Redacción (Madrid)
Hay ciudades que parecen haber sido construidas para que el viajero se pierda en ellas. Lugares donde las calles estrechas esconden historias de comerciantes, navegantes y viajeros llegados desde tierras lejanas. En la costa central de Vietnam, junto a las aguas del río Thu Bồn, se encuentra Hội An, una antigua ciudad portuaria que conserva el encanto de los grandes destinos comerciales de Oriente. Sus fachadas amarillas, sus balcones de madera y sus miles de farolillos de colores forman uno de los paisajes urbanos más singulares del sudeste asiático.
Al llegar, uno descubre una ciudad que parece vivir entre dos épocas. Las motocicletas recorren algunas de sus calles, los pequeños comercios mantienen abiertas sus puertas y los vendedores ofrecen frutas, artesanía y platos tradicionales. Sin embargo, basta adentrarse en su casco histórico para encontrar un mundo diferente, donde las antiguas construcciones recuerdan el esplendor de una ciudad que durante siglos recibió barcos procedentes de China, Japón y otros rincones de Asia.

El puerto donde se encontraron dos mundos
Durante los siglos XVI y XVII, Hội An fue uno de los puertos comerciales más importantes de la región. Sus aguas recibían embarcaciones cargadas de seda, especias, cerámica y otros productos que viajaban entre Oriente y Occidente. Aquella actividad convirtió la ciudad en un punto de encuentro de culturas, religiones y tradiciones que terminaron dejando una huella profunda en su arquitectura.
Uno de los símbolos más conocidos de este pasado es el puente cubierto japonés, una construcción del siglo XVII que se ha convertido en una de las imágenes más reconocibles de Vietnam. Sus tejados curvos y su estructura de madera recuerdan la presencia de los comerciantes japoneses que establecieron aquí una importante comunidad. A su alrededor, las antiguas casas comerciales y los templos conservan la memoria de una época en la que el puerto era una puerta abierta al mundo.
Una ciudad iluminada por miles de colores
Cuando cae la noche, Hội An cambia por completo. Los farolillos de seda comienzan a iluminar las calles y sus colores se reflejan sobre las aguas del río Thu Bồn. Las pequeñas embarcaciones avanzan lentamente mientras los vendedores ofrecen lámparas tradicionales y los restaurantes preparan sus mesas junto a la orilla.
Es uno de esos espectáculos que justifican por sí solos un viaje. La ciudad parece transformarse en un escenario suspendido en el tiempo, donde las luces, la música y el movimiento de las barcas crean una atmósfera difícil de encontrar en otros lugares. Durante el festival de los farolillos, celebrado tradicionalmente coincidiendo con la luna llena, la iluminación eléctrica se reduce en el casco histórico y las lámparas tradicionales adquieren todavía más protagonismo.
Los sabores de una antigua ciudad comercial
La historia de Hội An también puede descubrirse a través de su gastronomía. En sus mercados y pequeños restaurantes aparecen algunos de los platos más representativos de la cocina vietnamita. El cao lầu, elaborado con fideos, carne de cerdo, verduras y hierbas aromáticas, es una de las especialidades locales más conocidas. También destaca el mì Quảng, una preparación de fideos característica de la región central del país.
Los mercados tradicionales son otro de los grandes atractivos de la ciudad. Desde primera hora de la mañana, los puestos se llenan de frutas tropicales, pescado fresco, especias y productos locales. Allí, entre conversaciones y aromas, el viajero puede acercarse a una vida cotidiana que continúa girando alrededor del comercio y la gastronomía.

El recuerdo de un Oriente que todavía permanece
Hội An es mucho más que una ciudad bonita. Su casco histórico, declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1999, representa el recuerdo de una época en la que los puertos asiáticos conectaban civilizaciones y permitían el intercambio de mercancías, conocimientos y costumbres.
Al final del día, cuando las últimas luces del sol desaparecen sobre el río y los farolillos comienzan a dominar las calles, resulta fácil comprender por qué esta ciudad ha conquistado a tantos viajeros. Sus edificios conservan la memoria de los comerciantes que llegaron desde otros continentes y sus calles siguen transmitiendo la sensación de encontrarse en un lugar donde Oriente guarda todavía algunos de sus secretos.
Quizá el verdadero encanto de Hội An consista en eso: en haber conseguido conservar una parte de su pasado sin dejar de formar parte del presente. Una ciudad que no necesita grandes rascacielos ni monumentos desmesurados para impresionar, porque su mayor riqueza está en sus calles, en sus historias y en esa luz de colores que cada noche convierte el río en un pequeño universo de reflejos.

