El turismo del adriático antes de la guerra de Croacia: un destino de esplendor

Redacción (Madrid)

La costa del mar Adriático, particularmente en la actual Croacia, ha sido desde hace décadas un punto de atracción para visitantes de todo el mundo. Antes de los conflictos que afectaron a la región en los años noventa, el Adriático vivía una etapa de esplendor turístico, con playas concurridas, ciudades históricas en pleno auge y un ambiente mediterráneo que lo convertía en uno de los destinos más apreciados del continente europeo.

Desde mediados del siglo XX, la costa adriática experimentó un fuerte desarrollo turístico. Sus playas de aguas cristalinas, su clima templado y su patrimonio cultural hicieron que la región se consolidara como un lugar ideal para las vacaciones estivales. Familias, parejas y grupos de amigos viajaban en busca de sol, mar y relax en un entorno natural y hospitalario.

Entre los destinos más emblemáticos se encontraba Dubrovnik, célebre por sus murallas medievales y su casco antiguo, considerado una joya arquitectónica del Mediterráneo. Split también atraía a miles de turistas con el Palacio de Diocleciano, que servía como núcleo histórico y cultural de la ciudad. Zadar, con sus iglesias románicas y su ambiente portuario, ofrecía una experiencia única, mientras que Rijeka se consolidaba como un importante centro costero. Además, las islas de Hvar, Brač y Korčula eran reconocidas por sus paisajes, playas y animada vida veraniega.

El atractivo del Adriático residía en la combinación perfecta entre ocio costero y cultura. Las playas de guijarros y aguas limpias eran ideales para nadar, navegar o practicar deportes acuáticos. Al mismo tiempo, el visitante podía recorrer cascos antiguos, asistir a festivales de música o descubrir tradiciones locales en mercados y celebraciones. Este equilibrio entre descanso y enriquecimiento cultural hacía que los viajeros regresaran año tras año.

En los años previos a la guerra, el Adriático ofrecía una infraestructura turística bien desarrollada, con hoteles, campings, apartamentos privados y balnearios a lo largo de la costa. La hospitalidad de los anfitriones, sumada a la gastronomía mediterránea basada en pescado fresco, aceite de oliva y vinos locales, completaba una experiencia inolvidable para los visitantes.

Para quienes viajaron al Adriático antes de los años noventa, la experiencia se recuerda como un viaje a un paraíso mediterráneo: ciudades cargadas de historia, playas limpias y un ambiente acogedor que transmitía serenidad. Era un lugar donde la naturaleza, el patrimonio y la vida veraniega se unían para ofrecer vacaciones únicas e inolvidables.

El turismo del Adriático antes de la Guerra de Croacia vivió una etapa de esplendor marcada por la belleza de su costa, la riqueza de sus ciudades históricas y la calidez de su hospitalidad. Fue un destino que combinó sol, mar, cultura y tradición, dejando en los visitantes recuerdos imborrables de un Mediterráneo auténtico y encantador.

Erasmus en Europa: un viaje turístico y cultural inolvidable

(Redacción Madrid)

El programa Erasmus se ha consolidado como una de las iniciativas más exitosas de la Unión Europea, no solo por su aporte académico, sino también por el aspecto turístico y cultural que ofrece a los estudiantes. Cada año, miles de jóvenes tienen la oportunidad de estudiar en universidades extranjeras, al mismo tiempo que descubren nuevas ciudades, tradiciones y formas de vida. Este ensayo explora el Erasmus desde una perspectiva turística, mostrando cómo la experiencia académica se entrelaza con la exploración cultural del continente europeo.

Uno de los grandes atractivos de Erasmus es la posibilidad de recorrer Europa con mayor facilidad. Al establecerse en una ciudad extranjera durante varios meses, los estudiantes no solo conocen su lugar de residencia, sino que también aprovechan la cercanía y la buena conexión de transportes para visitar países vecinos. Viajar en trenes de alta velocidad, aerolíneas de bajo coste y autobuses internacionales facilita una movilidad única, convirtiendo cada fin de semana en una nueva aventura.

Erasmus no se limita a recorrer lugares por ocio; se convierte en un viaje de aprendizaje cultural. Ciudades como Roma, París, Praga o Lisboa ofrecen a los estudiantes un contacto directo con la historia europea, su arte y su arquitectura. Museos, monumentos y festivales se integran en la vida cotidiana del estudiante, que pasa de ser un turista ocasional a un habitante temporal con la oportunidad de vivir la cultura desde dentro.

Además del patrimonio tangible, Erasmus brinda la posibilidad de sumergirse en una experiencia intercultural a través de la convivencia con personas de diferentes nacionalidades. Las fiestas, excursiones organizadas y encuentros internacionales son espacios donde el turismo se convierte en un intercambio social. Este “turismo de convivencia” permite conocer no solo el país anfitrión, sino también las costumbres y gastronomías de toda Europa, ya que cada grupo Erasmus reúne una gran diversidad cultural.

Uno de los aspectos más atractivos de la vida Erasmus es la gastronomía. Los estudiantes descubren nuevos sabores al probar platos típicos como la paella española, la pasta italiana, los quesos franceses o las cervezas belgas. Además, el día a día ofrece experiencias únicas: recorrer mercados locales, participar en celebraciones tradicionales, visitar bodegas, o simplemente compartir una cena internacional en una residencia estudiantil.

Un elemento cada vez más relevante es el enfoque sostenible. Los estudiantes Erasmus suelen optar por medios de transporte colectivos como el tren o el autobús, y practican un turismo consciente que prioriza el contacto directo con las comunidades locales. Esto convierte la experiencia en una oportunidad de fomentar un turismo más responsable y respetuoso con el medio ambiente y las culturas anfitrionas.

El Erasmus en Europa es mucho más que un programa de estudios: es una experiencia turística, cultural y social que transforma la forma en que los jóvenes perciben el mundo. Al mismo tiempo que se enriquecen académicamente, los estudiantes se convierten en viajeros activos, exploradores de ciudades, conocedores de culturas y embajadores de un turismo más humano. En definitiva, Erasmus no solo abre puertas al conocimiento, sino también a un viaje inolvidable por el corazón de Europa.

El japonismo: un viaje cultural más allá del turismo

Redacción (Madrid)

Viajar no siempre significa trasladarse físicamente. Hay viajes que suceden en el terreno de las ideas, el arte y la sensibilidad. El japonismo —ese fenómeno cultural que fascinó a Europa en el siglo XIX y que aún inspira a viajeros y creadores en la actualidad— es una de esas travesías. Nacido del contacto entre Occidente y Japón tras siglos de aislamiento del archipiélago, el japonismo transformó la manera en que el mundo veía la belleza y abrió un puente cultural que hoy sigue siendo atractivo para quienes buscan experiencias turísticas distintas.

A mediados del siglo XIX, cuando Japón se abrió al comercio internacional, sus estampas ukiyo-e, cerámicas, lacas y textiles llegaron a París, Londres y otras capitales. La delicadeza de sus líneas, la asimetría de sus composiciones y el sentido poético de lo cotidiano cautivaron a artistas como Monet, Van Gogh o Degas. Hoy, el viajero interesado en el japonismo puede recorrer museos en Europa —como el Musée d’Orsay en París o el Museo Van Gogh en Ámsterdam— para observar cómo el arte japonés influyó en la pintura impresionista y en el modernismo.

El japonismo no se limita a las vitrinas de los museos. Ciudades como París o Barcelona conservan jardines, pabellones y colecciones privadas que permiten al turista seguir el rastro de esta fascinación. En Barcelona, el modernismo catalán adoptó motivos japoneses en arquitectura y diseño. En Viena, artistas de la Secesión incorporaron la estética japonesa en carteles y objetos decorativos. Viajar por estas ciudades es descubrir cómo Japón influyó en la manera en que Occidente entendía el arte y la vida urbana.

Pero ningún viaje de japonismo está completo sin mirar hacia su origen: Japón. En Kioto, los templos rodeados de jardines de musgo, los biombos dorados y las ceremonias del té permiten al visitante experimentar en carne propia aquello que inspiró a Europa hace más de un siglo. El viajero que recorre un mercado de antigüedades en Tokio o se sienta en un ryokan tradicional entiende de inmediato la fascinación que desató en artistas occidentales esa mezcla de sobriedad y sofisticación.

Hoy, el japonismo sigue vivo en el turismo cultural. Los viajeros no solo buscan el Japón real, sino también esa mirada híbrida que se gestó entre Oriente y Occidente. Exposiciones temporales, festivales de arte y rutas temáticas ofrecen experiencias que no son meramente contemplativas: son oportunidades de revivir un diálogo cultural que transformó la historia del arte y que sigue siendo fuente de inspiración.

El japonismo no es un capítulo cerrado, sino un puente que conecta culturas y épocas. Para el turista curioso, representa la posibilidad de emprender un doble viaje: hacia Japón y sus tradiciones, y hacia las ciudades europeas que adoptaron y reinterpretaron su estética. En ese trayecto, el viajero comprende que el turismo cultural no solo consiste en visitar lugares, sino en seguir huellas invisibles de un intercambio que cambió para siempre nuestra manera de mirar el mundo.

Seúl: tradición y modernidad en el corazón de Corea del Sur

Redacción (Madrid)

Seúl, la capital de Corea del Sur, es una de esas ciudades que no se explican solo con cifras ni mapas. Con más de 10 millones de habitantes y una energía que nunca descansa, esta metrópolis ofrece al viajero una mezcla única de tradición milenaria y vanguardia tecnológica. Quien llega descubre que Seúl no es únicamente un destino urbano: es un crisol de cultura, gastronomía, arquitectura y paisajes que sorprende en cada esquina.

A pesar de su modernidad, Seúl conserva un legado histórico visible en sus palacios y templos. El Palacio Gyeongbokgung, construido en el siglo XIV, es uno de los emblemas más visitados, con sus techos coloridos y guardias vestidos con trajes tradicionales. Los barrios hanok, como Bukchon Hanok Village, permiten al viajero pasear entre casas de madera centenarias que conservan el encanto de la vida coreana antigua. En estos espacios, el tiempo parece detenerse, ofreciendo un contraste fascinante con el dinamismo de la ciudad.

Al caer la tarde, Seúl revela su faceta más moderna. Zonas como Gangnam o Dongdaemun Design Plaza destacan por su arquitectura futurista, centros comerciales gigantescos y una vida nocturna que combina cafés temáticos, karaokes y clubes de moda. La Seúl Tower, ubicada en el monte Namsan, ofrece una vista panorámica de la ciudad iluminada, un espectáculo que muestra la magnitud de la capital surcoreana.

La comida callejera es parte esencial de la experiencia en Seúl. Mercados como Gwangjang invitan a probar platos icónicos como el tteokbokki (pasteles de arroz picantes), mandu (empanadillas) o el bindaetteok (tortilla de frijol mungo). Para quienes buscan algo más sofisticado, los restaurantes de alta cocina reinterpretan la gastronomía coreana con presentaciones modernas. Comer en Seúl no es solo alimentarse: es un recorrido cultural y sensorial que acerca al viajero a la esencia del país.

Aunque es una megaciudad, Seúl también ofrece respiros de naturaleza. El arroyo Cheonggyecheon, restaurado en pleno centro urbano, es un oasis para pasear entre jardines y fuentes. El Parque Namsan y el río Han son espacios donde locales y visitantes disfrutan de caminatas, ciclismo y picnics. Estos escenarios verdes muestran el equilibrio que la ciudad mantiene entre lo natural y lo urbano.

Seúl no es solo la capital de Corea del Sur, es un destino que se reinventa constantemente. Sus templos conviven con rascacielos, sus mercados tradicionales con centros tecnológicos de última generación, y su cultura ancestral con el dinamismo juvenil del K-pop y la moda. Para el turista, visitar Seúl significa sumergirse en una ciudad que nunca deja de sorprender, un lugar donde el pasado y el futuro caminan de la mano en un presente vibrante.

La vida tranquila en Giethoorn, el “pueblo sin calles” de Holanda

En el corazón de la provincia de Overijssel se encuentra Giethoorn, un pintoresco pueblo neerlandés que parece detenido en el tiempo. Fundado en el siglo XIII por campesinos y excavadores de turba, su principal característica es la ausencia de carreteras en gran parte del casco antiguo. En lugar de asfalto, los visitantes y residentes se desplazan en pequeñas embarcaciones a través de más de siete kilómetros de canales, lo que le ha valido el sobrenombre de “la Venecia del Norte”.


Las viviendas típicas de Giethoorn, con techos de paja y jardines cuidados hasta el detalle, completan una estampa que atrae a miles de turistas cada año. Muchas de estas casas solo son accesibles por el agua o mediante estrechos puentes de madera, lo que refuerza la sensación de aislamiento y tranquilidad. Pese a la llegada del turismo masivo en las últimas décadas, los habitantes del pueblo mantienen viva la tradición de moverse en “punter”, unas embarcaciones de fondo plano que se empujan con pértigas.


El turismo, sin embargo, ha sido un arma de doble filo. Aunque ha generado prosperidad y empleo en restaurantes, alojamientos y excursiones guiadas, también ha supuesto un desafío para los residentes. Durante la temporada alta, la pequeña localidad de apenas 2.800 habitantes recibe miles de visitantes diarios, lo que en ocasiones genera congestión en los canales y un impacto medioambiental que preocupa a las autoridades locales.


Más allá de las postales idílicas, Giethoorn es también un ejemplo de cómo Holanda combina tradición y modernidad. El pueblo cuenta con infraestructuras sostenibles, energías renovables y un fuerte compromiso con la conservación del entorno. Sus canales, además de servir como vía de transporte, tienen un papel clave en el control de las aguas en una región históricamente vulnerable a las inundaciones.


Giethoorn sigue siendo, pese a los retos, un símbolo del carácter neerlandés: pragmático, creativo y en constante equilibrio con la naturaleza. Para el visitante, la experiencia de navegar en silencio por sus canales ofrece una ventana al pasado, pero también una reflexión sobre el futuro de las comunidades que logran prosperar sin renunciar a sus raíces.

La reserva natural más grande del mundo: Papahānaumokuākea

Redacción (Madrid)

Papahānaumokuākea es un Monumento Nacional Marino situado en el Pacífico Norte, a unos 2.000 km al noroeste de Hawái. Con más de 1,5 millones de km², es el área protegida más grande del planeta. Para ponerlo en perspectiva, su extensión supera la de países como México o Perú.

Este espacio marino alberga ecosistemas prístinos formados por atolones, arrecifes de coral, lagunas y aguas profundas. Es hogar de más de 7.000 especies marinas, de las cuales cerca de una cuarta parte son endémicas. Entre sus habitantes se encuentran tortugas marinas verdes, tiburones de arrecife, albatros y la foca monje hawaiana, una de las especies más amenazadas del mundo.

Además de su valor natural, Papahānaumokuākea tiene un profundo significado cultural para la tradición nativa hawaiana. Su nombre combina las figuras mitológicas Papahānaumoku (madre de la tierra) y Wākea (padre del cielo), y la zona incluye sitios sagrados y restos arqueológicos polinesios.

En 2010 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, no solo por su biodiversidad sino también por su importancia cultural y espiritual. Su conservación está estrictamente regulada: no se permite el turismo masivo, y las visitas requieren permisos especiales.

El acceso a Papahānaumokuākea es extremadamente limitado. La mayoría de los visitantes son científicos, educadores o personal autorizado para labores de conservación. Sin embargo, en O‘ahu y otras islas principales de Hawái existen centros de interpretación y exhibiciones que permiten conocer el valor ecológico y cultural de esta reserva sin poner en riesgo su delicado equilibrio.

Papahānaumokuākea no solo protege especies y hábitats únicos, sino que también actúa como un laboratorio natural para el estudio de ecosistemas marinos en su estado más intacto. En un mundo donde la degradación de los océanos es una preocupación creciente, este santuario representa un ejemplo de conservación a gran escala y de cooperación entre ciencia y tradición.

San Isidro del Mar, el rincón detenido en el tiempo

Redacción (Madrid)

En la costa norte de la provincia de Villa Clara, donde el mar Caribe acaricia la arena con un vaivén paciente, se encuentra San Isidro del Mar, un pequeño pueblo cubano que parece resistirse a las prisas del siglo XXI. Sus calles empedradas, flanqueadas por casas de colores pastel con balcones de madera, guardan la memoria de generaciones que han vivido del mar y de la tierra. Aquí, el reloj no se mide por minutos, sino por las mareas, las cosechas y el ritmo pausado de la conversación en las esquinas.


La vida cotidiana en San Isidro del Mar gira en torno a la plaza central, donde cada mañana los vecinos se reúnen frente a la panadería para discutir las noticias del día. Bajo la sombra de una ceiba centenaria, los ancianos cuentan historias de ciclones y de épocas en las que el puerto hervía de actividad comercial. Aunque la pesca sigue siendo el sustento principal, cada vez son más los jóvenes que, gracias a las redes sociales, encuentran nuevas formas de mostrar la belleza del pueblo al mundo, atrayendo a curiosos y turistas.


Uno de los tesoros más cuidados por sus habitantes es la iglesia colonial de San Isidro Labrador, construida en 1798, cuya campana, fundida en bronce español, aún marca las horas. A su alrededor, cada año en mayo, se celebra la Fiesta del Pescador: tres días de música, bailes y competencias de remo que convierten el malecón en un festival de risas y aromas a marisco. Este evento, más que una celebración, es una reafirmación de identidad y orgullo comunitario.


Sin embargo, San Isidro del Mar no es ajeno a los desafíos. La erosión costera amenaza parte del malecón, y la emigración ha vaciado varias casas que hoy permanecen cerradas, como testigos mudos de familias que partieron en busca de oportunidades. Aun así, quienes permanecen se aferran a la idea de que la modernidad no debe arrasar con la esencia del lugar. En los últimos años, iniciativas locales han impulsado talleres de artesanía, pequeñas cafeterías y proyectos de turismo sostenible.


Caminar por San Isidro del Mar es viajar a una Cuba íntima, lejos de los grandes centros turísticos, donde cada saludo lleva implícito un «¿cómo estás?» sincero y donde el olor del café recién colado se mezcla con la brisa salada. Es un pueblo que recuerda que, incluso en tiempos de cambio acelerado, hay rincones que resisten, que guardan su alma intacta y que, como el mar que lo abraza, siguen su propio compás.
Si quieres, puedo escribirte otra versión ambientada en un pueblo real de Cuba con datos históricos y geográficos verdaderos para que suene más auténtico.


Entre montañas y tradición, el encanto oculto de Fenghuang


Redacción (Madrid)

En el suroeste de la provincia de Hunan, a orillas del río Tuojiang, se levanta Fenghuang, un pequeño pueblo cuya historia parece detenida en el tiempo. Fundado hace más de 300 años, este enclave ha sido testigo de guerras, comercio y transformaciones culturales, pero su esencia se mantiene intacta: calles empedradas, casas de madera colgando sobre el agua y el sonido pausado de las embarcaciones que surcan el río. A pesar de su creciente popularidad entre los turistas chinos, Fenghuang conserva un ritmo de vida que contrasta con el vértigo de las grandes ciudades del país.


Caminar por sus callejones es adentrarse en un mosaico de tradiciones. Las mujeres de la etnia miao, con sus trajes bordados y collares de plata, ofrecen artesanías a la sombra de balcones centenarios. Los hombres, por su parte, aún practican la pesca con redes manuales y reparan sus embarcaciones siguiendo métodos transmitidos de generación en generación. El aroma del té ahumado y de las empanadillas al vapor se mezcla con el incienso de los templos, creando una atmósfera que seduce tanto a viajeros como a fotógrafos en busca de autenticidad.
El río Tuojiang no es solo un paisaje pintoresco, sino el

corazón económico y emocional del pueblo. Allí se realizan pequeñas rutas fluviales que permiten admirar las fachadas sobre pilotes y los antiguos puentes cubiertos que han sobrevivido a crecidas y tormentas. “Sin el río, Fenghuang no sería Fenghuang”, comenta Li Wei, un anciano pescador que asegura que cada piedra del malecón guarda una historia. Según él, el agua trae prosperidad, pero también exige respeto: en más de una ocasión, las inundaciones han obligado a reconstruir tramos enteros del casco histórico.


Aunque las autoridades locales han impulsado proyectos de modernización, muchos habitantes temen que el exceso de urbanización diluya el carácter único del lugar. En respuesta, se han establecido regulaciones para proteger las fachadas tradicionales, limitar la construcción de hoteles y fomentar la preservación de la artesanía local. Algunos jóvenes han regresado desde las ciudades para abrir pequeños negocios de café, hostales y talleres de cerámica, apostando por un turismo sostenible que respete el legado cultural.


Fenghuang no solo es un destino turístico, sino un símbolo de la coexistencia entre pasado y presente. Su belleza radica tanto en la estética de sus paisajes como en la resiliencia de su gente, que se aferra a las costumbres sin renunciar del todo a la modernidad. Quizá por eso, quienes lo visitan afirman que no se trata de un simple pueblo pintoresco, sino de una lección viva sobre cómo la historia puede fluir, como el río Tuojiang, sin perder su cauce.



Viena y el esplendor de sus teatros musicales

Redacción (Madrid)

Viena, la capital de Austria, es mucho más que una ciudad; es un escenario donde la música y la arquitectura se abrazan para ofrecer experiencias únicas a quienes la visitan. Conocida como la cuna de grandes compositores como Mozart, Beethoven y Strauss, esta ciudad respira arte en cada calle, y sus teatros musicales son auténticos templos de la cultura que invitan al viajero a sumergirse en la historia viva de la ópera, el ballet y los conciertos sinfónicos.

El corazón del turismo musical en Viena late con fuerza en la Ópera Estatal de Viena, un edificio que combina la majestuosidad de la arquitectura neorrenacentista con la emoción de su programación artística. Para los viajeros, asistir a una función en este escenario es mucho más que un espectáculo: es un viaje en el tiempo que evoca el esplendor del siglo XIX, cuando la ciudad se consolidó como capital europea de la música. Incluso quienes no asisten a las representaciones pueden recorrer sus salones en visitas guiadas que revelan la historia de su construcción, su impresionante sala principal y los detalles de su producción operística.

En el recorrido turístico por los teatros vieneses también se encuentra el Volksoper, donde el espíritu de la opereta y el musical se mezcla con la calidez de un ambiente más relajado que el de la gran ópera. Viajeros de todo el mundo descubren en este escenario un lugar donde la tradición centroeuropea se mantiene viva, con presentaciones de obras clásicas y modernas que capturan la esencia del teatro musical vienés. La cercanía con el público y la diversidad de su repertorio lo convierten en un espacio imperdible para quienes buscan una experiencia cultural vibrante.

Otro punto destacado para el turismo musical es el Theater an der Wien, una joya histórica que combina la elegancia de su pasado con la vitalidad de la ópera contemporánea. Sus muros han sido testigos de estrenos históricos, incluyendo obras de Beethoven, y hoy sigue siendo un faro de innovación que atrae a melómanos y curiosos por igual. Para el visitante, entrar en su sala es percibir el peso de la historia y al mismo tiempo el pulso creativo de la Viena moderna, donde tradición y vanguardia conviven en armonía.

Viena no solo invita a admirar sus teatros musicales, sino a vivirlos como parte de un viaje cultural completo. Caminar por sus avenidas iluminadas, detenerse en cafés históricos y escuchar en directo a sus orquestas es una experiencia que convierte la ciudad en un museo vivo de la música. Cada teatro, con su historia y su carácter, ofrece al viajero una forma distinta de conectarse con el legado artístico que ha hecho de Viena una de las capitales culturales más importantes del mundo. Quien llega a la ciudad y se deja llevar por el sonido de sus teatros descubre no solo espectáculos inolvidables, sino también la esencia de un lugar donde la música forma parte de la vida cotidiana.

Giethoorn, la joya acuática de los Países Bajos


En el noreste de los Países Bajos, oculto entre verdes praderas y canales cristalinos, se encuentra Giethoorn, un pequeño pueblo que ha conquistado a viajeros de todo el mundo. Conocido popularmente como la Venecia del Norte, este rincón de la provincia de Overijssel ofrece un paisaje de postal donde las carreteras brillan por su ausencia y el agua se convierte en la verdadera protagonista.


La peculiaridad de Giethoorn radica en su red de canales, que reemplaza a las calles convencionales. Los cerca de 2.600 habitantes se desplazan en barcas eléctricas, canoas o bicicletas, lo que confiere al pueblo una atmósfera silenciosa y relajante, difícil de encontrar en otros destinos turísticos. Pasear por sus orillas o navegar lentamente entre casas de tejados de paja y jardines floridos es una experiencia que transporta al visitante a otra época.


El origen de este enclave se remonta al siglo XIII, cuando colonos buscaban tierras fértiles para asentarse. Durante las excavaciones para extraer turba, se formaron numerosos canales que, con el tiempo, se convirtieron en vías de comunicación y dieron forma al trazado actual. Desde entonces, la fisonomía de Giethoorn apenas ha cambiado, preservando un encanto que lo convierte en un auténtico museo al aire libre.


El turismo es hoy el motor económico de la localidad. Hoteles familiares, cafés junto al agua y rutas guiadas en barca ofrecen a los visitantes la posibilidad de descubrir cada rincón de este pueblo singular. Sin embargo, los lugareños luchan por mantener el delicado equilibrio entre el atractivo turístico y la tranquilidad que caracteriza a Giethoorn, sobre todo durante la temporada alta, cuando miles de personas llegan desde Asia y Europa.


Con su belleza serena y su singularidad arquitectónica, Giethoorn se ha ganado un lugar privilegiado en las listas de los pueblos más pintorescos del mundo. Visitarlo es más que un viaje: es adentrarse en un modo de vida donde el agua dicta el ritmo cotidiano y donde la calma se convierte en la mayor de las riquezas.