La Perla del Pacífico busca al Rey o Reina del Ceviche con un reto de un kilo en ocho minutos

Redacción (Madrid)

¿Es posible terminar un kilo de ceviche de camarón, acompañado de arroz, chifles y palomitas, en menos de ocho minutos? La respuesta se conocerá el próximo sábado 3 de octubre, durante la gran final de ‘Buscando al Rey o Reina del Ceviche’, una iniciativa organizada por La Perla del Pacífico que ha convertido durante las últimas semanas uno de los platos más reconocidos de la gastronomía ecuatoriana en el centro de un singular desafío gastronómico en Madrid.

La dinámica del concurso ha permitido a los clientes de los restaurantes participantes entrar en el sorteo de una plaza para la final. Para hacerlo, quienes consumían un ceviche de camarón, pescado o mixto recibían un ticket que debían depositar en las ánforas habilitadas en cada establecimiento. El próximo 30 de septiembre, a las 20:00 horas, se celebrará un sorteo en cada restaurante para seleccionar al representante que acudirá a la gran final.

Los participantes tendrán que enfrentarse a un único objetivo: terminar un kilo de ceviche con sus correspondientes acompañamientos en menos de ocho minutos. El ganador recibirá un premio de 1.000 euros, mientras que el segundo clasificado podrá disfrutar de ceviches gratis durante un año. El tercer puesto tendrá como recompensa una cena para dos personas y un kit sorpresa.

Mucho más que un reto gastronómico. Detrás de ‘Buscando al Rey o Reina del Ceviche’ existe también una intención cultural. La iniciativa pretende acercar y poner en valor la gastronomía ecuatoriana en Madrid a través de una propuesta abierta, entretenida y vinculada directamente con la comunidad hispana. La campaña reivindica además el carácter social de la cocina ecuatoriana, entendida como un punto de encuentro en torno a la mesa y como una forma de conservar tradiciones, sabores y costumbres lejos del país de origen.

Una historia familiar detrás de La Perla del Pacífico. La empresa comenzó su trayectoria en 1998 de la mano de Nelly Elizalde, quien llegó a España desde Ecuador y puso en marcha un proyecto familiar que ha ido creciendo durante más de dos décadas. Actualmente, La Perla del Pacífico cuenta con diez establecimientos en Madrid, situados en Ascao, El Carmen, Tetuán, Villaverde, Getafe, Oporto, Vista Alegre, Puente de Vallecas, Usera y Legazpi. La gestión del negocio continúa actualmente en manos de sus hijos y hermanos, que mantienen el carácter familiar con el que nació la empresa.

La gran final tendrá lugar el 3 de octubre. La competición se celebrará a las 20:00 horas en La Perla del Pacífico Usera, situada en la calle Rafaela Ybarra, 37. Los finalistas se enfrentarán en directo para intentar convertirse en el Rey o Reina del Ceviche. El evento estará abierto al público y contará con animación, ambiente festivo y diferentes sorpresas para los asistentes. En juego estarán un kilo de ceviche, ocho minutos y un premio de 1.000 euros.

Datos de la gran final

  • Evento: ‘Buscando al Rey o Reina del Ceviche’
  • Fecha: sábado 3 de octubre de 2026
  • Hora: 20:00 horas
  • Reto: terminar un kilo de ceviche con sus acompañamientos en menos de ocho minutos
  • Primer premio: 1.000 €
  • Segundo premio: ceviches gratis durante un año
  • Tercer premio: cena para dos personas + kit sorpresa
  • Lugar: La Perla del Pacífico Usera, calle Rafaela Ybarra, 37, Madrid
  • Reservas: 912 227 434

Una ruta por Latinoamérica, un viaje al corazón de un continente

Redacción (Madrid)

Hay viajes que se hacen para llegar a un lugar y otros que comienzan precisamente cuando uno deja de saber dónde terminará. Recorrer Latinoamérica pertenece a estos últimos. Es difícil atravesar este continente sin tener la sensación de que cada frontera abre una historia distinta, un paisaje nuevo y una manera diferente de entender la vida. Desde las montañas de México hasta las tierras australes de Argentina y Chile, el viajero encuentra volcanes, selvas, desiertos, ciudades coloniales, grandes ríos y pueblos donde el tiempo parece avanzar con otra velocidad. Pero Latinoamérica no es solamente una sucesión de paisajes. Es también una mezcla de culturas indígenas, herencias europeas, raíces africanas y sociedades que durante siglos han construido su identidad entre montañas, costas y selvas. Por eso una ruta por el continente no debería plantearse únicamente como una colección de destinos, sino como un viaje en busca de aquello que los une.

México, donde comienza el viaje. Ciudad de México puede ser una puerta extraordinaria para entrar en Latinoamérica. Es una ciudad enorme, contradictoria y llena de vida, donde las antiguas culturas mesoamericanas conviven con edificios coloniales, mercados populares y barrios que cambian de personalidad a cada calle. Desde allí, el camino puede dirigirse hacia Oaxaca, donde las tradiciones indígenas continúan teniendo una presencia visible, y después hacia Chiapas, una tierra de montañas y selvas donde las antiguas ciudades mayas aparecen entre la vegetación. Más al sur, la península de Yucatán abre otro paisaje: cenotes, pueblos, ruinas y una costa caribeña que recuerda que México contiene muchos países dentro de sus propias fronteras. El viajero empieza entonces a comprender que en Latinoamérica las distancias no se miden únicamente en kilómetros, sino también en culturas.

Guatemala y el mundo de los volcanes. Cruzar hacia Guatemala significa entrar en un territorio dominado por las montañas. Antigua Guatemala, con sus calles empedradas y edificios coloniales, conserva una belleza serena que contrasta con la fuerza de los volcanes que la rodean. Más adelante aparece el lago Atitlán, encerrado entre montañas y volcanes, donde las comunidades indígenas mantienen tradiciones, tejidos y lenguas que forman parte de la identidad del país. Es uno de esos lugares en los que el paisaje parece haber sido construido para obligar al viajero a detenerse. Al amanecer, cuando la niebla se levanta sobre el lago y las montañas comienzan a aparecer, resulta difícil pensar que exista una frontera entre naturaleza y memoria. Todo parece formar parte de la misma historia.

Colombia, donde el continente cambia de ritmo. El viaje continúa hacia Colombia, un país de geografías muy distintas. Bogotá aparece entre montañas, mientras Medellín se extiende por un valle profundo y Cartagena conserva frente al Caribe sus murallas y sus casas de colores. Pero quizá sea necesario abandonar las grandes ciudades para comprender otra Colombia. En la Sierra Nevada de Santa Marta, la selva asciende hacia las montañas y el Caribe permanece al fondo del horizonte. En el Eje Cafetero, las plantaciones cubren las laderas y los pequeños pueblos mantienen una relación cotidiana con la tierra. Colombia tiene esa capacidad de pasar de una región a otra como si cambiara de continente. El viajero descubre que aquí la diversidad no es una excepción, sino la regla.

Ecuador, un país pequeño con varios mundos. Pocas naciones concentran en un territorio relativamente reducido una variedad geográfica semejante. Quito se extiende entre montañas y conserva uno de los centros históricos más importantes de América Latina. Más al sur aparecen volcanes, lagunas y pequeñas poblaciones andinas, mientras hacia el oeste comienza la costa del Pacífico. Y después están las Galápagos, alejadas del continente y convertidas en uno de los grandes territorios naturales del planeta. Ecuador obliga a mirar hacia arriba y hacia abajo: hacia las cumbres de los Andes y hacia las profundidades del océano. Es un país donde la naturaleza parece haber querido demostrar cuántas formas puede adoptar en pocos kilómetros.

Perú, donde las montañas guardan la memoria. Llegar a Perú significa encontrarse con una de las grandes geografías de América. Lima mira hacia el Pacífico, pero basta viajar hacia el interior para que los Andes comiencen a dominar el horizonte. Cusco conserva las huellas de una civilización que construyó ciudades, caminos y terrazas en un territorio aparentemente imposible. El Valle Sagrado conduce entre montañas hacia Machu Picchu, pero sería un error reducir Perú a una sola ciudad perdida entre las cumbres. El lago Titicaca, los paisajes del altiplano, Arequipa, el desierto de Ica y la Amazonía peruana muestran un país que parece contener varios mundos. En Perú, la montaña no es simplemente un paisaje: es parte de la historia y de la vida cotidiana.

Bolivia, el país donde el cielo parece no terminar. Al cruzar hacia Bolivia, el paisaje adquiere una dimensión casi irreal. La Paz se encuentra suspendida entre montañas, mientras el altiplano se extiende hacia el horizonte. Allí aparece el Salar de Uyuni, una inmensa superficie blanca que durante la estación de lluvias puede transformarse en un espejo gigantesco donde el cielo parece confundirse con la tierra. Más allá están las lagunas de colores, los volcanes y los desiertos de altura. Bolivia es un país áspero y hermoso, donde las distancias vuelven a adquirir otra dimensión y donde las antiguas culturas andinas siguen presentes en las calles, en los mercados y en las comunidades.

Chile y Argentina, hacia el final del continente. Más al sur, los Andes continúan acompañando al viajero hasta convertir el paisaje en algo casi elemental. Chile ofrece el desierto de Atacama, uno de los territorios más secos del planeta, pero también los bosques y lagos de la Patagonia y los canales australes. Argentina, al otro lado de la cordillera, cambia nuevamente de rostro: Buenos Aires conserva una personalidad profundamente urbana y europea, mientras Mendoza vive bajo la sombra de los Andes y la Patagonia se abre en grandes extensiones de estepa, glaciares y montañas. Al llegar a Tierra del Fuego, el viaje parece encontrarse con su propio límite. Allí el continente termina entre viento, mar y montañas.

Pero una ruta por Latinoamérica nunca termina realmente. Porque el continente no se puede resumir en una carretera ni en una lista de países. Está en los mercados donde se mezclan lenguas, en las plazas coloniales, en las canciones, en el olor de la comida que sale de una cocina, en los autobuses que atraviesan montañas durante horas y en las conversaciones que empiezan sin que nadie conozca todavía al viajero. También está en la selva, en el desierto, en el Caribe y en los Andes. Recorrer Latinoamérica es comprender que sus fronteras políticas cuentan una historia, pero sus paisajes cuentan otra mucho más antigua.

Guyana, el país donde la selva todavía tiene la última palabra

Redacción (Madrid)

Hay países que parecen haber quedado deliberadamente apartados del ruido del mundo. Guyana es uno de ellos. En la costa norte de Sudamérica, entre Venezuela, Brasil y Surinam, este territorio verde y húmedo conserva una de las grandes selvas todavía poco conocidas del continente. Su nombre quizá no provoque en el viajero la misma familiaridad que Brasil, Perú o Colombia, pero basta mirar un mapa para comprender que aquí comienza una de esas geografías que todavía guardan espacios inmensos lejos de las carreteras y de las ciudades. Guyana es un país de ríos enormes, bosques tropicales, comunidades indígenas y llanuras donde la naturaleza parece ocupar más espacio que el hombre. En Georgetown, la capital, la vida tiene un aire caribeño; más allá de sus calles, sin embargo, comienza un territorio en el que las distancias se miden por el curso de los ríos y donde la selva continúa siendo la verdadera protagonista.

Georgetown, una puerta abierta al Caribe. El viaje comienza en una ciudad que puede resultar inesperada para quien llega por primera vez. Georgetown no tiene el aspecto de una gran capital sudamericana. Sus casas de madera, sus canales y su arquitectura de influencia británica recuerdan el pasado colonial del país, mientras los mercados, la música y la mezcla de culturas revelan una sociedad formada por descendientes de africanos, indios, europeos, chinos y pueblos indígenas. El mercado de Stabroek concentra buena parte de esa energía cotidiana: vendedores, frutas tropicales, especias y conversaciones que se cruzan bajo una estructura metálica que se ha convertido en uno de los símbolos de la ciudad. Pero Georgetown también es una ciudad marcada por el agua. Se encuentra prácticamente al nivel del mar y una compleja red de canales y diques protege sus calles de las aguas del Atlántico. Aquí el viajero comienza a entender que en Guyana el agua no es un elemento del paisaje: es parte de la propia vida.

Después de Georgetown comienza otra Guyana. Basta abandonar la costa para que el paisaje cambie de manera radical. Las carreteras se hacen más escasas y los grandes ríos empiezan a ocupar el lugar que en otros países corresponde a las autopistas. El Essequibo, el mayor río de Guyana, atraviesa una enorme extensión del territorio y conduce hacia regiones donde la presencia humana se vuelve cada vez más escasa. La selva guyanesa pertenece al gran ecosistema amazónico y conserva una extraordinaria riqueza biológica. Jaguares, monos, tapires, aves tropicales y numerosas especies de plantas viven en estos bosques, aunque para el viajero muchas veces la selva se presenta primero como un paisaje de sonidos: el agua, los insectos, las aves y el movimiento invisible de animales entre los árboles. Aquí no hace falta ver siempre a la fauna para sentir que está cerca.

Kaieteur, el salto de agua que aparece en mitad de la selva. Hay lugares que justifican por sí solos un viaje y Kaieteur es uno de ellos. El río Potaro se precipita desde una enorme meseta de arenisca y forma una de las grandes cascadas de Sudamérica. Su caída, de unos 226 metros, supera ampliamente la altura de las cataratas del Niágara en un único salto. Pero las cifras explican poco cuando uno se encuentra frente a ella. Kaieteur está rodeada por una naturaleza prácticamente intacta y su aislamiento forma parte de su carácter. No existe la sensación de estar ante un espectáculo construido para el turismo. El agua cae con una fuerza constante hacia la garganta inferior mientras la selva se extiende en todas las direcciones. El viajero contempla la escena y comprende que hay paisajes que no necesitan ser famosos para resultar extraordinarios.

La selva pertenece también a quienes la han habitado durante siglos. En Guyana viven diferentes pueblos indígenas, entre ellos comunidades amerindias que mantienen una relación profunda con los bosques y los ríos. En regiones como Rupununi, al sur del país, las sabanas se abren entre la selva y las montañas, creando uno de los paisajes más singulares de Guyana. Allí el horizonte se ensancha y aparecen comunidades rurales, ganado y pequeñas poblaciones rodeadas por una naturaleza todavía dominante. Viajar por esta región permite comprender que Guyana no puede reducirse a sus paisajes. Su verdadera riqueza también está en las personas que conocen los ríos, las plantas, los caminos y los ciclos de la selva. Son conocimientos transmitidos durante generaciones y que todavía resultan esenciales para quienes viven lejos de las ciudades.

Rupununi, donde el horizonte vuelve a abrirse. Después de atravesar territorios dominados por la selva, llegar a las sabanas de Rupununi produce una sensación casi extraña. La vegetación baja permite mirar mucho más lejos y las montañas aparecen aisladas sobre la llanura. Durante la estación seca, el paisaje adquiere tonos dorados y el cielo parece ocupar la mitad del mundo. Es una región especialmente conocida por su vida silvestre y por la posibilidad de observar especies que rara vez se encuentran en otros lugares. Pero quizá lo más hermoso sea la sensación de espacio. No hay grandes ciudades, ni tráfico, ni edificios que interrumpan la vista. Solo caminos de tierra, árboles dispersos, ganado y montañas lejanas. El tipo de paisaje que hace que el viajero vuelva a recordar lo pequeño que resulta el ser humano cuando desaparecen las ciudades.

Un país que todavía no se ha entregado por completo al turismo. Esa es quizá una de las grandes singularidades de Guyana. Mientras otros países de Sudamérica han construido enormes infraestructuras alrededor de sus grandes atractivos naturales, aquí muchas regiones continúan siendo difíciles de alcanzar. Eso exige tiempo, paciencia y cierta capacidad para aceptar que el viaje no siempre seguirá el ritmo que uno había imaginado. Los desplazamientos pueden ser largos, los caminos complicados y los ríos determinantes. Pero esa dificultad también conserva algo que resulta cada vez más raro: la sensación de descubrimiento. Guyana no parece esperar al viajero en cada esquina. Es necesario ir a buscarla.

Y quizá esa sea precisamente su mayor belleza. Guyana no es un país que se entregue inmediatamente. Hay que atravesar Georgetown, seguir los ríos, internarse en la selva, escuchar el silencio de las sabanas y aceptar que aquí la naturaleza todavía tiene más espacio que el hombre. Al final del viaje, quizá el recuerdo más poderoso no sea una ciudad ni una fotografía concreta, sino la sensación de haber estado durante unos días en un lugar donde el mundo parece avanzar a otra velocidad. Un país de agua, selva y horizonte, todavía escondido en una esquina de Sudamérica.

El Valle Sagrado, el lugar de Perú donde los Andes parecen guardar la memoria del mundo

Redacción (Madrid)

Hay lugares en los Andes donde la montaña deja de ser simplemente paisaje para convertirse en una presencia. El Valle Sagrado de los Incas es uno de ellos. Entre Cusco y Machu Picchu, el río Urubamba atraviesa un territorio de montañas enormes, terrazas agrícolas, pequeños pueblos y antiguas construcciones de piedra que todavía parecen formar parte de la tierra. El viajero llega buscando quizá las huellas de una civilización desaparecida, pero pronto comprende que el valle no pertenece únicamente al pasado. En sus campos todavía se cultiva, en sus mercados se venden tejidos y productos de las comunidades andinas y, sobre las montañas, el paisaje continúa dominando la vida de quienes viven aquí. Es un lugar donde el tiempo parece haberse acostumbrado a caminar despacio.

Un valle nacido entre montañas. El recorrido puede comenzar en Pisac, uno de los pueblos más conocidos del valle, donde las montañas se levantan alrededor del río y las antiguas terrazas incas ascienden por las laderas. Desde las alturas, el paisaje adquiere una dimensión difícil de imaginar desde el fondo del valle: las parcelas parecen dibujadas sobre las montañas y las ruinas se confunden con las piedras del terreno. Pisac posee también un mercado tradicional que se ha convertido en una de las imágenes más conocidas de esta región, pero basta alejarse de las calles más concurridas para encontrar otra realidad, mucho más silenciosa, donde los Andes recuperan su protagonismo. Allí el viajero descubre que el Valle Sagrado no se entiende mirando solamente sus monumentos, sino observando la relación que durante siglos ha existido entre la gente y la montaña.

Ollantaytambo, una ciudad detenida en la historia. Más adelante aparece Ollantaytambo, uno de los lugares donde esa relación resulta más evidente. Sus calles conservan parte de la estructura urbana inca y las grandes terrazas de piedra ascienden por la montaña como una gigantesca escalera construida por hombres que parecían no temer a la pendiente. Desde las ruinas, el valle se abre hacia el horizonte y resulta difícil no preguntarse cómo fue posible levantar aquellas construcciones en un territorio tan abrupto. Pero quizá la respuesta esté precisamente en la propia montaña. Los incas no intentaron dominar completamente el paisaje: aprendieron a construir dentro de él. Las terrazas, los canales y los caminos siguieron las formas del terreno, convirtiendo la arquitectura en una continuación de la naturaleza.

La montaña también se encuentra en las mesas. El Valle Sagrado es una tierra agrícola y esa condición continúa siendo esencial para comprenderlo. En sus campos crecen diferentes variedades de maíz, patatas y otros productos andinos que durante siglos sostuvieron a las comunidades de la región. El maíz, en particular, tiene aquí una importancia que va mucho más allá de la alimentación. Forma parte de una cultura agrícola profundamente ligada a las montañas, al agua y a los ciclos de la tierra. En los mercados, en los pequeños restaurantes y en las casas de los pueblos aparece una gastronomía que todavía conserva ese vínculo con el territorio. Comer aquí es, en cierta manera, probar una parte de los Andes.

Entre pueblos, caminos y antiguas terrazas. Lo hermoso del Valle Sagrado es que no termina en sus grandes monumentos. Hay caminos que se pierden entre las montañas, pequeñas comunidades donde todavía se mantienen tradiciones textiles y senderos desde los que el viajero puede contemplar el valle desde otra perspectiva. En lugares como Chinchero, las técnicas tradicionales de tejido siguen formando parte de la identidad local y los colores de las prendas parecen competir con los tonos de la montaña. Aquí las culturas andinas no son solamente una cuestión arqueológica. Siguen vivas en las manos de quienes tejen, en las fiestas, en la agricultura y en las formas de relacionarse con la tierra.

El río Urubamba y el camino hacia Machu Picchu. El río acompaña buena parte del recorrido y funciona casi como una columna vertebral del valle. Sus aguas avanzan entre las montañas mientras el paisaje se vuelve progresivamente más estrecho al acercarse hacia Machu Picchu. Entonces el viajero comprende que el Valle Sagrado no es únicamente un destino independiente, sino también una especie de antesala natural hacia una de las grandes maravillas arqueológicas del mundo. Pero conviene no atravesarlo con demasiada prisa. Quien solamente utiliza el valle como camino hacia Machu Picchu corre el riesgo de perder precisamente aquello que hace especial este territorio: sus pueblos, sus montañas, sus campos y esa sensación de estar recorriendo un paisaje que ha sido habitado y trabajado durante siglos.

Un lugar donde el pasado todavía respira. Quizá la mayor fascinación del Valle Sagrado se encuentre en esa mezcla de tiempos. Las piedras incas conviven con iglesias coloniales, las antiguas terrazas agrícolas continúan formando parte del paisaje y las comunidades mantienen costumbres que sobrevivieron a la transformación del mundo andino. No es un museo. Es algo mucho más complejo: un territorio vivo donde el pasado permanece visible mientras el presente continúa escribiendo su propia historia. Al caer la tarde, cuando las montañas comienzan a oscurecerse y las últimas luces iluminan las terrazas, resulta fácil comprender por qué los antiguos habitantes de los Andes miraban hacia las montañas con respeto. Para ellos, aquellas cumbres no eran simplemente rocas. Eran parte de un mundo que tenía memoria.

Japón en octubre, el viaje en el que el otoño se convierte en una forma de vivir

Redacción (Madrid)

Hay viajes que uno hace para conocer un país y hay otros que parecen diseñados para conocer una estación. Japón pertenece a los segundos. Cuando llega octubre, el verano comienza a retirarse y el país cambia lentamente de rostro. Las montañas del norte y las zonas de mayor altitud empiezan a teñirse de rojos, amarillos y ocres, mientras los templos, los jardines y las antiguas ciudades recuperan una serenidad que parece formar parte de su propia arquitectura. Octubre ofrece además temperaturas generalmente agradables para caminar y descubrir el país, después de que haya quedado atrás buena parte de la temporada de tifones. Es tiempo de cosechas, de festivales, de excursiones y de una gastronomía que encuentra en el otoño algunos de sus mejores productos.

Tokio, la puerta de entrada a un país que nunca parece terminar. El viaje puede comenzar en Tokio, donde el otoño llega de una manera diferente. La ciudad continúa siendo inmensa, ruidosa y vertiginosa, pero basta con entrar en uno de sus jardines para descubrir que Japón sabe cambiar de ritmo en cuestión de minutos. Octubre permite recorrer barrios, templos, mercados y parques con un clima más amable, mientras en las regiones del norte los primeros colores del otoño ya empiezan a dominar el paisaje. Tokio todavía no vive en octubre el momento culminante del follaje que llegará más tarde, pero precisamente por eso puede ser un buen punto de partida para comprender que en Japón el otoño no aparece de golpe: avanza lentamente desde las montañas hacia las ciudades.

Nikko, donde la montaña guarda la memoria del país. Desde Tokio, el viaje puede continuar hacia Nikko, un lugar donde la naturaleza y la historia parecen haber encontrado una misma casa. Allí se encuentra el santuario Toshogu, pero también el lago Chuzenji, la cascada Kegon y un paisaje montañoso que adquiere una dimensión especial durante el otoño. Los árboles comienzan a cambiar de color y los caminos se convierten en una sucesión de rojos, dorados y verdes que rodean los templos. No hace falta buscar demasiado para encontrar un sendero donde el ruido de la ciudad desaparezca y solo permanezca el sonido del agua y de las hojas bajo los pasos. Japón tiene muchos paisajes hermosos, pero Nikko posee algo distinto: la sensación de que la naturaleza y la historia llevan siglos conversando entre ellas.

Hakone, con el Fuji detrás de los arces. Hay imágenes que parecen haber sido creadas para representar un país entero. Una de ellas es la del monte Fuji apareciendo detrás de un bosque teñido de rojo. Hakone, dentro del Parque Nacional Fuji-Hakone-Izu, ofrece precisamente esa posibilidad cuando avanza el otoño. Entre octubre y noviembre, los árboles cambian progresivamente de color alrededor del lago Ashi y de lugares como Gora, creando uno de los paisajes otoñales más reconocibles de Japón. Aquí el viaje puede continuar entre trenes de montaña, aguas termales, senderos y pequeñas localidades, con el Fuji apareciendo y desapareciendo según la luz y las nubes. El viajero aprende entonces que en Japón incluso una montaña parece tener su propio carácter.

Kioto, cuando los templos esperan al otoño. En Kioto la historia adquiere otra dimensión. Sus templos, santuarios, jardines y calles tradicionales parecen hechos para convivir con las estaciones, y el otoño termina convirtiendo esa arquitectura en algo diferente. Aunque los colores más intensos suelen llegar más tarde a Kioto que a las regiones septentrionales, octubre es un momento magnífico para recorrer la antigua capital y descubrir sus barrios históricos, caminar junto al río, entrar en un jardín silencioso o perderse por las calles de Gion. El viajero no encuentra aquí únicamente monumentos, sino una forma de entender el espacio: el jardín, el templo, la madera, el agua y los árboles forman parte de una misma escena. Y cuando finalmente llegan los tonos rojos del arce, parece que el paisaje simplemente ha completado una obra que llevaba siglos esperando.

Pero el verdadero Japón de octubre está también lejos de las grandes ciudades. En las regiones de Tohoku, Hokkaido y otras zonas septentrionales, el otoño alcanza su esplendor antes que en Tokio o Kioto. Allí las montañas comienzan a cambiar de color mientras todavía queda tiempo para caminar por parques nacionales y paisajes rurales. Octubre es también época de cosecha: arroz, peras, caquis, soba y sake forman parte de una gastronomía profundamente ligada al calendario agrícola. En Niigata, por ejemplo, la cosecha del arroz y la producción de sake permiten acercarse a una faceta menos monumental del país. Y en Takayama, el Festival de Otoño que se celebra tradicionalmente los días 9 y 10 de octubre lleva a las calles carrozas, procesiones y una tradición que se remonta siglos atrás.

Un viaje que no consiste solamente en mirar. Quizá esa sea la razón por la que Japón funciona tan bien en octubre. El viajero puede contemplar un bosque teñido de rojo, pero también puede sentarse ante un plato de temporada, entrar en un santuario, tomar un tren que atraviesa las montañas, bañarse en un onsen o caminar durante horas por una antigua calle de madera. El otoño japonés tiene algo profundamente sensorial. Se escucha en las hojas, se huele en los mercados, se saborea en los productos de la cosecha y se contempla en los jardines. La propia tradición japonesa ha convertido la observación de las hojas otoñales, el kōyō, en una forma de celebración estacional.

Octubre convierte Japón en un país que parece avanzar lentamente hacia el invierno. Las montañas cambian primero y los colores van descendiendo poco a poco hacia las ciudades. Es un viaje que puede comenzar entre los edificios de Tokio y terminar en un pueblo de montaña, entre un templo antiguo, una fuente termal y un bosque cubierto de hojas. Y quizá sea esa progresión la que convierte octubre en un momento tan especial para recorrerlo: porque el viajero no contempla simplemente un paisaje otoñal, sino que tiene la oportunidad de seguir el otoño mientras atraviesa el país.

Los mercadillos de otoño de 2026 donde Europa huele a castañas, vino y tierra mojada

Redacción (Madrid)

Hay una Europa que solamente aparece cuando termina el verano. Es la Europa de las plazas cubiertas de hojas, de los puestos de madera, de las cestas llenas de manzanas y setas, del humo que sale de alguna cocina improvisada y del vino servido cuando la tarde comienza a enfriarse. Durante el otoño, pueblos y ciudades recuperan sus antiguos mercados y celebran la cosecha como lo han hecho durante generaciones. No son únicamente lugares donde comprar productos locales: son pequeñas ventanas abiertas a una forma de vida que todavía conserva algo de la Europa rural. En 2026, desde Asturias hasta Finlandia, pasando por Alemania, Italia, Croacia o Francia, existen mercados capaces de convertir un viaje en una experiencia mucho más cercana y humana.

Grado, Asturias, donde el otoño llega acompañado de sidra y castañas. En el norte de España, el Mercadón de Otoño de Grado tiene algo de regreso a las raíces. El municipio asturiano celebra el 11 de octubre una jornada dedicada a los productos de la tierra y a las marcas de calidad del Principado. En sus puestos aparecen productos que parecen formar parte de la propia identidad asturiana: castañas, setas, miel, manzanas, sidra, embutidos, conservas y fabes. Pero lo verdaderamente interesante está en el ambiente. Grado no necesita convertir su mercado en un espectáculo: basta con dejar que los productores, los vecinos y los visitantes compartan durante unas horas el mismo espacio. Es un otoño que se entiende mejor alrededor de una mesa que delante de un calendario.

Weimar, Alemania, y un mercado construido alrededor de una cebolla. Hay algo profundamente europeo en la capacidad de convertir un producto humilde en una celebración. En Weimar ocurre cada octubre con el Zwiebelmarkt, el histórico Mercado de la Cebolla, cuya tradición se remonta a 1653. En 2026 se celebrará del 9 al 11 de octubre y llenará el centro histórico de puestos decorados con trenzas de cebollas y flores secas. La cebolla aparece en tartas y otros productos, mientras las calles medievales se convierten durante unos días en un enorme escenario popular. Es una de esas fiestas que recuerdan que los mercados nacieron mucho antes de que existieran los grandes centros comerciales: alrededor de agricultores, artesanos y vecinos que acudían a la ciudad para vender aquello que habían producido durante el año.

Lovran, Croacia, cuando el castaño se convierte en protagonista. En la costa croata de Istria, el pequeño pueblo de Lovran celebra cada octubre la Marunada, una fiesta dedicada a sus grandes castañas maruni. Del 9 al 11 de octubre de 2026, las calles se llenarán de música, tradiciones locales y productos elaborados con este fruto. Hay helados, dulces y hasta cócteles de castaña, además de las propias castañas, que forman parte de la identidad agrícola de las laderas de Učka. El paisaje hace el resto: montañas detrás, Adriático delante y un pueblo que durante unos días vuelve la mirada hacia el fruto que anuncia la llegada definitiva del otoño. Es difícil imaginar una manera más sencilla de comprender una tierra que probar aquello que produce cuando llega su estación.

Helsinki, Finlandia, donde el Báltico llega al mercado. Hay mercados que nacieron de la tierra y otros que nacieron del mar. El Baltic Herring Market de Helsinki pertenece a los segundos. Su historia se remonta a 1743 y en 2026 se celebrará del 4 al 10 de octubre junto al agua, en la plaza del mercado de la capital finlandesa. Los pescadores y productores llegan con arenques preparados de distintas maneras, además de otros productos de temporada. Frente a los puestos aparecen el Palacio Presidencial y las cúpulas de la catedral de Uspenski, mientras el frío comienza lentamente a instalarse sobre la ciudad. Es un mercado profundamente ligado al Báltico y a una tradición pesquera que continúa formando parte de la vida cotidiana de muchas familias finlandesas.

Glorenza, Italia, una pequeña ciudad donde el mercado parece detenido en el tiempo. En el Alto Adigio, cerca de la frontera suiza, se encuentra Glorenza, una diminuta ciudad medieval que parece diseñada para caminar despacio. Sus mercados de otoño se celebran bajo las arcadas de sus edificios históricos y reúnen productos vinculados a las montañas y a la agricultura de la región: manzanas, peras, quesos y productos de las granjas. El calendario de 2026 conserva varias de estas citas, entre ellas el mercado de la pera de septiembre, el Gollimorkt del 16 de octubre y el tradicional mercado de Todos los Santos del 2 de noviembre. Aquí el mercado no necesita ocupar una avenida entera para impresionar. Basta con las antiguas arcadas, las montañas alrededor y el olor de los productos recién llegados del campo.

Beuvron-en-Auge, Francia, donde las manzanas anuncian el final de la cosecha. En Normandía, el otoño tiene olor a manzana y sabor a sidra. El 25 de octubre de 2026, el pequeño pueblo de Beuvron-en-Auge celebrará su tradicional festival de la sidra, una cita que marca el final de la cosecha y que transforma sus calles empedradas y casas de entramado de madera en un escenario de celebración. Habrá demostraciones relacionadas con la elaboración de la sidra y degustaciones, pero también estará presente el paisaje normando, quizá tan importante como el propio festival. Las carreteras rurales, los huertos y las casas antiguas recuerdan que aquí la manzana no es simplemente un fruto: es parte de una cultura agrícola que ha definido durante siglos el paisaje de la región.

Ludwigsburg, Alemania, y el otoño convertido en un espectáculo de calabazas. No todos los mercados otoñales tienen el aspecto de una feria tradicional. En Ludwigsburg, al suroeste de Alemania, el otoño adquiere una dimensión casi fantástica. El Festival de la Calabaza, celebrado en los jardines del palacio residencial de la ciudad, reúne en 2026 unas 450.000 calabazas de alrededor de 600 variedades y permanecerá abierto hasta el 1 de noviembre. Hay esculturas realizadas con calabazas, talleres, concursos y gastronomía basada en este producto. Pero incluso aquí, donde la celebración alcanza dimensiones enormes, permanece la esencia del otoño: la cosecha, los colores de la tierra y esa antigua costumbre europea de celebrar los frutos que llegan antes de que el invierno cierre las puertas del campo.

Y quizá ahí esté el verdadero encanto de los mercadillos de otoño. No importa demasiado si el puesto vende castañas asturianas, cebollas de Turingia, arenques del Báltico, castañas croatas, manzanas normandas o quesos de los Alpes. Todos cuentan, de una manera distinta, la misma historia: la de una estación que durante siglos marcó el calendario de los pueblos europeos. En otoño se recoge lo sembrado, se llenan las despensas y se celebra antes de que llegue el frío. Por eso recorrer estos mercados en 2026 es también una manera de viajar por una Europa menos monumental y más cotidiana, una Europa de agricultores, artesanos, cocineros y vecinos.

Fly Geyser, el rincón de Nevada donde la tierra parece estar viva

Redacción (Madrid)

Hay paisajes que parecen haber sido inventados por un pintor que no conocía los límites de la naturaleza. En el desierto de Nevada, en una región donde la tierra se extiende seca y silenciosa bajo un cielo casi interminable, existe uno de ellos. Se llama Fly Geyser y parece una criatura llegada de otro planeta: una formación de roca cubierta de colores intensos, con agua caliente escapando continuamente hacia el cielo. Pero lo más curioso de este lugar es que su origen no pertenece completamente a la naturaleza. Fly Geyser nació accidentalmente durante una perforación realizada en 1964 en busca de agua geotérmica. El pozo no fue sellado correctamente y, con el paso de los años, el agua caliente comenzó a salir a la superficie, acumulando minerales y construyendo lentamente la formación que hoy se contempla.

Un géiser nacido de un accidente

La historia de Fly Geyser tiene algo de paradoja. El ser humano llegó hasta allí buscando agua y terminó creando, sin proponérselo, uno de los paisajes más extraños de Nevada. El agua subterránea, cargada de minerales, fue depositándose alrededor de la salida del pozo. Poco a poco se formó un pequeño montículo que continuó creciendo con el paso del tiempo. Hoy, varias estructuras minerales se levantan sobre el terreno y el agua caliente sigue brotando desde su interior. El resultado parece una pequeña montaña de otro mundo, coronada por chorros de agua y vapor. La naturaleza hizo el resto.

Un paisaje pintado con minerales

Quizá lo que más sorprende cuando se contempla Fly Geyser no sea su tamaño, sino su color. Rojos, verdes, amarillos, blancos y anaranjados aparecen sobre las paredes minerales. Las tonalidades proceden principalmente de los depósitos minerales y de microorganismos termófilos que viven en las aguas calientes. En medio del desierto de Nevada, aquellas manchas de color parecen casi imposibles. Alrededor, el paisaje continúa siendo austero: tierra seca, montañas lejanas y una extensión enorme de cielo. Y en mitad de todo aquello, el géiser, como si alguien hubiera dejado una pieza de otro planeta en medio del desierto.

El desierto de Black Rock

Fly Geyser se encuentra en el entorno del desierto de Black Rock, una de las grandes extensiones áridas del estado de Nevada. Es un territorio conocido por sus paisajes abiertos y por la enorme superficie plana de su playa de sal, pero también por la sensación de aislamiento que produce. Aquí las distancias engañan. El horizonte parece cercano y, sin embargo, puede encontrarse muy lejos. Las montañas se mantienen inmóviles a kilómetros de distancia y el viento recorre la superficie del desierto sin encontrar demasiados obstáculos. Es el tipo de paisaje que hace comprender por qué el oeste estadounidense ha alimentado durante tanto tiempo la imaginación de los viajeros. Una tierra enorme, una carretera y un horizonte que parece no terminar.

Un lugar que no se contempla desde cualquier sitio

A diferencia de otros grandes atractivos naturales de Nevada, Fly Geyser no funciona como un monumento abierto al visitante que puede aparecer allí en cualquier momento. Se encuentra dentro del Fly Ranch, una propiedad privada gestionada por Burning Man Project. El acceso está regulado y depende de las visitas y actividades autorizadas por la organización. Esta circunstancia ha contribuido a preservar buena parte del carácter remoto del lugar. No existe la sensación de llegar a una atracción turística convencional rodeada de tiendas y grandes aparcamientos. El géiser permanece allí, apartado. Y quizá eso sea parte de su encanto.

El agua que construye una montaña

El fenómeno continúa evolucionando. Cada vez que el agua caliente emerge y se enfría, deja detrás pequeñas cantidades de minerales. Con el tiempo, esas capas se acumulan y modifican lentamente la forma de las estructuras. Es un proceso que ocurre sin prisa, milímetro a milímetro, día tras día. La imagen que contempla un viajero hoy no será exactamente la misma dentro de décadas. Y quizá esa sea una de las ideas más fascinantes de Fly Geyser: no estamos ante una escultura terminada, sino ante un paisaje que continúa construyéndose.

Entre la naturaleza y la intervención humana

Fly Geyser plantea también una cuestión interesante sobre nuestra relación con el paisaje. No es completamente natural en su origen. Tampoco puede considerarse simplemente una construcción humana. Es el resultado de ambas cosas. Una perforación realizada por personas abrió una puerta hacia el subsuelo y, después, los procesos geotérmicos y minerales se encargaron de transformar aquel error en una formación extraordinaria. Es difícil encontrar una metáfora mejor para algunos de los paisajes del oeste estadounidense: lugares donde la presencia humana y la fuerza de la naturaleza terminan mezclándose hasta resultar inseparables.

Cuando el desierto se vuelve extraño

Al contemplar Fly Geyser, uno tiene la sensación de estar frente a algo que no debería encontrarse allí. El desierto suele asociarse con colores ocres, rocas desnudas y silencio. Fly Geyser rompe esa imagen. El agua introduce movimiento, los minerales introducen color, el vapor cambia constantemente la apariencia del paisaje y el sol de Nevada convierte cada superficie húmeda en un pequeño espejo. Durante unos minutos, el desierto parece abandonar la Tierra. Luego todo vuelve a quedar en silencio.

Un rincón diferente de Nevada

Nevada tiene fama de luces, casinos y grandes ciudades construidas en medio del desierto. Pero lejos de Las Vegas existe otro estado mucho más silencioso, donde las carreteras se pierden entre montañas, los espacios naturales parecen infinitos y todavía pueden encontrarse lugares capaces de sorprender al viajero. Fly Geyser pertenece a esa Nevada desconocida. No tiene el tamaño de un gran parque nacional. No posee la fama de otros paisajes del oeste. Pero quizá precisamente por eso resulta tan fascinante: porque obliga a detenerse frente a algo que parece imposible. Un géiser de colores en mitad del desierto. Una montaña que nació de un accidente. Un paisaje que todavía continúa creciendo.

Y cuando el viajero se marcha, queda atrás el agua caliente elevándose lentamente sobre las tierras áridas de Nevada. El desierto recupera su silencio. Pero Fly Geyser continúa allí, cambiando poco a poco, como si la tierra siguiera trabajando en secreto.

Los mejores sitios para visitar este otoño de 2026

Redacción (Madrid)

Hay una forma distinta de viajar cuando termina el verano. Las carreteras comienzan a vaciarse, las ciudades recuperan cierta calma y los bosques cambian lentamente de color, como si la naturaleza quisiera recordarnos que también existe belleza lejos de las prisas de julio y agosto. El otoño tiene algo de despedida, pero también de comienzo. Es la estación de los viajes tranquilos, de las tardes que se alargan frente a una copa de vino y de los pueblos en los que todavía parece posible sentarse en una plaza sin mirar el reloj. En 2026, además, viajar durante septiembre, octubre y noviembre gana cada vez más protagonismo frente a la temporada alta, impulsado por temperaturas más agradables, precios que en muchos casos resultan más llevaderos y el deseo de escapar de los destinos abarrotados.

El Valle de Ambroz, donde el otoño parece haber encontrado su casa. En el norte de Extremadura existe un territorio que en otoño adquiere una belleza difícil de explicar sin haberlo recorrido: el Valle de Ambroz. Los castaños, robles y pinares comienzan a cubrir las montañas de ocres, amarillos y rojizos, mientras el río acompaña el camino entre pequeños pueblos. Hervás, con sus calles de piedra y su antigua judería, es uno de esos lugares donde conviene caminar sin rumbo. Aquí el otoño no es solamente una estación, sino una manera de entender el paisaje. Hay senderos, gastronomía de temporada, castañas, bosques húmedos y una tranquilidad que resulta cada vez más difícil de encontrar. No es casualidad que Turismo de España lo incluya entre sus grandes paisajes naturales para disfrutar durante estos meses.

Montenegro, entre el Adriático y las montañas. Si el viajero busca abandonar España y descubrir un país pequeño pero extraordinariamente diverso, Montenegro puede ser una de las grandes elecciones del otoño de 2026. En pocos kilómetros se pasa de las aguas del Adriático a las montañas de Durmitor, de las calles medievales de Kotor a los paisajes del lago Skadar. En otoño, cuando el calor del verano comienza a retirarse, resulta especialmente atractivo recorrer sus carreteras y detenerse en pueblos donde las montañas parecen caer directamente sobre el mar. Montenegro conserva todavía algo de frontera, de territorio que no ha terminado de convertirse en escenario turístico. Y quizá ahí reside buena parte de su encanto: en poder contemplar una bahía, una iglesia o un bosque sin sentir que todo ha sido preparado para el visitante.

Galicia, cuando el mar y la tierra se sientan a la misma mesa. Hay lugares que tienen sentido durante todo el año, pero Galicia parece haber sido hecha para el otoño. Es entonces cuando las lluvias devuelven brillo a los bosques, las montañas recuperan su niebla y las mesas comienzan a llenarse de productos que pertenecen a esta estación. El marisco, las castañas, las setas, el vino nuevo y las fiestas tradicionales convierten el viaje en algo más que una sucesión de paisajes. O Grove, las Rías Baixas y el interior de Ourense ofrecen durante estas semanas una Galicia profundamente ligada a sus tradiciones gastronómicas. En noviembre, los magostos llenan de humo y olor a castaña las calles y plazas. Es un viaje para comer, caminar y conversar; tres verbos que quizá definan mejor que ningún otro la esencia de esta tierra.

Los Alpes entre Austria e Italia, una última aventura antes del invierno. Para quienes prefieren el movimiento al descanso, el otoño puede ser también el momento perfecto para atravesar las montañas. La ruta Alpe Adria permite recorrer los Alpes desde Salzburgo hasta la costa italiana del Adriático, atravesando valles, bosques, pueblos y paisajes que cambian con cada jornada. Son alrededor de 415 kilómetros y puede hacerse en varios días, incluso combinando la bicicleta con el tren. Pero más allá del esfuerzo físico está la sensación de avanzar lentamente por Europa, viendo cómo el paisaje alpino se transforma hasta encontrarse finalmente con el mar. Es uno de esos viajes en los que el trayecto importa tanto como el destino.

Y España, siempre España. Quizá no haga falta cruzar ninguna frontera para descubrir el otoño. La estación convierte buena parte del país en un territorio nuevo: la Selva de Irati se llena de colores, los Picos de Europa adquieren una luz diferente, La Rioja se viste de viñedos y Andalucía ofrece temperaturas que permiten caminar por ciudades y pueblos cuando el calor del verano ya ha desaparecido. También están la Sierra de Grazalema, el Valle de Arán, los pueblos de Castilla y León o las montañas de Soria. El otoño español tiene la ventaja de no parecerse nunca a sí mismo. En el norte llueve y el bosque se vuelve profundo; en el interior llega el frío y aparecen las chimeneas; en el sur todavía quedan tardes templadas junto a una plaza. Es, probablemente, una de las mejores estaciones para descubrir un país que durante demasiado tiempo hemos querido visitar solamente en verano.

Porque el otoño no es el final del viaje: es quizá el momento en que viajar vuelve a tener sentido. Cuando las multitudes desaparecen y el paisaje recupera su propio ritmo, el viajero vuelve a mirar de otra manera. Ya no busca solamente lugares extraordinarios, sino momentos: una carretera entre árboles amarillos, una mesa junto a una ventana, una ciudad al caer la tarde o el silencio de una montaña. Y quizá por eso los mejores destinos para este otoño de 2026 no sean necesariamente los más famosos, sino aquellos capaces de recordarnos que viajar consiste, sobre todo, en aprender a mirar despacio.

Brașov, la ciudad rumana donde los Cárpatos guardan la memoria de Europa

Redacción (Madrid)

Hay ciudades que parecen haber sido levantadas para ser contempladas desde lejos. Brașov es una de ellas. En el corazón de Transilvania, rodeada por las montañas de los Cárpatos, la ciudad aparece entre bosques y colinas como una vieja historia europea que todavía no ha terminado de contarse. Sus tejados, sus torres y sus calles de piedra hablan de un pasado en el que comerciantes, artesanos y viajeros cruzaban estas tierras siguiendo antiguas rutas entre Oriente y Occidente. Hoy Brașov conserva aquella mezcla de frontera y refugio, pero la ha convertido en algo más tranquilo: una ciudad para caminar despacio y dejar que las montañas acompañen cada paso.

El corazón medieval de Brașov se encuentra en torno a la Piața Sfatului, la gran plaza que durante siglos fue el centro de la vida urbana. Allí se levantan edificios históricos de fachadas coloridas y, sobre ellos, la silueta de la Torre del Consejo recuerda el pasado medieval de la ciudad. Muy cerca aparece la Iglesia Negra, uno de los grandes símbolos de Brașov y uno de los edificios góticos más importantes de Rumanía. Sus muros oscuros y su enorme presencia dominan parte del casco histórico. Pero quizá lo más hermoso sea perderse por las calles que salen de la plaza, caminar bajo fachadas antiguas y descubrir pequeñas esquinas donde la ciudad parece haber olvidado por un momento que estamos en el siglo XXI. Brașov no necesita grandes gestos para impresionar. Su belleza está en los detalles, en las puertas, en las piedras gastadas y en esa mezcla de arquitectura que recuerda que Transilvania siempre fue una tierra de encuentros.

Las montañas comienzan donde termina la ciudad. El monte Tâmpa se levanta junto al casco urbano y constituye uno de los grandes paisajes de Brașov. Desde sus alturas se obtiene una vista privilegiada de los tejados, las torres y las montañas que rodean la ciudad. Se puede subir caminando por los senderos del bosque o utilizar el teleférico, pero quizá sea mejor ascender lentamente, dejando que el ruido de la ciudad desaparezca mientras los árboles comienzan a ocuparlo todo. Desde arriba, Brașov parece pequeña. Las casas se agrupan alrededor de la plaza y las montañas forman una muralla natural alrededor del valle. Es entonces cuando uno comprende que la ciudad no está simplemente junto a los Cárpatos: vive bajo su mirada.

Transilvania es también una tierra de historias. A poca distancia de Brașov se encuentran lugares que han alimentado durante generaciones la imaginación de viajeros y escritores, entre ellos el castillo de Bran, asociado popularmente con la leyenda de Drácula. La realidad histórica es mucho más compleja que la leyenda, pero eso no impide que el paisaje tenga algo de misterio. Los bosques, las montañas y las antiguas fortalezas parecen hechos para las historias de viajeros que regresan de noche por caminos solitarios. Sin embargo, quizá sea más interesante acercarse a la región sin buscar únicamente al vampiro de la literatura. Hay otra Transilvania, la de los pueblos sajones, las iglesias fortificadas, las carreteras que atraviesan valles y las montañas donde todavía puede sentirse una Europa rural y silenciosa.

La ciudad también tiene sus rincones escondidos. Entre ellos está Strada Sforii, una de las calles más estrechas de Brașov, un pasadizo urbano que parece más propio de una ciudad medieval imaginada que de una capital moderna de provincia. Pero el verdadero encanto está en caminar sin rumbo fijo. Salir de la plaza, atravesar una calle, entrar en otra y observar cómo cambia el ambiente. Por la mañana, los cafés comienzan a llenarse; al caer la tarde, las fachadas adquieren un tono dorado y las montañas se oscurecen lentamente. Es una ciudad que invita a quedarse después de haber terminado aquello que se había venido a hacer. Y esa es quizá una de las mejores señales de que un lugar merece la pena.

Brașov guarda además una historia marcada por sus fronteras y sus comunidades. Durante siglos fue una ciudad comercial donde convivieron diferentes grupos culturales y religiosos, y esa diversidad todavía puede leerse en su arquitectura. Las huellas de la comunidad sajona son especialmente visibles en el casco histórico, pero también aparecen otras tradiciones que recuerdan la complejidad de Transilvania. No hace falta conocer todos los episodios de su pasado para percibirlo. Basta caminar por sus calles. Cada edificio parece pertenecer a una época distinta y, sin embargo, todos forman una misma ciudad. Ese es uno de los secretos de Brașov: no ha borrado sus capas de historia, sino que las ha dejado convivir.

Cuando llega la noche, Brașov cambia de rostro. Las luces comienzan a encenderse en la Piața Sfatului, los restaurantes ocupan las terrazas y las montañas desaparecen poco a poco detrás de la oscuridad. El viajero puede caminar por el centro histórico mientras las calles se vuelven más tranquilas y escuchar ese silencio particular de las ciudades antiguas cuando termina el movimiento del día. Entonces resulta fácil imaginar a los comerciantes de otros siglos cerrando sus tiendas, a los viajeros llegando desde las montañas o a las antiguas caravanas buscando refugio antes de continuar su camino. La historia no se puede recuperar, pero algunos lugares conservan la capacidad de hacernos imaginar cómo pudo ser.

Brașov no es una ciudad que se entregue de inmediato. Primero muestra sus plazas y sus edificios, después sus montañas y finalmente su carácter. Hay que caminarla para comprenderla. Hay que salir de sus calles principales y mirar hacia los Cárpatos. Hay que sentarse un rato en una plaza sin consultar el reloj. Solo entonces aparece la verdadera ciudad: una mezcla de piedra, bosque, memoria y montaña que resulta difícil de encontrar en otros lugares de Europa.

Y cuando llega el momento de marcharse, queda la sensación de haber conocido algo más que una ciudad rumana. Brașov parece una puerta hacia otra Transilvania, una región donde las montañas todavía dominan el horizonte y donde el pasado continúa apareciendo en las fachadas, en los caminos y en las historias que cuentan sus pueblos. Quizá esa sea la razón por la que Brașov permanece en la memoria: porque allí, entre las calles medievales y los bosques de los Cárpatos, Europa parece detenerse un instante para recordar de dónde viene.

Tromsø, donde la noche aprende a durar

Redacción (Madrid)

Hay ciudades que uno visita y ciudades que lo visitan a uno. Tromsø pertenece a las segundas. Está allí arriba, en el norte de Noruega, plantada sobre una isla y rodeada de montañas que parecen haber sido colocadas deliberadamente para impedir que el mundo se escape. El mar tiene ese color metálico de las cosas que no necesitan agradar a nadie, y el viento llega con la educación justa para recordarte que, en aquellas latitudes, la naturaleza no está para servir al turista. Tromsø es una ciudad pequeña, pero no parece tener conciencia de ello. Tiene universidad, cafés, bares, museos, supermercados y gente que camina deprisa. Tiene incluso una catedral ártica cuya arquitectura parece querer discutir con el horizonte. Pero basta salir unos metros del centro para comprender quién manda aquí. El invierno es el verdadero propietario.

Durante semanas, el sol apenas se deja ver. No desaparece exactamente; sería demasiado sencillo. Se limita a no presentarse del todo, dejando una claridad azulada sobre las montañas, una especie de crepúsculo interminable que convierte las calles en el escenario de una película que nadie se ha molestado en terminar. Al principio resulta hermoso. Después empieza a resultar extraño. Finalmente, uno comprende que la belleza también puede ser una forma de amenaza. Caminar por Tromsø de noche tiene algo de viaje hacia atrás. Las casas de madera, las luces amarillas detrás de las ventanas, la nieve acumulada en las aceras y las montañas negras al fondo producen una sensación difícil de explicar. En cualquier momento parece que vaya a aparecer un hombre con un abrigo largo, un cigarrillo en la boca y una mala noticia. Pero los noruegos no parecen especialmente preocupados. Entran en un bar. Piden cerveza. Hablan. Y cuando llega la hora, regresan a casa.

Quizá ésa sea una de las grandes lecciones de Tromsø: la gente aprende a convivir con aquello que no puede cambiar. Aquí nadie discute con el invierno. Nadie pretende convencer a la oscuridad de que se marche. Se encienden las lámparas, se pone leña en la chimenea, se sale a esquiar y se continúa con la vida. En el fondo, toda civilización consiste en eso. En inventar pequeñas comodidades frente a un mundo que no tiene ninguna obligación de ser cómodo.

Desde Tromsø salen excursiones para perseguir auroras boreales. Hay turistas que llegan con cámaras enormes, trípodes, baterías de repuesto y la esperanza de regresar a casa con una fotografía que justifique el viaje. La aurora, sin embargo, no entiende de horarios. Puede aparecer a las seis de la tarde o a las dos de la madrugada. Puede desplegarse sobre el cielo durante minutos o desaparecer cuando uno acaba de preparar la cámara. Puede ser espectacular o apenas una mancha verdosa que uno descubre al mirar hacia arriba. Y entonces ocurre algo curioso. Uno deja de fotografiar. Mira. Durante unos minutos, nadie habla. El cielo se mueve. No parece que se mueva, porque estamos acostumbrados a que el cielo sea la parte inmóvil del mundo. Pero allí arriba una luz verde serpentea sobre las montañas como si alguien estuviera escribiendo un mensaje que no sabemos leer. Hay cosas que una fotografía no consigue explicar. Ésa es una de ellas.

Tromsø tampoco es sólo invierno. Cuando llega el verano, la ciudad cambia de carácter. El sol se niega a marcharse y la noche se convierte en una especie de rumor. La gente sale, bebe, navega, camina por las montañas y aprovecha cada hora de luz como si supiera que aquello no va a durar. Y no dura. Nunca dura. Tal vez por eso los habitantes del norte parecen tener una relación distinta con el tiempo. Saben que la oscuridad volverá. Saben que el frío volverá. Saben que las montañas seguirán allí cuando los turistas hayan regresado a sus hoteles y los aviones hayan despegado hacia el sur. Nosotros, los que venimos de lugares donde el sol parece un derecho adquirido, solemos olvidar esas cosas. Creemos que el verano es normal. Que la luz es normal. Que salir a la calle sin mirar el termómetro es normal. Tromsø enseña que no. Que todo eso es provisional.

Quizá por eso la ciudad tiene algo de refugio. No un refugio romántico, de esos que aparecen en los folletos turísticos, sino uno auténtico: un lugar construido para que los seres humanos puedan vivir en un territorio que, a primera vista, parece haber sido diseñado para que no vivan seres humanos. Hay pescado en los restaurantes, barcos en el puerto y nieve en las montañas. Hay estudiantes que salen de noche, ancianos que pasean y trabajadores que toman el autobús mientras afuera el termómetro se empeña en demostrar quién es el más fuerte.

Y luego está el mar. Siempre el mar. El mar del norte tiene una manera particular de recordarte que eres poca cosa. Desde Tromsø se extiende oscuro, frío y enorme, entre islas y montañas. Durante siglos fue camino, alimento y peligro. Hoy sigue siendo las tres cosas, aunque nosotros hayamos inventado motores más potentes y teléfonos capaces de fotografiar las estrellas. Al final de un viaje por Tromsø, uno comprende que la ciudad no necesita grandes monumentos. Su monumento es el paisaje. Su historia está escrita en el frío. Y su carácter, en esa obstinación tranquila de quienes decidieron quedarse aquí cuando cualquier persona razonable habría mirado el mapa y pensado que quizá era mejor continuar hacia el sur.