecho para acariciarse, no para medirse.

Un viaje que permanece

Más allá de playas, montañas o ciudades, Cuba es una sensación completa. Es un lugar que no se lleva en la cámara, sino en la memoria sensorial de cada viajero. Por eso, quien la visita descubre que no importa cuánto tiempo pase: basta cerrar los ojos y dejar que un aroma, un sonido o un color lo devuelvan de inmediato a la isla.

La vida tranquila en Giethoorn, el “pueblo sin calles” de Holanda

En el corazón de la provincia de Overijssel se encuentra Giethoorn, un pintoresco pueblo neerlandés que parece detenido en el tiempo. Fundado en el siglo XIII por campesinos y excavadores de turba, su principal característica es la ausencia de carreteras en gran parte del casco antiguo. En lugar de asfalto, los visitantes y residentes se desplazan en pequeñas embarcaciones a través de más de siete kilómetros de canales, lo que le ha valido el sobrenombre de “la Venecia del Norte”.


Las viviendas típicas de Giethoorn, con techos de paja y jardines cuidados hasta el detalle, completan una estampa que atrae a miles de turistas cada año. Muchas de estas casas solo son accesibles por el agua o mediante estrechos puentes de madera, lo que refuerza la sensación de aislamiento y tranquilidad. Pese a la llegada del turismo masivo en las últimas décadas, los habitantes del pueblo mantienen viva la tradición de moverse en “punter”, unas embarcaciones de fondo plano que se empujan con pértigas.


El turismo, sin embargo, ha sido un arma de doble filo. Aunque ha generado prosperidad y empleo en restaurantes, alojamientos y excursiones guiadas, también ha supuesto un desafío para los residentes. Durante la temporada alta, la pequeña localidad de apenas 2.800 habitantes recibe miles de visitantes diarios, lo que en ocasiones genera congestión en los canales y un impacto medioambiental que preocupa a las autoridades locales.


Más allá de las postales idílicas, Giethoorn es también un ejemplo de cómo Holanda combina tradición y modernidad. El pueblo cuenta con infraestructuras sostenibles, energías renovables y un fuerte compromiso con la conservación del entorno. Sus canales, además de servir como vía de transporte, tienen un papel clave en el control de las aguas en una región históricamente vulnerable a las inundaciones.


Giethoorn sigue siendo, pese a los retos, un símbolo del carácter neerlandés: pragmático, creativo y en constante equilibrio con la naturaleza. Para el visitante, la experiencia de navegar en silencio por sus canales ofrece una ventana al pasado, pero también una reflexión sobre el futuro de las comunidades que logran prosperar sin renunciar a sus raíces.

República Dominicana: cómo disfrutar del paraíso evitando estafas comunes

Redacción (Madrid)

La República Dominicana es uno de los destinos más atractivos del Caribe. Sus playas de arena blanca, su oferta cultural y la calidez de su gente la convierten en una elección ideal para viajeros de todo el mundo. Sin embargo, como ocurre en muchos lugares turísticos, la masiva afluencia de visitantes también ha dado lugar a prácticas engañosas que pueden arruinar la experiencia. Conocer las estafas más frecuentes y saber cómo evitarlas es clave para disfrutar de unas vacaciones seguras y memorables.

Uno de los engaños más habituales se relaciona con el transporte. En aeropuertos y zonas turísticas, algunos conductores ofrecen traslados sin taxímetro o sin tarifas oficiales, lo que termina en precios excesivos. La recomendación es utilizar taxis registrados, aplicaciones móviles autorizadas o solicitar transporte directamente en el hotel, donde los precios están regulados.

En playas y centros urbanos es común encontrar personas que ofrecen excursiones, tours o actividades acuáticas a precios sospechosamente bajos. En muchos casos, estos servicios no cumplen con las medidas de seguridad mínimas o incluso no se realizan. Lo ideal es reservar siempre a través de agencias reconocidas o proveedores recomendados por el alojamiento.

Los mercados locales son coloridos y atractivos, pero algunos vendedores ofrecen artículos como ámbar o larimar —piedras semipreciosas típicas del país— que en realidad son imitaciones de resina o plástico. Para evitar fraudes, conviene comprar en tiendas certificadas o preguntar en oficinas de turismo por establecimientos confiables.

En algunos bares y restaurantes dirigidos a turistas, el menú puede no mostrar precios claros o se agregan cargos adicionales inesperados. Es recomendable preguntar antes de ordenar, verificar la cuenta al final y confirmar si el servicio está incluido para evitar pagar de más.

La República Dominicana sigue siendo un destino de gran belleza y hospitalidad, pero como en cualquier lugar muy concurrido, el visitante debe actuar con precaución. Informarse antes de viajar, optar por servicios oficiales y mantener una actitud alerta pero relajada permite disfrutar de playas, cultura e historia sin contratiempos. En definitiva, prevenir pequeñas estafas no solo protege el bolsillo: también asegura que el recuerdo de la isla sea el de un paraíso caribeño, y no el de una mala experiencia.