Redacción (Madrid)

Quien llega por primera vez a Ankara suele hacerlo atraído por su condición de capital de Turquía, por sus instituciones políticas o por su papel como centro administrativo del país. Sin embargo, basta con alejarse unos minutos de las amplias avenidas modernas para descubrir un lugar que conserva intacta la esencia de la antigua Anatolia. El casco histórico de Ankara, conocido como Ulus, constituye un fascinante viaje a través de más de dos mil años de historia, donde romanos, bizantinos, selyúcidas, otomanos y turcos modernos han dejado una huella visible en sus calles.

Lejos de la imagen contemporánea que proyectan los barrios gubernamentales, el centro histórico ofrece al viajero una ciudad completamente distinta. Aquí el tiempo parece discurrir con otro ritmo. Las calles empedradas ascienden lentamente hacia la colina donde se alza el castillo, mientras los antiguos mercados, las casas de madera y los pequeños talleres artesanales conservan el ambiente de una ciudad oriental que ha sabido resistir al paso de los siglos.

El recorrido suele comenzar precisamente en el barrio de Ulus, considerado el núcleo fundacional de Ankara. Durante siglos fue el centro comercial y administrativo de la ciudad, y todavía hoy mantiene buena parte de su trazado tradicional. Pasear por sus calles permite descubrir una sucesión de mezquitas, antiguas posadas, plazas y edificios históricos que narran la evolución de una ciudad cuya importancia estratégica se remonta a la Antigüedad.

Dominando todo el conjunto aparece el Castillo de Ankara, la fortaleza más emblemática de la capital. Construido sobre una colina volcánica y ampliado a lo largo de distintas épocas históricas, ofrece una de las mejores panorámicas de la ciudad. Sus murallas, levantadas con piedras procedentes de antiguas construcciones romanas, reflejan la extraordinaria continuidad histórica de este enclave.

Ascender hasta el castillo constituye una de las experiencias más gratificantes para cualquier visitante. El camino atraviesa un entramado de callejuelas donde pequeñas viviendas tradicionales, cuidadosamente restauradas, conviven con cafeterías, tiendas de artesanía y galerías de arte. Desde lo alto, Ankara aparece como un inmenso océano urbano donde el pasado y el presente parecen fundirse bajo la luz dorada de Anatolia.

El interior de la fortaleza conserva una atmósfera especialmente evocadora. Sus estrechos pasajes, patios interiores y antiguos muros invitan a imaginar la ciudad medieval, cuando caravanas procedentes de Persia, Siria y Europa atravesaban estas mismas puertas transportando mercancías y culturas diferentes.

Uno de los grandes atractivos del casco antiguo son precisamente sus casas otomanas. Muchas de ellas han sido restauradas respetando su arquitectura original, caracterizada por las fachadas de entramado de madera, los balcones voladizos y las ventanas protegidas por delicadas celosías. Hoy albergan pequeños hoteles con encanto, restaurantes tradicionales, talleres de artesanos y cafeterías donde resulta fácil detenerse a disfrutar del ambiente pausado del barrio.

Muy cerca del castillo se encuentra el Museo de las Civilizaciones de Anatolia, considerado uno de los mejores museos arqueológicos del mundo. Instalado en un antiguo bazar otomano cuidadosamente rehabilitado, reúne una extraordinaria colección que recorre miles de años de historia, desde las primeras comunidades prehistóricas hasta los grandes imperios hitita, frigio, urartio, romano y bizantino.

La visita permite comprender que Ankara no es únicamente una capital moderna, sino una ciudad situada en uno de los territorios históricamente más importantes del Mediterráneo oriental y de Asia Menor. Cada sala ofrece una nueva perspectiva sobre las civilizaciones que poblaron Anatolia mucho antes del nacimiento del Estado turco contemporáneo.

El legado romano permanece igualmente presente en distintos rincones del casco antiguo. Los restos de las antiguas termas, el Templo de Augusto y Roma y la Columna de Juliano recuerdan el periodo en que Ankara, conocida entonces como Ancyra, formaba parte del Imperio romano. Especialmente interesante resulta el Templo de Augusto, donde todavía pueden contemplarse inscripciones que constituyen uno de los testimonios más importantes del legado político del emperador.

Las mezquitas históricas completan este extraordinario recorrido patrimonial. Entre ellas destaca la Mezquita de Hacı Bayram, uno de los principales lugares de peregrinación religiosa del país. Construida en el siglo XV junto a las ruinas romanas, simboliza perfectamente la convivencia entre distintas etapas históricas. El sonido de la llamada a la oración, mezclado con la presencia de antiguos vestigios clásicos, crea una atmósfera difícil de encontrar en otras ciudades.

Los antiguos bazares aportan otra dimensión al viaje. Aunque Ankara nunca alcanzó el protagonismo comercial de Estambul, sus mercados tradicionales conservan una notable autenticidad. Alfombras tejidas a mano, cerámicas, objetos de cobre, tejidos, especias y dulces turcos llenan pequeños comercios donde el trato personal sigue siendo una parte esencial de la experiencia.

La gastronomía constituye otro de los grandes atractivos del casco antiguo. Los restaurantes familiares ofrecen especialidades propias de Anatolia central, como el kebab de Ankara, el güveç cocinado lentamente en recipientes de barro, las sopas tradicionales o los numerosos dulces elaborados con miel, frutos secos y pistachos. Compartir un té turco en alguna terraza situada junto a las murallas permite contemplar el ir y venir de la vida cotidiana mientras la ciudad moderna permanece al fondo.

Uno de los mayores encantos del casco histórico reside precisamente en esa convivencia entre tradición y contemporaneidad. A pocos minutos de modernos edificios gubernamentales y grandes avenidas aparece un barrio donde todavía sobreviven antiguos oficios, mercados de barrio y costumbres profundamente arraigadas. El visitante descubre así dos ciudades distintas que, lejos de contradecirse, se complementan.

Durante la primavera y el otoño, cuando las temperaturas resultan especialmente agradables, las calles del casco antiguo adquieren un encanto singular. La luz suave resalta los tonos ocres de la piedra, mientras las terrazas comienzan a llenarse de vecinos que conversan tranquilamente bajo la sombra de árboles centenarios.

Turísticamente, el casco antiguo de Ankara representa una oportunidad excepcional para conocer una Turquía menos conocida que la de Estambul, Capadocia o la costa mediterránea. Aquí no predominan las grandes multitudes ni el turismo masivo, lo que permite disfrutar del patrimonio con una tranquilidad cada vez más difícil de encontrar en otros destinos.

Al finalizar el recorrido, el viajero comprende que Ankara es mucho más que la capital política de Turquía. Bajo sus calles modernas permanece una ciudad milenaria donde cada piedra conserva el recuerdo de imperios desaparecidos, comerciantes llegados de tierras lejanas y generaciones que construyeron una identidad profundamente ligada a Anatolia.

Porque el casco antiguo de Ankara no se limita a conservar monumentos. Conserva una manera de entender la historia, donde Oriente y Occidente, lo antiguo y lo moderno, la tradición y el progreso conviven con naturalidad. Es un lugar que invita a caminar sin prisas, dejando que cada rincón revele una nueva historia y recordando que, en ocasiones, las ciudades más sorprendentes son aquellas que esconden su mayor belleza tras una apariencia discreta.

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