Redacción (Madrid)
Hay ciudades que se descubren caminando sin rumbo, dejándose llevar por el sonido de una campana, el aroma de una cocina o el color de una fachada. Oaxaca pertenece a esa clase de lugares. Situada en el sur de México, entre montañas y valles, esta ciudad parece conservar algo que en otros rincones del mundo se ha ido perdiendo: la capacidad de vivir al ritmo de sus propias tradiciones. Aquí el pasado no permanece encerrado en los museos, sino que sale a las calles, se mezcla con la vida diaria y se manifiesta en los mercados, las fiestas, la música y las conversaciones de sus habitantes.
Quien llega a Oaxaca de Juárez descubre pronto que la ciudad tiene una personalidad difícil de confundir. Sus calles empedradas, sus edificios coloniales y sus casas de colores forman un escenario que invita a pasear sin prisas. En el centro histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, la arquitectura parece contar una historia que comenzó mucho antes de la llegada de los españoles. La plaza de la Constitución, conocida popularmente como el Zócalo, es uno de los lugares donde mejor se percibe ese ambiente. Bajo la sombra de sus árboles, entre terrazas, vendedores y músicos callejeros, la ciudad muestra su rostro más cotidiano.

Una ciudad que guarda siglos de historia
Oaxaca es mucho más que una bonita ciudad colonial. Su territorio fue uno de los grandes centros culturales de Mesoamérica y conserva las huellas de civilizaciones que dejaron una profunda influencia en la identidad mexicana. A pocos kilómetros del centro se encuentra Monte Albán, una de las zonas arqueológicas más impresionantes del país. Construida sobre una montaña, esta antigua ciudad zapoteca domina el valle desde las alturas y ofrece una perspectiva extraordinaria de la región.
Caminar entre sus plazas, templos y plataformas ceremoniales es viajar a un tiempo en el que los pueblos zapotecas desarrollaron una sociedad avanzada, con conocimientos de astronomía, escritura y arquitectura. Desde lo alto, el paisaje se extiende hasta las montañas que rodean el valle, y resulta fácil comprender por qué aquel lugar fue elegido para levantar una ciudad de semejante importancia. No muy lejos se encuentra también Mitla, otro enclave arqueológico fundamental, conocido por sus edificios decorados con intrincados mosaicos geométricos de piedra.
Pero la historia de Oaxaca no se limita a sus ruinas. También se encuentra en los conventos, las iglesias y los edificios que forman parte de su centro histórico. El templo de Santo Domingo de Guzmán, con su extraordinaria decoración barroca, es una de las grandes joyas arquitectónicas de la ciudad. A su alrededor, antiguos edificios y patios coloniales recuerdan la importancia que tuvo Oaxaca durante siglos.
El sabor de una tierra extraordinaria
Hay destinos que se conocen por sus monumentos y otros que permanecen en la memoria por su gastronomía. Oaxaca consigue reunir ambas cosas. Su cocina es una de las más reconocidas de México y constituye una parte esencial de su identidad. Comer aquí no es simplemente sentarse a la mesa: es acercarse a una cultura que ha sabido conservar recetas, ingredientes y técnicas transmitidas de generación en generación.
Entre sus grandes protagonistas se encuentra el mole, una elaboración compleja que combina chiles, especias, semillas y otros ingredientes hasta conseguir salsas de enorme profundidad. El mole negro es quizá el más conocido, aunque la tradición gastronómica oaxaqueña cuenta con distintas variedades. También destacan las tlayudas, grandes tortillas de maíz tostadas que se acompañan de frijoles, quesillo, carne y otros productos; los tamales envueltos en hojas de plátano y las memelas, pequeñas tortillas gruesas que forman parte de la cocina popular.
Los mercados son el mejor lugar para comprender esa riqueza. El mercado Benito Juárez y el mercado 20 de Noviembre ofrecen un espectáculo de aromas, colores y sabores. Entre puestos de frutas, chiles, quesos, chocolate y hierbas aromáticas, el visitante encuentra una muestra de la diversidad agrícola de la región. Allí también se puede probar el famoso chocolate oaxaqueño, preparado tradicionalmente con cacao, azúcar y canela.
Y, por supuesto, está el mezcal. Esta bebida, elaborada a partir del agave, forma parte de la cultura del estado y cuenta con una tradición centenaria. En los alrededores de la ciudad existen pequeñas comunidades productoras donde todavía se mantienen métodos artesanales de elaboración. Conocer una de estas destilerías permite descubrir el trabajo que hay detrás de cada botella y entender la importancia que tiene el agave en la economía y la cultura local.

Los colores de los pueblos oaxaqueños
Salir de la ciudad es descubrir otra Oaxaca. El estado cuenta con una enorme diversidad de paisajes y comunidades, muchas de ellas orgullosas de conservar sus lenguas, sus fiestas y sus formas tradicionales de vida. En los pueblos de los Valles Centrales, la artesanía ocupa un lugar destacado. En San Bartolo Coyotepec, los artesanos trabajan el barro negro, una cerámica de brillo oscuro y formas elegantes que se ha convertido en uno de los símbolos de la región.
En Teotitlán del Valle, los telares tradicionales producen alfombras y tejidos de lana con diseños geométricos y tintes naturales. Cada pieza requiere tiempo, paciencia y un conocimiento que pasa de padres a hijos. Más al este, en Santa María del Tule, crece uno de los árboles más famosos de México: el gigantesco ahuehuete conocido como Árbol del Tule, cuyo tronco impresiona por sus dimensiones y su antigüedad.
También merece una visita Hierve el Agua, un paisaje de formaciones minerales que parecen cascadas petrificadas. Sus piscinas naturales, situadas sobre un acantilado, ofrecen unas vistas espectaculares de las montañas y los valles. Es uno de esos lugares donde el viajero comprende que Oaxaca no necesita grandes artificios para sorprender: basta con dejar que la naturaleza muestre lo que lleva siglos construyendo.
La fiesta como forma de entender la vida
Si existe un momento en el que Oaxaca muestra toda su energía, es durante sus celebraciones. La Guelaguetza, una de las fiestas culturales más importantes de México, reúne cada año a representantes de distintas comunidades del estado. Sus danzas, trajes tradicionales y músicas ofrecen una extraordinaria muestra de la diversidad cultural oaxaqueña.
La palabra guelaguetza está relacionada con la idea de compartir y ofrecer. Ese espíritu se refleja en una celebración en la que cada comunidad presenta una parte de su identidad mediante bailes, canciones y productos tradicionales. No se trata únicamente de un espectáculo para visitantes, sino de una expresión cultural profundamente arraigada.
Otra de las fechas más especiales es el Día de Muertos. Durante esos días, las calles y los cementerios se llenan de flores de cempasúchil, velas, música y altares dedicados a quienes ya no están. Las familias preparan ofrendas con alimentos, fotografías y objetos personales, convirtiendo el recuerdo en una celebración llena de simbolismo. Oaxaca vive esta tradición con una intensidad especial, y sus calles ofrecen una imagen difícil de olvidar.
Un viaje que permanece en la memoria
Quizá lo más interesante de Oaxaca sea que no intenta parecerse a ningún otro lugar. Tiene una identidad propia, construida a partir de sus raíces indígenas, su pasado colonial y una cultura popular que sigue muy presente. Es una ciudad donde el viajero puede pasar la mañana recorriendo antiguas ruinas, la tarde descubriendo talleres artesanales y la noche sentado en una terraza mientras escucha música y observa cómo la vida continúa alrededor.
Oaxaca no se visita únicamente para contemplar monumentos o fotografiar paisajes. Se visita para probar, escuchar, conversar y comprender. Para descubrir que detrás de cada plato hay una historia, que cada tejido guarda una tradición y que cada fiesta representa algo más profundo que una celebración.
Al marcharse, uno se lleva el recuerdo de sus calles luminosas, del aroma del chocolate recién preparado, de los mercados llenos de vida y de aquellas montañas que rodean la ciudad como si quisieran protegerla. Oaxaca deja la sensación de haber conocido un México auténtico, diverso y orgulloso de sus raíces. Un lugar al que quizá se llega buscando un destino, pero del que uno se marcha con la impresión de haber encontrado una historia.

